En
la vida, como en un largo proceso de glorificación, hay dos momentos puntuales
que marcan un hito. Uno es el día en que te beatifican con una precisión
absoluta respecto de la fecha, que en la biografía de los humanos vendría a
coincidir con la jubilación. El segundo, afortunadamente aleatorio y sin
conciencia del plazo, es el funeral de cuerpo presente, que es cuando te
santifican definitivamente. Hace unas décadas la mayoría de los mortales
sólo salíamos en los papeles -una forma de expresarlo gráficamente- cuando el
nombre figuraba en las necrológicas de los diarios de siempre, los de papel.
Bien. Os
comunico que a mí me acaban de beatificar. Me jubilo, pues. Los
colegas han organizado un acto perfecto de despedida y de
reconocimiento -de beatificación- que agradezco y valoro de todo corazón,
cordialmente. A lo largo de la vida laboral he asistido y he colaborado en
eventos similares de aquellos que lo han celebrado antes que yo. Cambia la
perspectiva cuando eres el protagonista porque los años han pasado volando
-admitamos el tópico-. Cierto, si hago un repaso a este período de trabajo
me doy cuenta de que ya todo parece ayer o anteayer, o antes de ayer el otro,
que traducido a la certeza implacable de los años es una eternidad a menudo con
episodios borrosos.
¿Y
ahora qué? Eso, y ahora qué. Creo que os engañaría, o no sería
sincero del todo, si os dijera que ya lo tengo todo planificado con la agenda repleta
de citas diversas, muy variadas y tentadoras. Este nuevo estado de
bienaventuranza comporta, por razones obvias, una pérdida de vida social,
aquella que me imponía el trabajo a lo largo de la semana. Siempre me he
cuestionado si esta ruptura brusca de las obligaciones laborales me hará
tambalear. Deseo que no. No lo sé porque no he administrado todavía
el tesoro más preciado de todos, tener tiempo, todo el tiempo para realizar lo
que pudiéndolo haber hecho con el pretexto del trabajo y la pereza vas
arrinconando. Que la jubilación no sea, por tanto, el antídoto que combata
los proyectos.
Ya
os iré informando de la evolución, de proceder. Por ahora tengo claro que
sólo puedo proclamar la venturosa felicidad con la que me abraza la nueva
condición de clase pasiva -como especifica la cosa
administrativa-. Puedo contar con los dedos de una mano a los conocidos
cercanos que se lo han tomado mal y lo confiesan. De hecho, jubilarse y
manifestar que no lo vives con una alegría exultante es como afeitarse y que el
espejo te devuelva el reflejo de un bobo ante una situación irreversible
propicia sólo para recontar palomas, jugar a la petanca con imán por no tener
que agacharse o hacer un seguimiento del apasionante mundo en la ejecución de
la obra pública.
¿Cómo
nos previnieron en la celebración, “Jubilación? No, una nueva
aventura”. Que la obsolescencia, o la reubicación si se prefiere, no se
alíe con precariedades invalidantes. Que la ilusión, el empuje y la
experiencia no nos abandonen, que tengamos salud. Que podamos seguir
disfrutando de la compañía, del apoyo y de la formidable complicidad de
aquellas personas en que nos hemos apoyado. Para todas ellas mi
reconocimiento con el agradecimiento de lo que ha sido una verdadera aventura
entrañable -con el epicentro en las entrañas- de estos años. Que no nos
convirtamos en un monumento peripatético perdidos en cualquier acera.
¡Buenas
vacaciones!