lunes, 30 de septiembre de 2024

Sofocos en la casa real.

 

Por el monarca destronado también pasan los años, nos confunden las imágenes de hace tres décadas con esbozos de arrugas, leves pinceladas, que el tiempo se ha encargado de subrayar surcando la epidermis grave de héroe salvapatrias que se las tuvo con unos piratas con mostacho que perpetraron un golpe de estado -visto ahora- de opereta. Pasando revista a los cromos cuche de la vida social de hace treinta años muchos de los protagonistas habituales han envejecido, también la monarquía, muy mal. Las imágenes del rey emérito tambaleándose, con la movilidad afectada dependiente de las muletas humanas que le asisten en los desplazamientos, son crueles.

En aquella época, cuando muchos súbditos todavía cultivamos alguna margarita en el flequillo y en el cerebro, el monarca campaba por frondosas praderas a la sombra de la impunidad y la discreción legales al abrigo del encubrimiento, ya se sospechaba que polinizaba alguna vedete. La crónica anunciada de otra infidelidad de calibre real ha salido a la luz -se ha retratado- en una publicación holandesa con fotografías rodando como un queso de bola por la pendiente del chismorreo morboso. Mientras, la ciudadanía defraudada no se organiza para protestar contra la monarquía en una manifestación multitudinaria de barbacoa a concretar, surgen y se analizan minuciosamente los preliminares. Quién, qué, dónde, quién financiaba el champán y cómo fue posible obtener las estampas tan esplendorosas del retozar en la hierba. Un dispendio de tertulias con delatores, cortesanos -y cortesanas- con un denominador en común, nadie ha clamado aún que ha visto el culo a un monarca que iba desnudo. Los confidentes calculan que todo está por llegar.

De entre el ramillete de rubias peligrosas más del dominio público festejadas por el galán los analistas hallan cierta pulsión paquidérmica por la caza mayor de estas bestias de piel dura y colmillos, se ha incluido definitivamente y bien documentada una domadora de elefantes a tiempo parcial.

La insípida corona con actos sociales bajos en sal aptos para hipertensos con tendencia monárquica a menudo debe animar el ambiente. Es cuando reaparece el personaje del emérito, quien fue capaz de mantener la institución después de que el dictador le designara su sucesor. Él sí sabe, está curtido en alimentar la tensión argumental y en subir la audiencia cuando es necesario, aunque el viento en las rías gallegas sople con rachas adversas desde hace unas temporadas. La última gran iniciativa pasa por publicar unas memorias bajo la batuta de una escritora -una negra literaria- que pone las metáforas y desbroza el estilo. La obra magna, el testamento original que quiere legar -en francés- para la posterioridad se llama Reconciliación, un guiño de título ambiguo, 500 páginas pasando cuentas por su papel durante la transición o la premonición improbable de rehacer la vida conyugal con la desconsolada reina emérita. El protagonista suelta una sentencia para la historia, dice tener la sensación de que le están robando -fotografías también- su historia.

La obra escrita en Abu Davi donde reside desde el 2020 en régimen de autoexilio, acosado por las sospechas respecto a su fortuna en el extranjero, narrará su trayectoria vital como suelen las hagiografías -dedicadas a glorificar la vida de los santos- haciendo mención al pecado, a los errores y a las decisiones poco oportunas que la historia o la memoria colectiva tendrán que redimir y perdonar -Lo siento mucho, me he equivocado, ¡no volverá a pasar! Y en la liberación para la reconciliación ha ideado una fundación como suelen los exmandatarios y prohombres de grandes compañías americanas para retornar a la sociedad una parte de la riqueza que sus actividades les reportaron. Los beneficios de esta publicación se volcarán en la presunta fundación. Loable si no fuera por un pequeñísimo detalle legal casi sin importancia, las herederas de la fundación -¡coge el dinero y corre!- serán las hijas, las infantas.

Un amigo monárquico de toda la vida, muy afligido por los acontecimientos, me ha confesado que en las próximas elecciones, en la jornada de reflexión, se repensará si sigue otorgando confianza a la cosa real.

sábado, 21 de septiembre de 2024

Móviles homicidas.

 

La guerra es innovadora. Aguza la capacidad para ser más efectivos masacrando al enemigo. Sin embargo, en paralelo, se buscan sistemas de defensa más seguros para contrarrestar los avances del adversario. Hay adelantos -si se les puede llamar así- que tienen su origen y han trascendido desde la investigación bélica. La red de alcance mundial -la web- se desarrolló por la necesidad de descentralizar la información para que no sea vulnerable a una acometida puntual. Deteriorando un terminal informático no se destruye la información ni la capacidad de comunicación a la que tienen acceso el resto de puntos en la telaraña. Algo tan inusualmente innovador como aquel que calzó con crampones a unos elefantes para atravesar los Alpes e intentar conquistar Roma. El arte de la guerra es creativo aunque con mucha frecuencia de natural perverso. 

El impacto de las explosiones de unos aparatos que habían nacido para la comunicación siendo masivamente letales nos ha dejado con un palmo de narices. De película -inverosímil- de acción hollywoodiense o directamente de ciencia ficción. Hacer estallar un aparato destinado a otra función es posible y se ha realizado a lo largo de la historia. La imagen cinematográficamente decana de un despertador de aquellos que iban con cuerda asociado a un fajo de explosivos es mítica y ha sido recurrente. Estos días un ataque inédito a las comunicaciones de Hezbollah marca un nuevo hito, un punto de inflexión escalofriante, desde el juego inocente de los espías tradicionales confundiendo al enemigo o creando opinión a convertir el canal, el punto por donde transcurre físicamente la información, en arma mortal existe un paso de gigante con botas militares.

Ha sido posible hacer estallar al mismo tiempo unos aparatos obsoletos causando muertes y muchos heridos. Justo al día siguiente volvieron a estallar otros aparatos, también de tecnología rancia, algunos cerca de los lugares en los que se celebraba el funeral de las víctimas del día anterior. Transformar buscapersonas en armas de destrucción individual, introducirlos entre la milicia y detonarlos coordinadamente tiene mérito desde la perspectiva de la estrategia. Han atacado y significado a los miembros de Hezbollah - daños colaterales al margen- causando miedo y desconcierto. Qué más les puede explotar.

Esta es la pregunta que se hace el mundo entero desde este ataque con buscas y con walkie-talkies. Se suele decir que la información es poder, una fuerza que se puede utilizar para asistir a otros, como una herramienta poderosa de negociación o para hacer daño destruyendo la credibilidad de alguien. Ya podemos añadir otra virtud, la información también mata -asesina-. Si pueden hacer detonar a un buscapersonas descatalogado, de lo que no serán capaces. ¿Y el móvil? Un aparato definido como inteligente con prácticamente infinitas aplicaciones se ha convertido en el blanco de las sospechas. Que nos vulneren la intimidad, nos graben o nos escuchen todavía estaba lejos de esta nueva alternativa. Hasta ahora sólo hemos desconfiado, condenándolos en el transporte público, de los patinetes eléctricos. ¿Quién seguirá durmiendo con el móvil en la mesilla de noche? Los intrépidos.

Por prevención auguro un distanciamiento -más físico que de dependencia- de este ingenio. Responder a un número desconocido será un alivio cuando el interlocutor nos quiera endosar un cambio de compañía de la luz, del gas o de proveedor de internet ya que una llamada o una vibración silenciosa en el bolsillo -como el tic-tac sospechoso en un estuche para violín- comportará la emoción perturbadora de justo antes de colocarse un arma en la sien y de apretar el gatillo.

-¡Diga!

jueves, 12 de septiembre de 2024

La Diada 2024.

 

Lejos de aquellas multitudes de otras ediciones se ha celebrado la Diada con un Presidente de la Generalidad no independentista. La gráfica de la asistencia a las manifestaciones del Onze de Setembre desde el 2012 produce cierta desazón por el descenso y por la desmovilización presencial que han sufrido. Ha sido una manifestación descentralizada que según los recuentos de las policías locales habría congregado a unas 70.000 personas, lejos del millón largo de aquellos encuentros coreográficamente bien alineados o de los de las cadenas humanas capaces de abrazar el territorio.

Este año he vivido el acto de la Diada en Sant Joan de les Abadesses, que ha coincidido justo el día después de que se haya terminado la fiesta mayor de este año, el calendario ha provocado que este 11 de septiembre, miércoles, comporte un día de fiesta más para digerir canelones y reanudar al día siguiente el curso sin el ajetreo que los actos de la fiesta mayor han ocasionado. Volverán a salir a la mesa puesta el remanente de las comidas y el cava desbravado en un ejercicio de sostenibilidad gastronómica para reciclar los excesos. Todo debe aprovecharse.

Lejos de las grandes manifestaciones, en el pueblo la Diada se celebra con discreción en el claustro del monasterio, sin grandilocuencias gestuales ni promesas. Un acto de afirmación nacional breve con un parlamento del alcalde y la posterior ofrenda floral de las diversas entidades que se organizan y perviven en la Baronal Vila de Sant Joan de les Abadesses. No tengo la referencia de la gente que reunía en ediciones anteriores ya que es la primera vez que asisto. No dispongo de los datos de participación que la Policía Local suministra en las poblaciones que pueden permitirse el lujo de poder liberar a un agente para realizar estos recuentos aritméticos. Éste tampoco ha sido un acto lugareño multitudinario, las costuras del claustro podían contener a mucha más gente. Sí que a la sombra del románico milenario del monasterio el himno con el que se ha cerrado el acto favorecía cierta solemnidad gregoriana soberbia con un punto de misticismo ufano.

La desmovilización ciudadana es algo que cada año aparca más gente en el sofá de casa. Los partidos que han sido incapaces de reeditar un gobierno independentista en las últimas elecciones viven empeñados en descalificarse -y destruirse- mutuamente en una lucha cainita cargada de disputas electoralistas mientras las entidades independentistas -ANC y Òmnium- señalan esta desavenencia como el motivo principal de la pérdida de músculo del movimiento. Todas las entidades convocantes han apelado conjuntamente una vez más a favor de una unidad que, por ahora, no florece por ninguna parte.

A las comparativas habría que añadir un dato significativo difícil de calibrar. ¿Se trata sólo de un desencanto circunstancial por el actual panorama político? ¿O bien el independentismo flaquea? Podríamos relacionarlo con el vigoroso abstencionismo independentista de las últimas elecciones catalanas. Las respuestas a la causa-efecto deben ser gemelas sino son la misma.

En esta orilla se interpreta el bajo tono como una rabieta absentista que debe volver a ser rico y pleno porque el independentismo sigue estando de siesta con un ojo abierto pendiente de levantarse del sofá como un torbellino con un buen golpe de hoz cuando la hora lo requiera. Río abajo la catalanofobia política endémica es muy rentable con una polivalencia versátil propia de una llave inglesa ajustable a todos los calibres, como una navaja suiza con múltiples e inverosímiles prestaciones; habrá que ver qué lectura harán aquellos que, cuando las manifestaciones eran extraordinariamente numerosas, no hacían mención ignorándolas o maniobraban torpemente las imágenes. Cada uno lleva el agua en su molino.

Ante la duda existencial, la manera de averiguar el peso y la voluntad de unos y de otros pasaría por poner a un guardia urbano de ciencias a contarnos. Hagámoslo con garantías y juego limpio convocando una consulta -que no deja de tener un punto de ruleta rusa- para desenredar la incertidumbre confirmando que muchos sólo estaban adormilados o bien que el independentismo tiene un pie en el agujero negro del desencanto.

Esta Diada -cavilo mientras me zampo los canelones recalentados de la fiesta mayor- que ha tenido pocas burbujas, como un culín de cava sin demasiado ímpetu de la botella abierta en ediciones anteriores.

¡Buen curso!