Empezaré
por el final desbaratando el punto de intriga: he sido abuelo. Martí ha asomado
su cabecita al mundo después de meditarlo cinco días al plazo que la doctora prescribiera.
Bien pensado se ha de estar muy bien, de lo más acogedor, caliente y cómodo, en
el útero de la madre. Un proceso de nueve meses que ahora se cuenta a semanas,
algo que yo me hacía traducir a meses, una prevención -un prejuicio, para
entendernos- como la de contar las grandes cantidades a pesetas para captar su
magnitud con la precisión aproximada de hace unas décadas.
Ha
sido un proceso largo, el propio de las mujeres embarazadas sin demasiado
misterio en lo que respecta al sexo del recién nacido. Una analítica permite
determinarlo desde el principio. La incertidumbre ilustrada entre el azul cielo
o el rosa pastel nostálgicos de cuando nacíamos en una palangana es historia.
Por eso Martí ha sido Martí desde las primeras semanas -meses- de gestación. La
personificación hace que el deseo por ponerle cara, no género, tenga nombre. En
casa no preguntábamos qué hace el niño sino cómo está Martí. ¡Bienvenido! Hemos
evolucionado de aspirantes a abuelos insistiendo, directa o sutilmente, con qué
ilusión nos hace ver cómo la familia se amplía a la realidad de estos días
cercanos a Navidad. Ciertamente podríamos instalar un pesebre viviente en el
comedor de casa.
La
constatación de la vida, el gozo de ver nacer a una criatura adquiere una
perspectiva diferente cuando se trata de un nieto. Algo que no requiere de nuestro
concurso ni de nuestra voluntad por cabezones que hayamos podido resultar
porque la empresa i la responsabilidad no recae en nosotros. El deber es
subsidiario, como de segunda o tercera mano, respecto de los progenitores. En este
fundamento, ya que lo tenemos demostrado habiendo sido padres de a quien hemos
traspasado el milagro de la procreación, los abuelos lo observamos desde una
perspectiva -a menudo descatalogada- que nos permite malcriar y consentir
-entendidos con muchas comillas- bajo la lupa de las indicaciones que nos
encomienden. Un capítulo nuevo que todavía no hemos estrenado.
De
los recuerdos de la vida, el nacimiento de los hijos es el que se lleva la
palma. La previa con las inquietudes y las alarmas; desde los dolores
precedentes a los mueros de la inminencia, del “qué dolor” al
“ay, que me muero” está la espera final y el momento decisivo que como abuelos
nos ahorramos. Asistir al parto es emocionante, intenso. Recuerdo al pediatra
alertándome de que si me desplomaba no me recogería por razones obvias de
calibre que asumí mientras las piernas me temblaban. Sostenerlos, tener la
certeza de que lo primero que han visto cuando abrieron los ojos es nuestro
rostro, el espejo en el que se reflejan las semejanzas. La presentación formal
-¡Eh, soy tu padre! -se intensifica con el abrazo tierno sosteniendo un cuerpo
minúsculo y desvalido. Demasiado delicado para tanta inexperiencia.
A
Martí le conocí en el hospital -¡Tus abuelos, Martí! -dijo mi hijo. Qué ilusión
más emocionante. Allí en la cuna funcional de las clínicas reposaba nuestro
nieto apenas con un par de días de vida, absolutamente en rodaje como un
mecanismo formidable al que la vida le acababa de dar cuerda. Es sin lugar a
dudas el niño más guapo del mundo que refunfuñaba así que lo apartabas -a pesar
del padre o de la abuela- de la proximidad y del latido de la madre. Yo me
abstuve de la tentación de cogerlo en brazos y acunarlo amorosamente. Todo va a
llegar. Demasiado tierno para manipular todavía.
Fotos
y más fotos cayendo en la manía de todos los abuelos para instalar también en
las pantallas la imagen del nieto más bonito del mundo. En la segunda visita ya
en su casa vuelves a constatar cómo se parece a la fotografía oficial que los
padres te permiten distribuir y compartir con aquellos que te son cercanos. Una
imagen pegada a los pliegues de la memoria que se irá renovando a medida que se
hacen mayores o el primer día que suelte la palabra abuelo como un
estremecimiento cariñoso.
Por ahora Martí hace poca cosa. Mama, duerme y, de vez en cuando, abre los ojos con la curiosidad de quien lo tiene todo por hacer, ver, escuchar y vivir. ¡Por muchos años, Martí! A sus descubrimientos podría contrastarse nuestra novedad, él mismo. Por ahora el juego de espejos se va definiendo. Los ojos y las cejas son de la madre, existe un acuerdo unánime al respecto. Según el padre, compensando los pareceres, las manos son de nuestra rama. Y la tieta, flamante recién inaugurada, dice que ella de pequeña tenía el mismo cabello y unos ojillos similares. A mí me encanta la manera de disponer la mano con el puño cerrado debajo de la barbilla como yo suelo hacer a menudo. La conclusión es que pertenece un poco a quien le quiere.
¡Ansiado
Martí!
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