Este año me he adelantado y he cambiado el plato con el maíz y el agua para los camellos de la víspera de reyes por una tarjeta de crédito bien seductora, navideña. Me he anticipado y la he dejado a sol y serena en el alféizar del ventanal por el que solían trepar sus majestades de oriente. Tampoco he cebado a escondidas al tió con golosinas ultracalòricas. Lo reconozco, he cambiado de bando. Reniego de las viejas tradiciones -o las renuevo- amparado en la desazón consumista que me ha llevado a afiliarme al Black Friday. Una tradición transoceánica recientemente arribada que está arraigando firmemente deslocalizando la ilusión monárquica más propia de los inocentes que del personal en general.
Una tendencia casi consolidada que baso más en el cambio climático que a causa de la pandemia. El viernes negro participaría de cierta intriga y de la truculencia de un género que hay que buscarlo en los estantes del menudillo sangriento. Hará cerca de una década que nos visita como una especie estrambótica en busca de un hábitat más propicio. No ha sido a causa del virus, pues, que haya colonizado nuestro sistema comercial. Espero no tener que contratar a un investigador privado para averiguar la muerte en extrañas circunstancias de mi tarjeta de crédito por una puñalada del Friday night fever.
Ungidos del espíritu prenavideño la ciudad comienza muy lentamente a respirar distinto. El aroma del café de bar servido en una taza como es debido y no en un vaso de plástico para llevar -y tirar- confiere a la atmósfera de la calle una nota de esencia doméstica azucarada con una cucharada de temeridad que la convierte en irresistible. La clausura urbana que ha catequizado las calles mayores en claustros austeros afloja y la plaza de la catedral barcelonesa ya vuelve a acoger ramas de acebo, abetos y caganers audaces con la cara tapada y el culo al aire.
Concretando, en casa ya hemos sacudido el polvo a la quincalla navideña distribuyéndola estratégicamente para fomentar el espíritu festivo y sacudir la oscuridad estacional mientras no llega el solsticio de invierno. Se necesitan luces, turrones a raudales y la cantinela de un ensayo clandestino -Tulón, Tulón de avellana y de piñón... -canturrea el niño torpemente presintiendo la importancia del ritual. Navidad a la esquina.
Unas navidades de burbuja, la del anuncio dorado del cava y la del grupo arrugado. Restricciones reguladas por el derecho de admisión entre la parentela que reunirá sólo a un pequeño comité, a los habituales y a los más afines elegidos, para no herir susceptibilidades, por el procedimiento del amigo invisible, en un sorteo secreto y sin testigos. Habrá que ver cómo organizamos y distribuimos los canelones entre los cuatro gatos presentes.
Os advierto, sin embargo, que si en estas navidades os hacíais libres -y felices- de aquellos que invitábamos a regañadientes en otras circunstancias, vais equivocados. Estas serán unas navidades online, conectados -como el comercio-, con presencias virtuales y grandes discursos respecto de cómo se debería vacunar a la población. Ya me contareis, estamos en contacto. A esta virtualidad tecnológica sólo la pueden eximir las criaturas recitando esperanza, la de no caer en nuestras pifias porque ellos sí son la nueva realidad.
¡Mientras, feliz y próspero Black Friday!
No hay comentarios:
Publicar un comentario