La
innovación del formato en el acto inaugural de los juegos olímpicos de París ha
sido ciertamente rompedora. Nos ha descolocado también a quienes teníamos la
certeza que la torre Eiffel integraría la llama olímpica como una chimenea
industrial rediseñada para destilar el fuego sagrado. No fue así. La opción de
que el pebetero olímpico sea un globo similar al que se elevó en el mismo
lugar, en Les Tulleries, en 1783 mientras Céline Dion renovaba la Piaf
considero que es uno de los aciertos más afortunados de la ceremonia.
¡París!
La ciudad de la luz y del amor. ¡París! La sede de los juegos olímpicos del
2024, el epicentro de la élite deportiva, pasada por agua durante la larga
ceremonia de inauguración. Asistir desde el sofá de casa con un chaparrón baldeando
los adoquines de mayo del 68 nos impregnaba también la melancolía en medio de
la soledad de postal casi apocalíptica que nos ofrecía la ciudad en este
epicentro mientras los relevistas finales se aproximaban al globo que sublima y
caldea los recuerdos de cada uno de nosotros respecto de París.
Un
punto y aparte ciertamente distinto. Por primera vez no se celebran en un
estadio recluido y bien acotado. El Sena, la gran serpiente acuática que repta
por París fluía majestuosa meciendo golondrinas fluviales cargadas con las
delegaciones nacionales -la parte más soporífera de la ceremonia-, una flota
abigarrada de diverso calibre a mi juicio con una carencia significativa, las
sostenibles gabarras a pedales. El ondear entusiasta de banderas se ha hecho
largo como un día sin pan. Demasiados artefactos de río cargados con una
constelación estelar musculada de niños convulsos que se van de vacaciones.
Una
ceremonia a cielo abierto -difícil de custodiar- se ofrecía a toda la ciudad.
También las sedes de las diversas modalidades esparcidas por toda París. Un
concepto original que no ha podido sustraerse al formato documental de anuncio
chovinista previamente grabado que costaba integrar mientras los fotogramas se
cobijaban en impermeables de todo a un euro de las salpicaduras, del guirigay
de la marina fluvial y de la inoportuna tormenta persistente que empapa los
principios revolucionarios ensanchados por la paridad de género y con la sororidad.
Una
de las novedades que he celebrado, la ausencia destacada en la pantalla de los
notables presentes en los palcos de honor, los dignatarios han sido
ostensiblemente ignorados. Las cámaras en directo no se han prodigado. Sólo
Emmanuel Macron -abucheado por una parte del público presente- mientras
declaraba inaugurados los Juegos Olímpicos de París 2024, ha tenido el
protagonismo protocolario breve que correspondía. Este monumental negocio
mediático no está por lecturas geopolíticas significadas ni personificadas. El
equilibrio y la comprometida situación global son mucho más delicadas que el
lugar que se les asigna en el palco y junto a quien, todo un puzle cargado de
formalidades y de perfumes franceses.
La
Francia actual políticamente incierta ha proyectado al mundo la tierna imagen
de acordeón romántico políticamente correcta combinada con la versión desgarrada
-irreverente y blasfema para algunos franceses- de una heterodoxa santa cena
transformista. Hemos asistido también a la recreación aséptica de una testa
guillotinada participe de la algazara inaugural. Podríamos decir que pretendía
ser el manifiesto de una parte de la Francia incierta -la parisina-
sublevándose. La simulación de la última cena de Leonardo da Vinci en la performance protagonizada
por drag queens ha levantado mucha polvareda entre algunos
grupos religiosos -también en la iglesia católica francesa- que la han
considerado una “burla y mofa del cristianismo”.
Estoy
por asegurar que Leonardo no se inspiró en una exuberante apóstol barbuda. La
cuestión es si algunas personas no pueden llevar el agua a su molino en asuntos
de trascendencia espiritual o celebrar la tolerancia, aunque sea desde la
provocación artística. Puestos a hilar fino también estoy casi seguro de que no
hay demasiadas personas -ni instituciones- que puedan permitirse lanzar la
primera piedra.
¡Qué
vertiginosos, sin embargo, se suceden también los años olímpicos!