La
polémica de los días pasa por la elección de la representante en la edición de
Eurovisión de este año entre las finalistas, una catalana de Olesa de
Montserrat nacida en Cuba, una catalana mediterráneamente sofisticada y unas
gallegas de música tradicional galaicoportuguesa fusionada. El proceso
parecería que no ha sido demasiado claro. Presuntos intereses y trapicheos
poco transparentes ponen en duda la selección que ha levantado
polvareda. Desde las redes a los severos expertos musicales todo el mundo
ha dicho la suya, también los políticos o algunos sindicatos de la percusión y del
metal, cada uno tiene su posición el respeto. Emergen las acusaciones de tongo,
de engaño mediático con sospechas y acusaciones varias.
La
trinidad de los cargos que señalan a la rítmica chica ganadora se fundamentan
en la relación personal con alguien del jurado. Que la cancioncilla no
cumple el requisito lingüístico del concurso puesto que no llega al 35% de la
letra en castellano, si contamos en el porcentaje la neutralidad idiomática de
las onomatopeyas o de los alaridos. Y lo fundamental, que las preferencias
del pueblo soberano musicalmente hablando -y con criterio- no concuerdan con
quien ha ganado para representar a las patrias esencias armónicas en Europa.
Analizado
el evento, existe un punto único de encuentro ajeno a la polémica porque el
centro de interés se declina en femenino. Las tres vocalistas son
señoras. Aunque llegados a esta visión de protagonismo femenino absoluto
los posicionamientos de género respecto a la imagen, a la puesta en escena o a los
contenidos del mensaje también pueden crear discordancias. Se puede
concluir, pues, que esta elección ha sido compleja y ha provocado
enfrentamientos que sobrepasan la tradicional elección inocente -e
intrascendente- a la que nos tenía acostumbrados habitualmente el concurso.
Explicaré
que yo hablo de oídas y que me he documentado a toro pasado ya
que la trascendencia del asunto se lo merece. Por eso he visionado con
interés y curiosidad las intervenciones de las tres artistas en el
concurso. Anticipo que si yo hubiera de decantarme por alguna me sentiría
incapaz dada mi competencia musical bastante nula y que mi criterio en esta
materia desafina agravado por la condición innata de arrítmico. No hagáis
demasiado caso, por tanto, a mi juicio.
De
la naturalizada en Olesa de Montserrat, la ganadora, me ha sorprendido la pose
de felino tropical y que, pese al ritmo frenético, tenga tiempo para desnudar
el hombro retomando la antología de florilegios vocales sin demasiado
mensaje. La segunda -la damnificada, dicen- sale a escena como una novicia
reivindicando el caldo vegetal en la nevera, la mamá y la teta. Un
manifiesto a los mamíferos en femenino que va subiendo de intensidad para
también desnudarse del hábito y convertirse en una madre recién parida ataviada
con una especie de faja tan neutra como las onomatopeyas de la concursante
vencedora. El globo terráqueo con pezón mediterráneo cargando a la
izquierda es un hallazgo que se debería rentabilizar. El trío gallego de
chicas, como una reunión de meigas de
diseño con pandereta, flota en medio de la tupida niebla escénica un poco desplazada
de la borrasca atlántica. Frenéticas, también, como las otras dos
concursantes. ¿Por qué no se podría destilar la síntesis en una confluencia
con las tres arrebatadas esencias que arrasaría a la hora de la verdad, en
Eurovisión?
Este
concurso maldito en su momento de gloria, el ¡La, la, la! de
Massiel también estuvo significado por la negativa de Serrat a cantarla en
castellano, se ha ido diluyendo en la meliflua trascendencia musical de sus
protagonistas. Pocos momentos de gloria salvo este éxito y el de Salomé en
la edición siguiente que nos lo decía cantado acunada por la convulsión de los
colgantes de aquel vestido que lucía y por el cartel del evento diseñado por
Dalí. Ni la revitalización mediática impulsada por algunos miembros
de La Trinca logró que la protagonista, la Rosa de España, no se
acabara marchitando. La aventura de Buenafuente y su tropa logró un
meritorio puesto en la clasificación con la astracanada musical protagonizada
por Rodolfo Chikilicuatre, un vanguardista o un antecedente exitoso del reggaetón y
del perreo que tuvo que glosar un Uribarri muy descolocado.
Como
se puede deducir la cosa catalana ha estado vinculada a muchos de los grandes
momentos que ha vivido el festival de los festivales europeos. ¡Este año
también! Podríamos afirmar que la cosa catalana de los últimos tiempos ha
inspirado el procedimiento de este tipo de concurso-oposición con requisitos
que, como en las dinámicas reales, se ha acabado imponiendo el criterio de un
jurado por encima de la democracia directa –el voto televisivo- o de la
democracia orgánica de una elección demoscópica -sólo un grupo selecto poco
transparente- con derecho a voto y con maneras inspiradas en otras
épocas. No voy a ser tan suspicaz al hallar cierta similitud también con
los porcentajes idiomáticos aunque la cosa hispánica viva empeñada en los
tantos por ciento.
Recordemos
que quien canta, sus males espanta.