La impotencia ante la furia de
los elementos nos resitúa, nos hace ver lo minúsculos y lo desamparados que nos
sentimos cuando la cólera de la naturaleza nos azota. La tierra temblando, el
viento bramando, el agua fuera de los cauces o el fuego devastador son los
elementos terrenales y corruptibles ante lo que en la antigüedad llamaban la
quintaesencia que configuraría, según aquellos sabios, la cosa celestial
integrada por una sustancia presuntamente más elevada e inmutable que no se
quemaba ni era vulnerable a los diluvios universales.
Ahora mismo la Ribera d’Ebre se
está quemando. Un fuego terrible arrasa el bosque, los cultivos, los olivos y
las masías en un contexto climatológico muy adverso. Las altas temperaturas y
la sequía propician el desastre literalmente infernal que abrasa estos lugares.
Imágenes escalofriantes que nos ponen la piel de gallina a pesar de contemplarlas
desde una distancia prudente y confortable detrás de una pantalla. Nos aproximan
la avalancha de datos, de efectivos, las previsiones de todo tipo y la
impotente imagen sobrecogedora de aquellas personas que viven pendientes de los
estragos, de ver como sus casas, el ganado y sus campos se convierten en brasas
después de las llamas.
Hacia el mediodía con la hierba
seca, reseca por el sol que cae impecable, basta con una chispa -¡sólo una!– para
que la columnita inicial de humo evolucione rápida y furiosamente hacia el
desastre. Un instante en el que la mancha de fuego toma dimensiones y se
extiende favorecida por el viento que la hoguera incontrolada propicia.
Volubles corrientes de aire luchando y alentando el infierno en que se
convierten el sotobosque y los matorrales. Como una mancha incandescente de
aceite ardiente se va propagando y engrandeciendo. Los pinos son teas cargadas
de resina que se van calentando hasta que estallan en aullidos repentinos por
la combustión. Árboles extraordinariamente inflamables coronados por las llamas
abrasándose de los que se pueden desprender letales proyectiles que, impulsados
por la furia del incendio o por el viento, pueden superar cortafuegos y
caminos.
En el horizonte el humo espeso,
el olor a quemado y los copos de ceniza constatan la magnitud del cataclismo.
El esfuerzo de las personas que quieren cerrarle el paso para acorralar a la
fiera y extinguirla es heroico. Las imágenes planas en alta definición son
incapaces de contagiarnos la angustia del sofoco, el calor insoportable debajo
de los vestidos que nos deben proteger de esta peste estival. Apagar la
frontera de la inmensa llamarada de San Juan es algo épico. Cuántos aldeanos
mal equipados con los días no cambiarán la piel de las extremidades como las
serpientes porque en medio de la rabia valiente se arriesgan sin demasiados miramientos.
Y cuando, después de la batalla,
se ha vencido al fuego, porque lo ha devorado todo o se ha conseguido apagarlo,
el escenario inmediato es algo terriblemente triste, desolador. Lúgubre. Ni una
brizna verde en parte alguna. Ningún pájaro que cante. Los caparazones también
descoloridos de los caracoles achicharrados y vacíos. Es una inmersión real en
blanco y negro apocalíptica. Los esqueletos de los árboles con los brazos y las
ramas alzados, como si antes del desastre se hubieran rendido suplicando
clemencia. Cortezas y cepas que aún humen. Se percibe el calor último de la
tierra con un aliento moribundo cubierta por una capa de cenizas. Caminando por
los espacios bélicos de los elementos incontrolados todavía nos sentimos más
expuestos.
Del dantesco episodio -que no
puedo borrarlo- recuerdo la imagen de aquel abuelo convertido en una figura más
gris todavía que el paisaje. La única nota de color se la dibujaban los dos
regueros de lágrimas y pena que se precipitaban por las mejillas.