Dedicado a María Labró, de la peripecia para llegar a Belén con la Remfla.
La aventura concluye cuando los protagonistas de este cuento de Navidad se intercambian los teléfonos móviles y acuerdan crear un grupo de apoyo en WhatsApp. Los vínculos que han establecido son de los que perduran a lo largo de los años y que recordarán cada Navidad. Se abrazan, se desean, a pesar de todo, buenas fiestas y un año nuevo mejor.
Todo
comienza cuando decidió coger el tren que la trasladaría a Ripoll a media
mañana para no llegar tarde a la comida familiar de Navidad. La premonición que
ya anticipaba cierto desorden en la regularidad de la línea se inicia al tener
que desplazarse a la estación de Sant Andreu Arenal porque las obras del túnel
de las Glòries han alterado el recorrido urbano, el convoy no se detiene en Plaza
Catalunya ni tampoco lo hace en Arc de Triomf. Sacrificios por la mejora de la
movilidad barcelonesa que inciden en los cercanías y en la línea de
Ripoll.
Viajar
justo en un día tan señalado tiene ciertos riesgos con que ella no contaba. A
un tris de no llegar. De hecho, anduvo toda la mañana empantanada entre la
incertidumbre y la desinformación cautiva de los retrasos y por las anulaciones
del servicio. Le tocó vivir una situación más propia del aeropuerto del Prat en
una huelga de los controladores que de la Remfla.
Así era como llamaba a la Renfe un
mozo de una casa de payés que a mediados del siglo pasado presumía que gracias
al tren, que entonces llegaba a San Juan de las Abadesas, en una mañana se
plantaba en Barcelona justo para disfrutar de un buen arroz plagado de exóticas
chirlas en el restaurante 7 Portes. ¡Los
años -y los trenes- no pasan por esta línea!
Ya
costó que el tren previsto llegara al andén. Los "problemas técnicos"
empezaban a acumular retraso. Tuvo suerte y pudo sentarse. No viaja demasiado personal
el veinticinco de diciembre. Pasajeros que ayer todavía trabajaban y algunos
que van y vienen en el mismo día, suben para la comida familiar cargados con el
tió y vuelven a bajar mecidos por el
ritmo ferroviario mientras digieren la escudella, el cocido de la comida
navideña y los besos de los nietos agradecidos. Entre ellos, una tía abuela
bastante activa buscando el compañerismo muy cargada con fiambreras y regalos
varios.
La
complicidad se estableció así que alguien detectó que al retraso se sumaba la
deserción del maquinista. Alertado el pasaje por un jubilado erudito en trenes
se alborotó el gallinero quebrando el silencio con reproches y quejas diversas.
Nadie informaba y ese tren ya llevaba cerca de una hora de retraso sin que la Remfla les advirtiera. Había en juego la
comida de navidad con la familia o que el tió
llegara con la puntualidad que la compañía no se comportaba. Una buena excusa,
los retrasos acostumbrados de esta línea no justificaban la comida a las tantas
o que las criaturas se impacienten porque el leño con barretina después de
tantos días de atracarse con fe e ilusión inocentes no cague nada.
A
medida que crecía la desesperación también lo hacía la camaradería. Cada uno se
lamentaba y explicaba la circunstancia personal que le lleva a viajar el mismo
día de Navidad. Quizás porque era Navidad floreció cierta connivencia entre estas
personas amontonadas en el andén de la desesperación sin un maquinista. El
entendido primo lejano de un ferroviario retirado anunció en defensa del gremio
-por solidaridad con la parentela- que "en su época esto no sucedía"
porque era algo sagrado, como los barcos cuando surcan los océanos, y el
capitán es el último en abandonar la nave. No era el caso. En la Plana de Vic no
hay icebergs y aquel navío no había salido aún del puerto, replicó un hombre
prepensionista muy enfadado con el mundo en general que desgranó un discurso
contundente respecto de las infraestructuras -de la línea de Ripoll en concreto
-, del trato por parte del gobierno estatal en materia de cercanías y de las
medidas que habría que tomar así que Cataluña se convierta en una República de
pleno derecho. La mayoría de los agravados asintieron, llevaba la razón.
La tía
abuela tras despotricar que no suban las pensiones hasta que no haya gobierno
en Madrid se dirigió a la joven -Niña, yo tengo comida y turrones, si quieres...
-como que aquello iba para largo la abuela de los tuppers y del tió
envuelto para regalo quiso pacificar la subida de tensión que causó el discurso
del encolerizado que tenía previsto bajar en Centelles. La tía abuela se dirigía
fundamentalmente a la pareja joven con la mujer ostensiblemente embarazada. A
las mujeres en este estado no hay que contrariarlas con retrasos. Era un
detalle con un punto generoso de pollo de corral al horno y una pizca de turrón
dulce. "-¡No pasaremos hambre!" -ofreció generosa también a todos los
presentes. A esa abuela la situación le comportaba compañía y la posibilidad de
montar un picnic que también espanta la soledad
en un día tan señalado si se demoraba o no llegaba a la comida de
Navidad. De hecho, podía soportar el asedio ferroviario porque iba bien
provista.
La
irritación se iba amortiguando hasta detenerse -como el convoy que no había dado
un paso- con cierto conformismo. No se podía hacer nada. Sólo no perder la
paciencia, sobreponerse al trance y tener esperanza. En las vías próximas
cruzaban apresurados los trenes con una luz muy brillante como una estrella de
Oriente que guía a los maquinistas hacia el portal de Belén.
La
incertidumbre se resolvió un poco cuando les hicieron cambiar de convoy y les
anunciaron la buena nueva, aquel tren saldría con más o menos inmediatez vadeando,
pero, algunas estaciones. Algo que volvió a encender las iras del que se apeaba
en Centelles. Se colocaron respetando los asientos, tal y como se habían
distribuido en el vagón anterior, sólo consintieron que la pareja con la mujer
embarazada se situara en el sentido de la marcha para que no se mareara. Se tejían
lazos confidenciales entre cordialidades. Que ya se interpelan por el nombre,
eran como vecinos de butaca de toda la vida.
La
magia navideña obró finalmente el milagro rezagado y el tren con un maquinista
incluido cortaba la niebla deshilachada de la región con aquella estrella
potente de la locomotora que irradiaba chulería ferroviaria. "¡Próxima
estación Vic!". La tía abuela, Gabriela, andaba muy pendiente de aquella
joven en estado ofreciéndole agua, mandarinas o lo que llevaba en ese surtido
de fiambreras de plástico. Fue la primera en anunciar que el parto era
inminente porque la madre primeriza en un bache inoportuno, ya en tierras
ripollesas, rompió aguas. La previsión casual hizo que uno de los regalos del tió -el de la cuñada- consistiera en un
lote de toallas portuguesas con las iniciales que ella, Gabriela, había
bordado.
¡Qué
susto! ¡Qué alboroto! El tren se detuvo, alertado el maquinista, justo con la
cabeza encajada en el comienzo de un túnel, podría asemejarse a una especie de pesebre
moderno con catenaria y el semáforo que parpadea. Resultó fácil y muy rápido.
En un santiamén el llanto de una criatura asaltó la mañana, ahora soleada, de la
Navidad.
El
telediario vespertino abrió la edición con la noticia de que en el tren con
destino Puigcerdà / La Tour de Carol había nacido, aunque con retraso, una
criatura a la que habían puesto el nombre de Jesús. Las réplicas informativas
internacionales situaban el prodigio en el "tren bala del Ripollès", como es conocido por los usuarios
habituales que lo sufren.