miércoles, 25 de marzo de 2026

Salud, dinero y amor.

 

El tocadiscos mental baraja una pieza ramplona de mucho éxito durante unos años, Salud, dinero y amor, las tres cosas que marcaban lo que se necesitaba -cantábamos- en la vida de 1968, el año en el que se publicó. En la corta infancia, las melodías tenían algo importante tras las estrofas de músicas sentimentales que invadían los espacios mientras la gente las canturreaba sin demasiado comportamiento. Así pues, de poseer las tres cosas, también había que dar las gracias a Dios. Estamos ante una doble oportunidad, de la vida sin obstáculos vitales que debe glorificarse por pura intervención divina. Esto, salud con dinero y amor. Otros años, otras letras con otros estribillos se han impuesto.

Llegados a donde estamos, más viejos y un poco más caducos, seguimos levantando las copas brindando por la trilogía. Que nada se agote. Salud para ir tirando. Dinero para hacerlo posible y amor para sellarlo. Todo ello es un manifiesto vital. Sin salud, el resto pierde fuerza. Es la energía que nos permite movernos o saborear lo que queremos hacer. Es un fundamento -silencioso- de lo que ejecutamos. El dinero no es la felicidad absoluta, pero sí la libertad. Te da margen para escoger, para vivir con menos angustia, para invertir tiempo en lo que realmente importa. Pero el motor emocional es el amor -de pareja, de amistad, familiar o incluso el amor propio- es el que impulsa sentido al resto. Si lo miramos así, el mensaje es casi una fórmula de vida. Nos hemos preguntado cuál de estas tres cosas tenemos más -o menos-.

La salud es lo que casi nunca valoramos lo suficiente hasta que nos falla. Es la herramienta que nos permite trabajar, amar, crear, disfrutar e incluso preocuparnos por el dinero. Cuando el cuerpo o la mente se detienen, todo lo que parecía urgente deja de serlo. Lo curioso es que a menudo pensamos en la salud como una cuestión de suerte o de genética, pero lo cierto es que muchas de las decisiones cotidianas tienen un impacto directo, como dormir bien y en horas regulares. Comer con criterio, no por culpa. Mover el cuerpo, aunque sea poco. Gestionar el estrés antes de que salte. Tener espacios de calma y conexión. La salud no es solo ausencia de enfermedad, es energía, claridad mental, equilibrio emocional.

El dinero no lo es todo, pero tampoco es “sólo dinero”. Es una herramienta que puede dar libertad o generar angustia. Puede ser un puente hacia una vida más tranquila o un muro que nos impide respirar. La relación con el dinero es profundamente emocional. No se trata solo de números, sino de seguridad, independencia o posibilidades. Miedo a perder. Miedo a no tener suficiente. Cuando tenemos estabilidad económica, la salud mental mejora y las relaciones a menudo se vuelven más sanas. Cuando existe escasez o incertidumbre, el estrés aumenta, el cuerpo lo nota y las discusiones pueden multiplicarse. Pero también es cierto que perseguir dinero sin medida puede debilitar la salud y erosionar el amor. Trabajar horas infinitas, vivir con presión constante o convertir el trabajo en identidad son caminos que pueden llevar a un vacío emocional difícil de reparar.

El amor -en todas sus formas, ya sea romántico, familiar, amistoso, comunitario- es lo que da sentido al resto. Es lo que nos recuerda por qué queremos estar sanos y por qué queremos tener estabilidad económica. Cuando amamos y nos sentimos queridos: El sistema inmunitario puede mejorar. El estrés disminuye. La motivación aumenta. La vida parece más llevadera, incluso en momentos difíciles. El amor es el bálsamo, pero también es un reto. Requiere tiempo, presencia, comunicación y vulnerabilidad. Y aquí es donde entra el triángulo: si estamos agotados por el trabajo o preocupados por el dinero, es más difícil cuidar las relaciones porque, si la salud mental vacila, la paciencia y la ternura se vuelven escasas. Si la relación es conflictiva, la salud y la productividad se resienten. Porque el amor no es sólo un sentimiento, es una práctica compartida.

Cuando salud, dinero y amor están en equilibrio, la vida funciona suavemente. No significa que todo sea perfecto, sino que tenemos suficiente estabilidad para crecer, explorar y disfrutar. Este equilibrio no es un estado permanente; es un movimiento constante. Habrá momentos en los que la salud pedirá más atención, otros en los que el dinero necesita más espacio y otros en los que el amor necesitará ser cuidado con más conciencia. ¡Hagámoslo!

En el pesar por el recuerdo me pasa por la cabeza como una cantante de escalera le dedicaba a la vecina cercana, a la de la puerta de al lado, que tenía el corazón contento, contento, lleno de alegría y añadía lo contento que lo tenía dirigido a la vecina que estaba en las listas de espera de un centro de salud para hacerle una intervención de las que pueden traer cola. ¡Menuda fechoría! La música con intención vecinal -la primera que oí- salía de una cancioncilla que levantaba furor. Porque la vecina con el corazón averiado tampoco tenía demasiado dinero y el amor todavía no había llamado a su puerta. ¡Qué desastre!

 

 

viernes, 13 de marzo de 2026

Trump y el Trump petrolero.

 

Ya dije que no mencionaría demasiado a este personaje, sin embargo, del Trump promesa al Trump desconcertante cada vez hay más precisión. En la rueda de prensa corta de ayer, anuncia algo para acabar haciendo lo contrario. Son titulares sin acciones. Este pollo las tiene todas, las gracias y las armas, por querer superar lo que ha provocado. Que el precio de la gasolina en los surtidores americanos no suba y no comporte que sus votantes tengan que pagar más votándole menos. Ha desestabilizado una región. Quiere recuperar a Putin y a sus petróleos favoreciendo también el discurso iraní; puesto que el sucesor del líder muerto es el hijo con todas las herencias vigentes, la más importante es el odio de todos con la furia irrefrenable de quienes descubren que la casa de toda la vida es ahora un espacio libre salpicado de petróleo para edificar. Recordemos Gaza.

Tanto él como su socio bélico, el presidente Netanyahu, han planificado una salida que, por ahora, no lleva a ninguna parte. Qué sacaremos de esta cada vez más hiperbólica acción cargada de muerte y despropósitos. ¡Guerra, compañeros! Esta opción no es como la victoria sufrida y corta en Venezuela. El auténtico fondo político -por descubrir- es el auge de Israel. Para conocer, no tenemos imágenes ciertas o plausibles de lo que está sucediendo de verdad en Oriente Medio. Quizás era necesario un loco para arriesgarse en un contexto como el actual. Sólo un personaje como este gallo empachado de locura ha sido capaz de cerrar el paso por donde circula el petróleo y el gas hacia el mundo en general. Tampoco sabremos nada de este individuo, que nos haga ver qué pasa de verdad. De una semana al infinito con la gasolina y el gas estrangulados. Veremos.

Contemplarse y escuchar la imagen de este personaje es algo que a algunos nos hace sentir vergüenza. Cómo puede la humanidad llegar a estos extremos cuando los posibles acuerdos eran algo plausible. Aprovechar el momento para asesinar al máximo dirigente no ha sido algo demasiado previsor. Por ahora, tenemos al hijo. Un personaje que está escondido sin comunicaciones por no verse reflejado en la mira de un fusil o de un dron. No tenemos ninguna imagen desde que fue elegido.

Justo el día del discurso de este aprendiz a Napoleón, la presidenta europea, Úrsula von der Leyen, emitió unas declaraciones mortíferas para la política de la Unión Europea. Dijo, bien peinada y solemne, que había que ir contra el viejo orden para asimilar los principios de Trump. Según ella, ésta es la solución al fracaso europeo. Posteriormente, ha mejorado y ha vuelto a los viejos caudales que marcan las instituciones y el derecho que provienen de la Europa después de la segunda guerra mundial. Aún recuerdo a los señores diputados en Madrid cómo fundamentaban la guerra que el entonces presidente, Aznar, quería autorizar. Levantarse para votar en una ronda con nombres y apellidos tenía un fundamento y una valentía que les habrá marcado. De ahí la fuerza del presidente español actual afirmando que, al respecto, sólo hay cuatro palabras: "No a la guerra".

No a la guerra. Esto es, al menos para mí mismo y para los que me representan en ese paquete bélico del que el pequeño Napoleón se ha descolgado. Una guerra sin el permiso de los políticos afines o de las instituciones que deben promoverlo -eso era el viejo orden-. ¿Con qué miedo puede coaccionarnos? Más aranceles, como dijo. ¿Descalificando a alguien que no puede estar de acuerdo con las medidas como las que acaba de levantar este Trump petrolero? Desconozco los motivos del personal que le ha hecho presidente de un imperio. Alguien que con su propia conciencia ya tiene bastante. ¡Veremos!

Dejo de reconocer luchando a las religiones del libro, la judía, la cristiana y la de Alá. ¿Cuándo han dejado de tenérselas entre sí mismos? Parece que hay cosas en común, incluso personajes retroalimentándose unos con otros. ¿Desde cuándo las religiones no han sido uno de los fundamentos de estas guerras continuadas? Desde aquí no puedo ni quiero reconocer las bendiciones como la de Trump en el mismo Despacho Oval justo hace unos días.

Bendecidos -benditos - sean todos juntos.