El año 2016 será miembro
honorario en el club de los calendarios selectos cuando, un día, tengamos que
entender algunos hechos capitales -históricos- y las consecuencias que han
comportado. Las casas de apuestas londinenses en verano de este año no estaban
a favor de lo que se empezaba a conocer como Brexit. ¿Cómo podía ganar en un referéndum la posibilidad de marchar
de la UE?
De Londres a Las Vegas pasando por
Nueva York -pernoctando en Washington- tampoco las ruletas giraban con el
viento a favor de un personaje modelado en el circo mediático de la tropa de
Buffalo Bill. ¿Quién votaría, en otoño de 2016, a aquel caricaturesco político
que se presentaba para convertirse en el emperador del mundo occidental?
Los que apostaron por el caballo
perdedor acertaron. El Reino Unido ya no pertenece a la Unión Europea y Donald
Trump celebra que el impeachment será
sólo una anécdota a la vera de la chimenea que lo quema todo, consolidándole.
Los británicos favorables a marchar de la Europa política representan el
51,89%. A pesar del 47,8% de votos para Hillary Clinton, venció Donald Trump
con el 47,3% de los votos emitidos. Aritméticas electorales ajustadas como un
traje de luces que legitiman la decisión mayoritaria aunque sólo sea por los
pelos. Grandezas de la democracia.
¿Aceptaría la alta justicia española -quien actualmente
manda mucho- unos resultados similares en un presunto referéndum que
estableciera porcentajes exactos al eterno problema catalán -como decía aquél-
en el supuesto de que algún día los catalanes pudiéramos decir la nuestra? Las
casas de juego aún no aceptan apuestas. Curiosamente ronda por las redes un
mapa bien gráfico de la península que representa la presunta preferencia grosso modo de los que se decantarían
por un político ultra de extrema derecha a un presidente catalán en el exilio.
Os ahorro los porcentajes y las preferencias.
Aterricemos en Londres ahora que
todavía no exigen el pasaporte. Así que el Big Ben -en obras- vuelva a tocar
campanas veremos cómo se solucionan las relaciones insulares con el continente
macizo que repudian. Se abren una serie de incertidumbres punzantes que habrá
que acordar. Según Boris Johnson "éste será el amanecer de una nueva
era" que tiene uno de los puntos de inflexión en la paradoja histórica de
haber ganado la II Guerra Mundial perdiendo, a su vez, las colonias.
La vieja Europa acaba de perder
peso y cohesión. Un fracaso que debe comportar, esperemos, una nueva
oportunidad. Una Unión que topa con la Gran Bretaña, pero, cargada también de
interrogantes que deberán situarse en este nuevo papel que quiere jugar en el
mundo resolviendo también las aspiraciones escocesas y las de los decepcionados
que no están por Brexit. Se inaugura, pues, una época cargada de emociones intensas
y discursos encendidos –de acuerdos- por la deserción de uno de los miembros
más potente económicamente y demográficamente. Toca ponerse de acuerdo con este
vecino, establecer las bases de una nueva relación porque estamos obligados a
entendernos sin perder de vista que nuestra prioridad es el futuro del cataclismo
europeo y no de la relación con el vecino decidido a ir a la suya, que también
pero menos.
Tendremos que estar atentos con
Gibraltar, la excepción a los territorios del ámbito Commonwealth donde se circula por la derecha como en el
resto de la Europa continental. La Unión Europea ya ha anunciado que apoyará
al gobierno español en su eterna reclamación sobre Gibraltar en la fase de los
acuerdos que se establecerán. Madrid podría vetar la inclusión del Peñón en un
hipotético acuerdo comercial entre la UE y el Reino Unido si las demandas del
gobierno socialista -compartir la soberanía, por ejemplo- no se ven
satisfechas.
¿Veremos próximamente a los
gibraltareños circulando por la izquierda?