jueves, 31 de julio de 2025

Burros con título.

 

“Hay tantos asnos con letra como sin ella”, una sentencia que mi suegro me dedicaba con gesto grave cuando yo empezaba a trepar por los senderos de la pedantería, reconocido deporte nacional practicado sobradamente. Un cóctel con un tercio de petulancia presuntuosa, unas gotas de fatuidad y un buen chorro de sabelotodo bien sacudidos aportan al paladar el regusto placentero del autobombo mientras la vanagloria va derritiendo los cubitos de hielo y nos encharca la credibilidad. Qué rabia insustancial producen aquellos personajes que tienen permanentemente expuestos los trofeos académicos enmarcados en un lugar preferente de la pared del despacho. Aún se puede detectar entre los “diplomados” de cierta edad, a falta de los cinematográficos perifollos americanos de graduación actuales, paños de pared empapelados con títulos de todo tipo presididos por la orla, el abecedario con formato catálogo fotográfico -en blanco y negro- de los compañeros de promoción. Recuerdo cómo renuncié no por insolidario sino por razones económicas, un capital que no podía permitirme. El título lo recogí años después en un viaje a Madrid por razones no estrictamente académicas. Ahora duerme plácidamente enrollado en el cajón de la nostalgia esquina “movida madrileña” sección Tierno Galván.

En la mili un sargento que nos cacheaba la bolsa cuando salíamos del cuartel por si nos llevábamos el ardor guerrero a casa se sorprendió al descubrir un libro bien grueso en francés -o inglés-. Me preguntó qué había estudiado -Filología, sargento mío, -respondí. -Aquello de las orejas -replicó confundiéndolo con la otorrinolaringología. Acertó en la severa rima consonante final. Yo sólo quería huir, darme el piro, estaba decidido, pues, a practicarle una visita rápida de oído si hubiera sido necesario. La confusión de disciplinas no debe ser delito si no te dedicas a la que no tienes. De haberle revisado la orejera podía haberme arrestado a pan y soledad en el calabozo si hubiera descubierto la suplantación.

Puedo entender a los personajes falsificadores de títulos para poder ejercer una determinada profesión cuyo requisito es un documentado determinado. Algunos médicos, por significar un gremio, obtienen más prestigio mediático por esta circunstancia que por su excelencia en la especialidad que practican sin el título correspondiente. Logro comprender a aquellos que para obtener papeles aportan certificaciones más falsas que un duro sevillano -les cuestan un ojo de la cara- para demostrar estar cursando unos estudios para no ser expulsados del país.

Todo ello viene a cuento por el alboroto levantado en la confluencia de titulaciones inscritas en la página web del Congreso de una joven vicesecretaria del Partido Popular con dobles grados en ciencias jurídicas de la administración, filología inglesa y licenciada en derecho. Toda una carrera y muchos codos que se han concretado en la dimisión de los cargos que ostentaba amparada únicamente por el título válido de bachillerato. No era cierto, había inflado -mentido- con creces los méritos académicos que había colgado en la pared virtual del Congreso. Lo pulía añadiendo una pizca de realidad, ejerce de profesora de una universidad privada situada en Madrid. Una intelectual de escaparate confiriendo esplendor a la clase política como los casos, también flagrantes en la obtención sospechosa de títulos universitarios, de Pablo Casado -quien fuera un fugaz presidente del partido- y de una cleptómana de supermercado -presidenta de la comunidad de Madrid-, Cristina Cifuentes. Ambos sin asistir a clase, sin exámenes ni trabajos aprobaron en tiempo récord.

¿Cuántas medallas académicas sin fundamento llevan colgadas algunas personas? Más de las que nos imaginamos. No incluiré, no tiene por ahora reconocimiento universitario, aquéllos que se gradúan y licencian en la vida real por la experiencia y la habilidad para moverse en todo tipo de situaciones, también en las relaciones sociales. Existe la palabra coloquial mundología. Éstos gozarían de pleno derecho de estar excluidos de los presuntos asnos sin letra que mencionábamos. De poder obtener un recuento sería, por contraste, aleccionador conocer cuántas personas con títulos formales -legales y reconocidos- de prestigio, trabajan de camareros, reparten publicidad buzón a buzón o descargan camiones en el Born.

A los representantes electos, políticos de escaño, se les supone una conducta ejemplar por el compromiso adquirido con los votantes. No decir mentiras debería ser sagrado. En el caso que nos ocupa el currículo público de estos personajes debería pasar por el colador de la comprobación documental y la verificación en las bases de datos o en los registros de los organismos que los expiden. Bien fácil. Mientras, dados los antecedentes, nos asalta la sospecha de que hay algunos -demasiados- burros con título, medallas de cartón cargadas de altivez.

 

viernes, 25 de julio de 2025

¡Oh, viejas garrapatas voraces!

 

Algunas sabandijas no necesitan revivir ya que no se han ido nunca, encarnizadas y pringosas no salen ni con agua caliente y lejía. Son unos parásitos con los que nos hemos acostumbrado a convivir como los piojos de posguerra difíciles de aniquilar prosperando hasta nuestros días en las cabecitas angelicales de nuestros niños cuando regresan infestados de la escuela. Sanguijuelas y afines viven de chuparnos con más o menos habilidad y diferentes estrategias la sangre. El sindicato de los buscadores de setas recientemente también nos alerta de las garrapatas. Con la bonanza, el calor y la humedad estivales éstas se columpian altivas en las ramas bajas para caer en picado como drones rusos -o ucranianos- sobre las confiadas nucas desprevenidas, no necesitan ningún tipo de provocación.

Son especies de natural vividor expertas en subsistir del sudor ajeno. Los individuos más exitosos en estas artes gozan de prestigio y llegan a alcanzar grandes cotas de poder en la colmena con una destreza de admirar para esconder la miel sustraída. Actúan sigilosamente a espaldas de las abejas obreras embaucadas por los rituales y el zumbido seductor de esos ladrones espabilados. La fábula nos muestra que en este país no por cambiar de colmena ni de reina se les pueda aislar. Algunas obreras hacen más horas que un reloj mientras los zánganos nos ponen la miel en la boca pero no nos la dejan probar.

Trasladar la fábula al plano político es un ejercicio tan elemental como pasar el peine espeso por la cabeza piojosa de nuestras criaturas. Éstos no desaparecen y algunas garrapatas vuelven cíclicamente. Es el paisaje pintoresco de la corrupción recurrente. Se les puede detectar en la fotografía de grupo como zánganos revoloteando al abrigo de los panales donde habitan el poder y la tentación. No acabamos de entrar en los sobornos “traviesos” para llegar a la arquitectura “ejemplar” de cómo reescribir las tablas macroeconómicas que un ministro rompió bajando de la montaña. Como podría proponer Groucho Marx: Señoras y señores, estas son las leyes. Si no les gustan os puedo ofrecer otras.

La reina de una colmena autonómica que disfrutó de un chalet con piscina en la sierra madrileña propiedad de la Comunidad sin estar avalada normativamente se defiende y exhibe el aguijón. Se ha dedicado a la vida doméstico-contemplativa sólo dos días, se ha traído la fiambrera de casa y ha cenado en un restaurante del pueblo. Añade que ha comprado víveres con “mis medios” en un supermercado local. Modélico. Es de lamentar por cómo la maltrata la oposición. La pregunta definitiva es si hizo la colada, lavó las sábanas, las planchó y las dejó en el guardarropa bien dobladas. Incidiendo y retorciendo -que no es mi voluntad- se la podría recriminar por si no recicló el remanente del táper y no separó correctamente la basura.

 La vida en una colmena es complicada y muy compleja. Es necesario, en ocasiones, sacrificar algún soldado con rango. Para no hilar más fino, el crucificado puede convertirse en el blanco sin más matices. Ya tenemos al culpable en singular, pero el sistema que lo propicia es poco fiable si no se ampara con mayor seguridad, transparencia y garantías. El despropósito de la asignación de los docentes en Catalunya ha sido una sacudida -intencionada o por incompetencia- muy poco afortunada que tampoco fomenta la confianza en las instituciones.

Mientras el sol de julio nos tuesta, las encargadas de producir la miel van laborando con contenida alegría concentrada. Todo tiene consecuencias. Se producen reacciones que, por ahora, todavía no alcanzan la categoría de revuelta social. Sin embargo, se han detectado algunas actitudes que quieren ser el reflejo del malestar vigente mientras las autoridades, echando balones fuera, atribuyen a un reto viral. En varias piscinas públicas de pueblos y ciudades diversas se ha descubierto que presuntos "líderes" de la protesta y de la reivindicación defecan en ellas. La situación, de hecho, es para cagarse, pero no en la piscina pública, por favor, que nos remoja -empuerca- a todos, como la corrupción.

 

lunes, 14 de julio de 2025

Un asunto de cuernos, San Fermín.

 

Para mantener un nivel alto de emoción hay que sentir que se ejecuta una actividad potencialmente peligrosa que nos pone en riesgo ya que de forma inconsciente -o voluntaria- nos exponemos. La exposición, según el tiempo que dure, también comporta un riesgo más considerable de sufrir sus consecuencias. Por qué nos atraen tanto estas experiencias en las que aventuramos algo más que el galanteo temerario normalmente ante un auditorio que observa maravillado las evoluciones valientes que exhiben. Ser un valiente, un intrépido que se juega el físico sin contemplaciones, acostumbra a la vez a convocar a los cobardes -a los gallinas timoratos- que somos el público incondicional morbosamente pendiente de posibles acrobacias finales dramáticas. Los toros son un paradigma de espectáculo por excelencia de este tipo de conductas.

En el ritual “canónico”, regulado por el reglamento y con permiso de la autoridad competente, que danza con la muerte en las plazas de toros todavía en activo a las cinco en punto -hora lorquiana- de La piel de toro, como dice el poeta, hay que situar el encierro singular de mayor repercusión por San Fermín en Pamplona. En muchos lugares de la meseta y, todavía, en algunas comarcas de las tierras catalanas también se juega a correr frente a los cuernos de un toro fuera de contexto. Existe sin embargo el divertimento más cruel de prenderle los cuernos para mayor lucimiento nocturno. Verdugos de toros en la oscuridad que se exponen. Pamplona debe el prestigio internacional al escritor premio Nobel Ernest Hemingway, un corresponsal estadounidense asiduo de Pamplona, amigo y confidente de toreros, de las siluetas publicitarias con un toro negro gigantesco y del brandy de Osborne que salpican la geografía de La piel de toro exceptuando a Catalunya donde han sido abatidos, como las corridas.

Los encierros gozan algo más de democrático que las aristocráticas corridas de toros con mantilla, mantón de Manila, habano y clavel en la solapa. No tienen un aforo limitado -numerus clausus-, son gratuitos, no debes elegir ni abonar el privilegio de ocupar un asiento de sombra. No hay trofeos ni rankings, no se cuentan las orejas -o el rabo- cortadas por una figura del escalafón taurino si no son las machucadas por una cornada fortuita a un corredor sin reflejos y ahora sin oreja. Puntuales, una escrupulosa característica tradicional en el mundo de los toros bien alejada de la precisión ferroviaria habitual o administrativa; tiran un cohete y se abre la puerta del corral coincidiendo con la señal horaria de Radio Nacional de España. La marea de corredores con el corazón alborotado, piernas socorredme, esquiva el miedo freudiano calle arriba. Unos minutos para echar el hígado por la boca y dejarse atropellar por la riada con un periódico caducado en la mano o -peor- por un animal cornudo de proporciones paquidérmicas mientras los atletas de la temeridad sudan adrenalina pura.

La afición convierte Madrid en la ciudad de los toros de veras, pone la lupa en el toro protestando airadamente en cuanto un animal sale a la plaza con el más leve indicio de cojera atacado por un inoportuno calambre puntual. En Sevilla el foco son los toreros, los maestros del pase i del lucimiento. En Pamplona, seguramente por aquello de la democratización popular de la fiesta nacional, no son tan exigentes ni con los toros ni con los toreadores. Vienen de contrastar el peligro de los encierros en las sesiones matinales, de magrear literalmente la mercancía. Para impresionar las graderías navarras hay que exponerse y llamar mucho la atención del respetable que está más por zamparse unos pantagruélicos tentempiés con exceso de colesterol o interpretar música de charanga frecuentemente ajena a los pasodobles toreros que correspondería. En esta edición ha hecho fortuna la Chica Ye-Ye de la Concha Velasco. La tragedia tragándose la merienda con fundamento o los conciertos sinfónicos para banda sin solfa callejera se imponen al tronío, al donaire y al garbo que pautan el ritual torero sin complementos ordinarios más propios de la vulgaridad populachera.

 Un tronío que no soporta comparaciones entre el traje que ilumina a las figuras con el de los corredores destartalados que ejecutan esforzados estiramientos musculares por si acaso, que la desgracia no los pille fríos y no los acabe enfriando del todo a pesar de la protección del Santo con su capote milagroso. El donaire tiene algo de estatuario, de quietud estática, actitudes que no participan del vapuleo atolondrado de quienes corren sin método ni buenos modales en los encierros; en las últimas ediciones es tendencia, como se dice ahora, hacerse una selfie pegado al resuello de un toro. El garbo viene dibujado por la capacidad de moverse con gracia mesurada, un ballet funerario dedicado a quien sacrificarán a punzadas de espada torpe.

Unos y otros tienen en común -¿un mérito?- que se exponen bien conscientemente al peligro con gran riesgo. Un controvertido asunto de cuernos muy feo en contra de los animalistas antitaurinos que se agrava si añadimos las connotaciones de género que chirrían por la aplastante ausencia de mujeres trotando para huir de la acometida. En la esencia formal debe subyacer la exposición ostentosa del paquete testicular i una coleta adosada al cogote. Dado que nada parece casual lo dejo rumiando a qué lado llevan recogido -arrimado- el paquete al cual aludíamos los maestros de la tauromaquia. Para gallear exponiendo la virilidad se debe de tener, como decía el abuelo entendido, cojones, un atributo bien masculino.