Yo
todavía me hallo entre esos pocos privilegiados a los que la familia y las
amistades rurales me permiten hacer una tortilla con huevos que ahora se denominan
“ecológicos”. De toda la vida han sido conocidos como “huevos de payés”,
aquellos que ponen las gallinas camperas rojas que a sus anchas rondan libres
por la era o viven un cautiverio de lujo, en gallineros amplios con un corral a
cubierto que les permite pasar la noche militarmente alineadas haciendo
equilibrios con una sola pata en un palo de aquellos que la sabiduría popular denigra
atribuyendo a un espacio determinado “más mierda que en un palo de gallinero”,
una expresión para ilustrar lo que no era pasablemente limpio como una patena.
La gallina es un animal doméstico subyugado con destino a la cazuela, en el
mejor de los casos, o como complemento de un caldo sustancial en cuanto deja de
poner y pierde las plumas.
Gallinas,
las de payés, que viven y conviven aparentemente felices mientras buscan
granitos de arena para llenar el buche. Son atléticamente perezosas -y
cobardes- estirando con parsimonia una pata como una bailarina para esconder el
tedio y desentumir el músculo remedando las maneras de un cisne en un barrizal.
Aves de corral lujuriosas practicando un gregarismo sin paridad de género. Un
gallinero, un gallo -altanero- que se aparea incansable sin romances con
escasos escarceos románticos. De ahí la sutilidad nada delicada de la ofensa
comparativa y ultrajante del “más puta que una gallina” en los manuales aún por
descatalogar del machismo zoofílico.
Soy,
pues, un afortunado por disponer de algunos huevos campestres de las gallinas
que hacen gimnasia, aves en forma en relativa libertad y mucho espacio donde
poder ensayar danzas a pesar del ademán gallináceo. Son huevos robustos, poderosos
y musculosos que se pueden freír, batir para enmaridar la patata con la cebolla
o hervir: huevos duros, cocidos o escalfados. Elije y remueve.
El
caso es que no siempre dispongo de este lujo y es necesario, como la mayoría de
los mortales, abastecerse de ellos en las tiendas o supermercados urbanos. En
una de las últimas expediciones para llenar la cesta compramos media docena de
huevos rubios, pulidos y de calibre uniforme expuestos en un estante sin leer la
letra pequeña que, seguro, alababa las propiedades ecológicas de unas ponedoras
sostenibles. Había que rayar un par de estos huevos en una ensalada no apta
para veganos que consideran que comerlos es una especie de aborto para el
pollito. Dicho y hecho, los herví para incorporarlos a la ensalada rusa. La
sorpresa fue el día que pretendía hacer una triste tortilla con estos huevos ya
que intentando romperlos me di cuenta de que ya estaban duros, venían
directamente de fábrica y de la tienda al plato ya procesados -por narrarlo
de alguna manera-.
La
sensación y el concepto mercantil de poder comprar los huevos ya duros me impactaron
vehementemente. No acababa de entender cómo es posible y cómo se pueden
comercializar. La pereza, la prisa o la confusión -como es el caso- propiciaron
lo que yo considero la decadencia de los huevos. ¿Hay alguien que no disponga
de unos minutos mientras pone la mesa o adereza la lechuga limpia y pulcra que
también se vende en los supermercados? Desde este asunto me aseguraré de leer
el rótulo y la letra pequeña de los característicos envases de este producto y de
otros. ¿La sostenibilidad de la despensa puede mejorar con los huevos duros ya
hechos?
No
hay ninguna duda, el mundo evoluciona. Tanto que, para la tranquilidad de los
veganos, les puedo asegurar que los huevos de granja no han visto un gallo vanidoso
ni en pintura. Yo tampoco los había detectado, los duros, en los estantes de
las tiendas. El mundo evoluciona mientras el cambio climático nos asalta sin
contemplaciones, tanto que llegué a pensar que estos huevos ya son una
consecuencia de ello. No quiero imaginarme a la madre del cordero -o de los
huevos- soportando las condiciones abrasadoras y las temperaturas extremas
propiciando que los huevos ya salgan escaldados o duros.
Puestos
a desbarrar -o no- dentro de nada los menús caseros serán diseñados con el
asesoramiento de la Inteligencia Artificial (IA). Personalizados cuidando el
historial médico con las miserias sanitarias asociadas a cada persona. Sólo
necesitaremos una impresora 3D para dar un formato vistoso, sabroso y apetecible
a los productos que deberemos agregar a una especie de olla exprés conectada a
la red donde, evidentemente, los platos en los que los huevos sean uno de los
ingredientes deberemos buscarlos previamente empaquetados en formato polvo.
Como
anunciaba, vivimos en la decadencia de los huevos.