(Bonet de San Pedro)
He salido de la ciudad trampeando
atascos terrenales para llegar temprano y tener todo listo habiendo recogido
las flores con destino al cementerio para el día de la fiesta mayor de los
difuntos, Todos los Santos. Porque muchos tenemos en los pueblos a la saga en
una urbanización funcional y comprimida. Hay que limpiar las lápidas de los
nichos, quitar las telarañas, el polvo y los ramos marchitos del otoño. Por
fortuna existe a disposición una escalera con plataforma que distrae el vértigo
al más allá. Con cuidado practicaremos la profilaxis a la vez que sacudimos el
olvido para rehacer el brillo y la memoria. A veces cuesta fijar lo que se
compartió con aquellos a quienes traes las flores. Una sensación que nos invade
cuando queremos volver a reconstruir la niñez dibujada con lejanas pinceladas
leves y demasiado veladas.
Justo en una piedra esculpida del muro en la puerta del cementerio en
Sant Pau de Segúries hay una calavera torpe tirando a abstracta con la
siguiente inscripción: "yo era como
tú y tú serás como yo". Irónico e ingenioso. Irreverente declinación
del verbo ser si se prefiere. Una profecía muy cierta que alerta a los recién
llegados de la eternidad implacable. Un aviso sin moral ni penitencia que el
maestro de obras socarrón se permitió. Seguro que aquel profeta ha probado de
su medicina. ¡Descansa en paz, artista!
Más que rezar se trata de revivir el momento con afecto -Os echamos de
menos -les he susurrado a todos. Y he recordado lo que decía el abuelo -Hay una
edad en la que conoces más dentro que fuera -él solía dar un paseo pare visitar
a los que ya no están, los ausentes en las mesas del café a la hora de la
partida y de la tertulia. Ahora debe jugar a cartas contra los arcángeles y los
arcanos de la muerte sin ningún as en la manga.
Por Todos los Santos, en los camposantos, coincides con gente que no
veías desde hace eternidades. Obviamente ya no los difuntos, sino aquellos que
los honran. Los padres de un joven que murió en un accidente de coche estacionados
en el peaje que los dioses de la prisa reclaman. ¡Que San Cristóbal nos auxilie!
Las (ex) viudas demasiado jóvenes -ahora con un nuevo compañero resignado y prevenido-.
Me he preguntado si las malas relaciones, ya que reposan tan cercanas, también
continúan en los cementerios. Tal vez, en el más allá, se han reconciliado
aquellos hermanos de sangre que tanto se odiaron e ignoraron en vida. La
consideración civil de los aldeanos desfila delante de las tumbas sembrando la
incertidumbre con ramos de flores, algunas de plástico eterno, como el anhelo
de una vida cierta en el más allá que confiera sentido al ahora y al aquí. ¡Roguemos!
Y a medida que nos acercamos -si es que llegamos cuando nos corresponda
y no antes- creo que con la jubilación nos beatifican y que con el entierro nos
santifican. ¡Amen! Aunque a los sepelios también asistan los enemigos más
mezquinos, los que quieren comprobar con certeza que no resucitaremos. ¿Y si no
existiera nada? Ya que tanta incertidumbre espeluznante me abruma, a menudo y
sin ninguna voluntad manifiesta de practicar un sarcasmo negro, me decanto por
la reencarnación -una opción metafísica de las más afortunadas-. Reencarnado en
el perro de un heredero de buena familia en el pueblo. Bien tratado, peinado de
peluquería canina, a dieta permanente, con cita previa al veterinario ... Un
chucho que sea la envidia de todos los deprimidos de la comarca.
Sin embargo, como que por ahora no hay respuesta cierta, quiero
aferrarme a lo más plausible. El cielo tiene que ser, por fuerza, los
pensamientos, las flores, los rituales, cada vez que recitas al modo budista
aquello de "en gloria esté" o que "dios te tenga en su
gloria". El cielo es la capacidad de hacer presente una ausencia. Ya que a
la nada descarnada se la conjura con el gesto cómplice, con el aliento de la
memoria. Y allí donde sea que reposan los que nos querían y estimamos, deben
sentir un soplo cálido y el calor de la gratitud. Seguramente, y sólo de esta
manera, podemos pagar la penitencia de los silencios, aquello que no les
dijimos cuando podíamos.
¡Os quiero!