sábado, 30 de septiembre de 2023

Investidura fallida.

 

Asistimos inmersos a un serial político largo de reparto coral, un surtido de personajes abundante con muchos figurantes, algunos con frase larga y otros de guión breve, basta con un “sí” o un “no” sin matices ni discursos. Alcanzan así el máximo de protagonismo que exaltan con aplausos impetuosos, griterío, furibundas patadas y, también, algún insulto como una pedrada mezclados en el fragor del combate parlamentario. La gran mayoría son personajes relativamente anónimos para el público en general que ejercen de secuaces incondicionales sometidos a la férrea disciplina del partido. El verso libre en las filas de la tropa política suele agonizar en una existencia nublada.

Cuesta creer que la tarea visible que deben realizar mayoritariamente consista en pulsar un botón o en pronunciar el sentido del voto con un desnudo monosílabo sin adjetivos de color, únicamente el blanco o el negro. Los discursos, los papeles largos, están reservados a los protagonistas que figuran en los carteles y en los rótulos de neón que atraen a las audiencias. Los guionistas audaces muy extraordinariamente introducen giros inesperados para añadir intriga o golpes de efecto en la trama. Un recurso para distraer contra el sopor aquello que participa de la previsión argumental que el público ya conoce antes de que irrumpa el séptimo de caballería para propiciar un final feliz donde los buenos siempre deberían vencer. 

El paradigma del daltonismo parlamentario lo ostenta un diputado que propició la reforma laboral equivocándose a la hora de emitir el voto, clave y decisivo para sacar adelante el decreto. Unos meses más tarde repitió la jugada, volvió a equivocarse en el sentido del voto que proponía su formación. Hace pocos meses, descartada la condición de “verso libre sin rima” dimitió mientras un alto tribunal le acusa de prevaricación y malversación de caudales públicos. Visto desde fuera me conmueve el papel del antihéroe que le ha tocado interpretar en la escena ingrata de la política. ¡Quién no se haya equivocado que tire la primera piedra! Yo, después de unas sesiones de discriminación cromática entre el verde y el rojo amparadas en las melodías de Barrio Sésamo interpretando la canción de los colores, le habría concedido una tercera oportunidad de gracia.

Otras señorías también la han fastidiado en el momento decisivo de la votación. No han sido tan chapuceros ni trascendentes como en el caso mencionado, pero se ha producido un revuelo considerable. Una variante para adquirir protagonismo que ni apelando a explicaciones complejas -de heráldica freudiana- respecto del apellido del abuelo que pasó al padre para acabar ostentándolo el implicado, puede sustraer la sensación de ridículo que comporta. O quien vota bajando del huerto estando en Babia con segunda residencia en el limbo -o no, como recelan algunos maliciosos-. En esta investidura por capítulos, una de las sospechas avaladas por los exitosos antecedentes ha sido la posibilidad de lo que se conoce como tránsfuga -también llamado judas-. Personajes que posibilitan milagros porque votan conscientemente con alevosía para facilitar la investidura del contrincante.

En la primera temporada de esta serie por la investidura ha sido una posibilidad, la de los tránsfugas, que planeaba muy verosímil cuando el candidato apelaba a los políticos de buena voluntad -las buenas personas con criterio- del partido de la oposición para que dieran el salto cambiando el sentido del voto. Quién podría tacharlos de desleales cuando el apocalipsis puede hacer tambalear los cimientos de la tierra como pronostican las divinidades veneradas como unas momias políticas exhumadas.

Las perversas aritméticas salidas de las elecciones anticipadas han propiciado que empiece en breve la segunda temporada con los mismos actores y secundarios. Se trata del segundo asalto -previsible- a la investidura. Podremos disfrutar de una nueva entrega intrigante que puede acarrear una tercera parte, la vuelta a la casilla de salida si los dados en las negociaciones lo propician. Veremos cómo se desarrolla y si es posible llegar a acuerdos y compromisos para obtener el apoyo de esta confluencia formidable que deberá alinearse para llegar a buen puerto con el viento favorable de un entendimiento. Tan apasionante como incierto. Permaneceremos expectantes.

Del procedimiento al fondo de la cuestión en cuanto al posible relato de lo acontecido hasta este momento está todo dicho según el color del cristal con el que los medios nos han irradiado analizando la crónica parlamentaria. Con Catalunya como epicentro el candidato fracasado se ha presentado como único garante de convivencia, igualdad y libertad. Son la piedra filosofal democrática contra el caos porque han sido los vencedores morales contra la adversidad numérica que les ha descabalgado. La posible mayoría en la segunda vuelta ya la consideran ilegítima. Una posición de negación del adversario acotada por líneas rojas con el apoyo doctrinario de una reeditada formación del espíritu nacional. Del soliloquio cargado de ocurrencias sin demasiadas propuestas al ruido de la descalificación en medio de la exasperación por la actitud de pasmarote del otro candidato que, desde ahora mismo, deberá definirse.

Estas sesiones de investidura fallida podrían resumirse como la celebración exaltada de una derrota anunciada.

 

viernes, 22 de septiembre de 2023

Trashumancias.

 

Que los humanos somos seres gregarios es una evidencia que explica el progresivo despoblamiento del mundo rural. Tendemos a la bandada, a agruparnos en rebaños cuanto más numerosos -también despersonalizados- mejor. El gregarismo apela y define esta tendencia que parecería contradictoria contrastada con la soledad en compañía, multitudinaria, que algunos resolvemos empapuzando a las palomas de la Plaça Catalunya. Porque, ¿Dónde va Vicente? ¡Donde va la gente! Ciudades como colmenas de convivencia comprimida que en determinadas épocas los habitantes de las cuales nos desplazamos para invadir espacios que el resto del año permanecen casi vacíos o con una población estable escasa, testimonial, convirtiéndose en los defensores de las segundas residencias y de los establecimientos hosteleros adormilados.

En los períodos de vacaciones se produce un éxodo urbano con tirada mayoritariamente hacia la costa. Algunos se desplazan a destinos turísticos más allá de las fronteras. Otros, atacados por la melancolía, recuperan las aldeas de las que se marcharon buscando oportunidades y bullicio. Se produce una especie de trashumancia estacional como solían los rebaños de vacas y de ovejas en busca de pastos donde los haya según la época del año. En la montaña sin nieve en verano y en la dehesa verde los inviernos. A diferencia del ganado, la sociedad acomodada le ha dado la vuelta a la preferencia menospreciando los pastos buscando la nieve y la arena. El ganado del Ripollès tiene todavía los pastos de invierno en el Empordà en una trashumancia motorizada o anecdótica cuando transitan como solían, a pie, por las vías pecuarias pertenecientes sólo al rebaño. Ninguna persona, autoridad, carretera o ciudad no pueden negarles el derecho de paso. Estos caminos ganaderos son anteriores a los caminos reales o a cualquier carretera. En esas disposiciones históricas reside la legitimidad -ahora excepcional y pintoresca- de ver desfilar un mar de ovejas por la gran vía de una gran ciudad.

 Las nuevas explotaciones ganaderas no practican la trashumancia, se decantan por la estabulación más funcional y productiva garantizando el confort animal recluido en una granja. Esto ha comportado que la preferencia de paso la ostenten las largas colas de vehículos y los atascos. De la esquila a la bocina, del tufo a oveja al efluvio de la gasolina. La trashumancia, pues, permanece en el cajón de las cosas perdidas, de aquellas que nadie las reclama y mueren en el olvido amortajadas con telas de araña y polvo.

Aquella actividad ancestral comprometida con la subsistencia es materia de algunos estudios para explicar su alcance e importancia que tuvo en épocas pasadas. Ya en el siglo XIII se crearon agrupaciones de campesinos y ganaderos dado que éstos, debían atravesar las tierras de los agricultores con sus rebaños dos veces al año diezmando coles, acelgas y alubias -un desperdicio-. Esto se enmendó acotando unos itinerarios concretos, las cañadas, una red que cruzaba la Península del norte al sur regulada por los monarcas de los diversos reinos. Existieron organizaciones muy poderosas debido a los privilegios que los reyes les concedieron, puesto que la lana era uno de los productos principales de exportación a Europa. El algodón todavía no había llegado. También, dicen, esta fue una de las causantes de la deforestación sufrida en la Península ya que la gran cantidad de ganado necesitaba muchos pastos para alimentarse. Ahora la lana de los migrados rebaños ripolleses nadie la compra y no se puede ni quemar porque es materia ignífuga.

Hace unos años las migraciones ya no son de ganado aunque existan muchas similitudes. Seres humanos que huyen de la guerra, de la aspereza y la sequía de las tierras donde tradicionalmente vivían; en definitiva, del hambre buscando nuevas oportunidades. Las imágenes que nos llegan ilustran que los caminos ya no pertenecen -tampoco- a las personas ni cuando son tratadas como ovejas buscando los verdes pastos. Acogidos en dudosos corrales, si logran cruzar el mar, contrasta la imagen poderosa esquivando toallas y cuerpos bronceados sorprendidos por estas bandadas de piratas desarrapados y atemorizados que asaltan las playas en temporada turística.

Hablando de rebaños no dejaremos de lado a unos colaboradores imprescindibles, los perros ovejeros, los compañeros útiles de los pastores. En el contexto del reconocimiento de las lenguas cooficiales en el Congreso -en Madrid- me ha venido en mente lo que me contó un pastor que había adquirido un perro con todas las garantías y virtudes que debe tener un chucho para meter en vereda a las ovejas díscolas. Me decía que los primeros días se sintió embaucado, una tomadura de pelo porque el animal le miraba curioso y atento, se fijaba, pero no conseguía que respondiera a sus órdenes. -¡Al suelo!- la reacción era nula. El perro lo contemplaba con intensidad, movía gozoso el rabo, pero no se movía, no obedecía. Vamos, un muerto. Perezoso o sordo, tampoco lo parecía. Había acogido a una máquina de pudrir pan. No reaccionaba ni cuando sólo pretendía que se sentara. Con los días probo de hablarle en el torpe castellano que empleaba el pastor, “¡Munta p’arriba!- le atizó con contundencia. Mismamente un milagro de ver como aquel perro corría como un cohete tras las ovejas descarriadas. De este hallazgo no amarraría al perro con longanizas -como decimos-, pero sí que acabaron por entenderse tras mucha paciencia y perseverancia porque el animal inteligente se ha vuelto bilingüe i ha llegado a beber con porrón.

martes, 12 de septiembre de 2023

Otoño.

 

Escribía hace siete años, manteniendo cierta vigencia todavía, que septiembre carece de la luminaria y del guiño navideños para convertirse en lo que le correspondería por mérito, devenir la puerta real del año. El melancólico septiembre cierra el círculo de la naturaleza, pero le escamoteamos la parafernalia de la cuenta atrás poniendo el reloj a cero inaugurando el año solar oficial. Septiembre nace menospreciado y deprimido, tocado por la desolación pesada de volver, al trabajo, a la escuela, a la pálida monotonía y sin la banda sonora de una canción rumbosa de verano. Es un poco la apertura perezosa -y fúnebre- para una sinfonía de calendario. El romántico Peppino de Capri, una de las voces más populares de la canción napolitana, quiso remediarlo; todavía debe tener la patente de una melodía de latir lento y bailar aplomado –Melancolía en septiembre- que triunfaba como tonada hiperglucèmica de bailar pegados en la década de los sesenta.

En la rueda vital de la naturaleza el otoño era preludio de frío, de letargo. La antesala de una hibernación reparadora antes del estallido generoso, luminoso y verde con el que nos sorprendía y redimía la primavera frondosa. ¡Cuántos días tendremos que deshojar para llegar! No nos deprimamos, levantemos los corazones y encendamos las luces. Aprendamos, como solían los campesinos, a celebrar la cosecha y a mirar con gozo la despensa llena con el cereal a buen recaudo y la bodega risueña. ¡Feliz fiesta mayor de otoño!

Podemos confirmar proclamando que si no estrenamos año, inauguramos curso. Curso escolar, curso político -este inédito-, año fiscal -este doloroso-, año agrícola con el inicio de las labores de preparación hasta la cosecha incierta y el año litúrgico, una mezcla con el oscilante calendario lunar que determina el ciclo pascual. Constato que entre todos se prefiere el año sabático.

Septiembre es el mes de las segundas oportunidades, del arrepentimiento y la redención cuando tostados por sol, excesivamente dorados por lo poco que nos habíamos concentrado, nos pasaban por la plancha -al ast y sin criterio- de los exámenes que nos recortaban la libertad y el disfrute estivales sin remordimientos -¡Niño, estudia!- Melancolía también de aquellos septiembres adolescentes. Mientras, un curso más. Un septiembre más. Un año más. Un reto más con el pistoletazo de salida al nuevo curso escolar que nos condiciona toda la vida. Llegados a estas fechas hace falta un homenaje cargado de reconocimiento profesional a los maestros en general y uno de entrañable a los abuelos en particular. Celebremos, pues, el retorno con resignación, con energía y con empuje renovado a pesar de las circunstancias.

Sin embargo, avanzado el siglo XXI, del que ya hemos sobrepasado el rodaje con más de dos décadas podríamos confirmar que éste ya ha perdido la garantía con la que salió de la factoría coincidiendo con el cambio de milenio. Un instante mínimo y determinante en el reloj para constatar que aquellas advertencias exaltadas anunciadas por algunos se confirman y galopan hacia la certeza. En el campeonato mundial de desastres ecológicos se han batido todos los récords. Se ha publicado el primer  Informe de balance global, que el Acuerdo de París propuso para ir evaluando los compromisos adquiridos contra la emergencia climática, cuya valoración general es un suspenso rotundo. Nos alertan de que se están cerrando las oportunidades para asegurar un futuro habitable para todos porque las respuestas de la naturaleza no repiten curso sino efectos cuando no los superan año tras año sin la garantía de una segunda convocatoria   .

Equiparando el relativo protagonismo con estos desastres medioambientales estamos inmersos en cataclismos más cercanos que nos inquietan por la inmediatez con que nos afectan, éstos tienen una gran ventaja respecto a aquellos porque se pueden superar en septiembre -a las malas, nos harán repetir-. La mayoría son reversibles e inciertos como la investidura del presidente del gobierno español o el varapalo ecológico que sufre el fútbol femenino con el ojo del huracán centrado sobre los rascacojones inhabilitados de la federación. Trivialidades comparadas con la furia desplegada por la naturaleza sedienta mientras no nos ahoga con diluvios devastadores poniendo en peligro las supermanzanas barcelonesas en un ataque de melancolía urbanístico en virtud de que cualquier tiempo pasado fue mejor para desplazarnos motorizados.

¡Feliz Diada!