sábado, 31 de mayo de 2025

La decadencia de los huevos.

 

Yo todavía me hallo entre esos pocos privilegiados a los que la familia y las amistades rurales me permiten hacer una tortilla con huevos que ahora se denominan “ecológicos”. De toda la vida han sido conocidos como “huevos de payés”, aquellos que ponen las gallinas camperas rojas que a sus anchas rondan libres por la era o viven un cautiverio de lujo, en gallineros amplios con un corral a cubierto que les permite pasar la noche militarmente alineadas haciendo equilibrios con una sola pata en un palo de aquellos que la sabiduría popular denigra atribuyendo a un espacio determinado “más mierda que en un palo de gallinero”, una expresión para ilustrar lo que no era pasablemente limpio como una patena. La gallina es un animal doméstico subyugado con destino a la cazuela, en el mejor de los casos, o como complemento de un caldo sustancial en cuanto deja de poner y pierde las plumas. 

Gallinas, las de payés, que viven y conviven aparentemente felices mientras buscan granitos de arena para llenar el buche. Son atléticamente perezosas -y cobardes- estirando con parsimonia una pata como una bailarina para esconder el tedio y desentumir el músculo remedando las maneras de un cisne en un barrizal. Aves de corral lujuriosas practicando un gregarismo sin paridad de género. Un gallinero, un gallo -altanero- que se aparea incansable sin romances con escasos escarceos románticos. De ahí la sutilidad nada delicada de la ofensa comparativa y ultrajante del “más puta que una gallina” en los manuales aún por descatalogar del machismo zoofílico.

Soy, pues, un afortunado por disponer de algunos huevos campestres de las gallinas que hacen gimnasia, aves en forma en relativa libertad y mucho espacio donde poder ensayar danzas a pesar del ademán gallináceo. Son huevos robustos, poderosos y musculosos que se pueden freír, batir para enmaridar la patata con la cebolla o hervir: huevos  duros, cocidos o escalfados. Elije y remueve.  

El caso es que no siempre dispongo de este lujo y es necesario, como la mayoría de los mortales, abastecerse de ellos en las tiendas o supermercados urbanos. En una de las últimas expediciones para llenar la cesta compramos media docena de huevos rubios, pulidos y de calibre uniforme expuestos en un estante sin leer la letra pequeña que, seguro, alababa las propiedades ecológicas de unas ponedoras sostenibles. Había que rayar un par de estos huevos en una ensalada no apta para veganos que consideran que comerlos es una especie de aborto para el pollito. Dicho y hecho, los herví para incorporarlos a la ensalada rusa. La sorpresa fue el día que pretendía hacer una triste tortilla con estos huevos ya que intentando romperlos me di cuenta de que ya estaban duros, venían directamente de fábrica y de la tienda al plato ya procesados ​​-por narrarlo de alguna manera-.  

La sensación y el concepto mercantil de poder comprar los huevos ya duros me impactaron vehementemente. No acababa de entender cómo es posible y cómo se pueden comercializar. La pereza, la prisa o la confusión -como es el caso- propiciaron lo que yo considero la decadencia de los huevos. ¿Hay alguien que no disponga de unos minutos mientras pone la mesa o adereza la lechuga limpia y pulcra que también se vende en los supermercados? Desde este asunto me aseguraré de leer el rótulo y la letra pequeña de los característicos envases de este producto y de otros. ¿La sostenibilidad de la despensa puede mejorar con los huevos duros ya hechos?

No hay ninguna duda, el mundo evoluciona. Tanto que, para la tranquilidad de los veganos, les puedo asegurar que los huevos de granja no han visto un gallo vanidoso ni en pintura. Yo tampoco los había detectado, los duros, en los estantes de las tiendas. El mundo evoluciona mientras el cambio climático nos asalta sin contemplaciones, tanto que llegué a pensar que estos huevos ya son una consecuencia de ello. No quiero imaginarme a la madre del cordero -o de los huevos- soportando las condiciones abrasadoras y las temperaturas extremas propiciando que los huevos ya salgan escaldados o duros.

Puestos a desbarrar -o no- dentro de nada los menús caseros serán diseñados con el asesoramiento de la Inteligencia Artificial (IA). Personalizados cuidando el historial médico con las miserias sanitarias asociadas a cada persona. Sólo necesitaremos una impresora 3D para dar un formato vistoso, sabroso y apetecible a los productos que deberemos agregar a una especie de olla exprés conectada a la red donde, evidentemente, los platos en los que los huevos sean uno de los ingredientes deberemos buscarlos previamente empaquetados ​​en formato polvo.

Como anunciaba, vivimos en la decadencia de los huevos.

 

jueves, 22 de mayo de 2025

Ganar o derrotar.

 

Desde que vivimos en la miseria eurovisiva un telón de pesimismo se ha proyectado ante el inminente verano que ya asoma alertándonos, serán necesarios la gorra, el protector ultravioleta y tararear la canción estival. Las decisiones mancomunadas del festival han relegado a la participante patria a la cola con un triste antepenúltimo puesto decepcionante que menosprecia el tronío , el empoderamiento epidérmico y el saber hacer y cantar aderezados con una pizca étnica imprescindible, el sombrero cordobés, unos faralaes y el compás de una guitarra española. Hablo sin fundamento y con poca propiedad ya que no vi la gala. Solo el eco del descalabro nacional ha propiciado que eche un vistazo a la contribución de la castiza intérprete, la diva esa de poca monta que no ha conmovido demasiadas sensibilidades melódicas. Un impacto con un punto de interés visual mientras el escote desafiaba los pectorales al borde del desbordamiento. Nada nuevo, una más que pasará sin pena ni demasiada gloria a las gramolas veraniegas con sabor a paella precocinada innovada con la salsa aprovechada de unos macarrones del día antes. En las bodegas de la canción ligera -como la llamaban- seguro que hay pescado más fresco y con unas agallas más ufanas.

Como la cosa puede ir de ganadores o, como mínimo de participantes, el último evento de masas concentrado en directo en las calles de la inquieta Barcelona -más cercano- ha sido el desfile futbolístico del Barça para celebrar la cosecha de victorias. Una vez más la ciudad se colapsa por un evento masivo como si todas las alpargatas deportivas confluyeran en el Arco de Triunfo. Maratones, semimaratones, bomberos en camiseta, carreras rosas de la mujer o las promovidas por los grandes almacenes concurren en el ensanche barcelonés. Por unas horas el sudor y el reflujo de las bebidas isotónicas se imponen a los efluvios de los carburantes. Vivir en estos distritos urbanos tan frecuentemente afectados por estos eventos de tipo deportivo -también por la celebración del año chino, la Mercè, la semana del libro en catalán o la pacificación de las calles cercanas a las zonas escolares- es un peaje más, sino cívico, penitente o mortificante para los afectados por las restricciones.

La pasión que vuelve a levantar el Barça entre la afición se congregó en las calles y en TV3 -3Cat-. Aupados en la carroza triunfal estaba la tropa de los jugadores y el general que los adiestra. Los héroes han desfilado para demostrar que son humanos, de este mundo ya que bajan directamente del cielo deportivo para exponerse a la cercanía y al rescoldo de los seguidores orgullosos por los logros alcanzados. Guerreros del césped venerados por el juego de pies y los aciertos. Mantener la retransmisión y la cobertura del desfile ha sido un ejercicio loable. ¿Qué cuentas ante la inactividad, la falta de regates, de goles y sin las polémicas arbitrales? La monotonía de la retransmisión rompía la emoción y el juego que el público asiduo exige en la arena de los estadios. No así en el certamen de la canción europea, una especie de liga a cubierto concentrada en una sucesión de intervenciones que se resuelve en una sesión final.

Lo importante ya no es participar, lo fundamental es ganar, vencer. Quién recuerda las medallas de plata o de bronce en cualquiera de las olimpiadas que concentran a los mejores de una especialidad, sea la que sea, cultural, de alpargata o de engullir calçots. ¿Quién rememora a los que no cruzaron la línea de meta en primer lugar? No ganar es empadronarse en la mediocridad. Un concepto, una percepción bien arraigada, que alcanza también los procesos trascendentes como la elección de un papa. León XIV ha llegado destacado con la sotana bien seca, sin sudor ni jadeos, sin las zapatillas rojas para un largo maratón vaticano. Empeñado en la paz -¡suerte!- contrasta con quienes disputan guerras y desatan las monstruosidades genocidas en la tierra, que también quieren ganar. Pero la guerra es derrota con humillación, aniquilación y destrucción que van más allá de vencer. La guerra desafina con espasmos de cañón. La guerra juega sucio tanto en campo propio o como visitante.

 

 

lunes, 12 de mayo de 2025

Fumata blanca

 

Ya hay papa, el sucesor de Francisco ha sido elegido como León XIV, un nombre con perseverancia. El cónclave ha sido un visto y no visto para investirle como cabeza de la iglesia católica, apostólica y romana. ¿Existían estrategias previas, prisa o una unanimidad inspirada por el Espíritu Santo que se ha vuelto mayormente eficaz? El foco de los medios, estático, observando el palpitar de una chimenea se ha resuelto con un vapuleo a la intriga y a las conjeturas, chamuscadas con gran fumarada mientras en la plaza y en muchos lugares en el mundo estallaban de alegría. Los campanarios del pueblo, en Sant Joan de les Abadesses, así se anunció con repiques fuera de las horas preceptivas aspergiendo la nueva en el valle. El centro de interés ha dejado, pues, a la prensa, a los tertulianos y a las casas de apuestas -que también han negociado- huérfanos de la fascinación por las cábalas. Cierto que alargarlo en exceso podía aplacar el interés de la audiencia en una sociedad impaciente decantada por la inmediatez.

  Yo tampoco descartaría -con todo el respeto por el asunto- ciertas urgencias más terrenales, ya que no se alcanza el rango de cardenal recién salido del seminario. Emergencias como algunas próstatas cardenalicias, la incomodidad de los uniformes o la pesadez de los accesorios. La gravedad que nos castiga a todo el mundo como personas humanas de carne y hueso.  Discreción, aislamiento y responsabilidad trascendente bajo juramento de un escrutinio que no se podrá recontar ya que las papeletas se queman. Un proceso poco transparente que sólo debe rendir cuentas ante Dios y a la conciencia de cada uno inspirada sin embargo por la divinidad. Desde la irreverencia hago algunos de los asistentes con derecho a decidir amodorradamente cansados, con los juanetes sensibles o con desgarradores dolores lumbares por no hablar de las rodillas ni de las caderas oxidadas que les chirrían. Penitencias de la carne. Debería de haber una dispensa para vestir ropa casual calzando zapatillas bien cómodas previo justificante médico. ¿Y los que cultivan el hábito de fumar? Los habrá, seguro, me pregunto cómo lo hacen. ¿Tienen breves interludios entre votación y votación o deben camuflar el vicio detrás de los efluvios de un incensario? Paso por alto a los consagrados a los grandes licores como los Aromas de Montserrat y otros estomacales digestivos de origen monástico.

El periodismo cansado de insistir reiteradamente en los momentos clave y el protocolo que conlleva tan importante ritual desplazó un poco el objetivo para informarnos de un leve terremoto cercano a Roma, la ciudad del amor -humano y divino-. De la reclusión, mecanismos y artefactos para garantizar el aislamiento absoluto también cerrado a cal y canto bajo llave a cualquier inspiración ajena. Las gaviotas -¡que no son palomas!- aportaron cierto movimiento escénico a la frialdad visual anquilosada de un tubo de estufa retro. La nota de color -simpática si lo preferís- ha sido una profana fumata rosa. Entre los opuestos negro y blanco el cielo romano también se moteó con una tintura cercana al rojo y al púrpura, de rosa color eterno.

Días consecutivos de desfiles, de cardenales en Roma y al día siguiente de tanques en Moscú. Contrastes. Claro que bajo la supervisión atenta y orgullosa de Putin -el papable de los cristianos ortodoxos- la comitiva uniformada de soldados no celebraba la paz, una de las aspiraciones del papa, sino la victoria. Trump ya se había avanzado disfrazándose de pontífice -el hacedor arancelario que en lugar de construir puentes los dinamita-. Una astracanada irrespetuosa con voluntad de alcanzar el cielo de los ególatras cual globo aerostático. Los asesores tuvieron que atarle corto con una cadena en el tobillo cuando ya iniciaba la ascensión. Estoy por confirmar que el Espíritu Santo no le ha perdonado el disfraz ni la osadía favoreciendo la designación de un   cardenal de origen americano que estos días ya le ha quitado protagonismo. ¿Cómo, cuándo y cuál será la relación entre ambos?

Tenemos papa, León XIV. No era de los favoritos en las casas de apuestas. No nos son todavía familiares su fisonomía, su ademán ni su voz. Por dónde respirará, qué impulsará, cuáles son sus metas. La sociedad, fundamentalmente el cristianismo, le seguirá de cerca y lo valorará hasta auparlo a la santidad de ser el caso. Por ahora, he emprendido una encuesta sin indicar las fuentes ni los datos objetivos en los que debería haberme fundamentado. Tendréis que creer o fiaros. Un método frecuente similar al que emplean algunos editoriales interesados ​​o que se dedican a fomentar falsedades y tendencias con piel de cordero informativa. La primera conclusión y la tendencia mayoritaria entre los sondeos que he efectuado es que este papa, León XIV, tiene cara de apacible bonachón, de aquellos a los que comprarías un artículo de segunda mano.