lunes, 31 de agosto de 2020

Messi, Manolete y una palmera.


De cuando el mundo se derrumba y una palmera se vuelve símbolo de los tiempos que corren. Protegidos, enmascarados y con las manos bien desinfectadas justo en el instante fatídico en el que un árbol cansado de ofrecer sombra tropical -fuera de contexto- decide colapsar aplastando a una persona desprevenida, ajena a las consecuencias de sentarse justo en el banco letal al amparo de una palmera asesina, como ha acontecido en el Parque de la Ciutadella. Para reflexionar sobre ello en medio de los peligros inmediatos que nos acechan y que superan el poder mortífero de las palmeras homicidas.

Ya hace días que al disfrute de las vacaciones se sobrepone un velo que intimida, como una sombra de palmera poco fiable, porque aquellas tienen los días contados en una vuelta a empezar cargada de incertidumbre. Principalmente por el retorno a los centros escolares en una conjunción delicada entre lo estrictamente sanitario añadido al papel tradicional que la sociedad otorga a las instituciones educativas, la formación integral de los alumnos que, ahora, rebasa el estricto concepto de aprender. Empezar con la máxima seguridad que la circunstancia se comporta -condicionada por los recursos y por los espacios- contando con la corresponsabilidad y confianza de las familias es un reto absolutamente nuevo que pone a prueba la tarea de los profesionales que trabajarán en primera línea, en las escuelas con una serie de prevenciones ajenas a lo que conocíamos como los inicios de curso normales. Buen curso, pues, con el reconocimiento a aquellos que en las aulas aportan profesionalidad y, sobre todo, paciente tenacidad en esta adversidad que los desafía.

Ahora me doy cuenta que pedaleo por la senda errónea ya que debería haber comenzado la crónica y abierto la edición con el asunto Messi. Qué hay más importante, ahora mismo, que la determinación del rey de las pelotas de oro de abandonar Can Barça. A diferencia de la fuga del otro monarca dorado este ha alertado dejando unos días de margen revelando el destino preferido mientras no llega el desenlace. Tengo escrito en alguna página que, al fútbol, ​​se juega con los pies, una reflexión que me ha valido más de una reprimenda de aquellos que entienden y están al tanto. Validad, por ello, con buena voluntad los análisis futbolísticos derramados con atrevimiento y más ignorancia aún en la materia.

La cosa de la pelota no pasa por el mejor momento con el Espanyol en segunda división, el Girona privado una vez más del ascenso a primera y la derrota ignominiosa del Barcelona en la Champions. Un curso futbolístico, el catalán, para olvidar. Esta competición deportiva ha querido estar también a la altura de este 2020 que quisiéramos borrar en muchos ámbitos. Todo ello aderezado con que si el Barça es más que un club, Messi ha sido más que un jugador. Vuelan bajos los puñales afilados de la revancha, los despropósitos y las dinámicas envenenadas mientras uno de los mejores jugadores de la historia barcelonesa decide hacer maletas buscando un césped más propicio donde pastar trofeos conjurando la sequía de copas y los agujeros negros en el Camp Nou ahora que comienza el ocaso de los semidioses. Mantener la excelencia es el hito más pesado de todos, más titánico aun que mejorar porqué alcanzada la gloria cuando parece que nada se puede superar, sólo puede acontecer que la tendencia decaiga, como si la gravedad implacable en la gestión de las temporadas hubiera ido trastocando la pelota en una piedra maciza.

El impacto de la noticia ha provocado una marea de ondas concéntricas de alcance mediático sideral. Quién se resiste a no buscar los motivos, los culpables, las consecuencias y el juego sucio que podrían rodear el asunto. Analistas del callo sensible, expertos en moratones y contusiones diversas viven explorando los indicios más inverosímiles mientras una parte de la sociedad vive ajena al juanete del Messi y de las maniobras de Bartomeu y de sus secuaces regateando al delantero y al socio -que no se debería poder engañar, como predicaba el presidente Núñez-.

Los partidos políticos y los clubes de fútbol comparten unas similitudes extraordinarias. Militar como socio en un club o estar afiliado a un partido requieren de una fidelidad y de un compromiso cercano al dogma con himnos, banderas y camisetas que visualizan, expuestos en el escaparate de una valla electoral o en una bufanda, los sentimientos que iluminan la manera de entender, incluso, la existencia. El apoyo que la grupalidad confiere carga de complicidades y de rituales tanto un mitin como un derbi. Debido a la inmediatez propiciada por el estadio podemos abuchear o maldecir en directo, sin embargo, a los protagonistas, a la directiva o a los jueces plenipotenciarios del alto tribunal de los árbitros asistidos por la razón -o no- y por VAR. Conocer el peso de las aficiones deportivas contrastadas con las llamadas a las urnas y la opción ejercida sería un ejercicio sociológico bastante interesante. Sin duda que nos podríamos fijar en los intercambios frecuentes de camisolas.

El deporte nacional por excelencia tiene un punto de confrontación bélica entre enemigos -rivales- deportivos que propician el desafío y el encontronazo entre futbolistas y, a menudo, contra el entrenador o la directiva. No siempre el juego limpio por parte de todos los estamentos implicados tiene suficiente predicamento cuando sólo vale ganar -vencer- o derrotar al adversario. Otro punto en común con los procesos electorales ajenos -o paralelos- al universo del balón.

Termino con el proceso de redondeo del rectángulo -un campo de marte con césped- contrastando el deporte practicado fundamentalmente con los pies con el que se ha calificado de fiesta nacional, los toros, el antecedente muy mayoritario, también en tierras catalanas, antes que el fútbol se impusiera. La tauromaquia recuerda que Manolete -el Messi de la capa i el estoque- fue atropellado mortalmente –no por una palmera ni por el apoderado- sino por un miura del calibre de un trasatlántico con cuernos a finales de agosto justo hace setenta y tres años. En esta cuadratura del círculo el ritual adquiriría una trascendencia más que dogmática, mística y devota. El terno de los toreros y los ornamentos de los sacerdotes. La procesión que iniciaba las corridas de toros. O el sacramento de la muerte, un sacrificio precedido por el derrame previo de la sangre hablan de cuando los hombres pretenden trascender no de falta directa sino cortándole las orejas y el rabo a un magnífico toro bravo abatido en el suelo arenoso y áspero de un círculo atávico. También los sociólogos podrían estudiar las preferencias taurinas respecto del electorado.

El Messi de los toreros, Manolete, se alojaba, cuando toreaba en Barcelona, en el Hotel España, propiedad de la familia Gaspart, un descendiente de la estirpe fuera presidente del FC Barcelona.

 ¡Buen curso, que tengamos suerte! -como solicitaban los toreros brindando con un toro desenfrenado galopando por el círculo solar.


lunes, 17 de agosto de 2020

Recuperando los quesos de cabra artesanos.


Visitar Barcelona estos días es regresar a la ciudad preolímpica, un viaje al pasado cuando en agosto el vacío era casi generalizado y un regocijo para los que la paseaban a lo ancho, casi en soledad repudiando a los quisquillosos semáforos de esquina. Sólo cuatro damnificados, algunos ataviados de agosto canicular con la bolsa de trabajo a juego con la cara de circunstancias, sin poder huir del bochorno y del asfalto recalentado. Una Barcelona, ​​podemos decir, nunca vista. Una ciudad decorado acicalada de pobre para una película de catástrofes en general y postpandémica en particular. ¡Qué pena!

Acostumbrados a las vistosas riadas humanas que desaguaban en ella, a la actividad frenética también en agosto desde que es destino elegido del turismo ecuménico, asistir a la ralentización que sufre este verano es sobrecogedor. Ver la prolongación del paseo de Lluís Companys por el parque de la Ciutadella literalmente sin ninguna persona, o las calles de renombre -aquellas que nos suenan a los de pueblo- sin casi peatones sorprende. La postal atípica de este verano es catastrófica. ¿La reanudación dela vida comercial en septiembre será con tantas puertas de establecimientos y comercios cerradas? Esperemos que no.

Sobreviven los estancos -en precario si prohíben fumar en la calle y en las terrazas debido a los contagios por vaharada pestilente-, los bares sin la ristra variada de tapas expuestas en la barra, los comercios de comestibles familiares, alguna tienda de souvenirs estratégicamente bien ubicada sin clientes. Quien compra un caganer navideño fuera de temporada si no es un extranjero despistado. Los hoteles que permanecen abiertos lo hacen también ociosamente con algún turista solitario que se merecería una Cruz de Sant Jordi a la audacia. Las panaderías que no han cerrado por vacaciones -estas también-. La casa de los tatuajes continúa proponiendo los servicios habituales con un "Covid me mata" como la oferta de verano a todo color en caligrafía gótica que causa furor en las epidermis apergaminadas con mensaje.

 La ciudad descabeza una siesta abatida en las aceras de la Rambla a la sombra de un sombrero mexicano. El cocinero contempla el panorama en la terraza del restaurante del barrio mientras lía uno de papel. Sólo un par de mesas con comensales observados por el artista de los fogones. Ensalada rusa o gazpacho y pechuga de pollo rebozado con patatas fritas a dados, un formato polivalente por si alguien las pide en versión bravas. No hay fruta fresca, un artículo de duración breve que no se puede permitir la indecisión a la hora de los postres. Helados, pasteles industriales y golosinas de cámara frigorífica que no caducan con la predisposición natural con que lo hacen los melocotones de temporada.

Este año ha sido una diáspora estacional sin recambio. Pocas caras conocidas, algún vecino que te planifica las vacaciones cantando las excelencias del turismo de kilómetro cero o de proximidad. No tardaremos en volver a ver aquellos adhesivos en las lunas de los vehículos que proclamaban los méritos de Sant Miquel del Fai, "Mil años de historia, una maravilla de Cataluña" mientras se alinean simétricos en una especie de vecindad solidaria con los del Ripollès, tierra de condes y de corderos ecológicos en buena forma ya que cultivan el pastoreo atlético por las laderas empinadas de la comarca.

Vaticino un septiembre de álbumes también de proximidad y de bajo exotismo que no sean las selfies con una vaca rumiando o una cabra indiscreta. Instantáneas que ya habremos enviado a las amistades o publicado en las redes sociales con las salpicaduras lejanas de los arroyos prohibidos al baño, panorámicas con restricciones por los aludes de transeúntes también de proximidad que recuperan las raíces y los caminos sin asfaltar de la niñez. Reportajes aburridos que contrastan con la alegría del reencuentro y las comilonas con la familia anticipando la celebración de las fiestas navideñas por un si acaso y porque ahora todavía estamos todos. Entre los estruendos de la tormenta, los estallidos festivos del cava fresco remojando la empastelada torta casera con moras agridulces que habremos recogido en los márgenes de camino a casa.

Barcelona, ​​la damnificada, que también asiste a la deserción de aquellos que ya han decidido, si la fibra óptica se lo conlleva, de marcharse para recuperar el sosiego rural y los quesos de cabra artesanos. Pedalear por las rutas verdes del carbón y del hierro en Sant Joan de les Abadesses es un privilegio, un espejismo de verdura en medio de un concierto armónico de pájaros, de cencerros y de naturaleza entre el rumor mortecino del agua.


miércoles, 5 de agosto de 2020

Un agosto con asterisco.


Vivimos un agosto de vacaciones en una sociedad que tradicionalmente solía paralizar la vida durante este periodo. Bajaba la presión arterial de los latidos laborales porque habíamos colgado el cartel de "cerrado". Este año agosto es un mes raro, con asterisco. Venimos apenas de descolgar el rótulo de "confinados" cuando el parón en seco de la actividad por la repugnancia social ha sido demoledor.
El miedo al contagio lo hemos integrado en la cotidianidad porque ya no podíamos vivir más en la reclusión escrupulosa de cuando desinfectábamos incluso las sospechas. Hemos fumigado a los fantasmas y a sus huellas, a los envoltorios epidérmicos y, algunos, las ideas profundas. Nos ha costado deshacernos del miedo extremo de los primeros meses para rehacernos, empujados por la necesidad, y por no asfixiar aún más la economía de los sectores que solían hacer su típico agosto. Entre la salud y el trabajo existe también la necesidad imperiosa de desahogar el peso de los meses de encierro creídos que la nueva normalidad era gemela de la anterior, pero no se parecen y ya nadie las confunde. Las podemos identificar claramente en Instagram porque una sale con mascarilla.
Vamos tirando con cierta desilusión que nos hace ver que somos perfectamente contagiables. Eso sí, con menos temor y con un punto más de osadía. Como si los contagios fueran inducidos. Unos atacados temerarios que pagamos una penitencia por los pecados cometidos. La ira de la divina pandemia azotando a aquellos que llevan una vida nocturna sospechosa y tumultuaria ajenos a toda protección y profilaxis empantanados en orgías cargadas de promiscuos intercambios que conducen al pecado de la carne por la concupiscencia desenfrenada después de tanta constricción. Algo que los profetas de la contención ya nos prevenían. ¿Qué cuerpo de bomberos es capaz de apagar las excitadas brasas nocturnas de esta tierna barbacoa estival con cubos de agua fogosa de mar?
Este agosto -el del asterisco- hereda de los de antes, cuando la nueva normalidad no era un artículo recién ideado, el paro generalizado que lo paralizaba casi todo. Este año más. El vacío, las persianas bajadas de los comercios con la incertidumbre del cierre, la imposibilidad de hacer lo que solíamos de vacaciones nos abre los ojos a la nueva realidad que por el momento se comporta amortiguando un poco la dentellada feroz porque -como decíamos- estamos de vacaciones. Como si en agosto se desvanecieran las miserias y necesidades porque también disfrutan del presunto recreo en la costa. Veremos qué vino nuevo brota en septiembre después de la cosecha y con qué grado de aspereza.
El asterisco agostea con un localismo renovado. De las colas en los controles de los aeropuertos internacionales con destino exótico justo hace un año a las concentraciones pueblerinas. Hemos redescubierto aquellos espacios de la niñez que dejábamos de lado por demasiado cercanos o porque no había que encaramarse a un avión para acercarse a ellos. Los rincones idílicos a las orillas de los ríos y las charcas naturales con renacuajos. Los atajos empinados hacia la cumbre en bicicleta que siempre ha sido un artificio de verano con pedales. Hemos disfrutado de audiciones literales de sardanas en las ramblas sin bailarlas. Hemos escuchado una vez más El meu avi y hemos sacudido el pañuelo despidiendo a La Bella Lola con rigurosa disciplina sin ron quemado y con la plaza sembrada de sillas que ostenta -por las circunstancias- cierto aire de cementerio memorial con las infinitas cruces blancas bien simétricamente alineadas.
Un verano de nostalgia equitativa entre lo que acostumbrábamos y lo que habíamos olvidado. Las tertulias con los vecinos. El placer de ir a por agua a una fuente redescubierta. El comercio de proximidad con el pan crujiente de tahona recién amasado. Complicidades cordiales de pueblo mientras la luna crece como en un pesebre de verano reconvirtiéndonos en pastorcillos con bermudas sin ofrenda para calmar a los dioses de la peste que no sea el excedente de lechuga del huerto.
Este agosto será, efectivamente, el del asterisco y de la letra pequeña que se esconde a pie de página con tipografía diminuta. Hoy el rey emérito Juan Carlos I marcha de España abandonando la corte. Una "meditada decisión" de trasladarse a vivir fuera de España ante la repercusión pública de "ciertos acontecimientos pasados" de su vida privada. ¡Un día histórico, este sí! Cómo se puede interpretar que quien ha sido el jefe del estado durante casi cuarenta años tenga que tomar las de Villadiego a causa de los acontecimientos particulares. Demasiados eufemismos para intentar salvar a la monarquía. Una exquisitez en el tratamiento de la noticia que raya el tabú, ahora sí, coronado con mierda de ganso en un país devastado.
Será interesante establecer paralelismos legales entre los diferentes tratamientos judiciales en activo respecto de este monarca que huye de su querido país hacia un exilio dorado, como aquellos dictadores internacionales de hace décadas a quien la revuelta hacía caer de la peana y que el régimen acogía y protegía. Esta evasión bascula entre el "marcho" y el "no, que te echan". Veremos qué se acaba imponiendo en un país que, a estas alturas, parece más impactado por si la Sofía se eclipsará con él o pedirá definitivamente también la independencia conyugal. ¡El rey marcha, pues, viva el rey!
En la tormenta perfecta del momento me producen cierta grima los especialistas -corifeos- de todo pelaje que los diversos medios convocan para iluminar este callejón sin salida. Qué trance por no expresar sin rodeos lo que muchos tenemos en mente. Qué retorcimiento del discurso y cuánta vaselina real requieren estas comparecencias para no aportar nada o para minimizar este desastre tan monumental. ¡Cuánta vergüenza!
Mientras no llega septiembre para brindar con vino amargo, disfrutemos y seamos conscientes de que cada día suele salir el sol.

¡Buenas vacaciones!