lunes, 31 de mayo de 2021

Aullidos de sirena.

 La percepción es como un cóctel para alcanzar entender la información que nos llega después de sacudir la memoria, el aprendizaje, el razonamiento y otros ingredientes servido en vaso largo con cubitos y una rodaja de fruta tropical bien coloreada -de anuncio- haciendo equilibrios en el borde azucarado, algo que no deja de ser una sugestión. La percepción podría ser, por decirlo más fácil, como un estímulo externo pasado por el colador de la memoria tanto mental como la de los sentidos que tenemos integrados por la experiencia. La rodaja que corona el vaso nos puede parecer ácida aunque no la hayamos probado dado que la empareja al recuerdo sensorial de un cítrico común, tiene un aspecto semejante a un limón, por ejemplo.

 La percepción mantiene un pulso a menudo entre el grado de certeza -la verdad, si existe- y la duda asociada a nuestro conocimiento, lo que sabemos. Nuestra realidad, pues, podría cabalgar también un caballo ficticio, inventado por la mente humana, ya que los datos que nos llegan pueden ser falsos y nos llevan a cuestionar nuestra capacidad y la fiabilidad de lo que captamos del exterior. El gran problema es cómo las conclusiones extraídas por la percepción -el estímulo- son interpretadas. Nuestras versiones podrían perfectamente basarse en la lectura de pistas falsas o impropias. Por eso los abuelos se empeñan en contarnos el secreto de su vida con batallitas fundamentadas en la experiencia, se desgañitan a afirmar que ellos lo sufrieron. Ante la experiencia, que podríamos rechazar como unos jóvenes extravagantes y atrevidos, nos podemos decantar por un racionalismo que pretende defendernos del engaño o de la mentira interesada a que nos pueden llevar los ecos que nos sacuden.

Entender la percepción pasa por probar el combinado que tenemos en la barra de la vida mientras los cubitos se van fundiendo intentando comprender las ilusiones que percibimos y los efectos particulares con qué y cómo nos estimulan, la respuesta que elegimos debería fundamentarse en unas raíces profundas, de ideas claras y en un juicio meditado.

Por ello, controlar la percepción colectiva es una maniobra sutil o burda que busca intervenir en el proceso inmediato, a corto plazo, con estímulos interesados ​​que procesamos desde la experiencia para provocar una respuesta previsible. Por eso el mercado de la percepción cotiza tan alto y es tan preciado. Como decía el matemático, ¡dame una buena percepción y moveré el mundo! La apreciada palanca que activa un pensamiento o una reacción vale su peso en oro porque los principios de Arquímedes aplicados a la sociología pueden explicar muchos de los fenómenos colectivos de la actividad social que los seres humanos practicamos en un contexto determinado.

Ay, el canto de las sirenas o como cuando algún desdichado marinero es hechizado por unas melodías tan seductoras que el timonel y todos los remeros ponen proa hacia la isla donde se estrellan contra las rocas y son devorados por estos cautivadores seres fantásticos. Contrariamente la palabra sirena también se emplea para designar los aparatos que producen un sonido monótono, estridente y ensordecedor del cual por prevención solemos huir. Asuntos de sirenas o como de un encendido bolero necesitamos con urgencia un camión de bomberos.

¡Aullidos de sirena!

 

lunes, 24 de mayo de 2021

Sin red.

Hay días que ensombrecen el cielo radiante, que nos hacen desconfiar del estallido de verdura primaveral y de las lozanas aceras mientras el ayuntamiento poda el arbolado en una yincana de extrema complejidad entre las calles, un reto próximo a un puzle lleno de agujeros enrevesados ​​por encajar todavía los patinetes voladores, los vehículos aparcados en plena siesta y las deposiciones caninas mientras los profesionales de la poda se la juegan ejerciendo funambulismos sin red -pero con mascarilla- con una sierra mecánica de película de terror -¡Rama va! Días para mirar al cielo sin temer que la chatarra del cohete chino te aplaste porque ya cayó al mar, pero con precaución ya que puede abatirte el ramaje colonizado por un nido de cotorra argentina o una muy irada avispa asiática militante de la plataforma de afectadas por la hipoteca a quien acaban de desalojar sin contemplación alguna.

Mientras, en los escenarios bíblicos del Nuevo Testamento se han producido once días de bombardeos en un conflicto poco simétrico en la báscula de los muertos y de los estragos. Una competición endémica entre cohetes y bombas que vuelven a dejar un paisaje pintorescamente desolador de árboles desgarrados, de viviendas derrocadas y de almas en escombros.

Hay días en los que los grandes problemas domésticos como que no funcione la red y no puedas seguir la serie de asesinatos, que la lavadora no centrifugue o que las rimas consonantes del vecino poeta de la escalera no te dejan conciliar el sueño, se empequeñecen con tendencia a convertirse en gilipolleces irrisorias comparadas con el panorama que nos dibuja la actualidad de estas semanas. Definitivamente tendremos que constatar en la gaceta del postconfinamiento que hemos salido con alguna tara y relativamente mal acabados o defectuosos. Somos como éramos, más o menos, si queremos ser exactos. Los mismos achaques, odios y el espíritu de represalia han pervivido intactos. Hemos constatado que entre las virtudes de la vacuna -que se pueden leer en el prospecto- no figura la capacidad para curar ciertas calamidades porque no tienen origen vírico.

Procuro no preocuparme en exceso y por eso me inquieta no poder averiguar si pillan el asesino en la serie que no puedo ver. Sé que soy capaz de indultar al vecino de las rimas enardecidas y de sobrevivir sin centrifugar los calcetines desparejados. Es mi malvivir con el cual convivo y que me puede llegar a sacar de quicio. Si me lo repienso, sin embargo, son tonterías de poco calibre comparadas con cuando el cielo se ilumina y la atmósfera se enrarece con regusto a pólvora o el eco de los estallidos sostenidos ahoga los gritos de horror y de dolor de las criaturas.

¿Qué no son capaces de emprender estas criaturas en la otra orilla del mismo mar que chapotean en el rompiente de las olas empujadas por un falso sueño de esperanzas que no pueden abrazar? Marchar con una mano delante y otra detrás, ya no ligeros de equipaje, cargados sólo de inocente credulidad porque la pérdida comparada con las expectativas no se puede equiparar ya que no posees nada y eres dueño únicamente de la miseria. Qué padrastro más cruel aquel que pone en marcha el rebaño desesperado a pastar en un tablero de ajedrez vergonzosamente brutal.

Reiterando endémicos conflictos que han hecho hervir la sangre patriótica aún es reciente la crónica de opereta bélica con salsa de perejil protagonizada por el ministro Trillo en el papel de narrador heroico en un escenario más propio de Vietnam. Esta vez la épica militar ha sido rebasada por el protagonismo sin uniformes ni banderas de una masa humana considerable de niños exasperados en la frontera líquida de una acogida en la puerta giratoria con destino a la nada.

Camino por la acera entre los árboles de Barcelona recién podados. Amputados los flequillos, desprovistos del ramaje, contemplo una bandada de cotorras sin nido y a un joven que acarrea una carretilla insegura llena de chatarra sideral -o urbana- que contiene, también, los desechos de un sueño roto. Abro con precaución profiláctica el portal de casa. Levitando en el ascensor me pregunto si la red ya funciona o la inquietud me volverá a mecer. ¿Alguien puede vivir sin conexión?

Me doy cuenta que el confort en mi mundo local, lo que conozco y disfruto, se ha trastornado cuando las franquicias de la contención migratoria gestionadas por sátrapas miserables mueven pieza en el tablero de la alta política internacional. Según los sabios, una convulsión paradójica entre el conocimiento intuitivo del mundo -que es local- y la mecánica cuántica -que no es local- larga de explicar y que apeada a la realidad que late y malvive nos cuestiona cómo administraremos el día que una ingente ola migratoria tenga que huir no sólo de la guerra, también de su mundo local expoliado, primero, y devastado por los más que posibles efectos del cambio de condiciones de vida elementales, por ejemplo.

¡Eh, la red funciona!

 

miércoles, 12 de mayo de 2021

Llovieron marcianos.

A las doce, coincidiendo con las campanadas, un estallido de vida ha sacudido la ciudad. Algunos petardos y el griterío de aquellos que querían recuperar la vida nocturna reunidos en puntos estratégicos se reencontraban sin tener que mirar la hora de regresar a casa ni tener que inventarse excusas gastadas o de lo más inverosímiles.

Básicamente jóvenes cargados de vida vengándose del confinamiento y de los recortes vitales. Maldicen con alcohol asambleario la osamenta del demonio que les ha robado literalmente un año de vida. La irresponsabilidad con que los denunciamos contestada con el argumento de la envidia, fundamentalmente por ser jóvenes y aún en rodaje, con pocos kilómetros en las alpargatas. ¡Eso, qué envidia que me causan! Pero sed solidarios con quien la juventud ya es una batallita remota, que no os retraigan, explicado desde la de la perspectiva del calendario, como de relativo y huidizo puede ser el tiempo.

Ya tenemos asumido que hemos vencido a la pandemia aunque el virus sigue haciendo de las suyas, pero la necesidad de salir de este estado ya no de desconcierto sino de angustia supera la prevención exquisita que imponía este dragón, desde la ignorancia, durante los primeros coletazos. Habremos aprendido a convivir o a desafiarlo porque ya no podemos más. Quién puede contener la necesidad de salir de las guaridas después de este largo invierno. La vida social, la reanudación del consumo, de las cenas o del poder liberador de una cerveza se han revelado eficaces manifiestos electorales de mayorías. El concepto "libertad" -o la palabra simple y desnuda sin más consideraciones- ayer era también la pancarta alzada por los jóvenes radiantes que desafiaban no sólo a la policía de calle y a los vecinos cabreados -la policía de balcón-, también a la llamada epidérmica propiciada por la efervescencia estacional.

 Es demasiado pronto para hacer balance de este año raro. Los primeros recuentos los dedicaremos a las aritméticas de este desenfreno de fin de semana aunque acostumbrados a los misterios de los datos ya nos hemos inmunizado -antes que al virus- a la oscuridad contable interesada o incompetente que nos llega. ¿Conoceremos con certeza los números reales de bajas causadas por la peste? Estadísticas, ciertas o no, que trasladadas al entorno cercano han sido una tragedia con nombre y cara cuando nos ha tocado de cerca.

Entre los supervivientes estamos los que colgábamos carteles optimistas y aplaudíamos puntualmente y que nos hemos escapado -¡que así sea! - de las garras de estos bichos imperceptibles. Privilegiados como somos nos hemos habituado a esquivar el contagio con rituales que han venido para permanecer. ¿Veremos el transporte público exento del uso de las mascarillas otra vez? Tardará. Es muy posible que salgamos de esto no siendo demasiado mejores personas, pero habremos aprendido nuevas estrategias mientras los jóvenes ya no se lavan las manos tan a menudo, se empapan en el desenfreno y reclaman una oportunidad.

La noche que abatió el toque de queda será un hito en la memoria de aquellos que se expusieron, un desafío irresponsable como un ensayo osado del cual, esperemos, no tengamos que lamentar las consecuencias. ¡Que lo podamos contar! Los Mossos han hecho pública la lista de pretextos alegados durante el confinamiento: de la fuga de agua en la segunda residencia -¡un éxito! -, a quien paseaba una cabra o un cerdito recién adoptado, quien pretendía concretar una relación virtual o quien argumentaba que su mujer era insoportable. Y el más tradicional en todas las pestes que nos han asolado, encender velas a algún santo, la Moreneta también ha tenido que dar la cara y testimoniar a favor de algunos feligreses. Ilustrados reclamando la condición de seres libres e incluso algún delincuente habitual quejándose porque se vulneraba el derecho a ganarse la vida virtuosamente.

Para continuar con los argumentos creativos y llamativos podríamos añadir el que discurrieron los reunidos el sábado de madrugada cuando la policía les reprochaba la actitud incívica por las asambleas sin medidas de protección. Aparcadas las fugas de agua, que ya eran de cerveza pasada por el riñón, adujeron que estaban allí -sin techo alguno- para protegerse de la caída descontrolada del cohete chino que daba trompicones enloquecido por las latitudes terráqueas. Un joven mirando hacia el cielo le mostró la gorra a un agente con lo que pretendía reforzar el sentimiento de angustia por si también caían entre la chatarra espacial un astronauta -o algún marciano-.