Con
la significativa diáspora desde las ciudades a los pueblos, propiciada por el cambio
de paradigma mental que ha impuesto la pandemia, nos miramos el arraigo fuera
de las ciudades como una alternativa que gana adeptos, aquellos que quieren
huir del asfalto para acogerse se o volver a las raíces de una ruralidad
idílica, la casita con huerto que alababa Macià, pero alejada de la Meridiana o
de la Diagonal, que ahora disfruta de renovado predicamento y vuelve a ser
objeto de deseo por si nos hemos de replegar a los cuarteles de invierno porque
las pestes de este siglo vuelven a arremeter y cuestionan una vez más las
multitudes y la socialización autista que practicamos en el metro, por ejemplo.
La
mirada de futuro fomenta la visión de un mundo urbano en decadencia y vulnerable. A
la visión apocalíptica, una distopía -como se dice ahora- que nos traza una
convivencia impersonal, deshumanizada, opresiva o totalitaria, nuestra
experiencia nos demuestra que cuantos más seremos, más sufriremos. La gran
urbe como objetivo del terrorismo o de la guerra -pienso en Ucrania- en este
momento no son reclamos publicitarios eficaces para las agencias inmobiliarias
de los bloques de pisos mastodónticos y sin balcones. O las crisis y el
temor al desabastecimiento de los estantes que los más ingenuos piensan combatir
con una lechuga y una cabra -eso sí, ecológicas ambas- fomentan esta arcadia
mental de cuando éramos niños y cazábamos nidos de gorriones. Dejo los
anunciados efectos del cambio climático para un próximo capítulo de esta serie
de catástrofes.
No
hablo del privilegio ocasional de la segunda residencia sino del paso
trascendente de un cambio importante de vida que volvería a avivar los pueblos pequeños
o las comarcas que han sufrido el despoblamiento progresivo. Se puede
propiciar un cierto reequilibrio territorial sin santificar sus virtudes con
las que lo coloreamos ni demonizar sus defectos o inconvenientes con que lo
salpicamos, ya que la vida rural no es de color verde primavera ni de color
rosa. En la paleta cromática predominan los tonos de la tierra áspera con
los atavismos que sembramos desde que los lugareños cerraron las pequeñas
masías para sindicarse en el textil durante décadas. La tendencia neorural
apadrinada por las comunas predecesoras de la década de los setenta pueden
bendecir esta nueva oportunidad desde una nueva perspectiva facilitadora basada
en la tecnología, las buenas comunicaciones i el soporte avalado, también, por
la consciencia climática i la redención de algunas casas y masías al turismo
rural, el paréntesis previo de los fines de semana i de las vacaciones rodeados
de naturaleza, conciertos de cencerro i los gallos cantando al amanecer.
En
el mundo de los pueblos también existe la contaminación. Tampoco se
detiene el tiempo, no seremos inmortales. Es posible que falten escuelas u
otros servicios básicos. O que tengamos que conjugar la producción escasa
de las lechugas del huerto con la leche estacional de la cabra con una falta de
alternativas laborales que no existen o son escasas. No es el paraíso de
las manzanas con serpientes pérfidas donde deberemos hacernos un hueco en los
vermuts de los domingos en la plaza mayor para, finalmente, ser acogidos en la
mesa de los de toda la vida para descubrir que no es un universo estático detenido
en el tiempo como la portada románica. Los pueblos han cambiado
extraordinariamente y lo siguen haciendo. Tampoco están aislados ni
recluidos en sí mismos. No son mellizos del concepto plano de campesino ni
sinónimo de pobreza. Eso sí, son algo distinto a la
ciudad. Hay, como todas partes, payeses con vacas y sin vacas.
Estos
días me he reencontrado con un amigo que se escapaba ocasionalmente de los
largos y monótonos días de invierno monacal, celebraba animado la primavera de
este marzo que marcea, mostrándome las épicas callosidades incipientes en las
manos. Vino, como acostumbran los de pueblo, cargado con una escarola y un
manojo de ajos tiernos de su recién estrenado huerto adosado a la casa en la
que ya reside de manera permanente. Como una pancarta itinerante no se
cansaba de exaltar las virtudes de esta nueva vida que ha emprendido. Y en
este cambio de cromos no ahorra elogios a la nueva existencia oteando como un sabueso
eficaz la suciedad, dejadez y fealdad que señorean en algunos lugares por donde
paseamos. Redondea la defensa de las virtudes hortícola campesinas con una
observación que me hace pensar, las penurias en el pueblo se soportan con más
dignidad que aquí.
Un
mundo de siempre, kilómetro cero, que podría también redimirnos con la
imprescindible y profunda renovación que tendremos que ingeniar. También
la alternativa energética que las fuerzas de la geopolítica y del cambio
climático exigirán si queremos salvar la cosecha de lechugas y que la leche de
cabra no se nos agríe.