Por
el monarca destronado también pasan los años, nos confunden las imágenes de
hace tres décadas con esbozos de arrugas, leves pinceladas, que el tiempo se ha
encargado de subrayar surcando la epidermis grave de héroe salvapatrias que se
las tuvo con unos piratas con mostacho que perpetraron un golpe de estado
-visto ahora- de opereta. Pasando revista a los cromos cuche de la vida social
de hace treinta años muchos de los protagonistas habituales han envejecido,
también la monarquía, muy mal. Las imágenes del rey emérito tambaleándose, con
la movilidad afectada dependiente de las muletas humanas que le asisten en los
desplazamientos, son crueles.
En
aquella época, cuando muchos súbditos todavía cultivamos alguna margarita en el
flequillo y en el cerebro, el monarca campaba por frondosas praderas a la
sombra de la impunidad y la discreción legales al abrigo del encubrimiento, ya
se sospechaba que polinizaba alguna vedete. La crónica anunciada de otra
infidelidad de calibre real ha salido a la luz -se ha retratado- en una
publicación holandesa con fotografías rodando como un queso de bola por la
pendiente del chismorreo morboso. Mientras, la ciudadanía defraudada no se
organiza para protestar contra la monarquía en una manifestación multitudinaria
de barbacoa a concretar, surgen y se analizan minuciosamente los preliminares.
Quién, qué, dónde, quién financiaba el champán y cómo fue posible obtener las
estampas tan esplendorosas del retozar en la hierba. Un dispendio de tertulias
con delatores, cortesanos -y cortesanas- con un denominador en común, nadie ha clamado
aún que ha visto el culo a un monarca que iba desnudo. Los confidentes calculan
que todo está por llegar.
De
entre el ramillete de rubias peligrosas más del dominio público festejadas por
el galán los analistas hallan cierta pulsión paquidérmica por la caza mayor de
estas bestias de piel dura y colmillos, se ha incluido definitivamente y bien
documentada una domadora de elefantes a tiempo parcial.
La
insípida corona con actos sociales bajos en sal aptos para hipertensos con
tendencia monárquica a menudo debe animar el ambiente. Es cuando reaparece el
personaje del emérito, quien fue capaz de mantener la institución después de
que el dictador le designara su sucesor. Él sí sabe, está curtido en alimentar
la tensión argumental y en subir la audiencia cuando es necesario, aunque el
viento en las rías gallegas sople con rachas adversas desde hace unas
temporadas. La última gran iniciativa pasa por publicar unas memorias bajo la
batuta de una escritora -una negra literaria- que pone las metáforas y desbroza
el estilo. La obra magna, el testamento original que quiere legar -en francés-
para la posterioridad se llama Reconciliación, un guiño de título
ambiguo, 500 páginas pasando cuentas por su papel durante la transición o la
premonición improbable de rehacer la vida conyugal con la desconsolada reina
emérita. El protagonista suelta una sentencia para la historia, dice tener la
sensación de que le están robando -fotografías también- su
historia.
La
obra escrita en Abu Davi donde reside desde el 2020 en régimen de autoexilio, acosado
por las sospechas respecto a su fortuna en el extranjero, narrará su
trayectoria vital como suelen las hagiografías -dedicadas a glorificar la vida
de los santos- haciendo mención al pecado, a los errores y a las decisiones
poco oportunas que la historia o la memoria colectiva tendrán que redimir y
perdonar -Lo siento mucho, me he equivocado, ¡no volverá a pasar! Y en la
liberación para la reconciliación ha ideado una fundación como suelen los
exmandatarios y prohombres de grandes compañías americanas para retornar a la
sociedad una parte de la riqueza que sus actividades les reportaron. Los
beneficios de esta publicación se volcarán en la presunta fundación. Loable si
no fuera por un pequeñísimo detalle legal casi sin importancia, las herederas
de la fundación -¡coge el dinero y corre!- serán las hijas, las infantas.
Un
amigo monárquico de toda la vida, muy afligido por los acontecimientos, me ha
confesado que en las próximas elecciones, en la jornada de reflexión, se
repensará si sigue otorgando confianza a la cosa real.