miércoles, 31 de julio de 2019

Hacer el agosto.

Agosto tiene un punto dulce de ensayo que nos acerca a la búsqueda de la felicidad. Parecería que se detiene el mundo, que se amortigua la actividad frenética y que las obligaciones reposan en una especie de jubilación con fecha de caducidad. Este es el gran reto, sobrevivirlo sabiendo que acabará y que los días vuelan escurridizos. Un año más comprobaremos como todo aquello que habíamos previsto, excesivamente optimistas y poco realistas en cuanto a la agenda, el implacable transcurrir de los días apresurados nos situará y tendremos que volver a aplazar algunos proyectos un año más, para otro curso. No olvido a aquellos compañeros de trabajo que, mientras nos despedíamos deseándonos un buen verano, aventuraron que no sabían si lo podrán soportar, tantos días sin vernos. Algo que tendrá que ver con la incertidumbre del retorno. 

Las vacaciones saladas tienen su indicador epidérmico en el grado de morenez con que regresamos una vez terminadas. Como si el soleado que lucimos fuera proporcional al regocijo marinero mientras las olas nos relamen los pies soñando con pescar al palangre una sirena poco temeraria. No desplazarse a una población costanera es no vivir el agosto, no eres nadie si no participas del desenfreno que se comportan la playa, la paella con mejillones y el sombrero cuanto menos discreto mejor con que cubrimos la exuberancia de los cuerpos castigados por el sol canicular de todos los veranos, también los imposibles de la infancia. En la atmósfera el perfume veraniego de los protectores solares es cómplice del arrebozado con arena y de los castillos de planta baja que la mar sabia desbarata.

Este país en verano, fundamentalmente en agosto, cuelga el letrero de cerrado por vacaciones. Quién puede cuestionar semejante derecho que todos tenemos. Ya que estamos de vacaciones justificamos la inoperancia de la temporada estival. Como si las esperanzas, las angustias, las enfermedades, las condenas pendientes y el latido de la vida en general pudieran ralentizar los latidos. Parecería que toda actividad puede chapar las puertas por vacaciones si no fuera por aquellos esforzados héroes que literalmente hacen su agosto. 

En los pueblos de montaña sin mar donde confundimos un remo con una pala de hornear pan, este es un mes también susceptible del aburrimiento al fresco. Los concejales de cultura deben derrochar mucha iniciativa y aguzar el ingenio para inventarse un agosto salpicado de actividades que animen a los aldeanos que no se han pirado a la mar y a los fieles veraneantes que pretenden hacer salud y respirar aire presuntamente puro. El turismo de balneario ha decaído, reconvertido a un perfil tísico mientras las aguas medicinales ya no sacian el afán sanador de otras épocas. El turismo de prudente altitud entre pinos y arroyos suele buscar la tranquilidad, el paisaje y un buen plato de proximidad -sin moluscos, pero-. Somos de buen contentar entre la audición dominical de sardanas en la plaza mayor y la melancolía marinera de un excepcional recital de habaneras. 

Desde hace unas décadas el turismo por excelencia tiene el hito más excitante colgando en los paneles que nos hacen un guiño a "bajo coste" en las terminales de los aeropuertos con dirección al incógnito, a lo exótico y al lejano paraíso de catálogo cargados con la incertidumbre de una maleta. El inicio de esta audaz aventura, en Barcelona, ​​reside en si podremos levantar el vuelo a la hora prevista, una tradición ya típica y bien arraigada e imprevisible. No desfallezcamos. 

Elijamos la opción que más nos convenga, también hay quien transforma la terraza de toda la vida en un parque acuático. 

¡Tengamos un buen verano! ¡Buenas vacaciones!


lunes, 22 de julio de 2019

Lunáticos.


Que te pregunten qué hacías y dónde estabas el día que se cumplen 50 años de una efeméride es todo un indicio que nos lleva, en consecuencia, a deducir que ya tenemos un máster reconocido en desarrollo personal. El máster de la vida que hemos cursado día a día con más o menos fortuna nos lleva a la nostalgia de cuando podíamos aún adosar margaritas al flequillo. Medio siglo más y todos calvos, si la caída del pelo no te ha atrapado aún. Un indicador irrefutable de cuán cierta es la contundencia de la gravedad. La aritmética implacable del calendario comporta, por si no fuera suficiente, que para recordar un hecho histórico de hace cinco décadas se hayan tenido que deshojar unos cuantos años más, los que se necesitan para ser consciente del momento singular. No os esforcéis que no os revelaré la edad, en todo caso os advierto que, en un arrebato de preadolescente acomplejado, añadiría algunos de más.

¡Ay, la gravedad! O si se prefiere la gravitación terrestre. El gran reto, ese pequeño paso de gigante para la humanidad, no fue nada más que la tentativa de no tener que someterse a sus efectos. Por ello, fijaos, los tres tripulantes ya lucían unas entradas galopantes en la frente, auténticas pistas de aterrizaje en el caso de tener que abortar la misión que avala el motivo de esa evasión ultra atmosférica. Únicamente astronautas calvos precoces osaban enzarzarse en una temeridad como aquella para sustraerse a las lacras gravitatorias hallando así el secreto de la eterna juventud. Que nada decaiga o se columpie sin la vitalidad turgente de cuando somos –éramos- jóvenes e inmortales. No se nos había perdido nada en la luna. Se trataba de contener y vencer la contundencia aplomada de la Tierra brincando como un jilguero astral burlón, unas imágenes que ya pagaban todos los esfuerzos. El tiempo no lo pudimos detener, pero la gravedad, un ratito, sí. 

Con los años, verificada la tozudez gravitatoria que oxida y nos malogra el organismo, os ahorraré el catálogo detallado de los efectos escalofriantes, la cosa tuvo consecuencias más desoladoras respecto de la vertiente espiritual de las creencias. El alma que se alimenta de la fe también salió cuestionada en aquella proeza. El hombre ponía el pie en el primer rellano del cielo y en ningún lugar se veían los coros angelicales a los que les correspondía de pleno derecho el papel de figurantes en aquel primer relato cinematográfico. Todavía veo la cara de sorpresa y de incredulidad del cura que impartía la catequesis cuando el monaguillo talentoso le preguntó - ¿Mosén, dónde estaban los ángeles? 

¿Dónde nos hallábamos ese día justo hace 50 años? En la cama, la mayoría durmiendo como angelitos a quienes no habían convocado como tropa celestial alada en el plató lunar, ajenos a la importancia de lo que sucedería justo en la madrugada. Estoy por asegurar que esa noche, antes de encomendarnos -nosotros mismos y los astronautas- al ángel de la guarda en particular intentamos detectar la luna. Localizada en la inmensidad infinita del espacio fuimos incapaces de divisar aquel cohete que rondaba cercano al satélite. La duda orbitaba confirmando la convicción del abuelo que no atendía a camándulas. 

El abuelo ya era un visionario, podía haber sido el profeta de los terraplanistas actuales. Todo ello, cosa de lunáticos que nos querían tomar el pelo.

martes, 16 de julio de 2019

Material sensible.


Los procedimientos en la justicia vienen cargados de formulismos, de puntillosos rituales que la engordan tanto que la convierten en un monstruo orondo de caminar flemático y con el cascarón negro como una toga de charol. Los hechos, las leyes que los regulan, las consideraciones y, finalmente, la resolución, que en este caso ha tardado un año y medio. El juez de instrucción número 7 de Martorell ha archivado todas y cada una de las querellas contra los nueve profesores del Instituto El Palau de Sant Andreu de la Barca acusados ​​de "humillar" -según la fiscalía- a los alumnos que son hijos de guardias civiles al día siguiente del 1-O. 

Llegados a este punto la cosa habría terminado si no fuera porque los juicios y las sentencias, con los legítimos recursos, se convierten en un pez que se muerde la cola. ¡Y vuelta a empezar! Y la máquina, más agotada aún, torna a resoplar a paso de tortuga y a ritmo de plazo. No se ha terminado el vía crucis judicial dado que la Asociación Española de la Guardia Civil -sin toga, pero con capa y tricornio acharolado- insiste en presentar un recurso contra la decisión, algo que también podría retomar la fiscalía en los próximos días. Como reza la sentencia yo me decanto por "ten pleitos y los ganes".

Aturdido el pez de tanto morderse la cola, si acontece que los profesores de El Palau salen de esta sin causa, quién se disculpará mirándoles a la cara. ¿Qué eco mediático tendrá la resolución suprema exculpándoles, de producirse, después de todos los recursos posibles? ¿Aquellos que airearon las identidades con sus fotografías pedirán perdón? ¿Los defensores de la justicia, los que acatan las sentencias de oficio, saldrán en tromba a desdecirse de las graves acusaciones? ¿Borrarán y rectificarán la sentencia que daban por consumada? Habrá que estar atentos a las reacciones en este sentido, pero me temo que serán muy escasas o nulas.

Qué respondes a un alumno al día siguiente que el centro escolar ha sido "legítimamente" vulnerado. ¿Cómo explicas a una criatura que las puertas deben abrirse y cerrarse con cuidado para no romper los cristales, sin golpes, con delicadeza? ¿Qué les dices cuando el material escolar ha sufrido los estragos propios de una batalla campal o cuando los archivos académicos, embadurnados por el jabón de fregar platos, se escurren dañados por el suelo de la secretaría, por ejemplo? ¿Con qué autoridad les exiges que no se empujen mientras hacen cola en las escaleras de la escuela después de las impresionantes imágenes difundidas ampliamente?

En el proceso del caso El Palau se "aprovechó la clase para expresar su opinión sobre unos hechos concretos, exclusivamente bajo su punto de vista" y "no habló a los alumnos ni de los valores de la Constitución ni de la obligación de los ciudadanos de acatar la ley". Me pregunto cómo se asocia la Constitución con romper cristales a golpes de maza o desatascar accesos y escaleras con un celo y un exceso expeditivamente espeluznantes. ¿Cómo razonas pedagógica y razonablemente a un adolescente con un mínimo de sentido crítico al día siguiente cuando los desperfectos aún laten mientras garabatean integrales trigonométricas en una pizarra negra de charol? 

Difícil. Este centro de Sant Andreu de la Barca se convirtió en un aviso para navegantes fluviales de aritméticas elementales y cartillas de caligrafía. Una lección aplicada respecto de cómo tratar constitucionalmente a los "muros humanos violentos" y de cómo tapar la boca a los profesionales de la educación/enseñanza demasiado bocazas. Todos mudos con la libertad de cátedra en la jaula. Ha resollado en la atmósfera reciente de las aulas una inquietud de raíces nostálgicas acharolada que algunos todavía recordamos.