Las
cloacas políticas se han desbordado salpicando de lleno a los socialistas. El
batacazo, el dolor de oídos, causado por las grabaciones recién salidas a la
luz, efectuadas por un aventajado discípulo de Villarejo, han explotado de
lleno en los morros de Pedro Sánchez. Personajes muy cercanos a él de gran
responsabilidad en el partido se han dedicado al próspero arte de la corrupción
que, en este país, parecería bien arraigado, casi estructural, como uno de los
pilares sin el que la gobernanza no pudiera funcionar. Qué dolor causa a
algunos afiliados y simpatizantes -del partido que sea- tener que escuchar el
reproche de “todos son iguales” en las carreras por el poder donde algunos
atletas profesionales de la política hacen trampas y manipulan los registros.
¿Desde
qué preeminencia ética, cuando el asunto sale en las portadas informativas
coincidiendo con la campaña de recaudación de impuestos anual, se puede aclamar
lo de Hacienda somos todos? Un eslogan ligado tradicionalmente a
favor de no defraudar a las arcas estatales. Como ciudadanos al margen de las luchas
intestinas de los partidos tenemos esa obligación, de jugar limpio con las
contribuciones. La otra gran responsabilidad es la de elegir a los políticos
que nos deben gobernar para que gestionen bien las astronómicas cantidades que
cada uno -granitos de arena- aportamos a los impuestos que deberían aprobarse y
distribuirse para cada curso político.
Quien
anda entre miel algo se le pega. La sabiduría popular convierte lo
atávico y transversal en refrán. Pecados ancestrales que hemos sido incapaces
de atajar. Tentaciones humanas congénitas que algunos desarrollan con mayor o
menor pericia. De nuevo ha vuelto a suceder. "Ladrones de saqueo, que nos
ponen la cueva en casa y desde ella nos gobiernan", cantaba el grupo
valenciano Al Tall. Ahora, las ondas radiofónicas van cargadas con este trío impresentable
de políticos mientras el socialismo cruza los dedos, que no se convierta en una
coral polifónica numerosa ensayando la misma partitura.
Quien
ostenta el poder por una moción de censura a un gobierno con las manos pringadas
con miel, no puede caer en el mismo pecado. No seamos negativos, sin
embargo. Qué son cuatro sobres repletos de calderilla en la inmensidad
extraordinaria de lo que tienen atribuido como representantes y administradores
del bien común. Ellos han sido los escogidos, elegidos y ungidos por nosotros.
Son humanos convencidos de su papel del cual sólo pasan factura porque el mundo
sin ellos y su presunta vocación de servicio público no iría a ninguna parte.
Se merecen, a su juicio, lo que han robado y mucho más.
Será
muy difícil -casi imposible- estar atentos al simple servidor público que arrambla
para su casa la grapadora o una caja de aspirinas a hurtadillas. Ha dispensado
tantas que cree que tiene derecho, son los pequeños privilegios malentendidos
de ocupar un puesto en la administración similar al de favorecer a conocidos o a
familiares. Dinámicas del enchufe que propician prácticas endogámicas muy
contrarias a la igualdad de condiciones y de oportunidades para acceder a
ellas. La cosa se magnifica cuando te llevas el camión de las fotocopiadoras o
una tonelada -no una caja- de analgésicos -al por mayor- con voluntad de
revenderlo en el mercado dominical o en los Encants. Qué embrollo, cuánto
trabajo, por eso lo más fácil es el sobre bien repleto de billetes camuflado
entre el jamón pata negra y la botella de vino del bueno en el lote navideño,
más funcional y discreto que la propia mercancía o el servicio en
agradecimiento al favor obtenido por una concesión amañada. La responsabilidad
de las grandes empresas habitualmente permanece diluida en medio del eco
periodístico o al margen de las sentencias. ¿Retornará alguna vez al lugar de
donde no debería de haber salido ese dinero?
Poner
en marcha un partido político es un proceso encabezado por un líder que va
delegando funciones y responsabilidades entre un ejército numeroso de cargos de
confianza con supuesta capacidad y eficiencia para desempeñarlos. Los cambios
de gobierno llevan asociados un baile de sillas y frustraciones que acaban en
el médico de cabecera con una depresión laboral y de amor propio electoral que
requiere medicación -¡ahora sí, una aspirina, doctora!-. En el despliegue de
los grandes partidos en cuanto les toca mandar, está la selección de esos
cargos de confianza por méritos, empatías o parentesco ideológico. Algunos son
grises e incompetentes, pasan sin pena ni gloria, otros disputan con el líder
su condición, a estos les delata la escalera de bomberos como una mochila
adosada a sus espaldas; otros están ahí para sacar provecho. Afortunadamente la
gran mayoría -quiero creer- de las personas que se dedican a la política son
honestas y comprometidas. Qué daño no hace un atajo de ovejas negras que pasta
a sus anchas comisiones en los prados verdes de la corrupción.
El
trabajo del político no debe resultar demasiado grato, siempre tiene una
oposición empeñada en llevarle la contraria, en criticar o no valorar nada de
lo que el gobierno de turno proponga y lleve a cabo. Cada formación política
juega con su camiseta, su color y su escudo tirando pelotas hacia adelante, a
veces jugando sucio o impactando contra el larguero. Una dedicación que debería
ser vocacional más allá de pulsar un botón para votar en los plenos aquello que
las directrices marcan sin salirse del carril establecido. Las sedes parlamentarias
también cuentan con un coro significativo de extras que al margen de votar -en
alguna ocasión la erran, aunque sea sólo al 50% del blanco o del negro, “a
favor” o “en contra”. Estos corifeos aparentemente son el decorado humano, la
mayoría casi anónimos de muchos de los cuales no hemos oído su voz en todo el
mandato, que tienen su minuto de gloria aplaudiendo las intervenciones de los
protagonistas, fomentando el tumulto, el griterío, la pataleta, las zapatiestas
i los insultos, aquello que en la escuela rural de antes el maestro reprendía poniéndonos
de cara la pared con los brazos en cruz soportando un fajo de boletines
oficiales con las palmas de las manos hacia arriba.
El
prestigio de la clase política vive uno de los peores momentos desde que se
recuperó la democracia. Los disparates que hemos visto, los excesos de todo
tipo ligados a la impunidad en muchos de los casos han hecho que difícilmente hallemos
alguna criatura que se decante por convertirse en político cuando sea mayor.
Antes se animan por ser influencers, tertulianos o futbolistas pese a las
ventajas -nada que ver con una hipoteca, por ejemplo- que conlleva la
financiación de los partidos por los bancos que han condonado sus deudas sin
repercusión alguna. Un homenaje a la sinceridad de Jesús Gil y Gil, un
referente ejemplar que afirmaba sin tapujos que pensaba enriquecerse como
alcalde de Marbella y, a pesar de que lo hizo con todo tipo de trapicheos
fraudulentos, elección tras elección fue revalidado por el electorado.
Qué
contraste con la imagen que proyectaban aquellos “señores” diputados de la
democracia aún en pañales que hablaban con propiedad y se las tenían con
estilo, el propio de un parlamento, sin insultos ni patochadas groseras u
ordinarias excesivas. Cómo ha cambiado el manual de corrección desde que Aznar
se asomó en sede parlamentaria para derrotar a Felipe González. Entonces la
derecha recuperó iniciativa -y maneras- arrinconando el temor y la prevención
por los lazos demasiado cercanos a un pasado inmediato. Con aquél “váyase señor
González”, se empezó a abrir tímidamente la veda a las formas que hoy hacen
fortuna amplificadas a gritos. Son tendencias -como los pantalones acampanados
o las camisetas imperio- que irradian muchos parlamentos en el mundo con una
bajada alarmante del tono en la cortesía, la educación y el talante de no pocos
líderes mundiales. El populismo posdemocrático se ha decantado por la calle de
en medio sin metáforas ni florituras estilísticas.