domingo, 28 de febrero de 2021

Sección de sucesos.

Informa la prensa local balear, en una breve reseña de la sección de sucesos, que han hallado el cadáver de un hombre de 55 años en Palma de Mallorca. No se aprecian señales de violencia y las causas del traspaso, según los indicios forenses, serían naturales. Por lo tanto, ha sido una muerte que ha llegado cuando tocaba si menospreciamos las numerosas botellas de cerveza vacías, el cúmulo de colillas y los envoltorios arrugados de los paquetes de tabaco que rodeaban el sofá donde la policía lo ha descubierto. Un proceso de autodestrucción, según los defensores de una vida saludable, que el finado habría logrado exitosamente. No me arriesgaré a considerar el estado de las sartenes y de las parrillas en el desorden de la cocina donde este cadáver, por ahora anónimo aún, refreía la sebosa vianda nociva para las arterias, tan suturadas de colesterol del malo que han terminado por convertirse en una barricada a la vida y a una presunta existencia sórdida. ¡Qué quieres! Un hombre solo de una generación abocada al borde de la dejadez porque una mujer no le cuida y que no sabe planchar ni un pañuelo de bolsillo, aporta una viuda dolida, quizás en venganza por la displicencia del personaje en vida.

No os describo más el panorama propio de una película policíaca mala o de terror, según se decanten los hechos. Bien podría ser la primera escena de una serie de muchos capítulos en el deambular por los rincones biográficos del anónimo -por ahora- cadáver. Un abuelo ocioso casualmente de paso, a quien le delatan las bolas de jugar a la petanca, es de la opinión de que se trata de una baja vírica ya que la pandemia causa estragos y, mientras los profesionales de la funeraria sacan los despojos del portal hacia una franca furgoneta refrigerada, se ha asegurado de que lleva bien puesta la mascarilla dando unos pasos hacia atrás, por respeto y por precaución -¡No somos nadie! -ha soltado en un sentido panegírico luctuoso dirigido a un soldado desconocido de la vida.

Los vecinos ya desconfiaban. No le veían. Tampoco respondía al timbre. La policía se había desplazado en más de una ocasión sin obtener ninguna respuesta del hombre al que acaban de certificar las razones de los silencios y de la falta de vida social. De hecho, corrobora la vecina del segundo primera coincidiendo con la viuda, que tampoco desperdiciaba su existencia en expansiones vecinales si excluimos las idas al supermercado y al estanco de la esquina. Lo describen como un individuo de vagar muy ocasionalmente y solitario. Nadie, de los interrogados, sabe precisar cuándo lo vio por última vez. Tampoco la estanquera, esta sólo aporta al interrogatorio formal del caso que le parecía que compraba el tabaco al por mayor, de dos en dos cartones. Se lamenta por la pérdida, no precisa el tiempo, de un buen cliente al que regalaba un encendedor de propaganda a cada pedido -¡Buen cielo, chico! -ha murmurado en genérico sin personalizar ya que tampoco sabe cómo se llamaba.

Lo escalofriante del caso, sin embargo, no es que haya muerto -una certeza a la que todos estamos predestinados- sino que hace cinco años; sí, cinco años, reiteran los forenses, que está sentado totalmente consumido en el sofá delante de la televisión sin cambiar de canal. Un esqueleto vestido y espatarrado en el diván esperando que alguien le echara de menos. La policía habría iniciado las gestiones para identificarlo y confirmar que se trata del hombre que residía en el piso. El avanzado y descarnado estado de descomposición les obligará a hacerlo con pruebas de ADN. El juez que ha efectuado el levantamiento se lamenta al funcionario de turno, que ningún pariente lejano -de existir- no hubiera cursado ningún requerimiento relativo a la propiedad para que alguien hubiera desconfiado y poderlo encontrar antes.  

Para pensar y darle algún tumbo. Sin querer ser irreverente me viene a la cabeza aquel cantante también de las islas, Bonet de San Pedro y los 7 de Palma, que, en la década de los cuarenta del siglo pasado, ponía armonía y ritmo trascendentes al -¿Rascayú, cuando mueras, qué harás tú?

¡Descanse en paz!

 

 

miércoles, 17 de febrero de 2021

Las urnas del miedo.

La previa ha sido la convocatoria judicial en contra de lo que opinaban los políticos -por una vez con cierto consenso- y prescribían los entendidos, los del gremio de la sanidad. Convocar las elecciones al Parlamento de Cataluña por San Valentín ha sido, al margen de una cursilería sentimental, una temeridad que los médicos desaconsejaban. Ya decidida en firme la fecha, en el fragor de las brasas electorales, habrá un despliegue especial que invalidaba la dinámica cíclica puesta en marcha en consultas electorales hasta ahora si descontamos aquella mítica de las porras policiales del 1-O, que se celebró como en otra liga menos profesional.

Crear opinión respecto de la seguridad ha sido complicado. El miedo es libre y el temor a la pandemia nos lo han endosado profundamente a fuerza de reiterar los datos sanitarios con el riesgo de contagio y el terrible número de decesos que la peste ha causado. Cambiar el miedo por la precaución, dejar salir a los ancianos de las residencias por si querían votar aprovechando un inofensivo paseo mañanero, no es cosa de un día para otro. Sucedió que el gran día no era el más propicio para poner en marcha a los abuelos sin envolver, la lluvia y el frío no invitaban al ocio dominical de este San Valentín tristón y gris.

 Organizar la jornada ha sido un lío y una lucha de voluntades formidables. El protagonismo para formar parte de una mesa electoral se ha percibido como una plaga bíblica que llegaba con una certificación postal anunciando la buena nueva, ser o no ser miembro con permiso para contagiarte. Este ha sido el motivo fundamental por el que cerca de un 40% de los elegidos en el sorteo hayan alegado, entre otros motivos fundamentados, fobia a los espacios ventilados o avanzados embarazos psicológicos de más de siete meses.

Las medidas para los caballeros entablados de las urnas cuadradas han sido abundantes y generosas, mascarillas, pantallas faciales, guantes, gel desinfectante y un equipo como una armadura futurista de protección individual de alta seguridad. Además, se les facilitó, si así lo solicitaban, un test de antígenos previo al torneo pactado a jornada completa y sin sangre. Debían tenérselas tiesas con el carné de identidad sin tocarlo, desde la distancia con unas pinzas de mango largo.

Un desafío nunca visto que ha deslocalizado sedes electorales hacia lugares más propicios y espacios más aireados en un breve plazo que confirma la vocación de cabo furriel demostrada por los catalanes cuando la patria nos uniformaba. Un dispendio de energía que ha llegado a buen puerto a pesar de la abstención esperada. La participación ha sido del 53,5%, un éxito democráticamente incuestionable si se tienen en cuenta el miedo al contagio, el contexto feo, lluvioso y frío que favorecía el desencanto que se cernía por encima de las urnas. Virus, desmotivación, tormenta y quien, a estas motivaciones para no ir a votar, añadía el catálogo de políticos que se podía elegir.

La lección de civismo, de eficacia y de sacrificio ha sido ejemplar. Así lo vivimos quienes fuimos a ejercer el derecho fundamental -como dicen- aquellos que nos tragamos el miedo y la indiferencia blandiendo una papeleta. Ver las colas disciplinadas, distantes y obedientes daba gusto. Un ritual silencioso, dominical, una especie de desfile de cofrades ejerciendo el sacramento cayendo en la tentación de descubrir los pecados del voto ajeno. Quién no ha jugado en estas circunstancias a querer adivinar a quién votarán los que nos rodean. A encontrar indicios en el color de la vestimenta o en los complementos del electorado presumido -o no- que delataran sus preferencias. Por allí, arbitrando el torneo de la fiesta de la democracia, también rondaba el caballero del Verde Gabán -como diría Cervantes-, el apoderado de la extrema derecha. Una novedad formal en esta edición.

Y a pesar de todo, votamos. Y sin embargo, cuando despertaron, el dinosaurio todavía estaba allí -como escribió Monterroso-; si se prefiere podríamos hacerlo nuestro y cercano, al microrrelato, afirmando que cuando nos hemos levantado, el dragón todavía está aquí. Los independentistas para diferenciarlos de los catalanes, como nos catalogan los del verde gabán, seguimos siendo un problema. El inmenso batacazo a Rivera, a la Arrimadas y a sus escuderos figurará en el hito electoral para explicar cómo se ha acabado destilando la presencia de la extrema derecha en las instituciones -el dinosaurio, pues, todavía pasta-. Espero que sólo sean anécdotas políticas que pasen únicamente por arrinconar los eufemismos y las maneras.

Añoraremos el oasis parlamentario.

 

 

martes, 9 de febrero de 2021

Prodigios.

 Los atemorizados hemos descorchado el cava porque la ciencia ha obtenido en muy poco tiempo el enigma de la vacuna. Justo levantada la veda de la temporada de caza del virus, los sabios -curándose en salud como acostumbran- predecían que deberían pasar un par de años o más para encontrar el brebaje que nos curara. La carrera y la competencia entre laboratorios han obrado el milagro en un tiempo inaudito. Un suspiro sísmico universal se ha detectado en las cuatro esquinas de la Tierra si ésta tuviera aristas y no fuera redonda como una pelota. La salvación en una nevera de playa de buen transportar -anuncian- ya está aquí.

Pero cuando la barca apenas arribaba a buen puerto, cuando todo funciona, puede suceder que se vaya la luz o baje la marea. Y estos días la oscuridad invade y enfría el entusiasmo porque se está secando la fuente del milagro. Se ha interrumpido mucho el caudal del suministro de la vacuna por falta de existencias. ¡Apaga y vámonos! Y ahora qué. Casi podríamos anticipar los próximos capítulos de esta serie interminable con oscuros personajes que navegan por las aguas encantadas intentando asaltar a los peces con todo tipo de artes, desde el palangre a la red de arrastre. Porque la luz se ha ido y es el momento propicio para pescar en empantanadas charcas turbias.

De los avispados negociantes a los que se cuelan en la cola del mercadillo del remedio -¡Reina, cómpreme una vacuna, que las llevo frescas! quedan un par o tres de telediarios con las oscuras noticias de la pandemia para que todavía aumente más la demanda. O de las caravanas a países donde la campaña para administrarlas transcurre por senderos de manga ancha. Turismo sanitario como el de los destinos turcos especializado en resucitar flequillos. ¡Sol, playa y vacuna! No nos lo pensemos, arriesguémonos a coger un avión repleto como una lata de sardinas y aprovechemos para huir de estas borrascas tan gélidas que nos embisten con destino a un invierno tropical alejados de una mesa electoral.

Este tiempo de intensa vida doméstica me ha comportado de poder deambular por la historia gráfica de la saga familiar, custodiada en una caja de zapatos de domingo. He podido seguir el relato gráfico desde fotografías de estudio retocadas a mano con los antepasados ​​el día que se casaron vestidos de veintiún botones. Me he reconocido en la infancia. Fotos con el barniz sepia del tiempo, en blanco y el negro del momento y las coloridas que van perdiendo el brillo. Desordenadas o dispuestas según los caprichos de los fantasmas que las habitan, un desorden de instantes a capricho del azar que he intentado organizar por la textura del cartón o por el grado de parentesco. Por el garabato de la fecha escrito en el reverso. También lo podría hacer por simpatías, por el aprecio o por si son de verano o de invierno. Me he fijado en las sonrisas desgarradas de aquellas bocas descerrajadas que casi ya no existen. En los calvos cercanos y el legado consanguíneo, una boina para tapar las miserias capilares.

Me he entretenido a desenterrar las angustias, los sufrimientos o si el incierto final de algunos ya venía preludiado en el posado o en las sombras que proyectan estas estampas condenadas a una caja de zapatos de domingo. Como una bola de cristal del pasado. Qué pandemias, no sólo las víricas, les tocaron soportar. Qué hechos ajenos a sus voluntades los angustiaron. Antes de adentrarme en la búsqueda trascendente pensé que a no tardar demasiados años, en un ensayo para definir los períodos glaciares de los antepasados ​​cercanos desde los fósiles de esta caja, podríamos definir las eras geológicas de la parentela por determinados rasgos. Los sin dientes o los mellados y los sin pelo nos convertiremos en anacronismos biológicos gracias a los prodigios de la medicina reparadora. Aventuro, sin embargo, que aparecerá un nuevo prototipo de la especie humana fundamentado en las orejeras, porque los pabellones auditivos con la pandemia habrán perdido muchos grados del paralelismo respecto del cráneo, desplazados del horizonte del cogote. Unos abanicos nos delatarán como postpandémicos evolutivos a quienes la mascarilla ha moldeado la fisonomía, el perfil y, sobre todo, el talante.

Os anuncio que estos días vivo desconcertado ya que la vecina de enfrente -al otro lado de la calle- me ha abandonado. Una tarde, el pequeño y acogedor espacio se ha ido llenando de cajas y sospeché que ella -y el gato- nos dejaban. Durante esta temporada de reclusión domiciliaria no nos hemos saludado nunca, ni un triste gesto. Podría confirmar que nos hemos observado mientras poníamos quilos -¡el gato también! -para sobrellevar entretenidos esta sensación angustiosa. Se ha ido, sin despedirnos, a la francesa. Aunque nuestra relación fuera lejana e indiferente bien merecía un adiós a la manera como se despedía el pasaje de los transatlánticos en la dársena cuando partían a las Américas. Tampoco el orondo felino me ha dedicado un coletazo cargado de nostalgia marinera al estilo Bella Lola blandiéndola como el pañuelo cuando no me saludó. Demasiada cautela a no dejar rastro... Me figuro una maniobra astuta para que un servidor público vestido de cartero no le entregue un certificado confiriéndole cierto protagonismo en la inmediata fiesta de la democracia.

El revuelo ya anuncia nuevos inquilinos en el vecindario. Desconozco si tendrán un perro o un gato, pero -por ahora- colorín colorado, este cuento se ha acabado.

En febrero, el mes de los gatos.