sábado, 28 de febrero de 2026

Therianos.

 

Hace días que tengo una nariz de loro con los “therianos”, el nuevo concepto que hemos aprendido gracias a la maestría de quienes se consideran unos oportunistas de la verdad. ¿Quiénes son estos personajes que se imponen en la existencia actual, como un grupo más de la diversa diversidad implicada, entre los que se identifican como personas trans y de otros subgrupos de género no conforme. Este grupo de personas no se considera parte de la comunidad LGTB y viceversa. En la breve filosofía expuesta, como la de un perro cuando huye o la de un gato cuando llega, para este grupo de personajes, los therianos se sienten una identidad real. Se identifican y trabajan como un burro para convertirse en un animal no humano.

Hace unos días en Barcelona, ​​se produjo una convocatoria viral de un encuentro de estos personajes en el Arc de Triomf. Ese sábado por la noche con altercados, vandalismo y al menos cinco detenidos, después de que cientos de jóvenes y mirones boicotearan la cita que había nacido en las redes sociales que se disfraza de perros, gatas, y de otros animales de cola larga porque, según dicen, se sienten vinculados espiritualmente. Sin embargo, pocas de estas personas vestidas de animal se han presentado a la cita y la mayoría de gente eran curiosos a quienes han increpado -incluso agredido- a la gente con flequillo de lobo que acudía disfrazada. 

Grupos de violentos boicotearon la cita, haciendo destrozos, generando altercados y también gritando contra el gobierno de Pedro Sánchez - ¿el mismo Perro Sánche? -. Entre los alborotadores, una mezcla de descontrolados de la ciudad, extranjeros, y también grupos de jóvenes de nacionalidad española, muy jóvenes -algunos menores de edad- buscaban enfrentamientos y peleas con otras personas de forma gratuita. Se han detectado destrozos en mobiliario urbano y se han quemado contenedores y papeleras. Más animales que personas. Dicen que algunos de los espectadores llevaban pienso para repartir entre los " therianos ". Un nuevo concepto, una subespecie que quiere hacerse presente en esta compleja sociedad actual –donde de noche todos los gatos son negros– que no se ha expuesto abiertamente. Sin embargo, los claramente identificados con la fauna habrían sido muy pocos.

Los que tenemos cierta edad aún recordamos al sr. Joan Rigol, entonces presidente del Parlament de Catalunya, cuando tildó de animales a los Cuerpos de Seguridad del Estado mientras ejercía la presidencia en el 2003. Un diputado le pidió si se procedería a la votación al respecto. El Sr. Rigol, ya era un hurón político, anticipándose a lo que hoy consideramos therianos. Una premonición -alguna de equina- que sobradamente demostraron estos cuerpos manifestando sus capacidades operativas durante el referéndum catalán del primero de octubre del año 2017.

Sin caer del burro, que siempre tiran coces, me arrastro más allá aún para llegar a Isopo. El fabulista primero, el escritor griego que vivió entre finales del siglo VII aC y principios del siglo VI aC. Quien nos hizo llegar fábulas como la Cigala y la Hormigala Tortuga y la Liebre, el Lobo y la Garza, el Cuervo y la Zorra o la de la Zorra y los racimos de Uva. Aún recuerdo la lección moral que se desprendía tras las lecturas de estas fábulas. ¡Qué viene el lobo! Y el lobo, dicen, ha llegado, ya lo tenemos aquí en una nueva versión, pero al revés, no se trata de humanizar a estos encantadores animales sino de animalizar la conducta humana.

Lo dejo estar aquí. No pretendo ser mosca cojonera. Me despido con un gallo. Antes me proclamo gato viejo a dar gato por liebre. Y en todo caso, si me busca, hágalo en la sección de las gatas, aunque sean maulas. Porque la gran cuestión es qué hay detrás de estas nuevas tendencias. ¿Quién las promueve y qué buscan? Viva la vida, aunque sea sólo desde la vertiente humanista, con criterio y buenas intenciones.

 

 

domingo, 22 de febrero de 2026

Balandrau.

 

Estos días vuelven a pasar por la cabeza las escalofriantes imágenes de lo que sucedió en Vallter el día 30 de diciembre del 2000. Con los años se ha magnificado el suceso y se ha recreado cómo pudo suceder aquel hecho tan terrible. Recuerdo cómo la gestación de la estación de montaña de Vallter 2000 estaba cuestionada por la gente que conoce su historia y que alegaba los fuertes vientos que acostumbran a azotarla. Básicamente, pastores y ganaderos y los que conocían los pelos y señales de estos lugares antes de que un ingeniero dibujara las líneas en un plano de intenciones. Estos días se estrena Balandrau, la producción que quiere insistir en lo difíciles que fueron aquellos días por la muerte de nueve personas implicadas. Han pasado muchos años. Os confieso que aún no he mirado este relato.

De la carretera que sube por el Valle de Camprodon hasta esa triste noche, yo estaba en el pueblo de la Ral, una aldea que no llega a los cincuenta habitantes. Dicen los cazadores de aquellos años que se detenían en las llanuras de cultivo de la Ral para observar si el viento que llegaba era un indicio de las fuertes turbonadas, que soplaban desde Setcases hacia el valle donde ahora se encuentra la estación de montaña. El rumor constante en los pastos era algo a tener en cuenta. La ventisca es un viento traidor, un enemigo para la gente ignorante de sus consecuencias. Sopla impetuoso siendo propio de la región pirenaica; levanta y arremolina la nieve, de modo que la visibilidad mengua sensiblemente. Desde pequeño, esta palabra formaba parte de nuestra conciencia. Oíamos hablar con toda la precaución que se pueda conferir. ¡El torp! No es una nevada, sino nieve levantada por el viento. Puede reducir la visibilidad a cero y puede inmovilizar físicamente a una persona.

Aquella noche, en la Ral, cenando, se podía sentir cómo aullaban los aparatos movibles. Como las barandillas ejercían de cepillos afilados por el viento. Soplaba con toda la certeza; aquellos estremecimientos tenían o tendrían consecuencias graves si no habías conseguido distraer las airadas fuerzas por cómo soplaba. Quien podría suponer que había gente en la montaña soportando la ira de aquellos estertores. Era una noche de ráfagas azotando las costas elevadas. Abrir una ventana en la Ral ya era un acto audaz. Quién podía imaginar la ignorante temeridad con la que algunas personas habían decidido trepar por aquellos lugares.

   Ese día el Ripollès despertaba con un cielo frío y un viento que silbaba con aquella insistencia propia del invierno. Nada hacía pensar en la tragedia. Nada que hiciera sospechar que la montaña estaba a punto de mostrar la cara más indomable. En Vallter, los coches llegaban y volvían sin problemas. Familias, grupos de conocidos, montañeros solitarios. El Balandrau, con su amable silueta, parecía un destino perfecto. Una cima que no impone, que no atemoriza. Hacia el mediodía, el viento dejó de ser un fenómeno meteorológico para convertirse en una fuerza cruel. Rachas superando la fuerza habitual golpeaban la cresta del Balandrau. Los testigos que sobrevivieron lo explican -en la mezcla de incredulidad y terror- andar era luchar contra una pared invisible. El ruido era ensordecedor, un rugido constante que hacía imposible pensar con claridad. Y entonces, en un instante que nadie pudo anticipar, la nieve cedió. El alud empezó a moverse con una rapidez inhumana, arrastrándolo todo. Personas, equipos y bastones. No había tiempo para reaccionar. Sólo un ruido profundo, blanco, que lo tragaba todo, un descenso violento hacia la nada. La montaña se había convertido en el imprevisible monstruo.

Cuando el viento sopla fuerte allá arriba, muchos recuerdan ese 30 de diciembre. Recuerdan que la montaña no siempre alerta. Que, en ocasiones, el peligro no parece visible. Que la humildad es la mejor compañera de ruta. De esos días quiero recordar la fuerza de las personas que hicieron posible el rescate. Recuerdo –no sé si de manera imprecisa- como algunos campesinos les alertaron, el tiempo podía convertirse en imprevisible tras una montaña donde todo puede cambiar enseguida. Ésta era la lógica de quien vive cercano, no parecía, aquél, el mejor día.

Tras el episodio, se reconoció que se necesitaban predicciones más finas y localizadas para zonas de alta montaña. Algunas fuentes destacan que la tragedia fue un punto de inflexión en la forma de comunicar e interpretar los avisos de viento y ventisca. El torp del Balandrau evidenció que un día aparentemente estable puede convertirse en un infierno meteorológico en minutos. Ahora se sabe que se necesitan más materiales de seguridad -GPS, balizas, ropa térmica adecuada-. Es necesaria mucha prudencia en días de viento fuerte.

Los medios y la comunidad excursionista, tras este hecho, remarcan repetidamente la lección.

miércoles, 11 de febrero de 2026

La Mercè llega a casa.

 

En esta entrada quiero hablar de la llegada de Mercè a casa. Durante un año y un mes nos han llegado dos bebés, Martí el mayor, y Mercè, recién nacida, no tiene casi más de quince días. Una cosita, comparada con Martí, que acaba de llegar al mundo sin más que hacer por ahora. Ella y sus manías propias de una edad que no deben hacer otra cosa que mirárselo con esa indiferencia que todos deberíamos haber tenido. Mercè es una cosita pequeñita, mucho más que el primo Martí, que por razones de la edad y para hacerse ver ha decidido empezar a caminar justo en estas circunstancias. En la deferencia que pesa sobre lo familiar, hemos puesto fotos de ambos en algunos rincones. La estimación y los espacios se duplican a pesar de la advertencia que le hice a Martí. “¡Ojo niño, llegará una niña, la Mercè!”. Me miró como quien no sabe de quién le hablaba.

Creo que él, el pequeño, más apegado a no perder el equilibrio mientras camina, no estaba demasiado al caso. Por ahora no se la ha contemplado con demasiado detenimiento. Ya se verá cómo termina este proceso. Fue justo el rato cuando el padre se descargó del peso minúsculo que llevaba encima del pecho. La niña necesita aquellas cosas que la hacen sentir todavía en el interior humano -calidísimo- de donde la naturaleza la ha echado. Sentirse importante es algo que irá más allá. Por ahora se nutre, si no llora, para reclamar su existencia. ¡Eh, estoy aquí! Algo que yo me hacía traducir durante el embarazo a meses, una prevención -un prejuicio, para entendernos- como la de contar las grandes cantidades a pesetas vitales para captar su magnitud con la precisión aproximada de hace unas décadas. Esto mismo yo ya lo decía cuando Martí nació.

La llegada de la Mercè es también única. Una persona más añadida con una silla también única en la relación familiar. Una más. Una cosita, mirándonos con la sorpresa de aquello a lo que no hemos estado acostumbrados todavía. Poco a poco desarraiga sus pulsiones humanas; por ahora ya nos mira sin poner demasiado detenimiento. Nos contempla. ¡Qué debe ver en estos pequeños momentos!

Por ahora, la Mercè hace poco. Mama, duerme y, de vez en cuando, abre los ojos con la curiosidad de quien lo tiene todo por hacer, mirar, escuchar y vivir. ¡Por muchos años, Mercè! Esto también lo decía cuando llegó Martí a casa. En sus descubrimientos se puede contrastar nuestra novedad, ella misma. Por ahora el juego de espejos se va definiendo. El boceto, por ahora, es del padre, existe un acuerdo unánime al respecto. Y la tía de Martí, ahora novel y recién inaugurada como madre, dice que ella de pequeña tenía el mismo pelo y unos ojillos similares. A mí me encanta la manera de poner la mano con el puño cerrado debajo de la barbilla como yo suelo hacer a menudo. Todo es encontrar la semejanza.

Una niña mediática. Eso sí. Inauguró las entradas en lo memorial del ARA, justo antes de nacer. Cosas de la profesión materna. Y fue felicitada en la radio por Ricard Ustrell al día siguiente de nacer. Como la profecía, a la semana de asomarse, por parte del padre y de sus preferencias, anunciando en un programa de Betevé que sería padre de Mercè Labró, una licencia participada del día en el que ella llegó al mundo. Era evidente, si nacía en un día par, se diría como mamá, girarían los apellidos. Pero el padre, después de ver cómo sufren las madres en días como este, decidió que Mercè se llamaría Labró de primer apellido. ¡Cosas de la burocracia administrativa! Ella, para todos nosotros, sigue siendo la Mercè.

¡Estimada Mercè!