martes, 30 de septiembre de 2025

Migrantes premium

 

La derecha y la más derecha todavía, con la casa madre en Washington bajo el pontificado de Donald Trump, interpretan las homilías de éste -“urbi et orbi”- irradiando ideas a bocajarro a todo trapo. Poco a poco la gota malaya se convierte en tormenta eficaz y perfecta, calando para alcanzar sus objetivos, ya que las suyas son verdades absolutas e indiscutibles en la defensa -declaran sin vergüenza- de la libertad y de la democracia para poner orden, entre otras cuestiones, al revoltijo étnico. Asuntos de entrañas.

La propuesta última del dirigente popular Alberto Núñez Feijóo le posiciona como un alumno aventajado con recetas propias a la gallega. Tiene la intención de instaurar un “visado por puntos”, un plan que no acaba de concretarse con detalle -como el tentáculo intrépido de un pulpo con grelos- empeñado en reconducir y agarrotar a la inmigración. La presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso aporta la sal gruesa y el pimentón para darle un poco de color y una salida una pizca humanitaria que le honra: “la inmigración hispana no es inmigración” ¡Qué pase más torero agarrando por los cuernos el problema! Un abrazo amigo y entrañable fundamentado en los vínculos históricos con América Latina. Piensa en las comunidades latinoamericanas que tienen en común la lengua castellana -seguro que ella ha dicho “española”-. "Un argentino o un venezolano en Madrid no es inmigrante. Lo será por cuestión de papeles, pero no lo es a ningún efecto". Únicamente se ha ahorrado apuntar que las personas son personas, independientemente de si viven en Buenos Aires, en Caracas o en el barrio de Salamanca.

Ya hay quien critica la ternura acogedora de Ayuso por una medida formidable, borrando a los simpapeles de un manotazo. Un planteamiento que también debería afectar a los mexicanos herederos de Hernán Cortés y la Malinche, a los que Trump repele de sus fronteras sin demasiadas contemplaciones. Habrá que hablar y pactar con la administración norteamericana, no vaya a ser que nos pisáramos las callosidades por pequeños detalles de nada. Feijóo quisiera hurgar y elegir en el supermercado de la inmigración al por mayor decantándose por los establecimientos de confianza, las conocidas como tiendas de ultramarinos con productos más nuestros a los que tenemos el paladar acostumbrado con tolerancia cero por la fruta picada y las papas demasiado maduras, que serán devueltas inmediatamente.  

En la iniciativa -loable y original- podemos encontrar ciertas similitudes con la impuesta por Trump con los aranceles. Hago a Feijóo, si llega el momento de mandar de verdad, con un cartel grande con la lista de la compra exhibiéndola a los periodistas. Exigente como un cliente en una selecta delicatessen pondrá condiciones, marcará las unidades y efectuará el pedido si se corresponde con el peso ideal. Todo retransmitido en directo por lo de la transparencia en una especie de concurso como Supervivientes o la Isla de los Afamados. Quienes obtengan el visado tendrán garantía porque un jurado de funcionarios con la solvencia contrastada los habrá observado y entrevistado rigurosamente mientras desfilan para una revisión dental, una de vigor muscular y la morfológica en general, la decisiva, por lo del aspecto -que se queden los feos, como decían los Sírex-. En las mujeres puntuará excepcionalmente la condición de fértil.

Este proceso de reclutamiento me lo imagino como una especie de concurso oposición y de méritos que deberá garantizar la libre concurrencia con publicidad. Es evidente que la igualdad de condiciones es el meollo y el eslabón débil sobre el que bascula la elección. Ya se verán cuáles serán los requisitos para acogerse y poder presentarse. La Ayuso ya ha declarado exentos a los argentinos y venezolanos que residen en la calle de Serrano en Madrid. Yo auguro una serie de recursos con enmiendas a la totalidad o a algunas de las cláusulas. Si todos los naturales de aquel desaparecido imperio, siempre soleado porque no se ponía el sol, deben ser plausibles candidatos; me pregunto dónde están los filipinos agraviados por los privilegios de los cubanos y de los puertorriqueños. ¡Los últimos de todos en el desastre de 1898 volverán a ser de Filipinas!

Qué haremos con los guineanos y saharianos y por extensión con los subsaharianos que no pudimos colonizar no por falta de voluntad ni de ardor bélico, sino porque estos territorios ya habían sido pillados por las potencias emergentes europeas. ¿Acumularán puntos estos? Aunque declamen el Asturias patria querida con buena entonación, lo tendrán crudo. Avanzando en el razonamiento, pero dándole la vuelta, ¿los musulmanes, que nos conquistaron durante ocho siglos, tienen derecho a ser acogidos? Quien nos trajo claridad, ciencia, filosofía, arte y el cultivo del agua cuando aquí nos vestíamos sólo con lana cochambrosa y oscuridad medieval; ¿se les admitirá algún tipo de mérito o de reconocimiento?

En la hermandad cultural histórica constan fundamentalmente la lengua y las creencias, la religión. Primordiales para el visado por puntos que favorecerán a los que además aporten merecimientos como el grado de licuación del fenotipo indígena en el ADN de los conquistadores o el punto de contraste óptimo con la epidérmica paleta cromática europea. Los que llamamos expats, como otras personas sin precariedades, que residen por razones de trabajo puntuales, amor, aventura o jubilación, podríamos alojarlos, sin lugar a dudas, en los contenedores de los migrantes premium. La cuenta corriente diluye de forma formidable la condición incierta de inmigrante con una mano delante y otra detrás.

Hace poco en una conversación con una amiga a la que aprecio, Teresa, una payesa nonagenaria de toda la vida -se acuerda de la guerra civil y de vivir sus consecuencias- me soltó una sentencia para meditar, una buena síntesis del momento presente: “tant els del Paper com els del cartó” s’han ben begut l’enteniment.

 

martes, 23 de septiembre de 2025

Fiestas mayores de otoño.

 

Me adscribo a los invitados a la fiesta mayor entre aquellos que llegaban al primer repique de campana y se marchan cuando los músicos también se las piran. Del pueblo, en Sant Joan de les Abadesses, se celebra el segundo domingo de septiembre, a la Mercè que está a punto de empezar. Basta con dejar las ventanas abiertas para que nos llegue el aroma de los canelones esplendorosos y el del pollo en plena cocción en la cazuela mientras los invitados se van arrimando. De las procesiones festivas de veintiún botones al minimalismo -absentismo- que se ha impuesto edición tras edición. Programas de fiesta mayor, misa de oficio cantada, sardana de honor, baile de pabordes. Una saturación de actividades para el disfrute diverso de los conciudadanos. Todo salpicado por el eco sugerente de la feria y las atracciones para las criaturas con ojos abrumados y cara de velocidad descubriendo cómo la vida es una rueda dando vueltas y más vueltas ajenas aún a la monotonía del resto de los días así que el otoño asoma los cuernos coloreando un nuevo paisaje marchitándose y los gigantes y cabezudos hibernando.

Perfume de platos de siempre con fogones para veganos extremos y vegetarianos cautos donde el desfile de platillos se ha convertido en degustación para paladares esterificados y bagatelas comestibles de poca corporeidad y medido valor nutritivo. La fiesta mayor ha adelgazado como el menú de cuando los comensales comían con glotonería bajo el pretexto del encuentro anual para sacar el vientre de pena, para atiborrarse. Días de celebración donde todo abunda. La fiesta de verdad se sitúa en la mesa larga con una retahíla de invitados que solía sobrepasar el par de docenas. En la pared del comedor el reloj, metrónomo implacable de la vida, administrando las sillas aparentemente vacías, unos espacios etéreos ocupados -carruseles de la memoria- que no engullen, pero que revolotean en la atmósfera y la anécdota. ¿Quién iba a decirlo?

Cada año, en algunas fiestas muy especiales para mí pienso cómo se ha trastornado y ha dado la vuelta casi todo. Cosas de la edad ya anunciadas por los antepasados ​​nos van atrapando. La ilusión con la que contaba -literalmente- los días se ha convertido en hastío con un punto de obligación si no fuera porque coincidimos aquellos que nos queremos, nos gusta compartir las fiestas y las celebraciones impuestas por el calendario local. Desde la Virgen de Agosto hay un goteo cíclico por la comarca. Cierro los ojos para escabullirme y entrar en el entoldado en Sant Pau de Segúries donde la orquesta interpreta una música muy rítmica y moderna, un Twist, retorciendo las parejas. Siento envidia de aquellos músicos tan bien avenidos consiguiendo llenar el espacio de alegría y atolondramiento. La sentía aún más por no ser uno de los que sobresalían en ese ejercicio que requiere ímpetu, pero sobre todo, de no sentir vergüenza.

Fiestas mayores terminada la cosecha cuando ya refresca y son el pretexto para estrenar el abrigo, una prenda -de antes del cambio climático- que se heredaba con aire inmortal, nunca se estropeaba. De los hermanos a primos pasaba de generación en generación con pequeñas modificaciones. Se arreglaba con un retoque la largura de las mangas y, si tenías suerte, con un juego de botones nuevo. Al ser confeccionados a medida no siempre eran adecuadas, ya que las estructuras de los respectivos propietarios a menudo no eran compatibles. Era una pieza de lucimiento fundamental en el oficio de fiesta mayor, una misa tan eterna como aquella prenda de ropa. Misa y vermú. Empezaba el ritual de las comidas y las larguísimas tertulias. De los pasantes airosos con músicos indolentes interpretando la alegría que corresponde. Fiesta mayor es el encuentro familiar para celebrar lo que no se podía en otros eventos de obligada asistencia, los funerales. Se va reuniendo paulatinamente la parentela. Era un congreso de tíos y primos que tenían que pasar la noche apretujados en los aposentos y rincones de la casa, por todas partes colchones alineados. La casa se convertía en un laberinto extraño de personas que dormían cada una acostumbrada según las manías a ir tarde o a madrugar con el primer canto del gallo. Un caos vital, pero gozoso. 

Acabado el baile un año por Sant Miquel en la Sierra de Cavallera por el camino de regreso hacia la masía, una subida abrupta, presencié el espectáculo impresionante -me conmovió mucho- de un cielo de otoño limpio y claro como el agua cristalina. Es uno de esos momentos que quedan fijados como referente de una perfección inalcanzable en una noche sin luna por no hacer la competencia a aquel sembrado de estrellas suspendidas, flotando en la oscuridad recortadas por el horizonte montañoso. Un cielo vivo donde cada uno de los puntos de luz latía dulcemente con vida propia. Se podía jugar, de ser posible, a contarlos por la aparente cercanía y lejanía de unos respecto de los otros. El espejismo de poder abarcarlos sólo alzando un brazo, tomándolos con la mano para llevarse escondida en el bolsillo una de esas lucecitas que permanecerían encendidas para la eternidad. Los mayores estaban por otras historias, de quien había bailado con quien, de furtivos despatarres, cuidando de no tropezar con los obstáculos de la vida o del camino. Efectivamente, el calendario campesino celebraba el fin de año particular, el suyo. Empezaba un nuevo ciclo coincidiendo con la evasión de algunos invitados, después de comer, hacia los respectivos destinos. Yo era, sin embargo, uno de los asistentes de estancia larga

Un día despejado con el cielo azul en un pueblecito deshilachado, pequeñito, la Ral. Los tejados recortándose también vestidos de diada particular. La juventud enarbolaba las banderolas y las ilusiones de balcón a balcón. Guirnaldas de boj como almenas vegetales para el cadalso donde trepaban los músicos. Ristras de colorines cuelgan como flequillos columpiando la música con un gesto de una panza gloriosa. Las farolas se han vuelto globos rizados como del oriente. Todo mágico. El gorjeo de la orquesta, la chiquillería estorbando entre las piernas de los bailarines. Madres velando a sus muñecas de porcelana frágil. La pareja de la guardia civil no danza. El perfume del pollo asado y del cordero a la brasa. Ritmos que hacen mover los pies. ¡Chis-pum! ¡Chis-pum! Es un pasodoble airoso donde la trompeta destila estridencias alegres de falsete festivo. Quien con pies planos contonea con gracia y fanfarronería. ¡Chis-pum! ¡Chis-pum! Sacudir compasadamente, arriba y abajo, con un sutil roce de medias. Niños contemplándolo como quien mira un escaparate. ¡Fiesta mayor! El último domingo de agosto, cuando había que llevar abrigo porque refresca. En la plaza, bajo de las bombillas, estrellas cercanas de alegría, se condensa la música y la alegría con el humo del tabaco, los requiebros halagadores, ingeniosos. Quien no está por estos rituales de apareamiento, aprovecha para hablar del tiempo, de la juventud, de los parientes. Los afortunados proponen pasear por los huertos con el pretexto de ir a hurtar manzanas de finales de agosto, ácidas y verdes. También los músicos en esos descansos sin resolver cargaban las maletas de solfas, ciruelas y manzanas. Recuerdo, yo soy el niño adormilado de la escena, como el vocalista baila con una rubia de mentira vestida de blanco princesa con topos rojos grandes. Cuando estaba por el trabajo de cantar lucía repeinado con los pelos grasientos recién surcados por un peine espeso amarrado al atril como si fuera la cinturilla de la rubia de mentira.

¡Feliz fiesta mayor! 

jueves, 11 de septiembre de 2025

Manual para buenos muchachos.

 

Las relaciones humanas deben tener pautas que nos protegen de los excesos ajenos y de nuestras intenciones perversas respecto de otros. Regulan la forma de vivir y convivir en sociedad en relación con cómo tratamos en teoría a los demás independientemente de su identidad, género, religión o edad de acuerdo con un sentimiento ético -positivo- que nos conduce a la armonía y al confort emocional. Todavía me ronda por el magín la sentencia según la cual la dictadura se exculpaba, “mi libertad termina justo donde empieza la tuya”; no acatar esta trivialidad era caer en el pecado capital del “libertinaje”, la forma en que habitan los que practican la intemperancia, el desenfreno o la perversión. El punto ponderado lo dispondría la báscula con la que los que mandan pesan y miden los delicados ingredientes.

Aquellos que practican la literatura de diario oficial -la grandilocuente aspiración inconfesable de algunos escritores- o de los poetas de los decretos, órdenes y resoluciones normativas tienen esa responsabilidad legítima -delegada democráticamente-. Lo que no se legisla no existe. Por tanto, la capacidad para sancionar siempre debe ser posterior a una norma que fundamenta y define las reglas del juego con un pequeño detalle muy suspicaz, la interpretación de lo que quisiéramos que dijera a nuestro favor en contraste con la redacción literal. Está demostrado que hacer bailotear una ley es todo un arte.

El corpus de normas europeas, las de alcance nacional, autonómico, municipal o las de una escalera de vecinos debe ser formidable y pantagruélico -si fuese comestible y ligero de digerir-. Todas las que están en activo, condicionadas por su vigencia, son como las personas: nacen, viven y mueren. Algunas tienen mala cara, sobreviven carcomidas, arrugadas y polvorientas. Otras tienen una vida corta y mucha demanda por el gobierno de turno a hacerlas danzar. De las que tienen mucho galanteo en los bailes de salón y han derramado mucha tinta son las de enseñanza en un abanico de solfas diversas como el tango, el pasodoble, el rock, el pop y últimamente el reggaeton; a todos los géneros musicales mencionados les subyace una tendencia osada hacia la milonga triste.

 El ejército legal para regular la tropa goza de rango estricto. De las que lucen corona a las más subordinadas dictadas por un cabo ascendido a sargento por la vía del chusco. De las municipales regulando el rompecabezas de la circulación a las de escalera prohibiendo los picnics de ascensor. Un abanico de mayor a menor trascendencia en la vida de la tropa -la ciudadanía- a las que está sometida. Seguro que en alguna ley de rango superior se determina que un alcalde no pueda disponer de alfombras rojas en la acera donde reside. La consecuencia de esta preeminencia legal, de mayor a menor alcance, comporta que las instituciones consideradas menores, tengan un recorrido corto o no demasiado esencial en la normativa que puede generar por iniciativa propia. Alternancia de vados semanales en las aceras u ordenanzas municipales para habilitar un pipican en determinados lugares. El complejo de inferioridad legal en algunos casos suele comportar una profusión de normativas irrelevantes; algunas, molestas y prescindibles, se convierten en leyes del amor propio para marcar autoridad territorial como los chuchos en las esquinas.

Hablando de leyes, este septiembre de vuelta a las aulas se inicia con novedades moduladas por la Conselleria del gremio de los maestros. Se prohíben los teléfonos móviles, los relojes inteligentes y las tabletas táctiles en las etapas de enseñanza obligatoria. Se da la vuelta a la tortilla y se declara alérgico a la pedagogía lo que funciona con batería enchufada a las redes libertinas. Tendencias con fuerte contraste de cuando las virtudes fundamentales del chip en la enseñanza eran, apenas hace cuatro días, imprescindibles. Del autismo social reflejados en una pantalla a la tiza y a la pizarra analógicos. Del gris oscuro retroiluminado a la hoja blanca de papel. Flota en el aula el ritmo sincopado de una milonga triste que me -nos- descoloca.

Más leyes. El gobierno español da un paso más para endurecer el cerco contra el tabaco. El consejo de ministros ha aprobado hace unos días un anteproyecto de ley que introduce nuevas restricciones. Amplía las zonas libres de humo a las terrazas de los bares, en el coche, en los parques públicos, estaciones de transporte, espectáculos y conciertos al aire libre, parques infantiles, sanitarios, educativos y sociales. Incluye en el anteproyecto las nuevas formas de fumar enchufadas a una batería, como los móviles. Para ser más concretos en la precisión legal, yo, adicto empedernido al cultivo del vicio del tabaco, pediría precisión, especificar sin ambigüedad en la interpretación de la ley, los lugares donde se nos permitirá encender ostensiblemente uno de papel legalmente.

No voy a discutir la ley. Es civilizado reprimir el derecho a fumar allí donde comienza el derecho a respirar sin humos del vecino de mesa o de parada de bus. Hace aproximadamente cuarenta y cinco años un cenicero hiperbólico presidía la mesa de los maestros en las aulas cuando empecé a ejercer la profesión. En la facultad la neblina propiciada por la humareda y el tufo a nicotina te hacían dudar de si eras corto de vista o de cabales. Ahora, remachando el clavo, la norma estipulará que los menores -menos de dieciocho años- no sólo no puedan comprar tabaco sino tampoco consumirlo. No es un ejercicio de melancolía, pero siempre he recordado cómo un maestro de la única escuela unitaria de Sant Pau de Segúries nos prohibió jugar a fútbol. Él era un entusiasta del baloncesto. Con qué manía buscábamos espacios discretos en la montaña para jugar clandestinamente a un deporte que se practica con los pies, entonces con porterías virtuales que no físicas. Poner barricadas en el mar es difícil en una sociedad heredera de cuando tirar el humo a los ojos de la chica que nos tenía el corazón cautivo era glamuroso. Hay que tener en cuenta que las tasas que gravan el vicio han subido el glamour al precio que destilan la gamba langostinera o el tomate ecológico fuera de temporada. Espero que mercadear tabaco a hurtadillas no promueva sustancias más sugerentes y clandestinas como practicar el fútbol en mi niñez en Sant Pau.

¡Leyes, normas! En la afición por promoverlas, modificarlas o derogarlas -dime ingenuo- no acabo de comprender cómo la humanidad no las ha redactado implacables, contundentes que eviten las maldades, las guerras y las pulsiones dictatoriales. Trump, por ejemplo, con la destreza dramática con que martillea los decretos firmándolos artísticamente emulando un potorro femenino, podría ser un ejemplo de bonhomía, como el dirigente israelí construyendo zonas residenciales con centros comerciales para palestinos. Ambos espejos en los que Putin se refleja para retornar el territorio arrebatado sino que les invitaría a una ronda de vodka con caviar gourmet.