La
torpeza de Trump contra Zelenski es de Record Guinness. Una imagen,
un cromo, que ilustrará las enciclopedias animadas de cuando la geopolítica
alcanzó los niveles más abyectos de cortesía diplomática, que sería el menos
grave de los platos rotos en ese encuentro. Ha sido una demostración impúdica,
de testosterona con calcetines sudados y sobacos malolientes. El presidente
ucraniano ha pasado por Las Vegas y le han desplumado de malas maneras,
exactamente como sucede en aquellas películas de vaqueros rudos que acumulan
ases en la manga, intimidan, ganan la partida y sacan la pistola como una herramienta
de persuasión que no admite razones. Es más, Trump ya le ha dejado claro que
quien posee las cartas -es el dueño- es él, nadie más.
Al
margen de quien tenga la razón y de quien ejerza el papel de víctima, los modales
exhibidos por el emperador y su vicepresidente fueron para frotarse los ojos.
Una partida de póquer con las cartas ya no marcadas, sino que el contrincante
está obligado a hacer una apuesta con las tierras raras, los zapatos y el reloj
pero sin una baraja ni opción de mezclar los triunfos. Una escena de casino
donde la imagen de las cartas es muy adecuada para un emprendedor fallido en el
sector del juego, Trump liquidó el negocio después de que tres de sus
establecimientos se declararan en quiebra. Vistos los antecedentes no podemos
descartar que el Despacho Oval, el epicentro de la presidencia en Washington y
en el mundo, no acabe como el gallo de Morón, desplumado. Aunque el profeta que
la acertó hace años fue el presidente Obama en la cena de los corresponsales de
la Casa Blanca en la edición de 2011 donde dejó a Trump como un trapo sucio y
le convenció que se presentara a
la presidencia pese al riesgo de convertir al noble Despacho Oval en una ruleta
-rusa-.
Me
figuro a la mitad de los americanos, los que le han votado y lo tienen como el
ungido por los dioses del mercado libre con una banda de apóstoles quemando
incienso en su honor, felices. Rezando y dando gracias a Dios antes de iniciar
el primer gabinete presidencial con Musk de monaguillo decano. Muy satisfechos
de tener a un hombre excepcional que sabe situar el Golfo de América en el
mapa. Olvídese de los exquisitos indecisos, tienen el líder. El individuo único
que no duda y que llama a las cosas por su nombre en apariencia sin tapujos.
Sino grande otra vez, omnipresente. Los guionistas de culebrón ponen toda su
experiencia para tenernos enganchados al siguiente capítulo en el que se
superan con creces las facecias del día anterior. Es la estrategia de la
barrabasada que se va magnificando cada tarde con trapicheos de guión en los
que no falta la resurrección de personajes tenebrosos que han sido y han dejado
huella en el siglo XX o de emperadores romanos que se permitían quemar Roma
para acabar la temporada del serial histórico con el punto de intriga bien alto.
Veremos si llegan al apocalipsis en un capítulo final dantesco que hoy Trump ya
promocionaba para no perder audiencia, la III Guerra Mundial. A qué precio se
venderán los últimos espacios publicitarios antes del pistoletazo de salida y
de reanudar esta locura. Serán un anuncio vital de Coca-Cola como
la chispa de la vida sin azúcar ni cafeína previo al definitivo y último spot
publicitario, la promoción de apartamentos en primera línea del mar en Gaza.
De
la utopía a la distopía. De las construcciones idealizadas de una sociedad que
cree en la quimera y ensalza los ideales a una propuesta de realidad organizada
de forma opresiva o totalitaria en un futuro que presenta las características
negativas de la alienación humana. La distopía a menudo se define por la
deshumanización, los gobiernos tiránicos, posguerras de grandes dimensiones
-como la nuclear- los desastres ambientales y otras características asociadas
con cataclismos y decrepitudes sociales, un mundo imaginario -o no tanto- en el
que las personas llevan una vida miserable, deshumanizada y temerosa.
Sociedades enfrentadas en las que todos viven contra otros controlados por
alguien o por un grupo de elegidos con intereses desbocados.
Me
detendré en el aspecto formal o de estilo ya que las palabras hacen las cosas y
naturalizan las aberraciones. Ha hecho fortuna el anglicismo woke -que
rima con fake- promovido desde no hace demasiados años por los
sectores conservadores y ultraconservadores de derecha y de extrema derecha en
Occidente para designar a los movimientos e ideologías progresistas o de
izquierda de manera despectiva. Los personajes woke iban
trampeando hasta ahora asociados a la ficción, a las películas, videojuegos,
series o libros que promovían los valores sociales “progres” como la diversidad
racial, de género o de identidad sexual. Unas formas a batir o a devaluar bajo
el liderazgo de Trump y de sus secuaces.
Ya
me hizo abrir las orejas cuando el poco suficientemente ponderado -máster cum
laude en serruchos-, Milei, ahora presidente de Argentina, disparaba
la artillería a bocajarro contra el “zurderio” de la Pampa. La última aportación
intelectual de este personaje ha aparecido en un anexo de no hace justo una
semana en una resolución publicada en el boletín oficial de la nación donde se
definen los criterios médicos para medir la invalidez laboral. La agencia
nacional de discapacidad argentina califica a los susceptibles en tres grados
de discapacidad como “idiotas, débiles mentales o imbéciles”. ¡Una oda heroica
a la diversidad!
La
distopía solidificándose como un queso elaborado con leches crudas de
procedencia diversa es tendencia y se ha hecho un hueco en la mesa de la
geopolítica del siglo XXI y en el paladar de los votantes desencantados o
desesperados. Un queso intenso, mohoso y con un extraordinario hedor que ofende
el olfato. Un producto con personalidad de propiedades organolépticas
inconfundibles. ¡Qué peste! Un artículo que ya se halla en muchos supermercados
europeos con gran demanda que se ha fugado de la ficción para hacerse demasiado
real y cruel. Ya apuntaban a distopías los aviones encastados en las Torres
Gemelas o la predicción socarrona de Obama promoviendo a Trump a la
presidencia. Ya fueron unas distopías potentes la ruptura de Gran Bretaña con
la UE o la pandemia de la cual debíamos salir mejores. Aquello primo hermano de
la ciencia ficción como género que explora las posibilidades imaginadas en la
ciencia, la tecnología -la IA-, la sociedad y la vida del futuro, ya está aquí,
bien real y de cuerpo presente.
Estos
días únicamente parece que funciona con precisión, la alineación planetaria que
no se repetirá hasta dentro de 400 años. Hay un proverbio rústico que dice
“señales en el cielo, trabajos en la tierra”.