Gira,
el mundo gira en el espacio sin fin, aventuraba Jimmy Fontana en 1965, el
hombre del himno por excelencia de la canción italiana melódica -y nostra-. El
mundo sigue girando, pero con matices. Según los geofísicos de la
Universidad de Pekín habrían descubierto que, desde 2009, unas trayectorias que
antes mostraban variaciones temporales significativas, ya no se
mueven. Dicen estos científicos que la rotación del núcleo interno de la
Tierra se habría detenido. Explican que este núcleo interno, como el hueso
al rojo vivo del planeta Tierra, gira hacia aquí y hacia allá como un
mecedora. Los entendidos así se expresan para que los incompetentes en la
materia nos hagamos una idea. Al fenómeno asocian su influencia en la
velocidad de rotación, en la duración de los días a consecuencia de ese
inmovilismo nuclear que puede frenar lo que dura una rotación completa, un
día. ¡Qué susto! Sin embargo, se apresuran a quitarle emoción
anunciando que será imperceptible porque el frenazo es de milésimas de
segundo. Una milésima de suspiro, pues, que por fortuna no
detectaremos ya que este sutil parón nos pillará probablemente -eso espero-
mientras dormitamos, antes de que suene el despertador.
El
titular es de lo más goloso. Una oportunidad para los que pedían “paren el
mundo que quiero apearme”, atribuida al personaje de Mafalda que su autor
desmintió. También era una de las pintadas en los muros parisinos de la
segunda revolución francesa, la de mayo del 68, como si Jimmy Fontana
deambulara en autobús dando más tumbos que el 29. La pregunta es si nos está
permitido descabalgarnos o, por el contrario, debemos empujar para mejorarlo. Ante
la contundente noticia de que la Tierra se detiene o qué pasaría si dejara de
girar de repente nos sentimos aún más empequeñecidos ante los estragos
propiciados por como de mal la hemos tratado sin demasiadas
contemplaciones. No deja de ser una posibilidad tirando a revancha que la
tierra quiera descansar.
Analizándolo
desde una vertiente más épica, yo me decanto por hacer responsables a los
atlantes, los pobladores de las profundidades enigmáticas, que tienen
encomendada la vital responsabilidad de hacer girar el mundo en una condena
eterna a galeras mientras empujan con los pies descalzos la pelota
incandescente de este inframundo reinado por los dioses de la
oscuridad. Una interpretación mítica plausible asociada a una huelga -como
las de los docentes, los sanitarios o los taxistas- mientras negocian un convenio
con las grandes compañías energéticas del gas y la electricidad en competencia
comercial con la energía geodésica, aquella que se obtiene del calor del
subsuelo.
¡Cómo
gira el mundo! La alegoría o el estandarte emocional de los excluidos en
el mercado de las oportunidades que ya no están en rodaje, de los
experimentados, de los decanos o de los eméritos -estos a la baja por la pésima
connotación monárquica- que en las tertulias de café son conocidos como la mesa
de los viejos. De los que hablan de su época explicando los secretos de la
vida a gritos a un auditorio con las orejas tapadas. Cómo ha cambiado el
mundo, tanto que les da la impresión de que no se ha detenido sino que gira al
revés.
Viviremos
o ya vivimos una algarabía cósmica con un acontecimiento astronómico añadido
muy singular, el paso del Cometa Verde, que nos visitó por última
vez hace 50.000 años, durante el paleolítico. A mediados de enero será
visible a simple vista o con unos prismáticos de andar por casa porque se
encontrará en el punto más cercano al Sol en su trayectoria. No sabemos
qué les trajo, a la civilización de la edad de la piedra rústica o qué
presagios anunció el paso de este cometa remolón y cachazudo. Como decían
los abuelos, que las señales en el cielo no traigan afanes a la tierra.
Gira,
el mundo gira.