“Hay
tantos asnos con letra como sin ella”, una sentencia que mi suegro me dedicaba
con gesto grave cuando yo empezaba a trepar por los senderos de la pedantería,
reconocido deporte nacional practicado sobradamente. Un cóctel con un tercio de
petulancia presuntuosa, unas gotas de fatuidad y un buen chorro de sabelotodo bien
sacudidos aportan al paladar el regusto placentero del autobombo mientras la
vanagloria va derritiendo los cubitos de hielo y nos encharca la credibilidad.
Qué rabia insustancial producen aquellos personajes que tienen permanentemente
expuestos los trofeos académicos enmarcados en un lugar preferente de la pared
del despacho. Aún se puede detectar entre los “diplomados” de cierta edad, a
falta de los cinematográficos perifollos americanos de graduación actuales, paños
de pared empapelados con títulos de todo tipo presididos por la orla, el
abecedario con formato catálogo fotográfico -en blanco y negro- de los
compañeros de promoción. Recuerdo cómo renuncié no por insolidario sino por razones
económicas, un capital que no podía permitirme. El título lo recogí años
después en un viaje a Madrid por razones no estrictamente académicas. Ahora
duerme plácidamente enrollado en el cajón de la nostalgia esquina “movida madrileña”
sección Tierno Galván.
En
la mili un sargento que nos cacheaba la bolsa cuando salíamos del cuartel por
si nos llevábamos el ardor guerrero a casa se sorprendió al descubrir un libro
bien grueso en francés -o inglés-. Me preguntó qué había estudiado -Filología,
sargento mío, -respondí. -Aquello de las orejas -replicó confundiéndolo con la
otorrinolaringología. Acertó en la severa rima consonante final. Yo sólo quería
huir, darme el piro, estaba decidido, pues, a practicarle una visita rápida de oído
si hubiera sido necesario. La confusión de disciplinas no debe ser delito si no
te dedicas a la que no tienes. De haberle revisado la orejera podía haberme
arrestado a pan y soledad en el calabozo si hubiera descubierto la
suplantación.
Puedo
entender a los personajes falsificadores de títulos para poder ejercer una
determinada profesión cuyo requisito es un documentado determinado. Algunos
médicos, por significar un gremio, obtienen más prestigio mediático por esta
circunstancia que por su excelencia en la especialidad que practican sin el
título correspondiente. Logro comprender a aquellos que para obtener papeles
aportan certificaciones más falsas que un duro sevillano -les
cuestan un ojo de la cara- para demostrar estar cursando unos estudios para no
ser expulsados del país.
Todo
ello viene a cuento por el alboroto levantado en la confluencia de titulaciones
inscritas en la página web del Congreso de una joven vicesecretaria del Partido
Popular con dobles grados en ciencias jurídicas de la administración, filología
inglesa y licenciada en derecho. Toda una carrera y muchos codos que se han
concretado en la dimisión de los cargos que ostentaba amparada únicamente por
el título válido de bachillerato. No era cierto, había inflado -mentido- con
creces los méritos académicos que había colgado en la pared virtual del
Congreso. Lo pulía añadiendo una pizca de realidad, ejerce de profesora de una
universidad privada situada en Madrid. Una intelectual de escaparate
confiriendo esplendor a la clase política como los casos, también flagrantes en
la obtención sospechosa de títulos universitarios, de Pablo Casado -quien fuera
un fugaz presidente del partido- y de una cleptómana de supermercado
-presidenta de la comunidad de Madrid-, Cristina Cifuentes. Ambos sin asistir a
clase, sin exámenes ni trabajos aprobaron en tiempo récord.
¿Cuántas
medallas académicas sin fundamento llevan colgadas algunas personas? Más de las
que nos imaginamos. No incluiré, no tiene por ahora reconocimiento
universitario, aquéllos que se gradúan y licencian en la vida real por la
experiencia y la habilidad para moverse en todo tipo de situaciones, también en
las relaciones sociales. Existe la palabra coloquial mundología. Éstos
gozarían de pleno derecho de estar excluidos de los presuntos asnos sin letra
que mencionábamos. De poder obtener un recuento sería, por contraste,
aleccionador conocer cuántas personas con títulos formales -legales y
reconocidos- de prestigio, trabajan de camareros, reparten publicidad buzón a
buzón o descargan camiones en el Born.
A
los representantes electos, políticos de escaño, se les supone una conducta
ejemplar por el compromiso adquirido con los votantes. No decir mentiras
debería ser sagrado. En el caso que nos ocupa el currículo público de estos
personajes debería pasar por el colador de la comprobación documental y la
verificación en las bases de datos o en los registros de los organismos que los
expiden. Bien fácil. Mientras, dados los antecedentes, nos asalta la sospecha
de que hay algunos -demasiados- burros con título, medallas de cartón cargadas
de altivez.