martes, 28 de febrero de 2023

Los gomets de la Colau.

 

Y la vida urbana continúa con la intensidad de la fiesta mayor de los congresos de telefonía a pesar de las obras y de los gomets con los que Colau ha engalanado el Pla Cerdà. Esto de los gomets es un buen hallazgo para definir la Barcelona transformada en un rompecabezas de movilidad espesa como un cocido vegano, sin contaminantes ni aditivos que no sean los colores y las guirnaldas con estética de guardería o circuito pedagógico de la Guardia Urbana para adiestrar a los hermanos mayores de educación primaria en el uso de semáforos y pasos cebra en tres dimensiones y perspectiva cívica cuando nos hacen un guiño. Llegará un día en que los semáforos serán mobiliario urbano obsoleto, monumentos nostálgicos a la decadencia del tráfico con ruedas.

Yo he sido testigo de la pacificación -zonas de pacificación urbana, las designan las autoridades municipales-, otro recurso añadido para desterrar de los municipios los vehículos y la contaminación que conllevan. En realidad se trata de una declaración encubierta de la guerra sin tregua contra el neumático en el asfalto. Un concepto ampuloso que todos suscribimos mientras no nos transformamos, con mirada matadora, en feroces usuarios del vehículo privado. Será apasionante ver cómo resolverán el problema de la movilidad dentro de pocas décadas. Mientras, las compañías que aseguran los decesos trasladan a los beneficiarios al cementerio con vehículos híbridos enchufables.

Volviendo a la pacificación urbana de cuerpo presente puedo declarar que fui testigo del cierre de una calle por la que tampoco podían circular los autobuses urbanos que debían cruzar delante de una escuela con los patios completamente desiertos mientras una veintena de criaturas mal contadas jugaban al baloncesto en precario en mirad de la calzada. Una canasta sin fijar al asfalto y una mesa de picnic como una barricada provocadora en el tuétano de la ancha calle con una madre feliz, sólo una, oteando un pastel casero hecho por la mañana con mucho cuidado. 

Un viernes al mes, cuando la jornada escolar de tardes se agota, esta vía urbana se cierra a la circulación sin previo aviso, un hecho consumado. Una patrulla de agentes locales impide el acceso. Me pongo en la piel del policía local que debía explicar la iniciativa, "yo sólo hago cumplir lo que dicen los de arriba", argumentaba poco didáctico con un punto de poca convicción ante el despropósito -por cómo era percibida la medida- y el cabreo de los sufridos y pacientes usuarios del transporte público que esperaban en vano el autobús que no llegaba. Los comentarios de los motorizados -patinetes incluidos- me los ahorré, no puedo dar fe.

Barcelona es una ciudad a la que están haciendo una cara nueva a trompicones entre las obras y otras iniciativas como la mencionada. Una ciudad ahora muy convulsa con un plazo interesado y preciso, las próximas elecciones municipales. Nada más empezar la campaña las grandes transformaciones deberían estar inauguradas aunque los residentes no las hayamos integrado ni digerido. El tiempo las pondrá a prueba y, de ser necesario, alguien las declarará amortizadas para reanudar otra renovación definitiva y siempre la mejor. Literatura de programa electoral con metáforas destripadas y calles en obras descarnadas. Esto le habrá sucedido, desde la época de los romanos, a la acera de casa, una paciente testimonial por cómo la han intervenido a corazón abierto las compañías de agua, gas, luz y telefonía. El capítulo del alcantarillado no lo voy a tocar.

Barcelona era y es, sin embargo, una fiesta. Un escaparate lleno de maravillas que estos días celebra el MWC, el congreso mundial de los móviles, con iniciativas que nos resolverán también el enigma de la movilidad que debe pacificarnos las zonas existenciales que nos inquietan. Llegará el día en el que, desde un sofá o de un sillón ergonómico, nos desplazaremos sin tener que pisar la calle. El día que, sin tener que hacer maletas, podremos viajar con billete de ida y vuelta a la segunda residencia en el Ripollès o en la Cerdanya con el metaverso, la alternativa sostenible, más confortable y sin atascos de fin de semana.

¡Cuidado, que está en naranja!

jueves, 23 de febrero de 2023

Carnaval 2023.

 

En 2014 publicaba en el blog una entrada referida al Carnaval. Implacablemente hay centros de interés cíclicos o recurrentes, aquello que no puede ser aplazado, que se convierte en reiterativo bajo la tiranía de los calendarios. Escribía, entonces, con toda la vigencia de estos días, lo que sigue y que reproduzco porque a la inspiración la he disfrazado de pereza.

Del jueves lardero o del día de la tortilla al miércoles de ceniza vivimos los prolegómenos de la cruenta batalla entre el panzón y carnal Carnaval contra la quisquillosa Cuaresma, la vieja de las siete piernas que nunca se cansa, a la vera de los fogones, de aliñar manjares demasiado saludables y excesivamente sobrios. Siempre sale vencedora Cuaresma imponiendo comidas insulsas y abstinencias penitentes que hacen perder chicha y ganar cielo. Qué temporada más frugal, poca sal y sin un triste trozo de tocino rancio que echar a la olla. Acelgas o manjares de conejo roedor huérfanos de todo aquello que no sean la alegría de un ajo sofrito o un brote colorista de perejil. Más duro de pasar, que de digerir. 

 Antes, pero y gracias a las autoridades que lo permiten, el rey Carnaval reina. Sólo unos días, una tregua hasta que el pueblo ha entendido cómo el desenfreno y la revuelta no son de ley. Una fiesta de calendario lunático, variable y de moral veleidosa como las pretensiones de aquellos no avezados al buen gobierno y al sentido común de la moderación. No nos aturdiéramos, compañeros, es un espejismo, un engaño que los mandamases de todas las épocas se las compusieron para desahogar instintos y engrasar reglas espartanas.

 Desde el jueves lardero comienza un pequeño ciclo anual de fiesta y juerga transgresora donde casi todo está permitido. Las costumbres que dominan sabiamente el espíritu y la vida dan un vuelco. El monarca de los excesos dionisíacos nos concede carta blanca, una nueva ley regula, por unos días, lo que el resto del año está vedado, es pecado o no es saludable. ¡Que viva Carnaval! Que su monarquía y su gobierno nos hagan súbditos del placer y de la avidez.

 Se dice que el nombre no hace la cosa, ¡pero sí lo permite el disfraz! Veréis reyes campechanos, príncipes domésticos y princesas del terruño con corona fraudulenta. Obispos, curas o, más aún, papas de un día y monaguillos de por vida. Generales, civiles, piratas, cabos e incluso sirenas. Labradores y aldeanas. Hombres con pechuga y esposas de mostacho. Ciertamente, el mundo al revés. ¡La tierra de Jauja en el condado del despropósito parecería posible!

 Un sueño iluso. Un afán que doña Cuaresma ya se encarga de recordarnos que polvo somos y con ceniza nos volverán a marcar la testuz y la sensatez. Sólo una hoguera, una llamarada alocada que se chamusca en un santiamén. Disfrutamos esta transgresión, proyectamos los demonios y enterramos las frustraciones con alegría y fuerza. Con la vitalidad armoniosa y barroca de una epidérmica bailarina brasileña. Con la pompa suntuosa, mayestática, de una máscara veneciana. Con lo que sea, disfrazados de ilusión para que las miserias y los dolencias sean de mejor trajinar.

 En este desaguisado imposible de los papeles intercambiados podremos ver al ministro disfrazándose de inmigrante. Un marinero tierra adentro. Un banquero desahuciado y con hipoteca. El juez declarando por corrupto. La luna en un cesto. Las infantas con trenzas. Vete a saber qué podremos ver en las rúas de estos días... Contratistas ilusionistas y ladrillos voladores. Palomas bélicas y mozos de cuerda funambulistas. A Barcelona móvil con arterias telefónicas. 

 No pasemos pena ni tengamos disgusto. A todo esto, Cuaresma y la pesada realidad contenida de los días pondrán freno. Mientras, dejad que los damnificados y soñadores nos invistamos de lo que no somos.

domingo, 12 de febrero de 2023

Inviernos.

 

Días de horror y de ira tectónica. Como si el parón del núcleo interno de la tierra, que mencionaba en una publicación anterior, hubiera encasquillado los mecanismos que hacían funcionar la armonía críptica en el interior del globo terráqueo propiciando la gran catástrofe que nos pone los pelos de punta. Las imágenes que nos llegan de la Turquía más pobre y de Siria, ya castigada por los combates de años, sobrecogen. La impotencia frente a los efectos de la destrucción es demasiado elocuente por la devastación y la muerte causadas. Como en las guerras pero sin un enemigo al que odiar. Un adversario invisible que hace tambalear con furia desmedida la solidez donde pisamos, donde edificamos o donde dormimos sin avisar y sin tregua, con réplicas que rematan cerciorándose de las maldades.

Perder la casa, el coche, las fotografías y los papeles -todo a la vez- será una anécdota cuando la fortuna nos deja vivir para sufrirlo a cambio de llevarse lo que poseíamos. Y el premio gordo, que los tuyos también hayan subsistido como tú mismo. Ver, como público desde la distancia aséptica, el desplome de los bloques de viviendas, la polvareda que se levanta y el ruido que provoca, estremece. Imaginemos sufrirlo testimonialmente. O aquellos que permanecen atrapados entre los escombros con una brizna de conciencia sufriendo frío, sed y hambre. Magullados, llagados, gravemente heridos. Dejaremos a las víctimas sin remedio alguno en el cajón de otra dimensión con veinte mil y pico muertos en un recuento que cada día que pasa crece más y más. ¿Podremos precisar alguna vez el número exacto de muertes?

Son estas catástrofes naturales, imprevisibles, las que rebajan a la categoría de aprendices a los humanos que a lo largo de la historia han batallado por superarlas y en ocasiones lo han conseguido con armas convencionales o de aquellas que son tan destructoras como las fuerzas de la naturaleza desatadas, tanto o más que los rayos y los terremotos. La oportunidad, si es que puede nacer en la desgracia, consiste en convertirnos también en aprendices de solidarios siendo capaces de dejar en un segundo plano los descalabros generados por los hombres para socorrer a los damnificados haciéndolo sin intereses políticos chapuceros, corrupción o pillaje a cuenta de la buena voluntad desinteresada.

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Un descalabro torpe generado por los ferroviarios con carrera ha sido la noticia -el hecho- que unos trenes nuevos que debían circular por Asturias y Cantabria no pasan por los túneles. Una insólita reedición de la divisa de los imprecisos que se ha vuelto a verificar. En la era de la inteligencia artificial medir debería convertirse en un trámite efectuado con milimétrica eficacia. Una elemental regla de tres en la que la “x” y la solución resultante sean fiables y en este caso que los convoyes rueden holgadamente, sin tropezar con las paredes de los túneles. Personalmente yo puedo entender que lo de las medidas tiene un punto de misterio aleatorio que es lo que hace que, cuando acortas unos calzones, una pernera te salga más larga que la otra. No hablaré de los cuadros que cuelgan torcidos en las paredes o de los muebles puzle que desafían las elementales leyes de la gravedad.

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¡Descansa en paz Josep Mª Espinàs! Nos ha dejado un maestro artesano de la lengua. Por su gran producción, por los artículos diarios en la prensa. Un escritor que se va sin levantar polvareda, discreto. Un artesano de la palabra que cotidianamente como un panadero amasaba a golpes de tecla -con una mítica máquina de escribir- la reflexión del día. Sin enemigos, tenía la virtud de no provocarlos. Respetado, leído y buena persona. Una bondad que destacan todas las alabanzas de estos días.

Yo le conocí en un encuentro en la sede de la editorial La Campana el verano de finales del milenio. Él y la editora me recibieron una tarde porque querían publicar una novela que les había enviado, Memòries de destins -que todavía hoy sestea en el pabellón de los impublicados-. Fue una tarde de las que recuerdas, por las conversaciones, por la ilusión y por los libros que me regalaron. Por razones que no tienen que ver estrictamente con la novela, el proyecto se fue al garete. De mi recuerdo persiste que Espinàs, toda una autoridad, hubiera leído con detenimiento mi obra. Recuerdo -deben ser cosas de los editores- que me sugirió que modificara a un personaje, Mossèn Passerell.