miércoles, 31 de enero de 2024

Efluvios de un ecosistema nocivo.

 

Hay asuntos que pese a ser los causantes -ya podemos dejar de lado el adjetivo "presuntos"- nos sobrepasan. No somos todavía capaces de hacer que llueva y pasar página. La extraordinaria sequía que padecemos ha dejado los embalses en unos mínimos históricos. El área metropolitana de Barcelona y parte de Girona se verán afectadas por el plan de medidas especiales contra la sequía que restringirá el agua potable en el sistema Ter-Llobregat. Si no hay, no puede manar agua al grifo. Veremos cómo se concreta y cómo nos afecta en la vida doméstica. Hago a los hostiles de la higiene personal apelando a la sequía para lograr uno de los retos con argumentos que les apoyan. Me imagino a las autoridades volviendo a decretar el uso de la mascarilla para combatir la atmósfera espesa en los espacios cerrados y de concurrencia comprimida. Una vida dura para las personas con agudeza olfativa; a las embarazadas las veo recluidas en una burbuja de protección.

Volverán los días del intenso pachulí, de reciclar calcetines sin pasar por agua como solíamos en las extasiadas épocas del piso de estudiantes. El tufo de la sequía empapando nuestras vidas sin mencionar los sedientos problemas graves que puede acarrear. Corren malos tiempos en un ecosistema nocivo que nos envuelve y nos atufa. Por todas partes, si aspiráis profundamente, estos efluvios nos arremeten haciéndonos fruncir la nariz en un gesto de desagrado que nos incomoda. ¡Uf!

Cosas mías, pero en la dimisión en diferido del entrenador del Barça, Xavi Hernández, detecto también el futuro irrespirable en el vestuario sin ventilar y con las duchas vedadas que puede afectar a su salud como ha argumentado en una rueda de prensa. Imaginad una asamblea de jugadores sudados en el descanso de un partido soportando los reproches del entrenador cabreado con un bozal protector. Si no cambia el tiempo y llueve, el césped del Camp Nou las pasará canutas, de campo verde de fútbol a terruño donde pacer cabras que, por sus pecados -como los jugadores-, llevan las rodillas peladas.

Algún día tendrá que llover, un consuelo que por ahora no acaba de llegar. Tampoco es que hayamos desfilado suficientemente en procesión rogando a las divinidades, seres cercanos al cielo, que pongan remedio. Sin embargo muchos tememos que, cuando lleguen los chubascos, descarguen con furia causando estragos que deberemos lamentar. Por ahora, en esta contumaz sequía, tan sólo nos ha afectado un tsunami que ha traído más cola que agua. Los efluvios de algunos jueces a Varon Dandy, perfume legendario y centenario como el coñac para hombres con criterio legal, invaden algunos tribunales que permanecen con las ventanas cerradas demasiado tiempo. Vuelven -o nunca se han ido, como el pachulí- los entornos con hedor a rancio, a taciturno.

A la aspereza ambiental que se respira agravada por el polvo sahariano que también nos ataca no es extraño, pues, que algunos tengan que habitar en microclimas allá arriba al norte protegiéndose el flequillo del pedrisco seco y de las amistades peligrosas. Parecería una inocentada inverosímil que quieren colgarles si no fuera porque determinados jueces se han empeñado en alejarles aún más de la ley de amnistía que ha sido tumbada en el Congreso por una parte del independentismo catalán. Una galerna o la tormenta perfecta para el presidente español al que se ha visto con cara de consternado, todo ello un poema político con rimas torpes que nos descoloca.

Quiero pensar y deseo que volverá el perfume de la hierba recién cortada, amorosa, limpia con el olor de una criatura recién lavada. 

 

miércoles, 17 de enero de 2024

El lunes más triste del año.

 

Dicen que este lunes, el tercero de enero, es el día más triste del año, la globalidad lo rotula en inglés, blue monday, como si el nombre hiciera la cosa. Si nos fijamos en nuestro calendario coincide con la semana de los barbudos, donde la tristeza se sustituye por el frío, las heladas, nevadas y el mal tiempo en general que tradicionalmente se originaban por estas fechas, las de los santos velludos. Esto era antes de que el clima se desquiciara por completo y los referentes hayan perdido fiabilidad. En el mundo anglosajón el azul -blue- tiene esa connotación mezcla de tristeza y melancolía que nos descolocaba tanto cuando Roberto Carlos, aquel cantante brasileño de los setenta del siglo pasado, anunciaba que el gato está triste y azul a la vez. Un problema de traducción o en realidad era cosa de las condiciones meteorológicas de la temporada cuando hacía tanto frío que incluso los gatos se congelaban y se volvían de color azul tirando a morado. 

El lunes más triste del año es un buen argumento por ponerse a hibernar -como le habría convenido al gato de la canción- mientras no llega el martes, al día siguiente de después del lunes más gatuno del calendario. Este accidente que nos quiere noquear anímicamente estaría fundamentado en recientes campañas publicitarias creadas para aumentar las ventas ya que el decaimiento sólo se puede apaciguar con mayor consumo. No hay que ser un gran futurólogo para adivinar que, después de las fiestas, la alegría, sobre todo en los establecimientos comerciales, no pasa precisamente por el momento más álgido. Hacer coincidir esa desgracia con un lunes es definitivo. Porque el lunes debería estar proscrito, desterrado de los días de la semana a menos que caiga en festivo. ¡Qué día más feo!

Yo personalmente firmaría que sólo haya un día desolador a lo largo del año aunque sea el lunes. O dos o tres a mucho estirar. Pero la realidad es más dolorosa y menos armónica. Empezado el 2024, todavía en rodaje pero sin demasiadas garantías, el panorama sigue desafinando en muchos lugares. Guerras, algunas aparentemente amortiguadas porque han perdido protagonismo periodístico mientras las atrocidades siguen vigentes en el frente, como en Ucrania, que ha sido apartada de los grandes titulares por la escalada despiadada de horrores que se viven en Gaza mientras, como una mancha de aceite, el Mar Rojo se comienza a teñir literalmente de rojo.

Un mundo frágil, por decirlo suavemente, con los conflictos aludidos y el fantasma de Donald Trump que resucita ya no de las cenizas sino de las llamas que nunca se han extinguido en la confrontación interna que viven Estados Unidos. Justo acaba de empezar la carrera electoral con un candidato acusado de complicidades en la insurrección por el asalto al Capitolio entre otros delitos. Se acaba de conocer que con un gran margen de diferencia, más de la mitad de los votos, el estado de Iowa ha elegido al magnate estadounidense como el candidato preferido para representar al Partido Republicano en las elecciones de este 2024. Resuenan las contundentes palabras de la presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, admitiendo sin reservas que un posible regreso de Trump a la Casa Blanca sería "claramente una amenaza". Un factor de riesgo y de especulación constante.

Mientras, coincidiendo con el lunes más nefasto del año en Davos (el lugar donde se ubica la novela la montaña mágica de Thomas Mann que se publicó hace justo cien años) se reúne el capitalismo globalizado bajo el lema “Reconstruir la confianza”. Más que una ironía es un sarcasmo -triste y azul como el gato- donde se reúnen el poder corporativo con algunos presidentes de gobiernos y significados personajes en un club privado, el de Davos -que destila oscuridad y ostentación-, donde algunos representantes de grandes monopolios privados poseen valores superiores al PIB de todas las economías de África y América Latina juntas. ¿Qué confianza quiere rehacer la faraónica riqueza de estas multinacionales que compiten con el poder de los estados pudiéndolos regular? Un espectáculo para selectos miembros en un mundo cada vez más desigual y con la extrema pobreza en alza. Los cinco hombres más ricos de la Tierra han más que duplicado su fortuna durante los últimos cuatro años. La brecha entre ricos y pobres no ha parado de aumentar desde que la pandemia disparó su desigualdad. Las grandes fortunas han crecido porcentualmente tres veces más rápidamente que la inflación.

lunes, 8 de enero de 2024

Cenando con el Rey Melchor.

 

(Dedicado a Lluís-Melchor)

Cuesta no recuperar el hechizo y la magia de cuando éramos niños contemplando la cabalgata de los Reyes Magos desfilando por las calles del pueblo. Quién no ha entregado, aunque sea de pensamiento, una carta al paje real con una lista de demandas que van perdiendo la concreción a medida que se adelgaza la fe monárquica. La puesta en escena con carrozas cargadas de regalos y solemnidad nos transporta a la infancia con la firme convicción de haber sido buenos mozos. La omnipresencia de Sus Majestades de Oriente ha llegado a este lugar con una nevada testimonial en la montaña y con una llovizna que no resolverá la falta grave de agua, una muestra de buenas intenciones que ha sido también testimonial y no ha entorpecido en exceso el desfile real.

De la magnificencia fastuosa de las grandes ciudades a la accesibilidad de los reyes de pueblo donde uno te dedica besos personalizados, otro te ofrece un puñado de caramelos y el tercero se acerca a conversar. Reyes cercanos que conocen el territorio y la república laica de la santa inocencia, allí donde convocan a las criaturas por su nombre y conocen de ellos algunas travesuras. Monarcas cercanos que se pueden presentar a casa para cenar. Así fue como Melchor, sin corona y despojado del traje de gala, llamó a la puerta y se incorporó a la mesa para reponerse de la extrema palidez que acarreó a lo largo de la jornada. Bienvenido, ¡excelencia!

Protagonista consciente de la magia del día, cansado de sentar la ingravidez inocente en las rodillas si no fuera porque los Reyes Magos no se agotan, todavía se entusiasma, enternecido por la experiencia vivida, con emprender el reto de una noche larga, la que corresponde llevar los juguetes a los niños. Pero sus majestades también cenan y gozan de una breve tregua.

Como niños nacemos y, con los años, criaturas nos volvemos, la intensa víspera de reyes comienza tradicionalmente con la visita al geriátrico a media mañana. Abuelos de ojos aturdidos, sorprendidos, agradecen los regalos mientras algunos luchan por desenvolver un caramelo comprobando cómo los reyes son escrupulosamente exactos en la aritmética del reparto equitativo entre los residentes.

Pero el plato fuerte, comida al margen -los reyes también almuerzan-, arranca justo con la concentración de todo el que forma parte de la cabalgata para organizar el lucimiento del desfile nocturno. Un ejercicio disciplinado, de mucho trabajo discreto y voluntario que habla de generosidad. Son reyes de verdad encaramados en las carrozas doradas rodeados de pajes sumisos. Saludan ceremoniosamente, con solemnidad, a las criaturas. Sonríen mientras en las aceras se congrega un gentío con farolillos para recibirlos. Padres perdiendo la moderación con tiernas criaturas a las que apedrear con caramelos. 

Un séquito que este año, por prevención meteorológica, no ha terminado en la plaza mayor, en los balcones del ayuntamiento donde son recibidos por las autoridades cuando el alcalde entrega a Melchor la llave mágica que abre todas las puertas de la villa. En esta edición los parlamentos han tenido lugar en el polideportivo y se han formado las largas colas para acercarse al rey predilecto. La guerra cercana a Belén, el epicentro que irradia esta franquicia mágica al mundo, ha sido una referencia y una reflexión obligada.

-¡Tengo terrores nocturnos y me meo en la cama! -se ha presentado así de entrada al rey blanco un chiquillo de cuatro o cinco años bien consciente de la importancia de la entrevista que ha dejado fuera de combate a Melchor, una noqueada con un punto de consulta psicológica que el niño, convencido que no puede perder el tiempo, la oportunidad y la paciencia del rey ha pasado a enumerar apresuradamente los regalos que quiere que le traigan. Eso sí que es primordial, más que las inoportunas humedades nocturnas infantiles a las que el monarca pretendía restar importancia y poner en contexto sin entrar en detalles. La criatura no está por recomendaciones sino para recitar y especificar qué quiere con mucha precisión.

Mientras cenábamos, Melchor -que lo sabe todo-, me ha confesado que también ha intercedido, abusando de los favores reales, para que el carpintero nos instale unos cristales pendientes de una reforma. ¡Qué privilegio! Esto será caso hecho a no tardar. Mientras brindábamos nos hemos mirado, un silencio cargado de mensajes que no requería enumerar ni precisar las prestaciones. Yo le he pedido esperanza, salud e ilusión entre otros artículos.

De las cosas que se tocan, abusando de la gracia real, a mí me ha llegado un libro y, coincidiendo con Melchor, procedentes directamente de los almacenes donde los pajes se las tienen frenéticamente para casar las cartas con los regalos, un par de calcetines. Nos hemos despedido con cierta complicidad humana, como si los calcetines nos hicieran pisar la cotidianidad desprovista de la magia hasta el próximo año.

¡Gracias, Melchor! ¡Gracias Reyes Magos!