lunes, 11 de enero de 2021

Trump lo peta.

Presenciar en directo el reality show del asalto a la sede del Capitolio en Washington impacta, pero no sorprende porque podía suceder y, finalmente, ha pasado. La realidad y los instintos más bajos convertidos en espectáculo es un recurso con mucho éxito que suele garantizar índices espectaculares de audiencia. Efectivamente, Trump lo ha terminado petando.

Un personaje que gestionó como patrón absoluto los concursos de Miss USA y Miss Universo durante dos décadas para aterrizar en el exitoso reality show de la NBC el Apprentice durante la década posterior -justo antes de llegar a la presidencia- ya preludiaba la querencia de este Aprendiz de político, de principiante en el nuevo negocio hacia el cual se ha decantado y ha sobresalido en aquello que conoce bien, la impostura, la manipulación y los chanchullos varios porque, a pesar de todo, la vida y el concurso deben continuar.

El manual de uso y abuso -el libro de estilo de Trump- ha gozado también de un predicamento abrumador. Terminado el espectáculo, mientras barren la pista del circo y arreglan los desperfectos de los disturbios, los estadounidenses viven -y vivimos- pendientes con un punto de intriga por lo que todavía nos puede ofrecer este gran mago de las sorpresas. Temen que pueda sacar un conejo desollado de la chistera, la traca final antes de abrir y de consolidar las franquicias internacionales, la marca blanca Trump, la próxima meta.

Porque todo llega, como lo hizo el mítico Buffalo Bill a Barcelona en diciembre de 1889 regresando de la Exposición Universal de París, la de torre Eiffel. Una tropa de indios de verdad adiestrados como los búfalos y los caballos exhibidos acamparon una temporada en una explanada que hoy concordaría en la encrucijada de la calle Aribau con Rosselló desde la perspectiva actual del Ensanche barcelonés. El señor William F. Cody, conocido como Buffalo Bill, no tuvo demasiada fortuna en tierras catalanas. Llovió muchos días, un infortunio para un circo sin cubierta, y tuvo que soportar una triple epidemia de gripe, cólera y viruela. Un desastre que el mismo Buffalo Bill atribuía a las condiciones sanitarias y a la peculiar idiosincrasia de los catalanes. La hermana del legendario explorador y aventurero lo argumentaba: "el circo no se parecía en nada a las corridas de toros, el único espectáculo que tiene éxito en España".

Imagino a un Donald Trump -como Buffalo Bill- paseando con éxito por el mundo su espectáculo con los asaltantes al Capitolio ya reciclados -exculpados-, más acicalados y bien maquillados. La puesta en escena debe ser lo más verosímil posible pero con un punto de coreografía milimétrica integrada en una banda sonora de las que pone la piel de gallina cuando un falso sioux de las praderas con cuernos de búfalo embiste al público saliéndoles por detrás, a traición, amenazándoles con una lanza y haciendo ver que torea un búfalo a la manera cowboy.

Pero el plato fuerte del espectáculo, como unas campanadas con la Pedroche y la Obregón juntas, será el momento en el que Trump responda al polígrafo con la iluminación tenue de tonos pastel sin llegar al naranja botella de butano. Un silencio litúrgico conteniendo la respiración y la emoción mientras, para estirar el momento hasta el infinito de la intriga, le repiten la pregunta.

-No responda aún, Sr. Trump! Vamos a publicidad -dice el juez.

 

 

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