martes, 27 de septiembre de 2016

Tendencia Black en la Fashion week



El panorama político es sorprendentemente -¿decepcionante?- previsible. El PP gallego habría aumentado en número de votos la consolidada mayoría absoluta. Alguien nos debería explicar cómo es posible que la corrupción no pase factura a los populares. ¿Virtudes del pulpo a la gallega? Los analistas foráneos, más allá de esta sacristía corrupta donde no se purgan los pecados, no lo deben entender. Qué país más extraño. Una nación de indolentes que premia a aquellos que la expolian. ¿Cómo se come eso? Supongo que algunos gallegos se lo han de tragar con grelos por guarnición y con un buen albariño al solaz con una gaita soplando.
El día después de las elecciones gallegas y vascas el circo político está muy movido, en ebullición. Ya está el agua en su punto justo de temperatura para afeitar al funámbulo Pedro Sánchez. El delicado pacto entre la izquierda es quebradizo, como una plaga endémica. Algunas alianzas autonómicas de los socialistas con Podemos también tambalean. ¿Se trata del preludio a otras elecciones de cara a las cuales hay que marcar ya el terreno? Mariano ha decidido prescindir del plasma, dar la cara y admitir algunas preguntas sin cambiar ninguna línea del guion. El contrapunto a la reacción del dirigente socialista por convocar unas primarias para apaciguar las ínfulas cainitas de algunos barones/baronesa. Al puzle de la unidad progresista o le faltan piezas o no encajan.

La suerte de Mariano, al contrario, es de catálogo. A este personaje le basta practicando el arte taurino de los estatuarios para que no lo pillen descolocado ni demasiado locuaz. Sólo debe permanecer quieto y callado atento a que no se le caiga la flor del culo o que la fortuna política le abandone. Ante el improbable gobierno alternativo, otras elecciones le favorecerían aunque coincidieran con la Navidad, el Domingo de Ramos o los Reyes. El liderazgo y el poder seductor de masas de Rajoy deberán figurar en los manuales de estrategia política así que se jubile como presidente vitalicio del gobierno provisional. 

Ya pueden caer chuzos de punta contra las alcantarillas atascadas con la prensa desbordada recontando comparecencias por corrupción, fraude o prevaricación que a Mariano no le alcanzan las salpicaduras de este esperpento político que nos sacude día sí, día también. Ni el estallido hipercalórico de Rita le ha provocado la más mínima mácula en la corbata. Puras anécdotas para un determinado electorado que lo percibe como un mal menor en la ética funcional del ande yo caliente. A veces me pregunto qué pensarán los países algo menos tramposos donde una ministra dimite porque la han pillado plagiando una tesis doctoral, por ejemplo. 

Cosas de terruños donde calienta duro el sol y la sangre es más tibia. Asuntos sin importancia, fidelidades que se lo pueden permitir todo, exhibiéndose incluso, porque nadie se escandaliza. Estos días unos legionarios se manifiestan porque quieren arrebatar del callejero el honor a un general intelectual que clamaba "Muera la inteligencia!". Este profeta visionario ha movilizado a la flor y nata legionaria en Madrid. Insisto en preguntarme qué pensarían los berlineses al ver desfilar una nostálgica compañía extemporánea con una cabra por mascota -aunque ésta fuera alpina- por el merkeliano bulevar Unter den Linden.

Continuemos con los desfiles. Hoy mismo ha comenzado la edición anticipada del Cibeles Madrid fashion week con una pasarela de modelos que quiere imponer la tendencia "Black" en los cajeros automáticos. Reputados figurines de las agencias de moda Caja Madrid y Bankia se han reunido para redefinir las líneas de otoño y de invierno en la Audiencia Nacional. Un salón, el de este año, que ha apostado fuerte en la difusión con un marketing contundente limitando el estilo que debe marcar nuestros fondos de armario -y de bolsillo-. Doce millones -12 millones de € - se calcula que es la cantidad, céntimo de euro arriba, céntimo de euro abajo, que la organización ha invertido para que el eco y la huella lleguen a todos los ámbitos. Un ejército de paladines del nuevo estilo de vida, unos luchadores que nos aleccionaron y nos iluminan aún con la insospechada operatividad de las tarjetas de crédito. Sólo pretendían -ejemplares- erradicar el dinero negro que no le es propio al mundo financiero del plástico porque éste siempre deja una trazabilidad y un rastro.

El último desfile o pasarela será más una procesión marcando el paso de la oca hacia unas urnas navideñas. Desde la extenuación España volverá a votar porque en la estrategia, el PP, en cada colada no pierde sino que gana una prenda.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Tiempo de setas.



Tiempo de setas en una sequía que no las propicia. Los entendidos -debería decir expertos- dictaminan que esta temporada no será de las más exitosas. La sequía pertinaz comporta que la humedad necesaria que requieren todavía no sea lo suficientemente generosa. Demasiados días sin llover o de hacerlo poco y mal provocan que el bosque no se prodigue. Veremos cómo evoluciona la colecta, pero por ahora es escasa y muy esporádica. 

Cazar setas, estos hongos se cazan como los jabalíes, los torcaces o los conejos, tiene su cosa. Como no tienen patas para huir de escopetas como cestas, se camuflan. Mimetizadas en el sotobosque cuestan de ver, algunas desfilan ataviadas con hojas de otoño en una gama de rojos cobrizos y terrosos que todavía las hacen más escurridizas. Es una especie de juego detectivesco donde una buena lupa y la intuición se complementan para detectarlas debajo de una hoja caída que ejerce de sombrero con formidables diseños ecológicos. 

No soy cazador de setas asiduo –un pasavolante de experiencia oxidada- que podría corroborar que habitualmente son ellas, las setas, las que salen a mi encuentro. Decepcionante porque si no hay muchas, no solemos coincidir. Suelo pasar de largo sin acometerlas y ha sucedido -en años de cosecha generosa- que las he llegado a pisar. Toda una ciencia y un arte, los del buscador de setas profesional, que desgraciadamente no me asisten. Lo aseguro apelando a un trauma infantil que me obligaba a buscar setas a mi pesar bajo la espartana condición de aprendiz desmotivado. Demasiado madrugar, demasiadas cuestas, demasiados abrojos, demasiado miedo a la fauna salvaje -ardillas, zorros y tejones- que yo asociaba a las fieras feroces del celuloide con pavor irracional por las serpientes, los lagartos y otras fieras que se deslizan. Había que estar alerta poniendo en ello todos los sentidos.

De aquella época aprendí que no hay que fiarse de los ejemplares petulantes, los que se exhiben altivos. Setas vistosas de sombreros llamativos, cargados de complementos y esporas suelen decantarse por la soledad arrogante. Faros soberbios que avisan -¡Eh, soy venenosa!- Alejaos de ellas.
Hay comunidades de setas modestas sembradas por la naturaleza con generosidad. Asambleas de ejemplares que viven en urbanizaciones micológicas que sólo de verlas ya da pereza recogerlas. Abundan para participar en una especie de socialización gastronómica que se concreta en una tortilla o en el caos alegre de unos huevos revueltos con una pizca de perejil y un diente de ajo picado. Gloriosas y, a menudo, poco apreciadas. También existe la tribu de las que ni pinchan ni cortan -ni envenenan-, son la plebe, las más vulgares de la cesta que adquieren la virtud cuando se les disfraza la textura -a tapón de corcho- en el festival de sabores de un buen estofado.

¡Setas! De la globalidad hemos aprendido a cultivarlas, a provocarlas en prisiones ajenas a las ventoleras asesinas y a disfrutarlas como champiñones de compañía. Esclavas de cocina o mascotas de cazuela. Hemos aprendido de los vecinos, que suspiraban por especies que nosotros rechazábamos, a preciar estos préstamos de la tradición francesa u oriental convirtiéndolos en galicismos exquisitos para menús con pretensiones. ¡Setas!

Mi obsesión infantil con las setas pasaba por capturar algún duende, estos simpáticos seres minúsculos que habitan en los pies carnosos de especies singulares. Nunca conseguí cautivar a ninguno. Huidizos se escabullían antes de que yo les pillara. Máxime hallaba el espacio deshabitado y aseado, con la cama hecha y la habitación barrida. Incansable y pertinaz tampoco me desanimaba cuando sólo hallaba un gusano.

domingo, 4 de septiembre de 2016

Melancolía en septiembre



A septiembre le faltan los guiños de la luminaria intermitente navideña de andar por casa para convertirse en lo que le correspondería por mérito, ser la puerta del año real. El sombrío septiembre cierra el círculo de la naturaleza, pero le escamoteamos la parafernalia de la cuenta atrás poniendo el reloj a cero inaugurando el año solar oficial. Septiembre nace menospreciado y deprimido tocado por la desolación molesta de volver a empezar, en el trabajo, en la escuela, en la monotonía empalidecida y sin la banda sonora de una canción rumbosa de verano. Es un poco la apertura perezosa -y fúnebre- para una sinfonía del calendario. El romántico Peppino de Capri, una de las voces más populares de la canción napolitana, quiso remediarlo; todavía debe ostentar la patente de una melodía de latir lento y danzar aplomado -Melancolía en septiembre- que triunfaba como tonada hiperglucémica del bailar pegados durante la década de los sesenta. 

En la rueda vital de la naturaleza otoño es preludio de frío, de letargo. La antesala de una hibernación reparadora antes del estallido generoso, luminoso y verde con que nos sorprende y nos redime la primavera lozana. ¡Cuántos días tendremos que deshojar para alcanzarla! No nos deprimamos, levantemos los corazones y encendamos las luces. Aprendamos, como suelen los hombres de campo, a celebrar la cosecha y a mirar con júbilo la despensa llena con el cereal al amparo y la bodega próspera. ¡Feliz fiesta mayor de otoño! 

Podemos confirmar proclamando que si no estrenamos año, inauguramos curso. Curso escolar, curso político -inédito-, año fiscal -doloroso-, año agrícola con el inicio de las labores de la preparación hasta la cosecha, año judicial ...  y el año litúrgico, una mezcla con el vacilante calendario lunar que determina el ciclo pascual. Os confieso que de entre todos yo prefiero el año sabático, aquel período en el que liberaban a un profesor de la enseñanza. ¡Lo reivindico! 

Septiembre es el mes de las segundas oportunidades, del arrepentimiento y la redención cuando tostados por el sol, excesivamente dorados por como inversamente nos hayamos dedicado, nos pasaban por la plancha –vuelta y vuelta sin criterio- con los exámenes que nos recortaban la libertad y el disfrute estivales sin pesar -¡Niño, estudia!- Melancolía también de aquellos septiembres adolescentes.

Mientras, un curso más. Un septiembre más. Un año más. Un reto más con el disparo de salida al nuevo curso escolar que nos condiciona la vida, toda. Llegados a estas fechas debemos un homenaje cargado de reconocimiento profesional a los maestros en general y uno de entrañable a los abuelos en particular. Celebremos, pues, el vuelta a empezar con resignación, con energía y con empuje. 

¡Buen curso!