Quién no ha escuchado la expresión "qué año de mierda" o "qué mierda de año”. Azuzad los oídos en los rellanos mientras aguardamos el turno para subir o bajar del ascensor sin compartirlo con nadie más. Hemos renovado el discurso y hemos renunciado a los pronósticos meteorológicos caseros como también a la ilusión por coincidir con alguna persona especial que nos tiene el corazón y los instintos robados. ¡Efectivamente, qué año! Con la inmediatez de las campanadas que lo enterrarán, desearemos fundadamente que este 2021 sea mejor. Quién nos iba a decir que este hermoso 2020, de aritmética fotogénica, pasaría a la memoria como el año de la peste. El 2020, si fuera un décimo de un sorteo, es de esos números simpáticos, redondos, que te guiñan el ojo y te hacen creer que te tocará. 2020 habrá sido una buena cabecera para un calendario si no entramos en detalles.
La fascinación por este año que caduca y muere ha acabado trastornándose en miedo, incertidumbre y extenuación. ¡Cansino! Y podemos sentirnos afortunados si no nos ha pasado factura. Este número, 2020, quizás no habrá resultado agraciado con el gordo de Navidad, pero también con fundamento nos conformaremos con la salud si la fortuna nos es esquiva. En el repaso al año que corresponde por estas fechas no faltará la pregunta de dónde estabas el día que nos confinaron. Este año vírico marcará un hito y tardará en diluirse en el olvido hasta que no recuperamos un poco lo que solíamos. Vamos a ser muy conscientes de lo que queremos cuando, brindando en pequeño comité, levantemos la copa y nos deseemos sino feliz del todo un mejor año nuevo. ¡Que lo sea!
Iniciando el repaso anual que corresponde por estas fechas -estamos justo cuando los medios confeccionan el guion- estamos obligados a empezar cronológicamente rigurosos por el mes de enero. Entonces la naturaleza nos puso a sitio y nos aturdió con el temporal Gloria. Cosas del cambio climático que ponen en evidencia a los descreídos por interesados o a los felices inconscientes hasta que las fuerzas incontrolables de la naturaleza nos hicieron pequeños y vulnerables. El viento y la lluvia o la tormenta desatada son malos compañeros para conciliar el sueño y encontrar la paz nocturna, eran necesarios contra los elementos sublevados valentía y una indiferencia casi imposibles de practicar. El mar colérico y los árboles todos despeinados en mitad de los estragos cada vez más frecuentes se corresponderían con la ilustración de aquel primer mes de un año que ya apuntaba a feroz. Recuerdo la ciudad, la Barcelona de la tempestad Gloria, como un cementerio de paraguas.
Justo recuperados, aunque calados y vencidos por los elementos, a finales de febrero -el mes de los gatos- se detectó el primer caso de una mujer italiana, residente en Barcelona, que había vuelto recientemente del norte de Italia infectada de Covid-19. Empezábamos a escribir con caligrafía particular la gaceta del confinado. Cada uno la suya. Una crónica que aún no ha agotado el repertorio de argumentos y que nos ha condicionado formidablemente. Tramas personales para sobrevivir, para ir trampeando el día a día con un guiño a la temeridad, en una nueva manera de existir que comenzó mientras recordamos donde nos pilló el confinamiento monacal enternecido por la banda sonora del "resistiré".
Después, el 2020 evoluciona contundente hacia una pandemia de virus traidores con caminar silente de gato ratonero que nos ha puesto cruelmente ante la realidad. No éramos inmortales y ahora somos más conscientes de ello. En el memorial personal de los caídos hay personas cercanas que han dejado la piel -y la vida-. ¡El puñetazo a los negacionistas! Disfrutamos de la gran aventura para sobrevivir tras de una mascarilla obsesionados -atemorizados- por sí un resfriado es la antesala de un contagio. Una relación social de mírame y no me toques se ha impuesto mientras los héroes anónimos sin excesivos aspavientos, el mundo de la sanidad, el de la enseñanza y aquellos que, con menos estridencias pero con el mismo protagonismo, hacen que el universo inmediato continúe rodando. ¡Gracias! Trabajar o morir, el manifiesto –shakesperiano- de la realidad económica que fluctúa a la hora de tomar las decisiones.
Porque los vientos que han inflado las hojas en el calendario de este 2020, rabiosos por la galerna sanitaria, tampoco han impedido la navegación. A pesar de todo, el mundo sigue girando. Ha sido el año Trump. En España, el amarillento santoral monárquico viene marcado por la hazaña de un rey jubilado que ha marchado. Por el "resistiré" franquista y por los "viva el rey” espurios de mal justificar amplificados por las siniestras proclamas golpistas de unos militares "nostálgicos". Todo irá bien, deseábamos durante el confinamiento.
Estrategias de los nostálgicos fascistas gritando libertad pervirtiendo la palabra y el discurso. Son las pandemias inmunes a vacunas de la historia reciente. La plaga política que receta la mortandad necesaria para limpiar y erradicar la discrepancia con una remesa calculada en veintiséis millones de dosis selectamente administradas en las cunetas de las carreteras o en las tapias de los cementerios. Vergüenza más allá de una tertulia justificándolo banalizando el terror.
En esta esquina estratégica de la piel del toro vamos tirando mientras calentamos con estiramientos para participar en unas elecciones más. Una democracia con barretina más compleja aún en mitad de una maraña de siglas y de personajes políticos que comportará, anexado al programa que defiendan, una breve reseña explicando de dónde vienen, quiénes son y qué dicen que harán. Una incierta atomización independentista que la ciudadanía no entiende y rechaza. Veremos. Mientras, la realidad que sí se toca afecta de lleno a los presos políticos, una mezcla de castigo -la pena- aliñada con humillación y venganza exquisitamente exigentes.
No caigamos, pero, en el desencanto ya que ahora viene Navidad, campana sobre campana, y sobre campana una, asómate a la ventana. Porque las fiestas, las luces, los regalos y los mensajes que corresponden nos han de levantar de esta postración social y del sopor anímico que la situación impone. El discurso real, no lo dudemos, será una inyección de optimismo, de buenos deseos y al mismo tiempo un compromiso de transparencia repasando el desbarajuste de cuentas corrientes del abuelo extraviadas por los cajones de palacio. Sin embargo no ahorrará, el constitucional monarca, la condena bien rotunda y sin rodeos a las tentaciones golpistas de unos militares más en edad de jugar a la petanca que con sables mellados.
¡Qué 2020! Resistiendo a despedirse, también acaba de prender una candela letal para iluminar la indigencia quemando la vergüenza social en una plaza pública en Badalona donde malvivían a escondidas la pobreza oscura y la debilidad más despiadadas.
Por ello ha sido un año defectuoso, como tullido. Un 2020 para devolver si no fuera porque ya lo hemos agotado y sólo quedan un culín y el envase de plástico de mal reciclar. Un período de tiempo que nos hace sentir estafados del que no podemos reclamar que nos reembolsen el precio por vivirlo ya que también forma parte del fantástico espectáculo de existir.
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