La
sinfonía de la guerra incorpora el protagonismo de la percusión, batucadas con
misiles que no cesan. La armonía atronadora del disparate bélico golpea
con la contundencia de quién la declarará o la hará más grande. Marchas
militares cargadas de nostalgias y una carretada de medallas para investir
héroes. Siempre se necesitan héroes, vivos o muertos, la recompensa para
la eternidad cuando se reescribe el pasado y la anexión. La histórica
Rusia belicosa vuelve a revivir el furor del cañonazo y la arenga de Putin,
“un zar de pacotilla” -como le llamara un personaje de la
premio Nobel Svetlana Alexievitch-, que ha decidido habitar en la galería de
los insignes. Un inmortal más con fuerte tufo a pólvora y excelsitud
atómica decidido a vivir su decadencia personal matando y conquistando.
De
los últimos cohetes de este piromusical armamentista y de destrucción, los
sabotajes a las tuberías que conducían el gas ruso a Europa. Oleoductos
rotos que insuflan literalmente gas en los océanos, agua de mar con burbujas
para una mesa de gourmets geopolíticos excéntricos. En los excesos de la
confrontación no se podía cerrar simplemente el grifo, era necesaria la
testosterona expansiva de un puñetazo firme con muchas chispas. ¿Quién ha
sido el artillero que ha encendido la mecha en las profundidades
marinas? ¿Los rusos, los americanos o el que prende fuego al petardo que
abre la fiesta mayor antes del pregón? Parece que no sabremos quién ha
sido hasta que los secretos de estado queden descatalogados o triunfe un relato
interesado. Mientras esto no sucede, las sospechas no han logrado sonrojar
al dirigente ruso, como los niños acusados de la fechoría, él no sabe
nada. Tampoco los americanos que, en consecuencia, se convierten en los
principales expendedores de gas para las catalíticas europeas. Un invierno
demasiado frío que ya ha empezado con nevadas testimoniales en los Pirineos.
Con
los precios del carro de la compra disparados como cañones en una guerra doméstica,
más cercanos sin embargo, en Italia la derecha feroz arrasa tanto o más que la
abstención. Cuando la nostalgia regresa al presente y la memoria vive
atacada por la demencia senil, el discurso breve, contundente, agresivo y
cargado de falsedades cuando no de mentiras, vence. Bien arropado entre
banderas y patriotismos excluyentes el mensaje fácil -también aliñado con mucha
testosterona vocinglera- llega alentando más a los convencidos y recoge a los
desesperados. Cambian los modos y los uniformes, pero las intenciones
perduran y, desgraciadamente, renacen al alza para arreglar el mundo a su
imagen e intereses.
Tenemos
más cerca las trifulcas fiscales como salvas autonómicas por razones de
fiscalidad. A la campeona, de la Comunidad de Madrid, se ha sumado la
Junta de Andalucía sacudiendo el espantajo del anticatalanismo que siempre es
caballo ganador en las campañas electorales. Un ingrediente básico cargado
de atavismo, secular, para reavivar ese sentimiento de resultados
infalibles. Bajar impuestos y tener más recursos para lo social, sanidad o
educación, es algo que no liga. ¿De dónde salen las misas para tan poca
cera ardiendo? Una comunidad, la andaluza, que recibe los efectos de las
balanzas fiscales con peso favorable, está por bajar determinados impuestos que
no benefician a sus jornaleros, precisamente. Para compensarlo, el
presidente con una sonrisa complaciente de quien ha encontrado la piedra
filosofal y la cuadratura del círculo, piensa en nosotros, los catalanes,
aunque sean tránsfugas del deber fiscal. ¡Qué honor y cuánta solidaridad!
En
el corazón de la proximidad de este otoño convulso recién inaugurado, al lado
mismo, entre el Parlament de Catalunya, el Parc de la Ciutadella y el Arc de
Triunf, vuelan los cuchillos arrojadizos de las luchas intestinas entre
partidos en el gobierno de la Generalitat de Catalunya. El desacuerdo
manifiesto y la falta de unidad marcan el acto de conmemoración de aquel
1-O. El mismo día, hace cinco años, en el que las fuerzas de seguridad del
Estado zurraron con inédita contundencia al personal que iba pacíficamente a
ejercer un voto testimonial sin efectos administrativos ni reconocimiento
alguno en unas urnas de plastiquillo, como hemos comprobado sobradamente. Entre
el gesto y el batacazo, la humillación y la falta de respeto, aunque fuera por
el ritual más excelso de la democracia, ya que se sobrepasó suficientemente
aquel impulso tan feo y poco estético del “a por ellos” donde el atavismo -otra
vez- gritaba con entusiasmo mientras los investidos caballeros del porrazo
cabalgaban bien espoleados y apoyados. ¡A por ellos!”
Pasados
cinco años del 1-O, el independentismo sigue inmerso en un círculo corrosivo
que en los próximos días puede culminar en un trencadís gaudiniano del gobierno. Éste ha sido el escenario
del acto en la avenida Lluís Companys de Barcelona desde el que se ha
constatado la división y que los discursos pueden ser antagónicos o
contradictorios. Un encuentro sin sardanas donde cada uno ha querido
exhibir perfil propio. Y entre los asistentes, lejos de aquellas
concentraciones de eco internacional, el amodorramiento, los pitidos y la
orfandad política. El único consuelo es suponer que, cuando el movimiento
vuelva a despertar, el paciente dinosaurio todavía siga allí paciendo.
Ciertamente,
un otoño de conmociones.