Con
la mona de Pascua nos llega una noticia impactante que remueve los parámetros
habituales por los que evoluciona el mundo de la política. Un personaje asiduo
de los que entran en casa con mucho predicamento sin llamar a la puerta porque
es como de la familia ha anunciado que da “el salto” a la política. Ya habrá
adivinado que hablo del meteorólogo de TV3 Tomàs Molina. El rostro más
mediático de las predicciones meteorológicas, el programa más visto de la
televisión catalana. El que marca la hora de acostarse y condiciona -por lo del
predicamento- si las abuelas amanecerán con calcetines gruesos de lana y
bufanda porque Molina les ha dicho que bajarán las temperaturas.
Será
uno de los contados políticos conocidísimo que concurre a las elecciones, no
tendremos que leer su biografía con premura para ilustrar su vida y milagros.
Un buen fichaje. Quien no conoce a qué se dedica Molina. Un profesional sólido
con conocimiento demostrado y una excelente capacidad para comunicar. Si la
intención y la vocación eran llegar a presentarse por un partido político a los
sesenta años habrá estado haciendo campaña electoral toda esta eternidad bien horneada
por los rayos de los focos ensayando perfiles propios de funámbulo en la cuerda
floja de la predicción para pronunciar sermones de impacto apocalíptico como un
pedrisco asolador. ¡Cuántas abuelas a las que ha ahorrado una gripe estacional
no querrán votarle!
Tomàs
Molina entra en la arena política sin la capa protectora que le confería hasta
ahora el personaje público que representaba. Justo hacerse pública la noticia,
le han salido como setas fuera de temporada enemigos nada entrañables que lo trituran
en las redes con más rabia que si la hubiera errado en una nevada de fin de
semana en el Ripollès o se hubiera atrevido a predecir el tiempo en Andorra la Vella.
Quiere romper una lanza en contra del cambio climático desde la competencia y
el conocimiento que se le supone. Algo que deberíamos exigir de aquellos que
quieren representarnos. Gente que sabe de qué habla, que ha visto una cabra de
cerca, ha rascado pizarras, ha atendido a pacientes; aquéllos que tienen el
culo pelado en gestionar conflictos y resolverlos. Candidatos para parlamentos
y gobiernos, sino de los mejores, de los entendidos, personas comprometidas
políticamente con ideas y objetivos.
Veremos
cómo le va al Molina. Su popularidad tiene un plus como candidato pero también
una exigencia que le pondrá bajo la lupa y la crítica del adversario; a la
larga también, si logra ser elegido, de los que le votaron. Que el próximo
salto no sea por la ventana. En el recuerdo anecdótico la defenestración
repentina -que no pasó por las urnas- del colega, también hombre del tiempo,
Alfred Picó. Larga vida a quienes insisten.
Lluís
Llach, ahora Tomàs Molina, son personajes que vienen avalados por largas
trayectorias profesionales que se acercan a la política desde vertientes donde
han tenido éxito. Políticos singulares valorados a la ligera como “pardillos”
no profesionales por la oposición y a menudo por los propios compañeros en voz
baja y fuera de cámaras. Políticos en rodaje, novatos, que deben integrarse en
los circos romanos llenos a rebosar de leones y fieras diversas con colmillos
que los quieren arañar cuando no merendar. Suerte y acierto a todos los que se
incorporan llenos de voluntad y ganas.
Ahora
que empieza a llover, se marcha Molina, un presentador cargado de bonhomía
cordial. Espero que en medio de los radares con tanta tormenta política acierte
la predicción para que una borrasca atlántica no lo haga naufragar o no lo engulla.