miércoles, 30 de abril de 2025

A oscuras.

 

Ya lo decía aquél: cuando todo va bien, ¡se va la luz! Seguramente existe un exceso de optimismo en este “todo va bien” visto el panorama. Empantanados en las guerras habituales y sin papa, mientras el Real Madrid cae humillado en el pozo de la derrota, da la impresión de que nada funciona como solía. Un desastre que se ha encarnado desde la ausencia -ya es una ironía- ensombrecida con la oscuridad literal de un apagón en la red eléctrica que ha comportado que el ovillo de las redes de la comunicación y de la información se haya enmarañado de mala manera.

Ahora mismo es el evento del siglo hasta que el equipo blanco no vuelva a ganar la Champions. Una distopía -como dice el otro- que nos ha inquietado por el aislamiento vulnerable ocasionado. La cosa tiene un aire de novela negra en un formato de serie con un argumento bien resuelto que ha de permitir segundas temporadas con más intriga aún. Todos coinciden, fueron cinco segundos -una eternidad por como de rauda viaja la luz- fatales i largos como un bolero o una crónica desafinada de un desamor en alta tensión con cuernos como protagonista.

Tampoco yo me resistiré ni os privaré del momento justo, pasado mediodía, así que he perdido la conexión a la red. La primera reacción ha sido maniobrar para intentar volver a conectarme desde el ordenador. He comprobado la salud del rúter, no es un problema doméstico, viene de ellos. Sufre una especie de parada cardiorrespiratoria, un paro repentino, inesperado y potencialmente reversible de la circulación eléctrica espontánea a causa de un proceso patológico. Resumiendo, ¡se ha ido la luz! Que el fluorescente de la escalera no permanezca encendido y que el ascensor no funcione indican que el percance puede ser considerado agudo.

El optimismo -por ignorancia- en materia tecnológica me induce a pensar que se trata de un corte preventivo por el mantenimiento de la línea de la calle o que los albañiles, empeñados a derribar el tabique de una vivienda en obras del edificio, han cortado el suministro un rato. Hay que esperar, ya volverá la luz pronto como ha sucedido en otras ocasiones. Tengo esta esperanza porque la abuela -95 años en las piernas- acaba de bajar a la calle con un andador destino al banco de las ausencias, un espacio donde el destino pasa lista a diario a los convocados. Me inquieta que el ascensor no funcione.

Pasa el tiempo y no hay indicios de que la avería se va a solucionar en un tiempo prudencial. Sin redes vivo en la oscuridad informativa más absoluta hasta que he recordado que tengo un transistor a pilas, un trasto olvidado en algún rincón. Lo recupero para enterarme de que toda la Península, toda, sufre los efectos del fallo eléctrico. El asunto ya evoluciona gradualmente de grave a muy grave y a gravísimo. Salgo a la terraza para comprobar cómo los semáforos no parpadean y en parte alguna se ve un escaparate iluminado mientras las amas de casa todavía siguen en la calle.

Escucho a Ricard Ustrell en plena maratón en la radio nacional catalana, habla más que informa de la situación. Testigos que explican su caso, su anécdota -tragedia personal- del momento. También entrevista a expertos -jubilados la mayoría- que aportan estupefacción y se niegan desde su dilatada experiencia a hacer suposiciones. Habrá que esperar, analizar el alcance y las carretadas de datos que tendrán que revisar y estudiar por si es posible desenredar el entramado. ¿Qué ha pasado, cuál ha sido la causa? Un misterio en las primeras horas que no se resuelve a lo largo del día. El locutor se convierte en un vendedor eficaz de transistores, la radio analógica con pilas, que nos permite no sentirnos tan solos y menos acojonados. Aquellos que sonreímos ante el chiste del hatillo de supervivencia ahora nos arrepentimos. Sí que era necesario un transistor cuando la nevera se convierte en un termómetro emocional que no perdemos de vista sin abrirla para comprobar si los pollos vuelven a cantar o si las hamburguesas ya han empezado a deambular como zombis comestibles.

El andador de la suegra, de líneas deportivas aerodinámicas, plegable, turbo-estático y con extraordinaria capacidad de maniobra y de giro preciso, todavía no levita ni sube escaleras. Pasado un buen rato, ellas han llegado a casa, un alivio extraordinario. La considero una heroína subiendo las escaleras hasta un noveno piso sin ascensor. Una hazaña que, espero, le haya cargado el ánimo y la confianza en sí misma. Toda una proeza. Con todo, me ha enternecido que los hijos, ambos, hayan pasado por casa en una visita relámpago para comprobar que no se nos han agotado las pilas del transistor y no hemos abierto las puertas de la nevera en vano.

El panorama intimida. Testimonios de gente varada en las estaciones. Servicios que no funcionan. La imagen de la petroquímica en Tarragona encendiendo antorchas olímpicas sucias o la falta de efectivo para comprar un bocadillo o pagar un taxi nos hace bien conscientes de lo frágiles y expuestos que vivimos. Talmente unos turistas de la vida un día sin GPS preguntando cómo llegar a la Sagrada Familia.

No me he podido contener, ante la oscuridad informativa que los gobernantes también comparten respecto de las causas del grave accidente sin precedentes, de imaginar a los culpables. Seguramente animado por el formato de intriga que presenta el asunto. Primero he pensado que podía tratarse de una revancha de los servicios israelíes -el Mossad- amparados en la tecnología para sabotear al país que les ha desahuciado unos contratos millonarios por la venta de armas. Luego, influenciado por la monserga radiofónica diversa, que podría tratarse de los tentáculos bélicos rusos. Tampoco excluyo una repentina oscilación a causa de la tensión arancelaria. El presidente del país no descarta ninguna opción. Todo es, pues, posible. A medida que los tertulianos -jubilados, ya que los especialistas en activo tienen trabajo a espuertas-, revelan la desaparición brusca de 15 gigavatios, el equivalente al 60% de la electricidad que habría de consumirse en estos instantes, lo tengo clarísimo. Se trata del robo del siglo. ¿Cuánto valen al por menor, contador a contador, 15 GW de energía eléctrica? Unos espabilados han birlado esa energía que venderán en el mercado negro entre consumidores de malvivir a precios reventados. ¡Una millonada! Ojo, un consejo, no cambiéis de compañía ni os paséis a ninguna distribuidora sospechosa medio pirata.

Identificados los presuntos culpables he reflexionado respecto de las posibles consecuencias que se tendrán que contabilizar. Las pérdidas económicas también pueden ser astronómicas, como el apagón que sufrimos. En el otro platillo de la balanza pondré lo positivo. Pocas cosas, mencionaré sólo un par, nos ha enseñado que detrás de las pantallas hay vida y podemos subsistir gozosamente tomando una cerveza en una terraza pagando con calderilla. La segunda, un efecto demostrado en otros apagones históricos, el incremento de la natalidad, ya que la oscuridad prende la alegría conyugal.

Afortunadamente en casa se ha recuperado la relativa normalidad con el regreso de la luz pasadas las diez de la noche. Sólo hemos tenido tiempo de cenar al albor de las candelas. Me aventuraré, el santoral se decantará a la hora de poner nombre a algunos mocosos que han sido concebidos al amparo de una vela aromática. Próximamente oiremos llamar a las criaturas recién nacidas con el nombre de Clara, Sol, Candela, Lucía, Luz, Aurora, Blanca...

A las diez y media ha vuelto la luz. He dejado la caja de cerillas debajo de la almohada y, como acostumbraba de pequeño en Can Francó de Cavallera, la palmatoria en la mesita de noche. He soplado la vela y se han encendido las estrellas.

 

lunes, 21 de abril de 2025

La Semana Santa.

 

Una celebración religiosa muy importante para el mundo cristiano. Esta festividad conmemora la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo repleta de actos litúrgicos, procesiones y tradiciones que varían según las localidades. A pesar de que Catalunya no es una de las comunidades más conocidas per sus celebraciones de Semana Santa en comparación con otros lugares, como Andalucía o Castilla, cuenta con un patrimonio rico y diverso que combina religiosidad, historia y cultura popular.

La Semana Santa tiene sus orígenes en las celebraciones cristianas medievales, cuando las cofradías y las parroquias organizaban procesiones para representar los pasajes de la Pasión de Cristo. En Catalunya, muchas de estas tradiciones se consolidaron durante la época medieval y han evolucionado a lo largo de los siglos, fusionando elementos religiosos con elementos locales.

El ciclo de la Semana Santa comienza con el Domingo de Ramos, que recuerda la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén y se extiende hasta el Domingo de Pascua, que celebra su resurrección. Se conmemora la última cena y el inicio de la Pasión. El Viernes Santo es un día de luto por la crucifixión y muerte de Jesús, que culmina el Domingo de Pascua con la celebración de la resurrección.

Una de las principales manifestaciones de la Semana Santa en Catalunya también son las procesiones, aunque no son muy espectaculares, tienen un carácter más austero e intimista. Algunas de las más destacadas son la Procesión del Santo Entierro en Barcelona, ​​una muy emblemática que tiene lugar el Viernes Santo. Organizada por la Cofradía de la Purísima Sangre, desfila desde la Catedral de Barcelona con imágenes religiosas y penitentes con trajes tradicionales. Destaca el Cristo de Lepanto, la talla del siglo XVI que simboliza la victoria cristiana en la Batalla de Lepanto (1571). En Terrassa sobresale la Procesión de la Pasión, de las más antiguas de Catalunya, con más de 400 años de historia. Con diferentes cofradías incluye representaciones dramatizadas de pasajes bíblicos. En Tarragona, con una fuerte tradición, destacan las procesiones del Santo Entierro y el Vía Crucis, que recorren el centro histórico con solemnidad. En Lleida, la Procesión dels Armats es un desfile singular donde los participantes, vestidos de soldados romanos, escoltan a las imágenes religiosas.

A diferencia de otros lugares, la Semana Santa catalana tiene algunos elementos propios como los recitales de caramelles el Domingo de Pascua, una tradición en muchos pueblos de Catalunya con canciones populares que anuncian la resurrección de Cristo. Los cantores van de casa en casa recogiendo limosnas en forma de dinero o de comida. La Mona de Pascua es uno de los dulces más típicos de la Semana Santa catalana, un pastel decorado con huevos de chocolate que regalan los padrinos a sus ahijados. Antiguamente, era un roscón con huevos duros, pero hoy en día ha evolucionado hacia verdaderas elaboraciones artísticas. En algunas localidades, como Vic, se conserva la tradición de vestir a las imágenes religiosas con ropas especiales para las procesiones, práctica que se remonta a la época barroca.

Pese a que La Semana Santa hoy en día mantiene vivas muchas tradiciones, en algunas zonas ha perdido parte de su carácter religioso para convertirse en un evento cultural y turístico. Se combinan actos religiosos con actividades lúdicas, mientras que en pueblos pequeños la celebración sigue siendo más íntima y popular. Se han recuperado algunas procesiones y rituales que se habían perdido gracias al esfuerzo de las cofradías y los ayuntamientos como manifestaciones singulares para promover el turismo cultural.

La Semana Santa se convierte en una mezcla de devoción, historia y cultura tradicionales. Una muestra viva del patrimonio en un mundo cada vez más secularizado. Un puente entre el pasado y el presente que desea mantener el recuerdo que forma parte de la identidad colectiva.

Buena semana “santa” para los devotos y dulces vacaciones para los curiosos.

Hoy, lunes de Pascua, ha fallecido el Papa Francisco a la edad de 88 años.

 

sábado, 12 de abril de 2025

Por favor, señor, haga un trato.

 

La prensa se hace eco de un decreto estrambótico que ha entrado recientemente en vigor, afecta a la presión del agua en la ducha para poder cuidar el cabello “precioso” color zanahoria incierto de quien lo ha firmado. Me pregunto si la medida también nos atañe a los calvos ya que no lo especifica ninguna adicional que modifique su exposición normativa o los artículos que se despliegan. Si no hay duchas exclusivas para los que peinan flequillo con prósperas margaritas colaterales se trataría de un caso de solidaridad capilar “liberando el agua para que la gente pueda vivir” que me emociona en el supuesto de que me llegara a afectar por cómo están los asuntos globales, aunque -como dice la sabiduría popular- agua con la que no te has de remojar, déjala brotar.

Enrique Santos Discepolo el argentino que firma Cambalache, un manifiesto para bandoneón con armonías de tango, acertaba con precisión ya en la década de los años treinta del siglo pasado: "Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé. En el quinientos diez, y en el dos mil también". Nos advertía que "Si uno vive en la impostura y otro afana en su ambición, da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón Qué falta de respeto, qué atropello a la razón. Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón”. Una melodía triste, como la mayoría de tangos arrabaleros, que nos acercan al desamor desgarrado o al fatalismo civil como en este caso.

"Por favor, por favor, señor, haga un trato. Haré lo que sea, señor. Estos países nos están llamando para lamerme el culo. Se mueren por llegar a un pacto". Discepolo tenía toda la razón, cualquiera no es un señor. Los discursos de gran proyección merecen maneras más sutiles aunque sea desde la hipocresía. La primera línea de la política, la más poderosa y altiva no puede permitirse la vulgaridad torpe a la pata la llana por evidente que sea. La oratoria a la brava es más propia del ámbito privado, en zapatillas y sin corbata, que declamada en un atril rodeado de medios periodísticos. ¡Cierto! De casta le debe venir al galgo.

 El delirio arancelario de no ser por la angustia comercial que lleva asociada es un argumento trepidante con mucho juego novelesco, como un libro de caballerías,  con giros de guión asombrosos e imprevisibles que puede dar juego en muchas temporadas, repleto de personajes que se les ve el plumero mientras nos dejan con el culo al aire sin lamer un día de tramontana. En el papel de vocero feriante como acostumbran las tómbolas en la fiesta patronal se han repartido varapalos económicos -aranceles- vendiendo sin persuasión alguna boletos aleatorios como quien sortea impulsivamente una muñeca Chochona o un Perro piloto. Una montaña rusa de impacto voluble sin un objetivo aparentemente definido o planificado -poca guasa- que puede colapsar la globalidad económica. China se lleva el trompazo más fuerte con un moratón en el ojo encaramado en un Dragon Khan de intereses estratosféricos.

Entre el caos monumental -urbi et orbi- y las pérdidas provocadas, los razonamientos son de swing con un palo de golf y con una gorra bien calzada a rosca para no despeinar el hermoso flequillo atacado por la fuerte presión de la ducha. La recomendación explícita consiste en incitar la compra de acciones de la bolsa a la baja en una semana muy negra provocada por ellos mismos. La tormenta perfecta en un océano financiero que justo cuatro horas más tarde se calmó acto seguido del anuncio de una pausa parcial de los aranceles. Wall Street resucitaba y cogía oxígeno con una remontada histórica en el precio de las acciones. ¿Una casualidad? ¿Veleidades bursátiles? ¿Arrebatamientos o caprichos pasajeros? Los malpensados ​​-siempre los hay- sospechan que se han manipulado los mercados a favor de sus intereses y beneficios, los de sus familiares, empresarios y algún político pasavolante afín a quienes les faltan dedos para contar las ganancias. 

Profético Discepolo: "Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón". Entre el desconcierto y la incertidumbre habrá que ver hacia dónde evoluciona todo mientras el rey de bastos cargado de ocurrencias desenfrenadas nos pone los pelos de punta. Una nueva era claramente posdemocrática asoma los cuernos en un horizonte con piel de gallina. ¿El mundo castigado por los aranceles será capaz de plantar cara o detenerlos? Permitidme que recurra al nuevo libro de estilo vigente, porque los coz en los cojones mercantiles -¡las hostias!- tarde o temprano también rebotan.