jueves, 31 de octubre de 2019

Huellas digitales.


Pienso en los años rurales entre las montañas del Ripollès, de lo exclusivo que era disponer de un teléfono ya no uno de particular sino en la aldea con entrañables centralitas donde la telefonista podía desenredar los hilos de una conversación sin el pretexto de una orden judicial, sólo por mero comadreo. Todavía tengo presente al abuelo profeta vaticinando como algún día los interlocutores nos podríamos mirar a la cara mientras nos hablábamos desde el pueblo contiguo. Unas décadas atrás esta pretensión de ligar el teléfono con el televisor en blanco y negro era algo que los avispados ya medio barruntaban. Sólo ha sido cosa de tiempo y de cables. 

Leer la novela 1.984 de Orwell, publicada a mediados del siglo XX, nos situaba en un contexto que, entonces, juzgábamos de inverosímil. Las maneras del Gran Hermano, que hoy los desechos mediáticos explotan sin rodeos, nos parecían un ejercicio exageradamente excesivo. El estado omnipresente controlando de manera absoluta al individuo. Cuestionando la libertad para los ciudadanos, la referida a lo privado porque esta vigilancia se ejerce en la intimidad y en todo momento durante su existencia. El Estado conoce cualquier detalle. Espeluznante, pero real con los aparatos inteligentes de las tecnologías de la información y la comunicación en color que ya no necesitan cables. 

El mundo orwelliano se ha verificado y ha superado las pretensiones de aquel -entonces- lejano 1984. Hace ostentación de ello el Instituto Nacional de Estadística -INE o CNI? - divulgando que pagará a las tres principales compañías de telefonía móvil de España a cambio de que le cedan los datos de ubicación de los teléfonos móviles de "todos" sus abonados durante -¿únicamente?- ocho días. Conocerán dónde nos hallamos con absoluta precisión geolocalizada. Este inofensivo ejercicio presuntamente estadístico ha alborotado el gallinero digital al delatar donde hacemos el nido y donde ponemos los huevos.

De la primitiva boina o de la barretina forradas con papel de aluminio para esquivar las radiaciones y las ondas hertzianas que pululan por el reino de los cielos y se depositan en los pliegues del cerebro a las fundas para móviles que se imponen, las Faraday, con la virtud de hacer invisibles los aparatos obstruyendo el paso a las ondas electromagnéticas. Vivimos inconscientemente rodeados de una formidable telaraña de ondas invisibles ignorantes de los efectos reales para nuestra salud y de las interferencias en los circuitos mentales que nos puedan ocasionar. Tendremos que protegernos, pues. ¿Cómo? Desde la casera protección con la boina forrada con papel de aluminio mencionada envolviendo también el móvil con sumo cuidado para que las criaturas no lo confundan con el bocadillo del recreo y no se lo zampen. 

¿La inocente iniciativa del gobierno requiriendo -o mercadeando- los datos de localización de "todos" los usuarios es una iniciativa sólo estadística? La explotación de los resultados de estos datos –llamadme suspicaz- puede tener un punto de perversidad que vuelve irrisorio el panorama descrito por George Orwell. Me atrevo a decir que ya lo saben todo de nosotros desde que les hemos abierto las ventanas de par en par y hemos asomado la cabeza y la patita virtuales para que desde la nube escudriñen entre nuestros secretos más personales y entre nuestros datos. ¿Hay alguien que lo dude todavía? Conocen el pie que calzamos, nuestras huellas y, por supuesto, por donde nos meneamos.

Ya ha llegado el día en que podemos pagar un café desde el teléfono móvil y que también podamos fichar en el trabajo con el mismo. La innovación perfeccionada, pero, nos ha de dejar sin pretextos ya que podrán comprobar si de verdad estamos atascados en el cruce matinal o nos hallamos retenidos en el chaflán esquina con el catre varados entre sábanas en un concierto no de bocinas sino de despertadores.

Acabo con una reflexión que procede en la fiesta de Todos los Santos. Qué harán con nuestro rastro digital, del patrimonio virtual con las ventanas abiertas cuando ya no se pueden cerrar. Tampoco puede tardar demasiado una ley que regule la herencia digital post mortem normalizando que todos los primeros de noviembre se cuelgue -quien nos quiso en vida- un ramo de flores parpadeante haciendo compañía al breve y sentido tuit que nos recuerda y al mismo tiempo nos actualiza el cementerio virtual de las redes. 

¡Buena castañada!

lunes, 21 de octubre de 2019

Tsunami con alpargatas.


Las bolas de cristal para adivinar el futuro -o el presente- en los arrabales de la Moncloa no deben funcionar a causa de enigmáticos fenómenos que tienen que ver con una conspiración astral que las inhibe. Ya hace más de una década un presidente informó que "jugábamos en la Champions", la liga máxima de la economía mundial, mientras una severa fractura de la corteza en el mundo de las finanzas abrió una falla entre sus pies que dejaba entrever las llamas y se percibía el olor a azufre de la crisis que nos chamuscó. 

Este lunes otro presidente en funciones de la Moncloa ha anunciado que comienza una nueva etapa. Habrá algunos días -declara- en los que asistiremos a los últimos coletazos y a los cargantes estertores de una etapa superada. El momento y la predicción responden a la publicación de la sentencia de Marchena y sus zagales. Se cerraba, según el presidente en funciones, un proceso judicial ejemplar que confirma el naufragio de un proceso político que ha fracasado en el intento de obtener el apoyo interno y el reconocimiento internacional. Estoy por recomendar que cambien las pilas a la bola de cristal en la Moncloa y, del mismo modo, espero que las previsiones electorales avistadas en la decisión de convocar nuevas elecciones las haya verificado antes con otros sistemas de augurio más fiables como el vuelo o el graznar de las gaviotas, por ejemplo. ¿Existen las gaviotas de meseta?

El rechazo y la respuesta interna a la sentencia ha sido abrumadora, señor presidente. Las marchas por la libertad han sido un ejercicio -así de literal- que ha llevado a los azarosos atletas a una caminata de resistencia por etapas que se podría homologar. Sólo al desplazarme de casa al Paseo de Gracia pude valorar el esfuerzo de esta marea peripatética que a la manera de un tsunami con alpargatas desbordó Barcelona. ¡Qué gentío! Permanecí atascado y cercano a la meta ya que era imposible de llegar al epicentro de la convocatoria. Se detectaba sin errar en ello como de cojos, escocidos y cansados se ​​aproximaban los expedicionarios de comarcas. Satisfechos, orgullosos y sudorosos deseaban explicar las horas de camino que cargaban en las piernas. Mayoritariamente se les detectaba por cómo iban tomando posiciones jadeantes en mitad de un paso cebra o en las aceras mientras los semáforos guiñaban el ojo marcando el compás a la banda sonora habitual del himno que va a cargo, una edición más, del helicóptero policial con letra de Lluís Llach.

Barcelona y Catalunya prácticamente colapsadas y cansadas. Agotadas, de caminar y de no ir a parte alguna, de la sordera. Sólo la tozudez de los tercos catalanes regració las sonrisas con otro reto alcanzado y, como siempre, multitudinario y pacífico. Un tsunami que arrastra a los tractores que también rechazan la sentencia. De lunes a viernes -por ahora- y aún no ha llegado la noche cuando los disturbios de este viernes estallan con anticipada contundencia. Una columna de fuego y humo sitúa la Via Laietana en el mapa urbano de los desórdenes, la violencia y la fuerza policial amasando tortas de a real como unas hostias formidables sin gluten.

Por los laberintos de la catedral cercanos a la comisaría de la policía nacional hay pelotones de jóvenes que se tapan la cara y se calzan la capucha. Antes han tirado al cubo azul del papel una pancarta, "somos gente de paz, pero no gilipollas". Después han quemado ambos, la pancarta y el contenedor azul. Me doy cuenta que pertenecen a otra generación que, por llevar la contraria, aparca la pancarta, el pacifismo de los padres y la sonrisa beatífica de los abuelos, a quien tachan de gilipollas. Deberíamos preguntarnos qué y quién los ha llevado a esta violencia con esta determinación y esta edad. Seguro que han aprendido de los infiltrados, sean de donde sean y vengan de donde vengan, que han impartido un máster acelerado en materia de barricadas y de arqueología aplicada a las losetas de acera -puro trencadís gaudiniano- en una guerrilla urbana del XXI. Veremos, cuando los sabios nos lo relaten, quiénes son, qué pretenden i la causa por la cual se juegan el físico perfumados con emociones hormonales tan intensas.

Absolutamente apocalípticos, los relatos y las imágenes emitidas por las cadenas de televisión de ámbito estatal confirmando y evidenciando con planos cortos la violencia del nacionalismo catalán al que han arrebatado finalmente la piel de oveja y la sonrisa pérfida a pelotazos de goma -¡Lo veis! –se desgañitan algunos presentadores/as estrella en todas las franjas horarias. Cataluña quema por los cuatro costados en una nueva versión de la semana trágica. Afortunadamente sólo han impedido a los turistas visitar la Sagrada Familia, de momento no la han incendiado. Sí que estos cachorros incendiarios de esquina evolucionan nocturnamente uniformados con una camiseta negra y una braga de gaznate también oscura, una especie de tapabocas moderno para preservar el anonimato. Mientras los contemplo me reafirmo, visten de negro o de gris oscuro para llevar también la contraria al pacifismo "gilipollas" que gasta camisetas ofensivamente llamativas con una obsolescencia programada de Díada a Díada -como las de Messi-. 

¿Y los políticos? ¿Dónde están, qué hacen y a qué dedican el tiempo? La pérdida de liderazgo residiría -prisión y diáspora también- en el revuelto ambiental sacudido por las aspas de los helicópteros en la atmósfera política global de aquí y de allí. No parece demasiado donoso el papel de todos ellos. No se hablan, no se escuchan y hacen campana cuando se convocan. No se entienden ni tienen demasiada voluntad de poner cinco gramos de cordura –seny- o una pizca de sentido común al arrebato –rauxa-. Apelando a la agenda, hoy la alcaldesa de la ciudad quemada ha excusado su asistencia -así consta en el acta-. ¿Habrá algo más urgente, a día de hoy, que sentarse y hablar? En Moncloa los teléfonos, como las bolas de cristal, tampoco responden. 

Entre las inmediatas propuestas de solución garantizada -¿hay alguna?- predomina la exigencia a que ruede la cabeza política del presidente de la Generalitat de Catalunya y la testa ejecutiva del conseller del interior. Nadie comprende, -dice el bolero- cómo se pueden consagrar a la vez la devoción y la responsabilidad de gobierno sin volverse loco. 

Como con las setas de temporada, este año testimoniales y urbanas dado que nacen y crecen en el asfalto, escudriño en el catálogo vigente de propuestas buscando el menú de una carta electoral corta de sugerencias con tendencia por el plato único. Básicamente un primero servido bien caliente sin entretenerse en zarandajas ni esferificaciones que ponga a dieta y adelgace la kale borroca catalana. "No es el momento del diálogo ni de acuerdos" de kilómetro cero "sino de la ley de seguridad nacional". Aún estamos mojando pan en los charcos de la salsa empantanada del primero que ya está emplatado el segundo -un 155 de catálogo- humeando con un punto de exotismo llamado "Barcelona es Bagdad", que ya habíamos probado. Platos hondos y con fundamento, manduca otoñal, de castañada, rematada con un surtido de quesos de mil leches, también de cabra -¡Sean servidos, buen provecho! 

Entre el momento judicial y el policial vigente deberíamos abrir otro espacio mientras rechazamos todas las violencias. ¿Y si encontráramos la hora de dialogar? También de los sentenciados. Y si un día cualquiera pudiéramos verificar un recuento vinculante con rigor. 

¿Lo hablamos?

lunes, 7 de octubre de 2019

¡Menudo caso!


-¡Que te voy a comer! -soltó en un arranque pasional. Ahora le venía a la cabeza con un punto de melancolía rememorando los momentos de encendida relación en los que se hacen promesas que, aterrizadas en la monotonía de la convivencia sin epidermis comprometidas de por medio, pueden conducir al remordimiento. Pero ella es una mujer de palabra y se ha mantenido firme porque ya no es una adolescente fácil de embaucar. Se trata de una mujer resulta a cumplir las promesas. Rebasados los sesenta la vida arrincona la ramplonería melindrosa, la vergüenza y va más de cara a barraca con una audacia que, manifestada y explicada así -sin tapujos- nos puede sobrecoger. 

Las crónicas entre novela rosa y terror -coincidiendo con el festival de Sitges- están desbordadas por el asunto. También en las tertulias del hogar del jubilado entre partida y partida de dominó o en las salas de espera por hacer tiempo -y chismorreo- mientras el fisioterapeuta no te pone en su sitio la rodilla de plástico que te acaban de sustituir. Ha sido el centro de interés mediático preferido y redundante en las programaciones matinales truculentas para ociosos. ¡Menudo caso! 

Un compañero de partida lo tiene muy claro. Mientras reparte las cartas insiste que él, por principios, no quiere la llave de los vecinos ni acepta custodiar nada a nadie. No asume compromisos que te puedan involucrar en historias oscuras ni tampoco convertirse en el culpable de que los geranios de la vecina la hayan palmado sofocados a causa de un exceso de celo -murmulla con convicción-. Ya hace días que los habituales, después de comer, mientras juegan al mus, se las tienen por esta noticia que les persigue en todas las televisiones y en todos los periódicos.

Cuando la pasión se arruga, algunos lo padecen, existe la tentación de cambiar el pájaro de jaula por si vuelve a cantar, y lo verbalizan sin cautela. En esta conjetura fundamentan el motivo del pecado original los que viven pendientes y asombrados por el suceso. Uno de los jugadores lo tiene muy claro, la quería dejar o ya tenía a otra. Cosas que pasan más a menudo que no llueve, sentencia el abuelo de antes del cambio climático. 

 En la cronología de los hechos -por ser narrativamente metódicos-, a una vecina le desapareció el marido o la abandonó, a saber. Según explica el primo hermano del que se largó, un pollo ya hecho y un poco duro de roer para los guisos con exceso de efervescencia carnal, se habría ido de vacaciones con un pico de la libreta común donde administran la economía casera, la luz, el gas y otros gastos compartidos. Según la misma fuente -el primo hermano- la comunicación con el fugitivo tenía un punto de sospecha dado que les había facilitado otro número de teléfono, ya que le habría caído el móvil a la bañera, y que recibían unos mensajes que no concordaban del todo con el talante del pariente ausente. El fugitivo lo era desde mediados de abril. Tampoco la repudiada se mostraba demasiado afectada. Llevaba una vida normal, de ir tirando sin mostrar como de dolida estaba por dentro manteniendo la compostura; al contrario, los domingos frecuentaba las salas de baile de alguna casa regional con sus amistades sin evidenciar ningún tipo de nerviosismo o de inquietud siguiendo el compás del pasodoble sin aspavientos. 

Avanzamos. Como la guardia civil andaba enredando por la desaparición del hombre, esta entregó a una vecina de confianza no las llaves de regar sino una caja bajo el pretexto que contenía juguetes eróticos. Objetos del pecado que le podían comprometer en el supuesto de que los civiles la encontraran y la abrieran revolviendo la lúdica intimidad. No contó con el cotilleo. La vecina que guardaba la caja tanto tiempo, quizás con curiosidad por las impúdicas maravillas que contenía, ya habría estado tentada de abrirla en más de una ocasión. El día que la destapó en un arrebato de chismorreo o por el fétido olor -hay dos vías de investigación-, sin embargo, el sobresalto fue de película de terror. ¡Contenía una cabeza humana! Una calavera casi descarnada y envuelta en papel de plata –como un bocata- que previamente, como quien prepara un cocido, habría hervido en una olla grande.

En este punto, el hervor informativo ha provocado la polvareda que se ha levantado. La presunta asesina de la olla, presionada por el macabro hallazgo se ha defendido alegando que el asesino o asesina de verdad habría dejado la caja de los presuntos juguetes en la puerta de la casa. Con los ojos presuntamente húmedos y un aire muy triste de viuda desconsolada habría declarado que guardó el cráneo porque era el único recuerdo de él.

Me pregunto cuánto tardarán las productoras cinematográficas en recrear esta historia tan inverosímil si no fuera por el descubrimiento de la calavera con implantes. Y la narrativa truculenta continúa hirviendo a fuego lento aún porque varias vecinas del municipio han insinuado que la protagonista desde hacía meses que repartía croquetas y comida casera entre la gente del pueblo. Una solidaridad escalofriante cumpliendo aquella amenaza envuelta -no en papel de plata- en sábanas, abrazos y vehemencia sofocada – ¡Te voy a comer! 

Uno de los jugadores de cartas, en un receso de la partida, reflexiona con la mirada perdida y con absoluta inquietud manifiesta -Mi mujer haría canelones, le salen mucho mejor que las croquetas...

Aprovechando la actualidad desconozco si en el festival de cine de terror, en Sitges, proyectan alguna versión del barbero británico Sweeney Todd en el Londres del siglo XIX cuando asesinaba a sus clientes rebanándoles el pescuezo con la navaja de afeitar. En algunas adaptaciones del relato, la amiga -y cómplice- Mrs. Lovett, prepara excelentes pasteles de carne con los cuerpos de las víctimas, que sirve en su taberna.

Desafortunadamente, a menudo, la realidad supera la ficción.