viernes, 23 de octubre de 2020

Incertidumbre o desconcierto.

La falta de certeza o cuando consideramos algo no seguro, con dudas, nos hace sentir que no tenemos la verdad previsible a nuestro lado y nos produce desazón. La angustia vital participaría de esta incertidumbre que nos sitúa ante lo que no controlamos, como si habitásemos en un presente determinado por lo que nos espera y que no conocemos, lo del dios dirá. Pertenecería a una categoría superior entre el azar y la predestinación que no abarcamos.

Aunque, si la incertidumbre se convierte en desconcierto es que las personas zarandean la fórmula sublime queriendo interferir en la predeterminación unívoca que algunos postulan. Manifestado de otro modo podríamos decir que el sentido crítico y el sentido común suelen ser el antídoto que nos pacifica la angustia, pero cuando los retorcemos y los forzamos nos adentran en el largo y negro agujero del desconcierto donde los razonamientos previsibles dejan de funcionar y la única lumbre que ilumina este túnel es el caos. Me temo que a la incertidumbre magnificada que vivimos hay que añadir la gestión desconcertante de aquellos que deberían sosegar la aflicción que nos atenaza.

Entre la incertidumbre y el desconcierto, pues, debemos ir tirando columpiándonos en la renuncia y el temor embarrancados en esta percepción tan extraña y bien rara a la que la nueva realidad nos ha llevado. Me ahorraré de decir que hemos aprendido a vivir con la pandemia, en todo caso cohabitamos en una escala de conformidad y responsabilidad bien variada y, a veces, incluso pintoresca por no calificarla de contradictoria o, más aún, de dramática.

 

 

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