La
derecha y la más derecha todavía, con la casa madre en Washington bajo el
pontificado de Donald Trump, interpretan las homilías de éste -“urbi et orbi”-
irradiando ideas a bocajarro a todo trapo. Poco a poco la gota malaya se
convierte en tormenta eficaz y perfecta, calando para alcanzar sus objetivos,
ya que las suyas son verdades absolutas e indiscutibles en la defensa -declaran
sin vergüenza- de la libertad y de la democracia para poner orden, entre otras cuestiones,
al revoltijo étnico. Asuntos de entrañas.
La
propuesta última del dirigente popular Alberto Núñez Feijóo le posiciona como
un alumno aventajado con recetas propias a la gallega. Tiene la intención de
instaurar un “visado por puntos”, un plan que no acaba de concretarse con
detalle -como el tentáculo intrépido de un pulpo con grelos- empeñado
en reconducir y agarrotar a la inmigración. La presidenta madrileña Isabel Díaz
Ayuso aporta la sal gruesa y el pimentón para darle un poco de color y una
salida una pizca humanitaria que le honra: “la inmigración hispana no es
inmigración” ¡Qué pase más torero agarrando por los cuernos el problema! Un
abrazo amigo y entrañable fundamentado en los vínculos
históricos con América Latina. Piensa en las comunidades latinoamericanas que
tienen en común la lengua castellana -seguro que ella ha dicho “española”-.
"Un argentino o un venezolano en Madrid no es inmigrante. Lo será por
cuestión de papeles, pero no lo es a ningún efecto". Únicamente se ha
ahorrado apuntar que las personas son personas, independientemente de si viven
en Buenos Aires, en Caracas o en el barrio de Salamanca.
Ya
hay quien critica la ternura acogedora de Ayuso por una medida formidable,
borrando a los simpapeles de un manotazo. Un planteamiento que también debería
afectar a los mexicanos herederos de Hernán Cortés y la Malinche, a los que
Trump repele de sus fronteras sin demasiadas contemplaciones. Habrá que hablar
y pactar con la administración norteamericana, no vaya a ser que nos pisáramos las
callosidades por pequeños detalles de nada. Feijóo quisiera hurgar y elegir en
el supermercado de la inmigración al por mayor decantándose por los
establecimientos de confianza, las conocidas como tiendas de ultramarinos con
productos más nuestros a los que tenemos el paladar acostumbrado con tolerancia
cero por la fruta picada y las papas demasiado maduras, que serán devueltas
inmediatamente.
En
la iniciativa -loable y original- podemos encontrar ciertas similitudes con la
impuesta por Trump con los aranceles. Hago a Feijóo, si llega el momento de
mandar de verdad, con un cartel grande con la lista de la compra exhibiéndola a
los periodistas. Exigente como un cliente en una selecta delicatessen pondrá
condiciones, marcará las unidades y efectuará el pedido si se corresponde con
el peso ideal. Todo retransmitido en directo por lo de la transparencia en una
especie de concurso como Supervivientes o la Isla de los Afamados. Quienes
obtengan el visado tendrán garantía porque un jurado de funcionarios con la
solvencia contrastada los habrá observado y entrevistado rigurosamente mientras
desfilan para una revisión dental, una de vigor muscular y la morfológica en
general, la decisiva, por lo del aspecto -que se queden los feos, como decían
los Sírex-. En las mujeres puntuará excepcionalmente la condición de fértil.
Este
proceso de reclutamiento me lo imagino como una especie de concurso oposición y
de méritos que deberá garantizar la libre concurrencia con publicidad. Es
evidente que la igualdad de condiciones es el meollo y el eslabón débil sobre
el que bascula la elección. Ya se verán cuáles serán los requisitos para acogerse
y poder presentarse. La Ayuso ya ha declarado exentos a los argentinos y
venezolanos que residen en la calle de Serrano en Madrid. Yo auguro una serie
de recursos con enmiendas a la totalidad o a algunas de las cláusulas. Si todos
los naturales de aquel desaparecido imperio, siempre soleado porque no se ponía
el sol, deben ser plausibles candidatos; me pregunto dónde están los filipinos
agraviados por los privilegios de los cubanos y de los puertorriqueños. ¡Los
últimos de todos en el desastre de 1898 volverán a ser de Filipinas!
Qué
haremos con los guineanos y saharianos y por extensión con los subsaharianos
que no pudimos colonizar no por falta de voluntad ni de ardor bélico, sino
porque estos territorios ya habían sido pillados por las potencias emergentes
europeas. ¿Acumularán puntos estos? Aunque declamen el Asturias patria querida
con buena entonación, lo tendrán crudo. Avanzando en el razonamiento, pero dándole
la vuelta, ¿los musulmanes, que nos conquistaron durante ocho siglos, tienen
derecho a ser acogidos? Quien nos trajo claridad, ciencia, filosofía, arte y el
cultivo del agua cuando aquí nos vestíamos sólo con lana cochambrosa y
oscuridad medieval; ¿se les admitirá algún tipo de mérito o de reconocimiento?
En
la hermandad cultural histórica constan fundamentalmente la lengua y las
creencias, la religión. Primordiales para el visado por puntos que favorecerán
a los que además aporten merecimientos como el grado de licuación del fenotipo
indígena en el ADN de los conquistadores o el punto de contraste óptimo con la
epidérmica paleta cromática europea. Los que llamamos expats, como
otras personas sin precariedades, que residen por razones de trabajo puntuales,
amor, aventura o jubilación, podríamos alojarlos, sin lugar a dudas, en los
contenedores de los migrantes premium. La cuenta corriente diluye de forma
formidable la condición incierta de inmigrante con una mano delante y otra
detrás.
Hace
poco en una conversación con una amiga a la que aprecio, Teresa, una payesa
nonagenaria de toda la vida -se acuerda de la guerra civil y de vivir sus
consecuencias- me soltó una sentencia para meditar, una buena síntesis del
momento presente: “tant els del Paper com els del cartó” s’han ben begut l’enteniment.