Asistimos
inmersos a un serial político largo de reparto coral, un surtido de personajes
abundante con muchos figurantes, algunos con frase larga y otros de guión
breve, basta con un “sí” o un “no” sin matices ni discursos. Alcanzan así
el máximo de protagonismo que exaltan con aplausos impetuosos, griterío,
furibundas patadas y, también, algún insulto como una pedrada mezclados en el
fragor del combate parlamentario. La gran mayoría son personajes
relativamente anónimos para el público en general que ejercen de secuaces
incondicionales sometidos a la férrea disciplina del partido. El verso
libre en las filas de la tropa política suele agonizar en una existencia nublada.
Cuesta
creer que la tarea visible que deben realizar mayoritariamente consista en
pulsar un botón o en pronunciar el sentido del voto con un desnudo monosílabo
sin adjetivos de color, únicamente el blanco o el negro. Los discursos,
los papeles largos, están reservados a los protagonistas que figuran en los carteles
y en los rótulos de neón que atraen a las audiencias. Los guionistas
audaces muy extraordinariamente introducen giros inesperados para añadir
intriga o golpes de efecto en la trama. Un recurso para distraer contra el
sopor aquello que participa de la previsión argumental que el público ya conoce
antes de que irrumpa el séptimo de caballería para propiciar un final feliz
donde los buenos siempre deberían vencer.
El
paradigma del daltonismo parlamentario lo ostenta un diputado que propició la
reforma laboral equivocándose a la hora de emitir el voto, clave y decisivo
para sacar adelante el decreto. Unos meses más tarde repitió la jugada,
volvió a equivocarse en el sentido del voto que proponía su
formación. Hace pocos meses, descartada la condición de “verso libre sin
rima” dimitió mientras un alto tribunal le acusa de prevaricación y
malversación de caudales públicos. Visto desde fuera me conmueve el papel
del antihéroe que le ha tocado interpretar en la escena ingrata de la
política. ¡Quién no se haya equivocado que tire la primera
piedra! Yo, después de unas sesiones de discriminación cromática entre el
verde y el rojo amparadas en las melodías de Barrio Sésamo interpretando
la canción de los colores, le habría concedido una tercera oportunidad de
gracia.
Otras
señorías también la han fastidiado en el momento decisivo de la
votación. No han sido tan chapuceros ni trascendentes como en el caso
mencionado, pero se ha producido un revuelo considerable. Una variante
para adquirir protagonismo que ni apelando a explicaciones complejas -de
heráldica freudiana- respecto del apellido del abuelo que pasó al padre para
acabar ostentándolo el implicado, puede sustraer la sensación de ridículo que
comporta. O quien vota bajando del huerto estando en Babia con segunda
residencia en el limbo -o no, como recelan algunos maliciosos-. En esta
investidura por capítulos, una de las sospechas avaladas por los exitosos
antecedentes ha sido la posibilidad de lo que se conoce como tránsfuga -también
llamado judas-. Personajes que posibilitan milagros porque votan
conscientemente con alevosía para facilitar la investidura del contrincante.
En
la primera temporada de esta serie por la investidura ha sido una posibilidad,
la de los tránsfugas, que planeaba muy verosímil cuando el candidato apelaba a
los políticos de buena voluntad -las buenas
personas con criterio- del partido
de la oposición para que dieran el salto cambiando el sentido del voto. Quién
podría tacharlos de desleales cuando el apocalipsis puede hacer tambalear los
cimientos de la tierra como pronostican las divinidades veneradas como unas
momias políticas exhumadas.
Las
perversas aritméticas salidas de las elecciones anticipadas han propiciado que
empiece en breve la segunda temporada con los mismos actores y secundarios. Se
trata del segundo asalto -previsible- a la investidura. Podremos disfrutar
de una nueva entrega intrigante que puede acarrear una tercera parte, la vuelta
a la casilla de salida si los dados en las negociaciones lo
propician. Veremos cómo se desarrolla y si es posible llegar a acuerdos y
compromisos para obtener el apoyo de esta confluencia formidable que deberá
alinearse para llegar a buen puerto con el viento favorable de un
entendimiento. Tan apasionante como incierto. Permaneceremos
expectantes.
Del
procedimiento al fondo de la cuestión en cuanto al posible relato de lo
acontecido hasta este momento está todo dicho según el color del cristal con el
que los medios nos han irradiado analizando la crónica parlamentaria. Con
Catalunya como epicentro el candidato fracasado se ha presentado como único
garante de convivencia, igualdad y libertad. Son la piedra filosofal
democrática contra el caos porque han sido los vencedores morales contra la
adversidad numérica que les ha descabalgado. La posible mayoría en la
segunda vuelta ya la consideran ilegítima. Una posición de negación del
adversario acotada por líneas rojas con el apoyo doctrinario de una reeditada
formación del espíritu nacional. Del soliloquio cargado de ocurrencias sin
demasiadas propuestas al ruido de la descalificación en medio de la
exasperación por la actitud de pasmarote del otro candidato que, desde ahora
mismo, deberá definirse.
Estas
sesiones de investidura fallida podrían resumirse como la celebración exaltada
de una derrota anunciada.