martes, 31 de octubre de 2023

Los flecos de Puigdemont.

 

Vivimos días de intensidad política e institucional centrados en la monarquía y en la investidura de Pedro Sánchez. La información al respecto es tratada de forma distinta. Una viene coronada por el consenso mayoritario y presentada como un pastel de aniversario saturado de azúcar y glamour sin voces críticas ni acciones contrarias que hayan podido estropear las secciones gráficas de la prensa rosa. Qué princesa más fotogénica para un cuento de hadas. La otra, entronizar a Pedro Sánchez como presidente, tiene más obstáculos y una corte hostil que no se lo pondrá fácil.

Vayamos por partes. Lo monárquico vive horas tenues. Subsiste en dinámicas de relevancia intrascendentes -de escaparate-   y comienza a tener detractores impensables desde no hace demasiados años. Defender al emérito es un ejercicio de fe a ojos cerrados en la bondad de la monarquía. El prófugo ha hecho mucho daño a la corona. Por eso es tratado por la casa real como un apestado para resguardar a los sucesores. La retahíla de travesuras poco ejemplares de quien ha sido jefe del estado no son sólo resbalones puntuales o asuntos de faldas encubiertos sino que la corrupción internacional le ha aureolado con una corona de espinas que ha liquidado la reputación de Juan Carlos. De rebote, ha dañado los cimientos de la monarquía que desde la transición empieza a ser discutida más allá del republicanismo tradicional. 

La estrategia ha sido aislar a los sucesores y hacer ver que, cuando el emérito vuelve para engullir marisco gallego y tomar el fresco en una regata de amigos incondicionales, no pasa nada, cosas de abuelo. En Catalunya, el discurso de Felipe VI el 3-O del 2017 no fue afortunado y comprometió la debida neutralidad de la institución cuando nadie había secuestrado el Congreso a tiros. Si la valoración de la monarquía en general no era para lanzar cohetes, las palabras de Felipe lo desacreditaron aún más. El rechazo monárquico tenía otro argumento que se sumaba al historial destapado de su padre. Como la condición dinástica va ligada íntimamente al pasado y a la herencia, no se pueden borrar los episodios que no nos gustan por torpes o son, directamente, motivo de un presunto juicio si la justicia ordinaria pudiera encausarlos. No se pueden revestir los momentos y los protagonistas desligados unos de otros. Son los Borbones en paquete con mucho pasado y un incierto mañana. Pero a la princesa la han presentado como una página inmaculada vestida de blanco rodeada de corifeos que cantan sus excelencias. 

Sin tantos corifeos, Pedro Sánchez lo tiene más peliagudo. Este gato político de siete vidas parecería que siempre cae de pie. Veremos si es así alcanzando los acuerdos para ser investido presidente con el apoyo de lo que la derecha considera la morralla independentista. Qué final de cuento -sin príncipe azul, pero con un apuesto Sánchez- para Puigdemont que dispone de la llave y el duro que tendrá que llegar -prometen que esta vez sí- en caso de que nada se tuerza. Los implicados en la negociación deberán desatascar la amnistía, las deudas pendientes, la financiación y el traspaso de Cercanías.

Respecto a los trenes que viven y ruedan en Catalunya yo añadiría dos agravios pendientes y paradigmáticos respecto de la inversión ferroviaria del Estado en Catalunya. No quisiera añadir presión ni entorpecer las negociaciones, aunque terminar la estación de la Sagrera y finalizar el corredor mediterráneo serían dos grandes muestras de buena voluntad desde que la alta velocidad empezó a calentar catenarias por la Península. Haced cuentas desde 1992. O nos menosprecian o están convencidos de que invertir a favor de las ínfulas independentistas es un mal negocio, tirar el dinero, vamos. Todo puede ser, o ambas cosas a la vez.

Lo que más polvareda levanta y exalta los ánimos en las tertulias es la amnistía. Un santo grial para algunos que viola la constitucionalidad y atropella la esencia de la democracia. Los discursos bien trabados contra los que perpetramos un golpe de estado y la sedición no se pueden perdonar -¡Puigdemont a prisión! En las últimas horas, vocales conservadores del Consejo General del Poder Judicial se han posicionado contra la amnistía, una jugada de gran significado político que seguirá su curso sin efectos prácticos. La derecha judicial hace política sin vergüenza -una vez más- y se mueve para ponerle palos en las ruedas.

No lo tiene y no lo tendrá fácil Pedro Sánchez si lo consigue. En plena negociación para la investidura se han desencadenado un alud de declaraciones contra el ejecutivo y se han anunciado acciones concretas de algunas grandes empresas. Lo que conocemos como el palco del Bernabéu, el club social e informal del Ibex, ha estallado. Según algunos medios un alto porcentaje de los muy altos directivos tienen un componente ideológico contrario a Sánchez que, entre cóctel y cóctel en el palco de Florentino, se excitan y contagian del efecto tabernario que es el menos reflexivo de todos. ¿Quién la hará o la dirá más gorda?

Cerrado el acuerdo entre ERC y el PSOE, el PP ha puesto en marcha una maniobra en el Senado -donde tiene mayoría absoluta- para reformar su reglamento que puede alargar a dos meses la tramitación de una norma cuando ya ha recibido previamente el visto bueno del Congreso, la amnistía por ejemplo.

Con tantos amigos insignes Pedro Sánchez sólo tendrá que estar atento a una última variable en el caso de alcanzar estos retos y esquivar las múltiples trampas. Un sabio filósofo alemán de principios del siglo pasado sostenía que “cuando todo funciona bien, se puede ir la luz”. Por el bien de todo y de todos yo he prendido una vela.

domingo, 29 de octubre de 2023

Vacaciones fuera de temporada.

 

Ya sé que ando con retraso, las burocracias de agenda me han permitido unas vacaciones -al menos mentales- fuera de temporada, cuando los meses habituales para disfrutarlas ya han pasado y los circuitos que ofrecen las agencias de viajes parecerían de otoño con ese punto, como los yogures, algo caducados. He estado -sirva de disculpa- alejado, fuera del contexto en muchos sentidos. He desconectado del fastidio que los días, informativamente hablando, se comportan. No he leído la prensa y no he seguido las noticias, algo que podría considerarse saludable y relajante sino lo consideramos una actitud para cobardes con un punto de superficialidad. Más aún, he elegido un país en el que llueve casi todos los días para rehuir también las conversaciones intrascendentes cuando el cambio climático y sus consecuencias ya no las hacen idóneas para romper el hielo. Esto es, no he querido oír predicciones apocalípticas que suben de nivel a medida que los embalses se van vaciando.

Esta ruptura con rutinas como los desayunos contundentes en los hoteles, la sensación muy real de no entender la lengua por la pérdida de matices -también los gruesos-, la civilidad que emana del trato, la pulcritud de las calles sin demasiadas colillas, la impresionante red de transporte público puntual que propicia que los vehículos particulares sean una anécdota en los centros urbanos de las ciudades y la paciencia de los que viven y trabajan hacia los bárbaros que aterrizan armados con un móvil para retratarlo es entrañable. De hecho, se trataría de un acto de retorno cercano a la justicia poética cuando vives en una ciudad como Barcelona. Uno de los ejercicios que he practicado para cargar energía ha sido más que comparar catedrales y monumentos, identificar los hábitos universales del turismo por todo el mundo que tolero en la reputada Barcelona como destino prominente.

Consideré que detenerme en un punto de encuadre estratégico para fotografiar la panorámica de la ciudad era algo a que tenía derecho por la de veces que me he detenido para no salir en el plano como un espontáneo en Arco de Triunfo. Más aún, las barricadas humanas en las aceras que esquivo con cierta temeridad en la calle Montcada me han otorgado una paz de espíritu ingenua. O la manía nada inocente por capturar en el congelador digital personajes a los que has robado su consentimiento, a hurtadillas disparas apresuradamente para que no te rompan la cámara o la cara -nunca se sabe-. Mayoritariamente estas formas de comportarse deben ser universales en todas partes.

La novedad en las vacaciones que disfrutas adosado al grupo bajo la tutela de un guía cabal es cómo te contemplas aquellos con los que convivirás unos días. Las comidas son el punto de encuentro en el que no debes estar atento a los asuntos históricos, a las corrientes literarias, pictóricas o arquitectónicas con las que se empeña en ilustrarte un cicerone simpático y amable. Un plato típico, aunque sea de buffet libre, propicia la confidencia marcando al presunto contrincante que viaja en un asiento cercano. A menudo acabamos comprobando lo tramposos que son los prejuicios. Los vistosos, los groseros, los presumidos, los prepotentes, los graciosos y todo el catálogo restante incluidos los tímidos y los que viajan solos, sufren una metamorfosis que la proximidad, la confidencia o la fotografía de los nietos favorece. La certeza de la coexistencia fugaz hace que puedas inventarte una biografía hecha a medida en un juego sin malicia de seducción compartida en un escenario inédito o exótico. Excluyo a los ajenos que practican el autismo turístico enchufados permanentemente al móvil con auriculares. 

El anonimato en el grupo, bastante diverso de países diferentes que comparten lengua para rentabilizar el guía, te ahorra el roce a jornada completa con los conocidos, aquellas personas de tu entorno con las que compartes destino y viaje de quien acabas renegando. Con cualquier pretexto te despegas de aquellos que no conoces, pero vecinos, parientes, amigos o conocidos te pueden hacer perder los estribos y la paciencia a la hora de acordar una decisión por trivial que sea. Existen las relaciones que te acercan a personas desconocidas y las que te hacen descubrir que soportar a los allegados en situaciones no habituales es una penitencia que no tienes ganas de repetir. Cuántas parejas no se habrán formado pisando museos o pedruscos y cuántas no habrán roto escogiendo un recuerdo o un imán de nevera. Yo, por si acaso, siempre delego esta responsabilidad.

Estos días, mientras hago balance de los nuevos imanes y edito las fotografías, me he escapado allá arriba al norte en busca de un país idílico, tolerante y en paz alejado del contexto habitual hasta que las turbulencias de vuelta preludiaban el aterrizaje a la realidad con el temor a que me hayan perdido la maleta. Imaginemos cuál será la impotencia, la rabia y el dolor cuando pierdes la familia, la casa; la vida.

jueves, 12 de octubre de 2023

Turistas en Israel.

 

Volar a Tel Aviv era una aventura que comienza en nuestro aeropuerto con un tratamiento especial y muy diferente al resto de compañías que operan en él. EL AL con la estrella de David en la cola ya te advierte que no estás en un avión aunque se halle aparcado en El Prat de Llobregat sino en Israel. El control que ejerce la seguridad israelí con agentes propios antes de embarcar es extremadamente estricto. Comienza con un interrogatorio de dónde has dormido y con quién la noche anterior, con quién viajas, qué relaciones o parentesco tenéis, si has dejado las maletas desamparadas en el maletero de un taxi para ir a mear... La indumentaria y las chancletas tampoco te eximen de la pregunta, ¿qué vas a hacer? ¡Turismo! Pasado este primer filtro practicado por una señorita con poco aspecto de azafata que luce una insignia con la bandera española junto a una con la estrella de David te hace determinar que no te dirigirás a ella en catalán. Algún explorador experimentado susurra discretamente, el Mossat

La segunda operación larga e inmediata antes de subirnos a Israel -al aparato- consiste en la revisión de las pertenencias. Cuidadísima, lenta y con parsimonia, de cada uno de los cuatro ángulos del móvil, por ejemplo. Todo era escrupulosamente pasado por aparatos diversos que presuntamente detectaban microfilms, explosivos o artilugios de espionaje propios de agentes enemigos. Nunca he sido objeto de un cacheo como éste. No teníamos pinta de fieles de una parroquia en peregrinación a Tierra Santa, pero tampoco de terroristas palestinos -pensé-. Salir de esa zona para pasar a tierra de nadie, la sala de embarque fue una liberación literal. Subir al avión, con o sin turbulencias posibles, me provocó una sensación de seguridad con alas insuperable.

Yendo de Tel Aviv a Jerusalén el conductor me hizo notar que esa carretera era segura y muy custodiada con cámaras de vigilancia en cada farola que iluminaba sin querer una imponente valla de contención que separa las dos comunidades irreconciliables. Llegamos al hotel y descargamos las maletas. Aquí, en el exterior antes de entrar al mostrador de recepción, un vigilante sin uniformar, con un traje pulcro de funcionario, apoyado a un atril, armado con una pistola bien visible a la vez que el atril escondía una escopeta de las gordas. Lo averigüé en mis frecuentes incursiones mientras salía a fumar. Por la mañana almorzando en el restaurante aparecieron cuatro o cinco soldados uniformados equipados con mochilas y escopetas con miras telescópicas aún más imponentes. Vigilaban el horizonte desde las alturas del hotel.

Caminando por la ciudad de Jerusalén era normal, nadie se incomodaba por ello, cruzarse con jóvenes que llevaban una pistola al cinto, sin disimular ni esconderla con la camisa. Las armas eran herramientas -¿por la paz?- habituales de las que sin excesiva discreción eran portadas con ostentación relativa. Ya eran harina de otro costal las cuadrillas de policías o militares que, de repente en algún cruce de las calles santas, permanecían reunidos tras unas vallas más decorativas que efectivas, atentos y dispuestos a entrar en acción inmediata con la contundencia proporcional a las corazas y armas que llevaban absolutamente intimidatorias.

Me llamó la atención la negativa rotunda de un guía israelí a trasladarnos a Belén, ubicada en la Cisjordania actual. El rechazo a pisar tierra “enemiga” expresado con un menosprecio absoluto me impactó. La frontera con Belén, muy cercana a Jerusalén, la cruzamos sin detenernos en virtud de un acuerdo “turístico” que propiciaba el intercambio de guías sin demasiada cordialidad, la justa. El muro, la pobreza, la suciedad, las casas recientemente derruidas y la imagen bien alejada de la visión idílica del pesebre navideño hicieron que alguien soltara un “es feo de cojones” compartido.

Cruzamos de Israel a Jordania una mañana soleada que nos quebró la paciencia. Hicimos un trayecto por la breve tierra fronteriza de nadie, representada por una raya en los mapas políticos, en un autobús neutral. Subir y bajar para dejarnos debajo de un cañizo mientras no se resolvían los trámites fronterizos. Por mimetismo o por no ser menos los agentes de aduanas jordanos ponían todo el celo que podían para competir con la eficiente maquinaria judía en materia de seguridad, pero detecté enseguida que Jordania jugaba en segunda, una categoría inferior, o en tercera regional en materia transfronteriza.

El susto -ahora la anécdota- nos inquietó cuando una compañera que había comprado una Menorah en Jerusalén -yo la había asesorado en cuanto al tamaño del objeto- fue retenida casi un par de horas. Tuvimos tiempo de cargar las maletas en el autobús y yo de establecer cierta complicidad con el conductor mientras cultivamos el vicio de fumar sentados en un banco. Aquello no se resolvía. Ya pensábamos en llamar a la embajada o en canjear a la rehén directamente por un tractor. Me tranquilizó el compañero de humos que me hizo entender que estos incidentes eran habituales y que acababan bien sin tener que comprometer ningún tractor. Finalmente la liberaron a ella y a todo el grupo de personas que viajábamos juntos. ¡Qué alivio! La interrogaron varios agentes, cada vez de mayor rango -dedujo-. Según ella, habría sido definitivo, el análisis brazo a brazo de la Menorah dislocada para comprobar que no era un objeto peligroso más allá del simbolismo. No fue devuelta a la propietaria ya que habría contrariado la prevención religiosa jordana introduciendo de contrabando un objeto tan peligroso pese a tener relaciones y fronteras abiertas con Israel desde 1994.

En este viaje no pudimos visitar la explanada de las mezquitas por obras -nos dijeron-. En Ammán, Jordania, nos enteramos de que había habido un atentado. Ahora, triste y horrorosamente, la actualidad me ha reavivado estos recuerdos -si queréis frívolos-. Estos días los habitantes de Israel, como yo mismo, tampoco entienden desde la burbuja de seguridad que irradiaba al país que se haya podido producir tan feroz y sanguinario ataque sin que ninguna alerta se haya encendido. Fracasos con consecuencias por ver que pueden acarrear un conflicto aún más intenso y, sobre todo, un drama humanitario horrible. Muchos enigmas y conjeturas que algún día se sabrán, quizás pasada la guerra -ya se puede llamar así- que ha estallado en Oriente Próximo una vez más donde el diálogo se articula con bombas y terror. Jerusalén, la ciudad sagrada de las tres religiones, es en la actualidad una ciudad fantasma. En el Santo Sepulcro, en la Explanada de las Mezquitas o en el Muro Occidental apenas hay un alma, relatan las noticias que nos llegan.