¡Por muchos
años, República! Se cumple el aniversario de la proclamación de la República
catalana. A un año del estallido republicano que se pudo vivir en las periferias
del Parlamento de Cataluña y del Parque de la Ciutadella de donde salieron los
eufóricos alcaldes exhibiendo la vara tiesa mientras la atmósfera era un batido
de emociones agitada por coleópteros mecánicos. Quim, el amigo con el que
compartíamos el momento en la calle, ya me lo advirtió -Si esto fuera de verdad,
ahora mismo los helicópteros de la Guardia Civil no volarían por encima de
nosotros-. Justo hace un año y hoy llueve. La de hoy es una mañana fea y gris
que nos trae a la memoria los estragos recientes de la gota fría que nos ha azotado.
"En el
Paseo Lluís Companys se halla la feria de vinos y cavas catalanes que se
inaugura esta tarde. A medida que nos acercamos a la calle la multitud va en
aumento. En los bares frente al Palacio de Justicia conviven los clientes
envueltos en banderas esteladas con los policías nacionales que salen de tomar
un café o, tal vez, sencillamente vienen de mear la rabia y la impotencia. Por
la noche coincido con algunos en el supermercado, ellos de uniforme y con el
carro lleno de botellas de alcohol. En la frutería hay dos de paisano que le
preguntan al dependiente si -¿Esto es España? -pero el de las balanzas de la
justicia afrutada no es demasiado consciente ni parece un entendido en asuntos
constitucionales. Creo que no le intimidan ni consiguen impresionarle. ¡Pesa unas
calabazas!
La gente en la
calle corea el recuento de los votos televisado en una pantalla gigante que deberán
decidir si Cataluña será proclamada una República. Algunos parlamentarios
abandonan el Parlamento. Se vota. Coscubiela exhibe su "no" cuando el
voto es secreto. Finalmente se proclamará la República. La presidenta, Carmen
Forcadell, anuncia el resultado de la votación, 70 votos a favor. ¡La calle
estalla!
Frente al
supermercado grupos de jóvenes descorchan botellas de cava, purifican el hito
histórico aspergiendo burbujas. Una pareja mayor degusta reposadamente un
bocadillo sentados en un escalón y también lo celebra bebiendo cava, estos no
se remojan como hacen los jóvenes. -¡Salud y República! Realmente es
emocionante. Hago fotos, admiro la alegría enorme que empapa este instante. Los
sentimientos desbordados. Se cruzan algunos alcaldes absolutamente eufóricos. -¡Gracias!
Todo el mundo da las gracias -¡A vosotros!
La respuesta
del Estado es la reunión del Consejo de Ministros inmediata para aplicar el 155.
Mariano Rajoy lee sin preguntas un breve texto destituyendo al gobierno
catalán. Convoca elecciones, serán el jueves 21 de diciembre. Sólo una cadena
privada, de todas las televisiones de
ámbito estatal, emite de continuo los hechos que se viven en Cataluña.
Admirados y sorprendidos por la reacción ciudadana en todo el país. La fiesta.
La felicidad. La plaza Sant Jaume está llena a rebosar con las costuras bien prietas
pendientes de que Puigdemont salga al balcón. No lo hará. La VI República no
tendrá la codiciada imagen en el balcón de la Generalidad de Cataluña como
cuando Macià o Companys. El gobierno y el presidente se marchan sin
exhibiciones. La bandera española, pero, ondea plácidamente en el Parlamento y en
el Palacio de la Generalidad de Cataluña.
A las cuatro de
la madrugada el ministro Zoido destituye a Trapero y al director general de los
Mossos. Las consejerías pasan a depender de los ministerios. En Barcelona se producen algunos altercados
ultraderechistas. Atacan la sede de Catalunya
Ràdio, rompen los cristales. Asaltan una escuela con niños y agreden a dos
profesores. Golpean una persona en la calle y zurran a dos jóvenes que vienen
de la Plaza Sant Jaume.
La Wikipedia lo
confirma, ¡Cataluña es una República!
Desde la
perspectiva que confiere la fecha, un año después, España y Cataluña han
sufrido las consecuencias de estos hechos, una sacudida con dos epicentros. Lo
más desgarrador de todo ello son las causas judiciales que mantienen en una
inhumana prisión preventiva a los dirigentes políticos o los tienen dispersos
por Europa. Las rejas prevalecen a la política o al diálogo en una estrategia
de seducción hacia los catalanes nada efectiva. Cataluña este año se ha teñido
de amarillo.
Mariano Rajoy
ha recibido palos de todas las partes -también los de Ciudadanos le exigían más
garrotazos-. El PP pinchó estrepitosamente en Cataluña el 21-D. En junio los
socialistas echaron en Rajoy de la Moncloa a través de una moción de censura
que contó, entre otros, con el apoyo del PDECat y ERC. El PP tuvo que entrar en
un proceso de "renovación".
Xavier García Albiol dejará la presidencia del partido en Cataluña en noviembre
privándonos de la personalísima pedagogía política a la que nos ha
acostumbrado. Una pérdida en Cataluña que se corresponde con una retirada más
señera para el PP nacional. Soraya y su abanico cautivador no lograron distraer
el hedor a purgatorio que algunos de los suyos le atribuían cuando la llamaban
en privado y desde la entrañable admiración política "la bolita de
azufre". Una parte del PP ha sufrido efectivamente la
"liquidación" que la azufrada y todopoderosa vicepresidenta predicaba
en las homilías en contra de los separatistas desde el papel de virreina.
La sacudida
política debido a los hechos de hace un año tienen réplicas que nos recuerdan donde
estamos. Una fumata de un volcán que todavía late porque el independentismo
separatista rompedor de unidades persiste. Y si las calles no son siempre
nuestras, sí lo es la determinación. Más aún, la desconexión profunda e irrecuperable
de muchos catalanes -algo que tenemos pendiente de recontar objetivamente en un
referéndum- es muy firme después de la dolorosa, irresponsable y vergonzosa
represión policial del 1-O. La ensalada de porrazos no nos vinculó precisamente
con una parte de España que clamaba eufórica "a por ellos".
El
hermanamiento entre determinadas tribus ibéricas parecería difícil de
articular. El supremacismo que incrimina resulta evidente a la hora de
apropiarse de la calle. También en la manera como se cuelgan los lazos o se
descuelgan. Políticamente no hay más argumento ni compromiso que la unidad de
la patria, una nostalgia que renace sin escandalizar ni alertar a Europa cuando
un nieto de Franco -que debe tener un CIS casero propio- afirma que la mitad de
los españoles somos franquistas. Es bien plausible que asistamos a un desfile
postmortem del dictador cruzando la plaza de Oriente en dirección a la céntrica
catedral de la Almudena.
Alguien ha
dictaminado que los catalanes hemos despertado a la fiera feroz de la ultraderecha.
Si la hemos despertado es que estaba adormilada o haciendo la siesta. La hemos
inquietado y se ha desvelado. Porque España no se rompe. Nada más en el argumento
proselitista captando adeptos cuando otro paladín postmortem -como el Cid campeador-, Aznar, sale a primera línea
como el valedor del Pablo Casado en la delantera de un tridente para ganar la
liga de campeones con Rivera y Ortega Smith-Molina.
Aquí, en la
presunta Cataluña supremacista -donde dicen que la gente es limpia y noble,
culta, rica, libre, despierta y feliz- los políticos se dedican a peinar el
gato. Dejo para la reflexión y suscribo la genial parodia emitida por Polonia de Lluís Llach como director del
Consejo Asesor para el impulso del Foro Cívico y Social para el debate Constituyente
entonando -Si yo peino fuerte por aquí y tú maúllas fuerte para allí... -¿Dónde
llegaremos? -¡Al Paseo de Ítaca esquina con el Muelle de España!
En medio del embrollo
el PSOE/PSC purgando el incómodo aval al 155 y por el flirteo unionista -nada
federalista- retratado en la reivindicación con unos compañeros de viaje como
el PP, C's y Sociedad Civil Catalana con Josep Borrell de tenor protagonista -y
ahora ministro-. El socialismo es el árbitro político actual debiendo de confeccionar
unos presupuestos funambulistas sin red.
¿Dónde nos
hallamos, pues? Pendientes de una sentencia. La de los presos políticos y de la
caterva de imputados varios que pasa por los juzgados. Una judicatura enmendada
y cuestionada más allá de las fronteras donde, España, según el último estudio
del Foro Económico Mundial, se sitúa al nivel de Botsuana en relación a la
independencia judicial. Yo no sería tan radical, dicen que los buenos jueces
también existen, pero el asunto acabado de amasar en el Supremo respecto de las
hipotecas no ayuda a mejorar el dictamen del Foro Económico Mundial.
Termino la
crónica justo cuando el Real Madrid marca un gol. Barcelona - 2, Real Madrid
-1. La justicia poética pone en su lugar -por ahora- al entrenador merengue,
Julen Lopetegui, por aquella deserción tan fea de la selección nacional, la Roja. Veremos cómo se resuelve este
otro partido del siglo. Que gane el Barça -si es así- no ayudará a la
reconciliación de Madrid con Cataluña.