¡Tenía que
pasar! Una mujer mayor, de 92 años, falleció atropellada en el mes de agosto
pasado por dos jóvenes que circulaban con un patinete eléctrico en Esplugues de
Llobregat. La noticia, que hasta ayer la prensa no aireó, es el primer caso
documentado de accidente mortal relacionado con el uso de este tipo de
artefactos, una plaga que azota a las ciudades de todo el país y que amenaza
con descontrolarse durante la campaña navideña. ¡Mucho ojo a poner un patinete
en nuestra vida! Y más precaución aún al cruzarnos con uno de estos vehículos
que circulan temerarios por las caóticas aceras urbanas convertidas en el
primer reto tempranero, una yincana desorganizada saturada de dificultades que
pone a prueba nuestra paciencia y el instinto de supervivencia mientras damos
esquinazo al mismo tiempo tanto a una deposición perruna coma a un patinador
veloz.
Tras la
luctuosa noticia del patinete homicida la vida se desliza plácidamente sin
sobresaltos ya que nada se tambalea y, si fuera el caso, el gran Aznar nos ha ofrecido
una oportunísima visita de médico para presentar su último libro y remediarlo.
Un vademécum atestado de recetas preventivas que nos han de devolver el milagro
económico y alcanzar la felicidad civil. Ilustran las noticias referidas a la
reputada presencia en la ciudad que no llenó el aforo de la Casa del Libro.
"Aznar pincha en Barcelona", reza el titular de la crónica. En la
orteguiana dedicatoria al eterno problema catalán dictaminó que
"Penalmente se llama rebelión, y políticamente golpismo - si al cielo vas patinando-. O aceptamos
esto o tenemos un problema muy serio" añadió el carismático líder que, superando
a Ortega, no se puede conllevar.
Reconfortado
por la oportuna aparición, arriesgando el físico, me dirigí a la Plaza Sant
Jaume. Todo un desafío a la manera de los "encierros" navarros lidiando contra los patinetes con cuernos
que pretendían ensartarme en la cuesta de la calle Ferran mientras los estozaba
a golpe de periódico enrollado. Alcanzado el espacio abierto de la plaza con
más poder a ambos lados de Barcelona me he sentido librado de las acometidas.
Justo recuperado de la persecución, me ha asaltado repentinamente, sin embargo,
el espíritu navideño. ¡El pesebre! La barricada actual, una falla deslocalizada
sin muñecos y fuera de temporada, explicita con más sorpresa que emoción la
tradición navideña barcelonesa. La edición -todo patas- de este año, como quien
descorcha ostentosamente una botella de cava, ha desbravado una vez más, a mesa
puesta, la intriga con que esperábamos el hito. Se podría afirmar que el
montaje es “per llogar-hi cadires”.
De vuelta a
casa he coincidido con una riada de gente, un cortejo gremial, que caminaba
agrupado en eficaz estrategia para protegerse de los ataques del patinete. Una
procesión sin ruedas -de alpargata- que sacaba a pasear la rabia peripatética
de médicos, enfermeras, bomberos, maestros y estudiantes protestando por las políticas
de austeridad impuestas por la Unión Europea hará cerca de una década. Un
esfuerzo que ha recaído sobre las espaldas de estos colectivos de profesionales
que se conjuraron para que los servicios básicos que prestan no atenazaran aún
más a los usuarios. Unos recortes, según el apocalíptico Niño Becerra, que no
deberían haberse dado en Cataluña si no existiera un déficit fiscal interregional.
Donde holgazanea, pues, la verdad oculta de unas balanzas fiscales, secreto de
estado, con las que nunca lo hemos medido de verdad.
Hay quien lo
tiene clarísimo como el agua: "Las protestas sociales desbordan Torra
después de seis años de Proceso", "Día social contra Torra",
"La Cataluña real evidencia el colapso del independentismo". ¡Ja mai jalem ni jalarem, fa mal aquí fa mal
allà. Airí, airó! Desde aquí, en Cataluña, hay quien lo tiene aún más
claro, la Generalitat tiene un grave problema de financiación porque "amb un embut mai pot
haver-hi hagut vi del fort al got".
Si al cielo vas, no lo hagas con patinete.