viernes, 28 de marzo de 2025

Los huevos de Trump.

 

Efectivamente, esto va de huevos específicamente americanos, de huevos trumpistas. A los múltiples problemas de gobernabilidad a resolver o a emprender por la nueva administración americana hay que añadir la crisis de los huevos. Un quebradero de cabeza más para Trump que debe solucionar la falta de este producto en los supermercados. Una seria contrariedad asociada a la gripe aviar ya ha causado que más de 130 millones de aves hayan sido sacrificadas para no propagar este virus emplumado entre la población. La alta demanda de los fotogénicos huevos revueltos para el desayuno y la falta de oferta han hecho que la docena haya duplicado el precio de venta si es que se pueden localizar todavía en los estantes de Oklahoma del Norte. ¡La gripe aviar y la inflación han convertido los huevos en un objeto de deseo y de opulencia para el consumo ya que los americanos no tienen huevos!

En el imperio de la iniciativa privada, la empresa Rent the Chicken -Alquila un pollo- ofrece una solución -de estado- para resolver el contratiempo. Con aproximadamente unos 400 dólares, según el destino, los potenciales clientes pueden realizar un pedido básico que incluye un gallinero portátil, dos gallinas ponedoras, pienso, accesorios diversos e instrucciones para su cuidado. En un par de días, la empresa facilita que los nuevos polleros urbanos ya dispongan de huevos frescos directamente de su jardín o de la terraza del rascacielos. Tal y como especifica la emprendedora empresa Alquila un Pollo son huevos con menos colesterol y grasas saturadas, con muchos ácidos grasos -aquí los catalogaríamos de ecológicos o de gallinas en libertad que hacen gimnasia o practican Pilates-. La empresa promueve que los clientes puedan adoptar las gallinas al final del contrato o devolverlas pasados ​​los seis meses de alquiler estipulado. ¿Quién no desarrollará apego por unos animales domésticos tan simpáticos -y productivos-? La ventana de oportunidades comerciales que se abre con la venta de accesorios para gallinas es tremenda, desde gabardinas para la lluvia a bufandas, de zapatitos de fantasía a correas para llevarlas a pasear. Todo un mundo gallináceo por explorar.

En Catalunya las personas que prevén como máximo 30 gallinas para la cazuela o un máximo de 70 pollos a l’ast, un autoconsumo ávido, deberían registrarlos como una explotación ganadera desde el año 2014. Esto significa que no se puede obtener un beneficio económico aprovechando la actual crisis de ultramar. Infringir la normativa puede acarrear sanciones desde los 600 a los 3.000 euros. ¡Un buen pico! Pero en Catalunya tenemos huevos. Siempre los hemos tenido, y, en consecuencia, gallinas, no entraré en cuál es el origen primero en los ponederos, el huevo o la gallina. Hace años estas aves de corral, como los patos, las ocas o los hermanos pequeños, los picantones, retozaban zampando felizmente el maíz sin tanta regulación administrativa. Existía una tradición muy nuestra, ahora perdida o en desuso, entre las vecinas de las masías cercanas, consistía en llevar una gallina blanca para hacer un buen caldo que era un remedio muy eficaz para producir leche en las madres primerizas que debían dar de mamar a los bebés. Según la costumbre, sólo la gallina blanca posee dicha virtud.

En el repique ensordecedor de los tambores de guerra ha nacido el concepto de hatillo de supervivencia, un morral donde ubicar una garrafa de agua, latas de sardinas, una penca de bacalao salado, el remanente de morcillas, velas, papeles de identidad, salvoconducto o, entre otros si tenéis, una radio. Además, la comisaria europea de gestión de crisis ha explicado en las redes sociales que también habría que tener a mano dinero en efectivo -a tocateja- y un cuchillo bien afilado habiendo recogido hierbas medicinales diversas.

Europa, que también tiene huevos -un poco poché- está por reforzar los ejércitos y aceitar las escopetas para prepararnos mentalmente ante una guerra, una catástrofe medioambiental o una epidemia como la de los pollos de Trump. También para un más menester respecto del expansionismo ruso -con huevos cuadrados de plomo- y el abandono de Estados Unidos que nos ha dejado huérfanos y desamparados en asuntos de seguridad. No está el mundo para demasiadas alegrías con el panorama que se dibuja. Por eso, queriendo aportar mi granito de arena, propongo que en el fardo de supervivencia canjeemos los chuchos y animales de compañía diversos e inútiles por unas gallinas. Olvidaos de la tropa que parásita la vida doméstica, acoged -o alquilad- las productivas gallinas que siempre nos las podremos zampar si dejan de poner, al mismo tiempo, como los canarios de la mina, han de alertaros de potenciales peligros invisibles si estáis atentos a la pérdida de plumas, a la ufana o al languidecer mustio de las crestas.

¡Adoptad, pues, una gallina!

 

domingo, 23 de marzo de 2025

Un mundo feliz.

 Optimismo y bienaventuranza. Vivimos en un mundo feliz justo el primer día de primavera a pesar de la niebla y del viento molesto que sopla. Empieza la estación en la cual la verdura y la naturaleza renacen en un estallido vital que nos permite contemplar el milagro, todo funciona con los pantanos llenándose sin estragos ni maldades causadas por los elementos, con nieve en la montaña que se derretirá para engrosar los caudales de los ríos y alejar las restricciones en los grifos.

Hace cinco años de la pandemia y de la reclusión forzada que tuvimos que sufrir. Una lección que nos ha llevado al reconocimiento por el esfuerzo con el compromiso de resistir por salir mejores. Desde el cautiverio hemos aprendido a valorar la solidaridad, los pequeños detalles, la gratitud, a ser buenas personas entre otras virtudes que han propiciado el actual entendimiento respetuoso del que disfrutamos. Ha sido el punto de inflexión que ha apartado de los estantes la chatarra armamentista porque sin demanda no se necesitan las ofertas ni los descuentos. Un trasiego en los escaparates de los supermercados que deben llenar el vacío con flores de primavera. Definitivamente hemos entendido aquella disyuntiva que nos proponía hacer el amor y no la guerra. Cuánta paz y armonía no se habrán esparcido estos últimos cinco años.

Los gobernantes modélicos que mandan mucho se encuentran, se llaman, se intercambian regalos con abrazos y pasteles azucarados rellenos de buenas intenciones y mucha generosidad. Sensatos, arreglan los pequeños malentendidos. Han dejado de pactar treguas por una paz definitiva con milimétricos acuerdos respetados escrupulosamente por los bandos que ya no se apedrean con bombas asesinando a criaturas inocentes.

Sólo se oyen los estallidos festivos en el horizonte mediterráneo celebrando la noche de San José quemando los malos augurios y el espíritu de la desgracia materializados en muñecos caricaturescos sin indultar. Fuego y tracas de júbilo y fiesta para celebrar que todo funciona. También el cambio climático es agua pasada, se ha decretado que no existe negando la causa para empequeñecer sus efectos o esquivar su responsabilidad.

Tampoco se lleva firmar decretos con pavoneo público empleando el rotulador grueso. En este estado de bienaventuranza alcanzado se ha desterrado la letra pequeña que es donde anidaba la perversión y algunas tentaciones anacrónicas que actualmente ya no tienen vigencia y, por tanto, no se practican. Fuentes bien informadas han confirmado que ya existe un borrador, un anteproyecto de ley para aplacar eventuales tentaciones, en los Tribunales Internacionales de Derechos Humanos en virtud del cual a los mentirosos interesados, a los embaucadores y a los hipócritas -entre otros- se les condenará a resaltar luciendo unas orejas de burro de tamaño considerable con intermitentes luminosos de bajo consumo para que les podamos detectar sin complicidades no apoyando sus maniobras peligrosas.

En el panorama presente hemos pasado a viajar con medios que no contaminan, son meticulosamente puntuales y confortables. ¿Quién nos lo iba a decir? Las colas y los retrasos son anécdotas de abuelo catalán cascarrabias -un exadicto a los antidepresivos- durante las sobremesas de un domingo de Pascua. Ahora somos la envidia del transporte público y unos héroes, empedernidos usuarios, de la vía estrecha.

Sin embargo asistimos con los brazos abiertos a acoger a personas que huyen de la sequía, de la guerra y de la pobreza. Es un gozo ver cómo se les facilita alojamiento, cómo responden con agradecimiento a su afán por encontrar trabajo y poder integrarse en las sociedades de acogida también con alegría y reconocimiento. Un deleite ver cómo nos los disputamos y reclamamos su concurso para reavivar -con sangre nueva de primavera- las sociedades desarrolladas cada vez más envejecidas y con baja natalidad. En este panorama de pujanza no dudéis que volverá la alegría conyugal que como las flores estalla y se reanima con la primavera, la estación más fantástica -como esta quimera-.

 Pasados ​​cinco años de la pandemia vivimos -sin lugar a dudas- más tranquilos y somos mucho mejores en un mundo feliz. Lo constato coronándome con unas orejeras rutilantes.

jueves, 13 de marzo de 2025

Trenes.

 

La línea de tren R3, que permite conectar Barcelona con Ripoll, Puigcerdà y la Tor de Querol se ultimó durante la segunda década del siglo XX. Nació con vocación internacional porque enlaza Puigcerdà con la Tor y la red francesa de caminos de hierro. Más allá de Ripoll resulta una obra compleja de la que destaca el famoso túnel del Cargol, un diseño helicoidal de más de un kilómetro con un radio que sobrepasa los doscientos metros para superar el desnivel considerable del collado de Toses. La actual línea R3 no ostenta el prestigio por la gran obra de ingeniería que representa sino que se ha convertido en el modelo deplorable por los tramos precarios de la vía y los convoyes reutilizados de segunda mano con una única vía muy caprichosa y extremadamente delicada con tendencia enfermiza a atrapar todos los achaques ferroviarios en el extenso catálogo de epidemias carrileras con los retrasos infalibles como una afección crónica.

Este túnel del Cargol -el de Toses- ha trascendido a la memoria puntual del territorio porque el ingeniero, desolado, acabó su vida electrocutándose después de tres años de trabajo duro cuando las dos bocas del túnel debían coincidir en un punto intermedio. Desconocían qué cálculos habían sido erróneos. El punto para sobreponerse al descrédito y al fracaso le llevó al pequeño cementerio de Sant Cristòfol de Toses donde descansa. El ingeniero Hilario Jesús Retuerta Toledano nunca supo que tres días después de la desgracia las dos máquinas que horadaban la roca se encontraron completando el túnel con un margen de error insignificante, sólo de 7 cms.

Mi primer viaje en tren transcurrió de Sant Joan de les Abadesses a Ripoll, un servicio que se inauguró a la manera de un afluente de la actual R3 en 1880 con una terminal en Toralles, donde se halla el muelle de carga para el carbón que bajaban las vagonetas desde las minas de Ogassa y de Surroca. En 1967 las minas dejaron de ser explotadas y la línea de ferrocarril entre Ripoll y Sant Joan de les Abadesses fue clausurada por Renfe en 1980. Actualmente la antigua vía del carbón es una magnífica vía verde para pedalear o pasear al alcance de todos, la Ruta del Ferro, donde el retraso sólo se puede achacar al estado de forma de cada cual.

En los setenta mis trayectos trimestrales fundamentalmente nocturnos y eternos me llevaban a Madrid y a Toledo. De regreso, de Barcelona al Ripollès, yo y la maleta de plástico que simulaba la piel de un paquidermo -y por cómo pesaba- acabábamos el trayecto en el tren de Sant Joan de les Abadesses una vez atravesada media Península durante ocho cursos. De todas las peripecias ferroviarias que pude disfrutar en esa etapa sólo un tren, precisamente de esta línea, descarriló a medio camino, en Centelles, sin heridos ni contusionados graves por fortuna.

Por razones laborales, durante ocho años, fui un usuario de Cercanías con el privilegio de dar tumbos por la primera vía de ferrocarril que se construyó en el país, de Barcelona a Mataró. Mientras era usuario alivié las esperas y el trayecto salpicado de paradas con la lectura. Algo que he echado de menos, no así la incertidumbre de no saber nunca por qué vía aparecería el convoy desde Mataró hacia Barcelona. Una aventura que asociaba al recuerdo de la primera vez que viajé en tren, la máquina era de vapor y los asientos de madera. Nos asustaba en cuanto cruzaba un túnel oscuro lleno de humo y de ruido. En uno de los viajes, llegando a la capital del Maresme, donde la vía efectúa equilibrios temerarios sobre las rocas a orillas del mar, una ola superó el techo del vagón. El estrago provocado en la catenaria y el susto de los viajeros fue mayúsculo. Yo que tenía -y tengo, si cabe- el hábito de sentarme en los asientos de espaldas en las ventanas, los menos castigados como reposapiés por los compañeros incívicos de trayecto, no vi venir esa ola. Reparar los estragos, recuperar el sobresalto y la circulación supuso alteraciones en el servicio durante tres días.

La Remfla -como decía aquél- se ha convertido en una pesadilla para los catalanes del siglo XXI. Llevamos días -demasiado tiempo, años- con un cúmulo de incidencias a menudo diarias y reiteradas. Desplazarse en tren es una aventura. Un desastre de funcionamiento y de mantenimiento en las infraestructuras -obsoletas-. Dejo el corredor mediterráneo y las obras del Escorial en la estación de la Sagrera al margen mientras acabamos de presenciar a unos pasajeros caminando con maletas por las vías trompicando las traviesas de una vía verde sin asfaltar ni acondicionar. No pido una implicación tan letal como la del ingeniero del túnel de Toses, sí la dimisión por incompetencias y la inversión que correspondería en un servicio que se ha convertido en un problema también crónico o de cuando la movilidad se convierte en una yincana con los concursantes superando la prueba cotidiana con dificultades y mucha angustia. Ahora mismo viajar con el servicio de Cercanías es practicar un deporte de riesgo.