Chismorrear
consiste en propagar con más o menos malevolencia las conversaciones, lo que
sabemos o creemos saber, lo que pensamos, lo que hemos oído de la vida y de los
vicisitudes de la gente cercana o ajena de manera interesada o para perseverar
sencillamente en una actividad tan antigua y cordial, o perversa, como la
historia de las civilizaciones. Acudir al lavadero comunal o al pilón era
encontrarse en un lugar público donde se lavaban la colada y los pecados comadreando. Arquímedes
ya lo tenía claro, dame una palanca y moveré el mundo. Dadme, pues, un
chisme y lo tumbaré. Consiste en la práctica sutil de crear opinión, o de
distorsionar el concepto que tenemos de alguien o de un hecho para enaltecerlo
o, por el contrario, para derrumbarlo.
Qué
potencial informativo -para el chisme, si queréis- no tenían aquellos pecados
en el confesionario que preceptivamente eran enumerados al oído del párroco
semana tras semana. Qué poder no tendrán ciertas sesiones freudianas en
algunos divanes discretos. Qué mina de oro no será disponer de los datos
en los grandes negocios anticipándose al juego bursátil, por ejemplo. Se
le atribuye a Francis Bacon la frase de que “la información es
poder”. Algo que podríamos contrastar con la idea más virtuosa de
Foucault, según la cual el “conocimiento” -no la información- es el producto de
la experiencia, del razonamiento y de los aprendizajes. Una concepción,
ciertamente, más alejada y esforzada -bondadosa- del chismorreo abyecto.
El
chisme profesional asociado a los espías era cosa heroica con decorados
anglosajones al estilo 007 sacudiendo a los enemigos,
generalmente exóticos y muy malos, mientras retrataba documentos muy secretos
con una cámara profesional muy minúscula que escondía en la suela del
zapato. Los microfilms ya son trastos obsoletos en el museo del espía,
curiosidades para turistas nostálgicos o lectores de novela negra de
época. Hemos evolucionado del lavadero a las cloacas sin agentes bien
plantados ni perfumados. Los espías ya no se la juegan, no frecuentan
casinos, no piden un Martini agitado ni exponen su integridad
física o comprometen la vida intrépidamente mientras les mece una rubia
peligrosa. ¡Cuánta decadencia! Los imagino con un chándal descolorido
con los restos de una pizza a medio mordisquear rodeados de pantallas que
parpadean.
Desde
hace un par de décadas aproximadamente las tecnologías de la comunicación y de
la información han dado un vuelco formidable. La telecomunicación
inalámbrica con los ordenadores y los teléfonos inteligentes nos permiten
acceder, almacenar y manipular todo tipo de contenidos. El porcentaje de
usuarios abarca casi la totalidad de los individuos en los países desarrollados
o está en el umbral de atrapar a toda la población mundial. Adictos a las
pantallas hemos ido vertiendo información de forma directa -fotos, datos personales,
redes sociales- o de forma involuntaria mientras dejamos la huella de nuestras
preferencias con el rastro de las búsquedas que provocan que el algoritmo
trabaje y nos proponga una selección de contenidos que nosotros ya hemos
señalado previamente. El algoritmo se ha convertido, así, en una especie
de espía eficiente sin caspa.
Pensar
que no somos espiados por las empresas o los estados y que, si lo hacen, juegan
limpio es de una inocencia supina. Detrás habrá todo tipo de intereses,
muy contrarios a la jurisprudencia que como personas, según la grandilocuencia
legal, tenemos derecho a disfrutar. Con los medios actuales saben si nos
hemos detenido a indigestar a las palomas o a jugar a la petanca en la plaza
mayor. Aquel Gran Hermano de Orwell ya ha sido superado y
mejorado. Hoy el heredero nos vigila descuartizado y atomizado con la
anatomía de un móvil de bolsillo personalizado que todo lo ve y todo lo escucha.
Ha
estallado del todo el asunto gravísimo con espías funcionarios que chismorrean
políticos, activistas y periodistas catalanes. La Moncloa añade a última
hora al propio presidente Sánchez y a la ministra de la guerra, la señora Robles. Hemos
pasado del Catalangate al Spanishgate. Las
consecuencias de este hecho, no por insólito, pueden zarandear la legislatura. Veremos
cómo evoluciona esta violación flagrante de los derechos civiles o si se
impone, una vez más, lo del todo vale. Punto y aparte. Veo a los
turistas de paso por Barcelona fotografiando a los presidentes Sánchez y
Aragonés en una chalupa en medio del estanque de la Ciutadella -en
calzoncillos- retomando una mesa de diálogo más líquida que acuática rodeados
de patos sospechosos de llevar un micrófono incorporado.
¡Cuidado,
hay ropa tendida!