Mira
inconsciente lo que le rodea. Los libros que permanecen, testigos cargados
de polvo, en los estantes. Las plantas que han perdido el resplandor, como
tristes, capaces de presentir que se marchitarán porque nadie las cuidará. En
el rincón, el plato vacío de la gata que ha huido en cuanto aventuró que el alboroto
no tenía la cadencia de los petardos de feria. Cobarde o previsora, lo ha
abandonado, dio un salto y se lanzó al vacío o a la terraza cercana de la
vecina, vete a saber, buscando una vida mejor. Lo ha dejado. Él le habla
como si la fantasmal criatura felina todavía se arrastrase por los espacios
domésticos acariciándole las piernas con la cola como solía.
Se
deja caer también instintivamente en el sofá que ha retirado a un espacio más
protegido y alejado de la ventana por donde entra la oscuridad de la
calle. La cortina, sin los cristales, tiembla porque se ha contagiado del
miedo que flota por todas partes y lo empapa todo. Prende un cigarrillo
-cuenta con el pesar de los empedernidos cuántos le quedan- y aspira con
caladas profundas que le calientan los dedos y avivan la brasa como las
hogueras de las bombas que van estallando sin parar. ¿Cuándo terminará
esta atrocidad? Destellos que chisporrotean la noche y hacen contener la
respiración esperando en vano que sea la última. Las campanadas lejanas,
el tintineo monótono de toda la vida, principalmente las asociadas a los
insomnios recelosos de la niñez, ya no se perciben; también el tiempo está
tocado de muerte, es una osamenta de reloj con el aliento silente de la pólvora
desahogada, un tufo a carbón acre requemado que se pega al paladar.
Allí,
sentado, se adormece durante los entreactos causados por el estruendo que
sacude las entrañas de la tierra y zarandea los edificios que gimen con
fragilidad, la de las lágrimas de cristal derrotadas. Demasiados días,
demasiadas noches que ya no debe resignarse a poner el despertador para no
llegar tarde al trabajo. El ordenador preside la mesa junto a la ventana,
una coraza inútil que sólo ejerce de espejo con la barriga verdosa de pescado
pasado que no late ni navega. Sonríe sarcástico recordando el desastre que
entonces consideró apocalíptico, el instante en el cual la red dejó de
funcionar. Subsiste aislado y con el teléfono descargado. La vecina aún
tiene la ropa tendida, pero no se oyen ruidos de vida cotidiana por ninguna
parte, sólo los gemidos del vacío. ¿Es el único residente del edificio que
no se ha ido? ¿Todo el mundo ha hecho como la gata, esfumarse?
Sacude
la ceniza del cigarrillo sin miramiento alguno, contempla la mesa y las sillas
del comedor. Disciplinadas, alineadas y salvas de la última cena prevista
con los compañeros del despacho. ¡Qué asco! ¿Qué sucederá de
verdad? Vuelve a esbozar una mueca triste pero irónica porque llenó la
nevera con yogures para la cena aunque él sea intolerante a los lácteos que
tampoco aprovecharán a la gata desertora. ¡Cuánta soledad! Ya se ha hecho
tarde y no se arrepiente, de no haberse marchado cuando la calle era un bullicio
de vehículos parados, ansiosos y aterrorizados. ¿A dónde podía ir
él? Tenía el coche allí, aparcado en la calle, ahora tocado por la
metralla y tan inútil como su empuje y su rodilla averiada -decidió-.
Se
apoltrona sin miramientos y piensa que de tener nietos, que es lo que tocaría,
los disfrazaría de esperanza haciéndolos invisibles a las bombas. Cómo
echa de menos la monotonía tediosa de los días y la calma de las noches. Qué
puede hacer y determinar cuándo una bomba anónima, sin bando, estalla. Allí,
repantigado en el sofá, él ya es un fantasma más, como la gata.