sábado, 31 de agosto de 2024

En obras.

 

Un amigo muy cercano -como suele decirse para encubrir el pecado- ha estado de mudanzas en agosto. Me ahorro preguntarle por dónde ha andado de viaje audaz tal y como acostumbraba algunos veranos antes de esta aventura insólita. Un trajín de maletas, muchas, de allí a aquí y algunas han llegado con retraso cuando no se han perdido en alguna escala técnica de enlace sin ascensor. Valijas, cajas y fardos de lo más diverso. Siendo sincero me explica que en este cambio de caparazón, como los caracoles, ha hecho balance de lo que ha ido acumulando con el paso de los años. Trastos que nos hacen un guiño indultados por razones diversas, algunas vinculadas sólo con el recuerdo. Rompiendo tendencias las ha depurado y se ha deshecho de un número considerable de pertenencias que colonizaban, inútiles, los espacios vitales de una vivienda.

Comparte complicidades de lo apurado económicamente que ha quedado, está a dos velas. Es muy gráfico, "si me giras boca abajo no se me caerá ni un euro" -tampoco caspa porque es calvo-. Como un gran entendido en macroeconomías domésticas cavila que los ahorros no rinden, considera que lo mejor es invertirlos. Aprovechando la ocasión me propone que aporte una pequeña cantidad a cambio de figurar en la lista de las personas que han hecho el gesto generoso, como los créditos de una película en la que figuran los agradecimientos. Se compromete a poner una pequeña placa con mi identidad especificando que, si quiero que consten otros milagros biográficos, la aportación será más elevada pero razonable. Siempre se puede negociar. Lo observo y, efectivamente, pone cara de vinagre tras la pose de satisfacción simulada.

Se compromete, en cuanto lo tenga presentable sin el caos con el que convive estos días de trasiego, a mostrarme los prodigios que mejoran una vivienda de toda la vida que había que reformar. Se podría hacer un programa o un serial televisivo como el de unos gemelos americanos que se dedican a renovar con mucho predicamento ostentosas casas de ensueño cargadas de caprichos y detalles de estética arriesgada. No ahorra particularidades, necesita justificarse. Empieza por el principio de la detallada cronología del proceso ya que él sólo quería instalar un grifo con una manguera en el garaje para limpiar la bicicleta del sudor y del barro. Pero como en el rascar y en el comer que todo se empezar, así se embarcó en ese periplo que ha durado un año y medio largo. Una maratón de ladrillos y de profesionales que han desfilado -en alguna ocasión insubordinados y con el paso cambiado- por el yacimiento arqueológico con una concentración de restos de actividad humana que ha sido necesario desenterrar y seleccionar. Algunas, con el alma encogida, directamente al vertedero.

Del grifo para regar ortigas en el huerto se ha ido animando. Se ha vuelto adicto a las obras como aquellas personas que peregrinan constantemente al cirujano plástico o al albañil para combatir las arrugas y los estragos que causa la implacable gravedad en el cuerpo humano y en las casas viejas. Puesto en ello, siempre eran precisos unos retoques más. Siempre aparecía otro detalle que se fueron magnificando con un ojo poco temerario puesto en el remanente de los ahorros. De ahí la penuria actual que tiene sus raíces en la burbuja inmobiliaria y en el encarecimiento astronómico posterior de los materiales y de las horas de trabajo empleadas por los operarios.

Este vicio le ha ido seduciendo hasta el punto de tener que necesitar el apoyo de los especialistas en desórdenes mentales afortunadamente leves. Los primeros síntomas se presentaron en la elección de las baldosas, de los muebles de la cocina o de las neutrales e imprescindibles tejas, unas sólidas que se asientan perfectamente -eso sí, empeñando un riñón-, ya que se ha empezado la casa por el tejado, que sea bien firme. Me dibuja un panorama mental aterrador, el paisaje de después de una elección dudando por si la has errado o porque otra alternativa podría ser mejor. No desea esa incertidumbre -adopta una pose de angustia- a sus enemigos entrañables que, por unos días, identificó con la guerrilla de industriales que trabajan en la obra.

Del grifo, como me decía, al ascensor. Albergar un elevador doméstico en una estructura ajena y hostil es un prodigio de cálculos y posibilidades que acaba diezmando indefectiblemente algún espacio existente. Las puertas del ascensor no pueden desaguar en la despensa o en la cocina confundidas con la de la nevera. La solución pasa por mordisquear algún cuarto que pierde la condición matrimonial deviniendo individual aunque precariamente espaciosa. En ese punto me confiesa que prestó oídos a muchos pareceres para resolver según criterio propio a menudo enfrentado al núcleo familiar. Reconoce que se convirtió en un déspota del diseño. Está convencido de que los dictadores desarrollan la manía opresora reformando el cuarto de baño.

El punto culminante, la decisión estelar, llegados a ese momento llevado por la enajenación constructora o por la tendencia vertical de la arquitectura fálica imperante de quien quiere dejar huella en la silueta urbana, decidieron -aquí emplea el plural para indultarse- alzar cielo arriba medio piso. Expandir verticalmente los espacios habitables y disponer de una especie de estudio donde recluir los pensamientos y las aficiones diversas que tiene pensado desarrollar, -¡Ya te lo enseñaré! -dice satisfecho. La paz y la tranquilidad que se alcanzarán son remarcables aunque le lleguen -inspirado en las quejas del premio Nobel de literatura, Juan Ramón Jiménez, atormentado por los ruidos- y a pesar de la insonorización de los cristales dobles, las escarpadas rimas consonantes del poeta local.

Nos despedimos deseándole que lo pueda disfrutar con salud y armonía consigo mismo. Que se mejore de esta pérdida de control y se aleje del vicio nocivo por las obras -y el bolsillo-, aunque menores.

viernes, 23 de agosto de 2024

Paellas para dandis.

 

Pasada la Virgen de agosto, comienza la temporada por excelencia de las fiestas mayores en muchos lugares. Noches de pirotecnia anunciando la buena nueva aureolando insignes patronas con el estallido que preludia el desenfreno alegre con diversidad de actos lúdicos y de pretendida hermandad. Días de encuentro y de excesos como el partido de fútbol entre casados ​​y solteros que ha perdido mucho del predicamento del que gozaba. Una lástima y algo que no se ha enmendado ni remediado con algunos cambios de fecha drásticos para no favorecer el éxodo de los lugareños a la costa en plena fiesta mayor de verano. Pero una manera eficaz de reprimir a la caterva de invitados gorrones que se aprovechan de la generosidad ajena con más hambre y exigencias que letra y másteres.

De las más madrugadoras es la fiesta mayor de Gràcia que tradicionalmente engalana las calles con fantasía y mucho color. Este gran acontecimiento ha alcanzado un éxito tan abrumador que es una especie a proteger debido a las aglomeraciones que se acercan para disfrutar del esplendor decorativo en detrimento de la vida social callejera tal y como se vivía desde que surgió esta iniciativa. Una tendencia que no afecta sólo al barrio de Gràcia, las multitudes estivales arrasan por todas partes como plagas de langosta en sandalias y calcetines, un ejército sumiso disciplinado tras los guías turísticos que entorpece las tradiciones -y las aceras- cuando no las ejecuta.

El caos en los aeropuertos y en las estaciones de tren debido al volumen de personas que nos desplazamos acá y allá es un buen indicador, el síntoma más determinante de esta plaga producida por una movilidad difícil de gestionar y de asumir. El barrio de Gràcia y otros lugares se convierten durante la fiesta mayor en un destino pretexto más para llenar los ociosos momentos que deben completar la agenda de un viaje de crucero organizado. Las protestas nada sutiles de “turistas fuera” tienen el punto de arma de doble filo que nosotros no nos aplicamos así que nos proponemos lo mismo que la tropa de guiris que nos va conquistando. Se necesitan pistolas de agua más eficientes para ametrallarlos mientras comen a horas intempestivas sitiando las terrazas urbanas.

Firmemente decantado por una opción menos armamentista, creo que el arsenal de paellas acartonadas vigentes que se sirven mayoritariamente precocinadas en Barcelona debería bastar para disuadirlos pacificando la extraordinaria masificación que sufre la ciudad. Añadid, de ser necesario, otro elemento bélico de contrastado efecto letal, la innoble sangría a granel.

Habrá que observar y estar dispuestos a la inmediata avalancha acuática de caminar marinero que comportará la Copa América de vela. Un lingüista argumentó que la palabra dandi, actualmente se aplica a las personas muy refinadas en el vestir, derivaría de la onomatopeya "ding-dong" imitando los sonidos naturales-. Según el maestro sabio esta expresión sugiere el tintineo de una campana que se habría asociado a cómo se mueven los hombres de la mar en tierra firme, con un ligero balanceo para amortiguar y compensar el fuerte oleaje que nos recordaría el navegar sonoro de las campanadas. Ding, ahora un pie; dong, ahora el otro. Observaré si la manera hace fortuna y predomina entre la afición salada que está previsto que nos frecuente próximamente.

No quisiera pasarme de osado mientras me dedico por distraerme a clasificar a estos visitantes ocasionales que podríamos llamar hablando con propiedad de barcelonautas. Los de la vela que tintinean, los que también oscilan por exceso de infusiones etílicas y aquellos que caminan tiesos como un ajo. Podría decir sin temor a errarla que quienes ramblean estirados ​​como un cirio no saben nadar.

 

lunes, 12 de agosto de 2024

Jimmy Puigdemont Jump.

 

La actualidad catalana vive agitada por dos eventos que han coincidido en el tiempo y casi en el espacio. El epicentro de ambos hechos se halla a cuatro pasos, como quien dice a tiro de piedra. Uno bajo del Arc del Triomf en el paseo Lluís Companys, el otro en el Parlament de Catalunya, en la vecina y próxima Ciutadella. Con puntualidad anglosajona, el presidente Carles Puigdemont se dirigía a los congregados mientras el futuro presidente Salvador Illa repasaba las cuartillas del discurso a candidato para la investidura que debería pronunciar con puntualidad institucional una hora más tarde.

Casi se han solapado las comparecencias que marcarán la fecha del jueves ocho de agosto de este año de no demasiada gloria ni victoria para el independentismo pese a la jugada maestra de escapismo protagonizada una vez más por el inquilino de Waterloo. Con una audiencia considerable amorrada a las pantallas de la televisión catalana asistimos en directo a cómo el señor Puigdemont se fundió literalmente ante el desconcierto y la incredulidad posterior de los televidentes con un truco afortunado de magia de cerca, de distancia muy corta con el público asistente junto a una mesa -en este caso la tarima del escenario- donde el mago nos confunde, nos seduce o nos toma el pelo con un efectista juego de sombreros o de gorras -¡elegid!-.

La promesa era de veras, Puigdemont había regresado del exilio para asistir al debate de investidura de Salvador Illa. Las imágenes llegando a Arc de Triomf sin entretenerse, trotando discretamente para no levantar aún más la liebre entre la muchedumbre de policías desplegados es de gran efecto. Avezados a la parsimonia ceremonial de los mandatarios, ver a Puigdemont subir apresurado la rampa, sudado, y con urgencia dirigiéndose al escenario es una estampa muy potente.

Un juego estratégico de paneles en el escenario, otro de gorras y/o de sombreros tras las bambalinas y un vehículo para huir quemando más la credibilidad de los Mossos d'Esquadra que gasolina y neumático. ¿Dónde está el president Puigdemont? Los avezados lectores de novela negra ya sospechaban que el doble panel era el punto donde se verificaría la discreta detención del díscolo Carles Puigdemont. Vencido y cautivo el escurridizo personaje debía ser entregado por los Mossos al juez Llarena quien, en persona, abriría las esposas para iniciar la comparecencia.

El guion previsto se torció ya que él llegó, se dirigió a los asistentes y se las piró dejando a las fuerzas varias, diversas y muy numerosas encargadas de la detención con un palmo de narices. Ante el ridículo colosal, Barcelona y las salidas hacia el norte allí donde dicen que la gente es más libre y acaudalada, se sometieron a una severa operación de control por los Mossos escudriñando maleteros y vehículos susceptibles de trajinar tan preciada carga para la judicatura española. Donde está Carles Puigdemont fue el centro de interés informativo de toda la jornada más que la previsible investidura de Salvador Illa de la Roca. La elección del 133 Presidente de la Generalitat figurará en el calendario popular como el día que Puigdemont se esfumó. La épica anécdota se habrá sobrepuesto en el imaginario al acto político e institucional central, proclamarlo presidente de la Generalitat.

El jefe de los Mossos d'Esquadra, visiblemente cabreado, ha declarado que Puigdemont se parece más a Jimmy Jump, el insigne espontáneo inoportuno, que a un expresidente de la Generalitat.