jueves, 30 de septiembre de 2021

Jarrones chinos colosales.

Vuelven algunas vacas sagradas a la escena pública. Los grandes "jarrones chinos", como los graduó Felipe González incluyéndose a él mismo, a José María Aznar y a otros próceres -jubilados políticamente-, no se resignan a habitar los ángulos oscuros del salón olvidados por sus electores; subsisten sino silenciosos, cubiertos de polvo y, a menudo, de caspa. Quién se resigna a dejar hacer a los sucesores -herederos directos o no-, a sobrevivir sometidos al olvido mediático sin los grandes titulares que iban componiendo la autobiografía del día a día con recortes que pegaban en el álbum de efemérides personal, una enciclopedia de milagros y de decisiones fundamentales salpicada de inauguraciones y de eventos importantes con lo mejor de cada casa, la real también. No quiero decir que los tengamos que encontrar en el metro cantando boleros y mendigando porque es más digno pedir que robar. No os preocupéis, sin embargo, porque a pesar de malvivir en esta relativa indiferencia social, huérfanos de las pantallas de los telediarios, la mayoría han sido acogidos y adoptados por los consejos de administración de grandes compañías que en su momento fueron privatizadas por ellos mismos. Por lo tanto, si coincidís en algún transporte público interpretando "Piensa en mí "no les hagáis caridad; no quieren un euro, sólo mendigan un gesto de reconocimiento.

El mismo Felipe González, el ceramista y padre del símbolo por excelencia, ha vuelto a la arena mediática soltando que "nadie es más capaz de hacer el ridículo que Puigdemont", una réplica -un ladrillo arrojadizo- poco trabajada en el torno alfarero y poco cocida en el horno a lo que el expresidente declaró desde Cerdeña, "España no pierde nunca las oportunidades de hacer el ridículo". Felipe apoyaba así al insigne alfarero del ladrillar legal, el reconocido artesano de la arcilla judicial que habita compulsivamente enfangado en la obsesión por las euroórdenes reiteradas, comprometido y obsesionado en pescar la gran ballena blanca del separatismo catalán. Una batalla sin tregua en las aguas comunitarias por la captura de un sabelotodo pez escurridizo.

Como el atavismo de meseta no da ninguna puntada sin hilo, por solidaridad, por corporativismo colegiado, por envidia o por sacudirse el polvo que acumulan los ex presidentes suntuarios -grandes piezas cerámicas chinas de museo-, no podía faltar el desfile torero de José Mª Aznar. Un artista capaz de interpretar con aplomo los papeles de faraón y de oráculo desde un perfil numismático propio de una moneda de piedra tallada. Josemari tampoco pierde puntada cuando concluye que "España es una nación, no siete, ni cuatro, ni veintiuna. No es un estado plurinacional, ni multinivel, ni la madre que los parió". Tras el temerario pase torero la plaza de toros ha reventado con una pañolada solicitando las orejas y el rabo -¿también de Puigdemont?- al compás del pasodoble España cañí.

Dejo la crónica torera tirando el capote y los trastos de matar al fuego para concluir que de las máximas doctas de Aznar se podría destilar un manifiesto a la tolerancia por cómo rellenó su decálogo ideológico con muchas calorías: "en las instituciones de Madrid se habla castellano, que es el idioma que todo el mundo entiende". No seré yo quien lo condene al infierno después de contradecir al mismo Papa Francisco cuando pidió perdón por la conquista de México. Aznar defiende la historia de España "Con sus aciertos y sus errores, yo me siento orgulloso y no pido perdón". Y añade que "El fenómeno de la Hispanidad nos debe enorgullecer a pesar de la leyenda negra, la cultura de la cancelación y esta estupidez del revisionismo histórico". ¡Que así sea, maestro, y que dios reparta suerte y justicia!

Con el regreso de los castellers, geopolíticamente más cercanos al epicentro catalán, con sabor otoñal a calçots y romesco, comienza el curso el Parlament de Catalunya con castillos de gama baja y mucha manilla justo cuando soplamos la vela del cumpleaños del 1 de octubre. Una celebración en una atmósfera enrarecida por el partidismo cainita respecto de la llamada causa común de la independencia con un punto de botellón frenético en la Ciutadella.

Tendremos, pues, que incorporar el neologismo de rabiosa actualidad para designar una realidad antigua y muy nuestra que ha evolucionado con los años. El tradicional asado familiar -como más convergente- se ha rejuvenecido atizando las brasas del desenfreno con un menú para multitudes pobre, sin tortilla de patatas y poca carne en la parrilla, sólo la de los que sufren los disturbios y las agresiones mientras participan en este ritual iniciático para niños y niñas recién destetados.

La buena noticia es que la pandemia ya es historia a juzgar por el tiempo escaso y cargado de optimismo que le dedican los medios. ¡Que así sea! Ahora los objetivos vomitan lava. Un reality dramático de mucha tirada y mucho reportero intrépido que precisamente hoy ha cambiado de isla, de la Palma a la Graciosa donde la boda del siglo ha provocado una erupción pasional, Anabel Pantoja ya no aplaza más el casamiento a pesar del cadáver aún caliente de la abuela. Un final feliz aunque el primo Kiko Rivera haya declinado asistir desperdiciando una exclusiva compartida con la Belén Esteban de testigo y vestida de blanco como marca el protocolo.

¡Entregado a la nostalgia, paz y amor, reivindicando así la consigna hippie!

 

miércoles, 22 de septiembre de 2021

Verano borrado.

Entre maniobras orquestales en la oscuridad de los chips he perdido un archivo largo, de estos que contienen impresiones del año. Antes habríamos dicho el diario o el reflejos y espantajos en mi caso. Como siempre los enanos digitales que trabajan para Microsoft levantan el dedo y hacen una segunda alerta respecto de la decisión que no tiene remedio una vez tomada. ¡Eh! Entonces, tras el reflejo inmediato sin pensártelo, clicas y te das cuenta que la has fastidiado. Adiós a mucho trabajo de horas que se ha ido a pique.

En otras circunstancias habría pillado un disgusto de aquellos que no tienen culpables ajenos a quien cargar el muerto. Ha sido mía la negligencia, la manía de no leer los mensajes que parpadean en la pantalla. La cuestión es que se ha -he- borrado todo el verano de este 2021. Afortunadamente cada cierto tiempo hago una copia para un más menester en un disco de seguridad externo y he podido recuperar el archivo menos los dos últimos meses que he perdido definitivamente. Yo todavía soy de aquellos que no acaban de fiarse de la nube, de colgar todo en un lugar ajeno a mis dispositivos. Ya lo sé, un ordenador conectado es una ventana abierta de par en par al mundo -nublado o no- expuesto al chismorreo cuando te quieren desvalijar algo o tomarte el pelo pagando tú, como un barbero digital.

Una desgracia intrascendente sin más efectos secundarios que me ha hecho meditar. Imagino a aquellos escritores de manuscrito sin copias a quienes el fuego, un diluvio, un terremoto o una erupción volcánica les arruinaba el trabajo, la mesa y la pluma. He pensado en alguna ocasión qué me llevaría si tuviera que marchar urgentemente. Junto al pasaporte deben de haber, también, para un más menester, los archivos de tu vida. Los personales y aquellos administrativos que demuestran que tienes el impuesto de circulación al día, por ejemplo. Seguramente lo más preciado son las fotografías que vamos acumulando, los monumentos del recuerdo que pueden desaparecer diluidos en la poca experiencia informática fulminados por un golpe de dedo con desidia.

A quién le importa esta pérdida. Quién leerá la manía frecuente de dejar constancia escrita de lo que pensamos o lo que sucede a nuestro alrededor. Quién revolverá el cúmulo de fotografías que vamos almacenando en el móvil o en el ordenador. Con el tiempo estos aparatos, pasado el propietario, serán un trasto más a subastar en cualquier mercado de las pulgas. Artículos obsoletos de segunda mano con la panza llena de reliquias esparcidos en una parada de los Encantes para coleccionistas curiosos. Un poco la sensación de cuando, por nostalgia, abrimos la página aún vigente de alguien cercano que nos ha dejado. Pantallas inertes medio enteladas que ya no se actualizan.

Mientras, he estado tentado de rehacer estos meses perdidos -básicamente verano-, pero he desistido porque lo de repetir algo que ya no se puede reescribir como lo habías hecho produce insatisfacción. Tienes la sensación de que no lo conseguirás, crónicas congeladas o recalentadas del día antes que han perdido la frescura de los productos de proximidad. Una trabajo que sabes a ciencia cierta que no tendrá éxito. Dejémoslo estar así, pues. Al menos por pereza.

Habrá un paréntesis, un agujero sólo vivido que no relatado. Como la vida, que por definición únicamente se vive y que necesariamente no se debe escribir o sólo retratar, se debe disfrutar y contemplar. Permanecerá un verano al descubierto, como analfabeto, quemado por la canícula que con el tiempo perderá el color de la memoria y sólo subsistirán algunos episodios muy significativos, como un titular desdibujado para el recuerdo sin detalles ni personajes cercanos. Ya lo siento.

Aunque si busco ventajas en la desafortunada pérdida, para consolarme y rebajar la sensación de torpeza creo que puedo olvidarme, como si no hubiera sucedido. Borrar la letra pequeña, pasar por alto el detalle y cuestionar si es cierto que Messi se fue del Barça. Si, como dicen, los barbudos talibanes vuelven a gobernar en Afganistán. Si de verdad, como algunos constatan, hubo una mesa de negociación o sólo el presidente Sánchez vino a tomarse un café con su colega Illa sin disturbios atosigándole. Desprovisto de las evidencias estivales que he borrado también me pregunto si la pandemia aún tiene vigencia. De hecho, estas deben ser las ventajas de convertirse en un desmemoriado.

Puedo aseguraros que este verano no me viene a la memoria. Como si no hubiera existido. ¡Cómo pasa el tiempo!

 

jueves, 16 de septiembre de 2021

¡A-pagar la luz, compañeros!

¡Apaguemos la luz! Ya ha llegado el día en que la persona más sensata de la casa nos persiga por los pasillos y las habitaciones comprobando si hay bombillas encendidas, quemando ostentación lumínica, un lujo -ver y calentarse- al alcance sólo de gente con posibles. Recién acabado el verano las ciudades ya empezarán a colgar cualquier día de estos las guirnaldas que parpadean, un guiño al consumismo navideño, ya a la esquina. Visto el precio astronómico del servicio veremos cómo resuelven la sacudida eléctrica algunos municipios austeros. No me extrañaría que volviéramos a ver antorchas en los cruces de caminos o velas en los árboles de navidad apelando a un minimalismo de diseño que también calienta y que debe justificar la vergonzosa factura con que nos felicitan las fiestas fuera de temporada.

En estos tiempos oscuros que corren la luz es más imprescindible que nunca. Nos faltan bombillas con ideas claras y limpias, neones que irradien optimismo con un punto festivamente animoso, farolas que resplandezcan esperanza. Ya me diréis, visto el panorama, dónde compramos estos artículos que si los tenemos que enchufar a ladrones perversos en la red prohibitiva y cargada de impuestos iluminados como uno de los enigmas más indescifrables de la cultura egipcia, la factura de las compañías distribuidoras de la electricidad, que el invierno nos coja bien cargados de energía solar aunque descoloridos cuando se apaguen las farolas y se enciendan los grillos -decía Lorca-.

Cómo necesitamos la luz y las luces para vestir con lentejuelas la oscuridad de las temporadas otoñal e invernal que se acercan tocados por la melancolía con la que los fuegos artificiales acaban de despedir moteando de estrellas efímeras los cielos de las fiestas mayores estos días. ¡Hasta luego, hasta el año que viene!

Veremos si las luces que deben iluminar la mesa de diálogo que comienza ya entre los gobiernos catalán y español tienen suficientes lúmenes, son lo adecuadamente poderosos para disimular y disfrazar las sombras estratégicas de todos. Yo he encendido una vela, aquel recurso pasado de moda, pero efectivo, que además de poner un poco de luz, aunque temblona, chamusca los malos espíritus como los pelillos de un pollo una vez desplumado.

Otro artefacto que también funciona con corriente es el foco, este nos puede señalar con un potente haz de luz intensa -ardiente- como un dedo acusador. Imagino que estos días la iglesia cercana también vive desasosegada por la factura de los focos que iluminan quien fuera obispo de Solsona. Ayer, TV3 -la nuestra- lo enfocaba saliendo vestido de ir a correr, con calzón corto, mientras una reportera blandiendo una alcachofa como una caña de pescar agresiva pretendía obtener una declaración en exclusiva. Me sobrecogió la actitud y la cara de susto del personaje. Instintivamente quise comprobar si casualmente había cambiado de canal.

Enchufados como estamos a la energía de los focos candentes diversos y a la cosa fluorescente de bajo consumo pero de alto gasto, me doy cuenta que la vertiente ecologista no la he tocado. Estamos en un punto delicado en el que la salud del planeta hace cola en un centro de atención primaria. Una doctora de medicina general -curándose en salud- no descarta un mal feo, de aquellos que por prevención ahorramos de pronunciar el nombre por si acaso. Tiene mal color y la tensión ambiental demasiado disparada con sospechosas y preocupantes excreciones plastificadas. ¡Vamos, una mierda!

¡A-pagar la luz, compañeros!