viernes, 31 de octubre de 2025

Día de los Difuntos conviviendo con la memoria.

 

Hay días que no parecen días, sino silencios con fecha. El Día de los Difuntos es uno de ellos. Más que celebrarlo, lo respetamos. Lo atravesamos en una jornada concebida con calma forzada y pensamientos. Una pausa por el reposo de los difuntos. Incluso la luz parece más suave, como si la claridad tuviera consideración por los ausentes decorando el cielo con túnicas de fantasma deshilachadas. El Día de los Difuntos deja de ser un diálogo con la muerte para convertirse en un monólogo sobre la vida... nuestra vida. Ir al cementerio es asistir a una ceremonia sin discurso. Traemos flores, recordamos nombres, simulamos que todo sigue igual. Pero en el fondo sabemos que no es verdad. Las flores se secan, los nombres se borran, y nosotros no somos los mismos.

El cementerio es una metrópoli paralela, silenciosa, ordenada, meticulosa en su reposo. Hay callejuelas, monumentos, placas relucientes y esquinas con cipreses como plazas. Si te paseas con calma, descubres una extraña forma de convivencia. De hecho, es el único lugar donde todo el mundo acaba hallando la paz -o al menos nadie protesta- ya que los egos se borran y las discusiones sobran. Todo lo que había sido urgente, decisivo, pierde importancia. Será esto lo que nos incomoda, ver nuestra vida abocada a una fecha de entrada determinada cuando las circunstancias nos empadronen.

Hay quien visita a los suyos con devoción litúrgica, como si las flores fueran plegarias. Otros acuden para no sentirse culpables. Hay quien prefiere no ir, no por falta de cariño, sino porque no necesita una tumba para recordar. Los recuerdos son más ligeros que el mármol de una lápida o las cenizas en una urna biodegradable.

Pero el día de los difuntos no es sólo un ejercicio de memoria. Es también una forma de mirarnos en el espejo del tiempo. Es un inventario de vida con un punto de arrepentimiento por todo lo que no hemos hecho, por los sueños pendientes y, fundamentalmente, por las conversaciones y gestos escatimados. Y, sin embargo, existe una belleza extraña -enigmática- en el ritual. Entre las lápidas todo respira orden, proporción, silencio. No hay prisas, ni tráfico, ni anuncios. Sólo el viento moviendo las flores secas y el eco lejano de las campanadas a muertos. El mundo decide hacer una pausa que recuerda su fragilidad.

Los visitantes, siempre tan organizados, queremos tener la muerte bajo control. La coloreamos, la volvemos poética, le traemos flores y redactamos epitafios ingeniosos. La convertimos en patrimonio familiar, objeto de diseño. Pero ella, terca, no se deja amansar. Se empeña en enseñarnos su lección, todo acaba.

En estos tiempos, incluso la muerte se ha puesto al día. Hay lápidas con códigos QR que enlazan a vídeos, a perfiles conmemorativos en las redes, flores que no se secan y luces LED que se encienden con temporizador. Hemos convertido el duelo en una aplicación más. Quizá sea nuestro intento de alejar el vértigo, de creer que la tecnología -la barca funeraria- nos puede acercar a la eternidad. Con la animación de las estáticas fotos en blanco y negro añadimos una verosimilitud inquietante. Pero el recuerdo no se basa en las redes sociales. Un aroma, una canción, una fotografía descolorida pueden hacer más que un disco duro cargado de memoria y parpadeo. A veces recordar es sólo sentir un vacío familiar, una presencia incorpórea que te acompaña cuando menos te lo esperas. Los difuntos, de hecho, nunca se marchan del todo, cambian de dirección con nuestra complicidad aunque hayamos vaciado su significado original para llenarlo con nuestro narcisismo.

Y sin embargo, cuando salimos del cementerio, nos sentimos más ligeros. No porque hayamos dejado nada ahí dentro, sino porque hemos recordado lo esencial: que todavía respiramos, que todavía tenemos hambre, frío, trabajo, gente que nos quiere y gente a la que amar. Que cada instante es frágil y, por eso, inmenso. Quizás éste es el verdadero sentido del Día de los Difuntos: no tanto mirar atrás, sino mirar mejor el presente. Entender que la muerte no es un final, sino un recuerdo íntimo. Que vivir es una forma de despedirse lentamente, pero con estilo. Que cada gesto amable, cada sonrisa compartida, cada silencio sincero son las flores que también nos dejarán, tarde o temprano, en algún rincón de la memoria de otro.

Y así, año tras año, volvemos al cementerio como quien visita a ese viejo maestro sabio. Porque, en el fondo, los muertos nos habían querido enseñar lo que no hemos aprendido todavía, que la prisa es poco útil, que los quebraderos de cabeza se desbaratan, y que la vida -con sus urgencias, sus errores y sus aciertos- es demasiado breve para no estar con ternura e intensidad. Cuando salimos, el tiempo nos acaricia con un adiós discreto. Detrás de nosotros, el silencio permanece en su sitio, volvemos a la aldea de los vivos con la sensación, difícil de explicar pero tan humana, que esa quietud nos ha sacudido. Quizá por eso volvamos cada año -no por ellos, sino por nosotros-. Para sentirnos vivos, que estamos de paso, y que el mejor homenaje que podemos hacer a los difuntos es aprender, de una vez, a vivir con la misma serenidad con la que ellos deben reposar.

 

viernes, 24 de octubre de 2025

Grandes hazañas del siglo XXI.

 

Ahora que el mundo se va arreglando con la "paz" en Gaza y el final a un tris de "negociarla" en Ucrania, la humanidad respira más aliviada. Son los gestos “diplomáticos” emanados del gran artífice, Donald Trump -y de sus secuaces-. No acabo de entender cómo el Nobel de la Paz no fue merecidamente otorgado a ese político con una trayectoria ejemplar y tan singular. Debe acabar necesariamente contada en los libros de historia y en las enciclopedias de las grandes hazañas del siglo XXI. Más allá de toda la Historia escrita en mayúsculas, desde los prolegómenos en el país de los trogloditas hasta este momento.

El resto no son noticias, no hay galanes a la medida del NO-DO para hacer sombra a este personaje, una hiperactiva fuente constante de ocurrencias, chascarrillos y maneras que podrán reunirse en dicha enciclopedia universal. Un manual de astucias -artimañas- de obligada lectura para los futuros líderes con anhelos para dirigir el cotarro de la geopolítica de tamaño grande, calibre grueso, y de alcance global. El resto, sólo bagatelas.

Éste es el motivo por el que el relleno informativo debe acompañarse con guarniciones y segundos platos con poco fundamento culinario. Anécdotas, comparadas con las gestas heroicas tocadas por el mesianismo del actual presidente estadounidense, podríamos pasarlas por alto y seguir respirando pese a la relevancia con que Francia se empeña en levantar el dedo en las contraportadas de los informativos. La envidia y el protagonismo desmesurados le han llevado a inventarse grandes titulares. A la tendencia en horas bajas de Emmanuel Macron, tras la derrota en la primera vuelta de su grupo Renacimiento. De los problemas para postular a un primer ministro que sobreviva más de una semana a las mociones de censura. Del protagonismo endeble, a menudo bajo la sombra del flequillo de Trump, en materia internacional, cabe preguntarse si se mantendrá o se irá al garete la grandeur gala, la huella inveterada del país vecino en la cuerda floja de la decadencia.

La entrada literal en prisión de Nicolás Sarkozy ha sido un buen ensayo para reclamar la atención. La lección que podemos extraer es que en Francia todo el mundo es igual ante la ley. La igualdad, uno de los lemas de la Revolución Francesa, se ha demostrado vigente encarcelando a quien fue presidente de la República. Sarkozy ingresando en el centro penitenciario con Carla Bruni despidiéndole, lanzando besos a los seguidores. Apoyándole públicamente propicia una imagen muy golosa para la prensa del corazón, exponiendo el perfil bueno de la fotogénica compañera del recluso.

Macron ha tenido un golpe de suerte para desenfocar su acción política y el grado de apoyo precario. Un analista político de mostrador y vinazo tenía bastante claro que el robo de las joyas en el Louvre habría sido una maniobra encubierta para atenuar la realidad. Pan y circo mediáticos que ponen en segundo plano el resto de asuntos trascendentes en Francia. Un montaje de Macron para llevarse las joyas napoleónicas. El observador aventuraba, subiendo el volumen del argumento entre cerveza y cerveza, que las joyas han sido un arancel más que se ha pagado marginalmente. Ya hay montajes gráficos en las redes donde Donald Trump aparece coronado y engalanado con los carísimos abalorios monárquicos sustraídos en el Louvre. ¡Viva el emperador! Poco a poco, el patrimonio artístico migra en extrañas circunstancias para construir museos exclusivos de incógnito. He abandonado la conferencia cuando ascendía decidido, trago tras trago, por otra posibilidad. Denunciaba furioso cómo muchas obras artísticas han sido falsificadas para que las piezas originales se expongan en museos clandestinos en la privatización galopante, ahora también del patrimonio cultural.

Buscar afinidades, una cortina de humo en los convulsos momentos políticos actuales de los Pirineos hasta Gibraltar, tiene muchas posibilidades y algunos paralelismos. Examinando una verosímil, cercana, me hace decantar, saltando fronteras y legislaciones, por la distopía imposible de imaginar cuál habría sido la repercusión de una medida similar a la de Sarkozy aplicada al rey emérito, el proscrito de la corona que reside como un prófugo alejado de sus súbditos. Como nunca lo veremos, me declino por la frivolidad acerca de las últimas ediciones del premio Planeta. Se ha decantado por las copias de dudosa calidad cuando el galardón tenía prestigio y nivel literario reconocido. Un repaso a la lista de galardonados durante la vigencia del premio es todo un manifiesto al respecto, literatura de pacotilla aderezada en la cocina hogareña del grupo Atresmedia. El premio mejor dotado del mundo permanece, pues, en casa. 

 

jueves, 9 de octubre de 2025

Un poema mercantil.

 

Ahora mismo debería echar un vistazo a cómo cotiza en las casas de juegos la OPA del BBVA en contra del Sabadell. La Oferta Pública de Adquisición es una maniobra legal por la que un inversor ofrece públicamente a los accionistas de otra empresa comprar sus participaciones a un precio superior a su valor de cotización. El objetivo es evidente, eliminar la empresa comprada del mercado o reducir su competencia en un sector, en este caso, el de la banca. 

Nunca el despliegue de seducción mediático, la propaganda por tierra, por mar y por las nubes había sido tan intensa y reiterativa. ¿Alguien ha contado los anuncios solo en televisión emitidos por una y otra entidad bancaria? El marketing al respecto es abrumador, casi se solapan, uno tras otro, espacios que si no estás al acecho se pueden llegar a confundir por el formalismo -o el minimalismo- gráfico y visual con predominio de los grises. La bolsa, de hecho, no tiene una gama de color surtida, sólo verde y rojo. Ya hace tiempo que la pugna se dirime en una audiencia mayoritariamente inocente. Sí, inocente, porque yo y un porcentaje elevadísimo de los espectadores a los que van realmente dirigidos estos mensajes cautivadores -tentadores- no tenemos ningún interés y, por supuesto, ni una triste acción. Practicamos la técnica que en el mundo de los toros consiste en contemplar la sangría desde la barrera -o desde el sofá de casa-.

Soy un lego en materia bursátil, un ignorante de la macroeconomía, pero como en el fútbol, ​​pese a no ser socio ni encarnizado seguidor de ningún equipo, sí tengo mis simpatías cuando se disputa un partido del siglo del cual si no has visto la retransmisión, la vida social te destierra. En este caso me ocurre algo similar, por lo de la camiseta sudada por el espíritu de David contra Goliat, me decanto a favor del Sabadell. ¡Ya se verá! Si la cosa del dinero tuviera una poética con sus metáforas y sus rimas, me he dado cuenta de que Sabadell permite una rima consonante, dura, con clatell, cogote. ¿Una metonimia nada sentimental que podría profetizar la colleja que se avecina?

Suelo leer el diario de ayer mientras desayuno, porque las noticias adquieren un poco la textura de los yogures caducados, pierden la desgarradora punzada de la inmediatez en la rabiosa actualidad estremecedora -catastrófica- que describen. Ya hace días, quizás meses, que uno y otro banco llenan páginas completas, o dobles, dedicadas a anunciar sus virtudes con contundente firmeza. El comprador habla de beneficios, decantarse por la opa dando el salto a la otra entidad, es como cruzar la frontera de Jauja. Mientras, el banco asaltado o agredido se rebela denunciando la mentira, "que no te engañen". Marchar con un portazo sonoro a causa de una infidelidad contable bajo la promesa de mucha tierra en La Habana, es de traidores y de cobardes. Asistimos, pues, a un fascinante apocalipsis en los parqués.

La escena tiene un punto de película del lejano oeste con ladronzuelos de vacas o de caballos y malhechores a cara cubierta que atracan la sucursal de la aldea a perdigonadas. Vistos los vientos que soplan, no descarto que se recupere el cine de cowboys ya que tiene un punto de intersección con escenas actuales donde no falta el prepotente matón que entra en la taberna provocando y poniendo a prueba la rapidez de los abatidos con un disparo diestro y con mucha puntería. La palabra “hostil” es la que me provoca esta asociación mental, ya me disculparéis. El diccionario, que sirve para regular y poner orden en la maraña de las palabras, define literalmente el adjetivo como lo “propio de un enemigo, que muestra la disposición o la inspiración de este”.

La jugada sutil es, pues, disfrazar la hostilidad de la opa salpimentada con los beneficios y ventajas a cuenta de la fusión impuesta, no de buen grado. El mundo financiero no necesita pintarse de color rosa. El dinero es frío y esquivo, no está por romances. No tiene alma ni espíritu. Ostenta, en papel -o virtual- el poder exacto y supremo en las transacciones con unas normas y regulaciones que pueden escapar al sentido común permitiendo comprar lo que no se tiene o en el mercado de futuros lo que no ha nacido todavía, como las cosechas de trigo o la producción de la algarroba de secano. Batallas en una guerra sin tregua que pueden convertir a la tropa en zombis de la indigencia si te olvidas de devolver los créditos o la hipoteca. Sociedades anónimas sin rostro a menos que sea el de los generales, cargados de medallas y de mucha ambición, exhibiendo sin pudor quien tiene el rendimiento más largo. Dirigentes capaces de encuentros sin planes de paz con ademán y talante deportivos cuando, en sociedad, no dejan de representar el papel de amigables colegas.

¿Quién se llevará el gato al agua? Incertidumbre, ya que la cartera sólo se arrima al corazón cuando la llevamos en el bolsillo de la camisa.

 

PD: Contemplado desde la ingenuidad desnuda de complejidades pienso en lo que está sucediendo, en Palestina, en la invasión de Ucrania o en las maniobras del cowboy Donald Trump, tiene algo de OPA -¡pero que muy hostil!- para neutralizar o eliminar los objetivos propuestos.