Inauguramos
el año nuevo laboral, el inicio del curso en todos los ámbitos que se han
permitido cerrar por vacaciones durante el inútil mes de agosto, un período
estéril en el que solo permanecen en el puesto los novatos en la plaza forzados
por razones habitualmente de antigüedad. Pardillos, algunos cargados de ilusión
y de empuje, otros viven este período como la penitencia necesaria que el
tiempo y la experiencia redimirán eximiéndoles de esa carga fuera de temporada
alta. Siempre existe el optimista que comprueba cómo durante el mes de agosto
la intensidad del trabajo y la responsabilidad en el trabajo bajan
notablemente. ¿Quién enferma o se dedica a observarse los achaques crónicos con
lupa tomando el sol mecido por las olas? Un lujo dudoso -tampoco un privilegio-
que pocos queremos practicar. El mundo se detiene en seco o baja de
revoluciones. ¡Agosto! Demorémoslo para septiembre.
La
Noche Vieja estival mata el período de ocio y comienza el año nuevo con el
perezoso y cruel primero de septiembre. Este año con una dosis de fatalismo
añadido, cae en lunes. Un doble batacazo en el estado emocional para la
reanudación. A algunos, el tiempo -o la vida- nos ha acabado redimiendo del
todo, somos los pensionistas, el colectivo teóricamente ocioso con los
calendarios -papel mojado- que confunde los lunes con los sábados. Como solía,
me he permitido desear un buen curso también a aquellos a quienes la administración
nos descabalga del derecho -o del deber- de trabajar activamente. Jubilados,
pensionistas o clases pasivas, conceptos con matices. Los funcionarios pasamos
a engrosar el poético concepto de pasivos, no activos; por tanto,
somos aquellos que dejamos obrar a los demás sin hacer nada. Ciertamente, un
privilegio condicionado por los “si no fuera...” la cantinela reiterada en las
pistas de petanca o en los bancos públicos, atiborrando palomas o gallinas
urbanas que anidan en las aceras en obras.
Puesto
que este período tiene mucho sentido para quienes realmente las viven
empaquetadas en un período concreto, generalmente en agosto, a los pensionistas
se les debería retirar esta prerrogativa por decreto. ¿Son propiamente
vacaciones lo que practica este gremio? Quien se lo contempla desde la
expectativa de celebrar la hora en que podrá prescindir de las obligaciones de
tantos años, pensará que este personal ya se complace todo el año dejando
trabajar a los demás. Efectivamente, es así. Deberíamos saber cómo lo valoran
estos abuelos. Si me lo preguntan a mí responderé que hago vacaciones por
solidaridad, algo compatible con la inclinación sindicalista. He visto a
algunos jubilados levantando el puño y reclamando mejoras en todos los
sentidos, como el derecho a disfrutar -pensión digna también- de las olas en
primera línea de mar junto a las atléticas socorristas.
Perfumes
de verano que se marchitan en la rueda vital de la naturaleza. Septiembre es el
preludio del frío y del letargo. La antesala de una hibernación con un punto
gafe que debería ser reparadora antes de que vuelva el estallido luminoso y
verde con el que nos sorprenderá la renovada primavera poderosa, un canto a la
vida. ¡Cuántos lunes tendremos que deshojar para llegar! No nos abatiéramos,
encendemos las luces y la esperanza, también esa ilusión propia de los
principiantes, pero con experiencia.
¡Buen
curso!