viernes, 30 de junio de 2023

Os rebajaré los impuestos.

 

He aguardado unos días buscando eventos para no teñir de color rabia las percepciones furiosas que nos rodean. Entre los acontecimientos de Rusia y de Francia la política en España llega a acuerdos sin eufemismos ni rubor alguno, con muy poca vergüenza porque los sinvergüenzas políticos han abierto la veda al exabrupto sin tener que disimular y con trazo grueso. ¿Quién la dirá más grande? Quién exhibirá y aspergerá con más torpeza sus intolerancias sin disimular cuando la mentira o la falsedad nos las quieren hacer tragar por la fuerza como ruedas de molino sin gluten.

En la bolsa de las ideas cotizan el combate a las lenguas minoritarias, el machismo, contra los ejercicios diversos de libertad individual como a la hora de querer irse al paraíso con una muerte digna, contra determinadas opciones sexuales. Todo el catálogo descarnado de los supremacismos salen del armario ostentosamente, sin disimular sino haciendo bandera -única- de unas propuestas que ofrecen pocas alternativas. Sólo tienes que decidir tu voto, del resto ya se encargarán. Ya te dirán si puedes presenciar una determinada obra de teatro -ya ha sucedido en el municipio de Valdemorillo- o puedes ver una película de esas que hacen pensar demasiado o se visionan escenas escabrosas que atentan contra la moral y las buenas costumbres de siempre. No os extrañe, los noticiarios cinematográficos conocidos como NO-DO, pero en color y de obligada proyección, pueden volver a las salas de cine. De hecho, en algunos medios ya están vigentes como laboratorios experimentales para el día de mañana.

Imágenes entrañables de concursos de devoradores de calçots, danzas folclóricas rústicas y levantadores de pedruscos que pondrán a prueba los músculos hercúleos partiendo a manos desnudas obsoletas enciclopedias por la mitad. Prodigios regionales de la naturaleza humana con reinas de la fiesta de andar por casa repartiendo ramos de flores a los vencedores. Eso sí que son hombres, la semilla donde reflejarnos sin aspavientos. Mensajes fáciles de contar y entender apelando a los rincones oscuros del espíritu, como dogmas inexplicables envueltos con grandilocuencias arropadas que esconden la letra pequeña subyacente.

¿Quién está a su lado? Los resultados electorales certifican el auge en muchos países de esas nostalgias que nunca se han descatalogado. Ya las hemos visto vencer y perdurar. Siguen vivas -no sé si volverán a estar vigentes- pero cada vez tienen más adictos. La política y la historia viven rodando -como un hámster- en una espiral de momentos contradictorios donde los hechos basculan y se repiten desmemoriados en una peligrosa amnesia. Esto ilustra, por ejemplo, las preferencias electorales, los trompicones, que cambian radicalmente el sentido del voto en determinadas áreas geográficas y sociales como los cinturones rojos que sufren un proceso de decoloración paradigmático.

Blancos de toda la vida, también algunos catalanes con barretinas por globos rojos, entendemos sin dudarlo que los otros nos quitan el trabajo y nos chupan las subvenciones. Siempre que contemplo estos “otros” recogiendo chatarra por Barcelona me imagino que practican un hobby, por pasatiempo, para desahogarse sañudamente con esta afición. En un país con un porcentaje de parados cercano a los cuatro millones de personas debemos importar temporeros para recoger fresones o fruta diversa. Cabe preguntarse quién los contrata y en qué condiciones sospechosamente ventajosas. Insisto, vienen a usurpar puestos de trabajo. El otro argumento que los presenta como ladronzuelos de asistencias sociales está por demostrar con mucha objetividad y con toda la transparencia para saber de qué y de cuánto hablamos, de si tienen derecho o no porque, si tienen papeles, deberían ser ciudadanos de pleno derecho. 

Estos cantos de sirena estridentes en épocas electorales, como la que sufrimos, tienen una partitura que nunca falla, es como el baile de ramos de la fiesta mayor de la democracia, un ceremonial de galanteo. En esta pieza clásica los danzantes ofrecen un ramo de flores que quiere representar la bajada de impuestos que proponen. ¿Quién no quiere pagar menos al estado? Un argumento que tiene el peso reforzado por la coincidente recaudación de impuestos que Hacienda practica implacable éste mes junto a la parada electoral que tenemos montada. Se impone mucho tinto de verano bien frío para soportarlo y cremas protectoras para no salir chamuscados. Las matemáticas me superan, pero llego a entender que rebajar impuestos comporta recortar servicios públicos. Cómo se financian, pues, las escuelas, las rotondas y los carriles bici o la sanidad.

Por si acaso, yo he empezado a pedalear como estas ratas -mascotas caseras- que quieren salir de la bola de plástico y de las espirales nefastas.

¡Buen verano!

miércoles, 21 de junio de 2023

“Que un bombin a tots”.

 

Las líneas rojas y los cordones sanitarios van de la mano de la expresión que se ha convertido en un comodín que todo el mundo utiliza como es no podría ser de otra manera. Una tautología, un recurso de la oratoria que consiste en la repetición de una idea o pensamiento expresados ​​con palabras similares que se convierte en una afirmación redundante. No aporta información nueva sólo remacha lo que queremos expresar intensificando el mensaje que queremos transmitir. Estos días de actualidad política intensa, los discursos van muy cargados de líneas rojas y cordones sanitarios como no podría ser de otra forma. Vivimos instalados en una permanente campaña electoral reciclando las mascarillas de la pandemia en tapabocas ideológicos en las urnas.

De los cordones reconvertidos a sanitarios no acabo de hallar el qué, pero han hecho fortuna y no hay ningún comunicador político preciado que no haga referencia o apele a exponer sus principios defendiendo en exclusiva sus argumentos que transitan por el filo sutil de una línea roja, la frontera que por profunda convicción y coherencia nunca cruzaría a riesgo de caer a las brasas del oportunismo contradictorio. Personalmente cuando intento analizar la maraña caligráfica de las líneas rojas me vienen a la cabeza los cuadros del Jackson Pollock, ese cotizado pintor americano abstracto que extendía la tela en el suelo y andando alrededor de ella derramaba pintura con pinceles, cuchillos y espátulas en un proceso con mucha gestualidad, una danza enérgicamente aleatoria de colores y texturas. Dejaba gotear y lanzaba la pintura en remolinos, puntos y pinceladas a chorros incontrolables.  

Ésta sería la dinámica que retrata visceralmente la investidura del alcalde de Barcelona donde las delgadísimas líneas rojas han sido desparramadas como si Pollock hubiera elegido unos cuchillos bien afilados para el cuadro figurativo de la proclamación de Collboni. Los cuchillos volaban bajos mientras la atmósfera de incredulidad se iba espesando. El ayuntamiento de Barcelona tendrá mala pieza en el telar a la hora de tejer las bandas o fajas que con la vara de alcalde ungen al elegido. En las papeletas, vistas de cerca, se detectaban las líneas rojas, como besos de Judas con restos de pintalabios carmín, que habían sido borradas torpemente.

Los rostros de los protagonistas, más desfavorecidos que en los carteles electorales, reflejaban lo conscientes de lo que sucedería y acabó pasando en la sesión de investidura. ¿Había alguien con ademán radiante y feliz? Creo que el propio Collboni, el elegido, exhibía una estampa de momento grave, como suele decirse en los entierros. De hecho, pudimos asistir desde los medios al funeral político de algunos de los protagonistas. La gerontocracia recibió una sacudida contundente. Principalmente Trias -también Maragall- que acabó soltando el testamento que pasará a las crónicas municipales en una sentencia bien gráfica: “¡Que us bombin a tots!”. Así con esta frase lapidaria de difícil traducción al castellano despacho a los adversarios que le vetaban la alcaldía. Los comentaristas no catalanes buscaron la traducción apresuradamente, “que os den” pero los matices no son los mismos. Creo que, a pesar de un cambio de registro, habría sido más acertado y exacto traducir el “que us bombin” por un “que os folle un pez”.

El juego de gestualidades, de miradas perdidas, de reprobaciones, de pitidos y de aplausos flotaban en el Saló de Cent resuelta la intriga. La realidad se imponía por la vía democrática en un gran reto de desmemoria. Las líneas rojas y las proclamas de no apoyar a determinadas fuerzas políticas eran un estropicio en una urna que recogía la voluntad final de los electores destilada en el alambique de los pactos. El PP, según su líder catalán, era feliz porque un alcalde independentista no sería elegido. Por un momento el fantasma de Valls -como las cuentas espectrales de Trias en Suiza- dio un pase rasante por los techos altos del Saló de Cent. El ambiente era el de las bodas que a menudo acoge este espacio en el que la novia o el novio deciden no comparecer. Los padres, los consuegros y los invitados señalando a los culpables haciéndose reproches. ¡Qué apuro! No falta la sospecha de que la destilería de los pactos tiene su sede más allá del Ebro, lejos de la Moreneta y más aún de la fuente de Canaletes. Yo entiendo las maneras de Trias, el señor de Barcelona, ​​que muy cabreado podía pensar y no manifestar “que os la pique un pollo” para que todos los aludidos lo entendieran.

En la legitimidad absoluta de los trapicheos puedo comprender la frustración y la rabia del candidato más votado, del sonoro portazo al “si no soy alcalde”. A los profesionales de la política debería preocuparles el mensaje que trasciende. Pese a la legitimidad -insisto-, los votantes de calle que sólo somos tertulianos en la barra de la tasca podemos inferir que votar no sirve para nada. Que con su pan se lo coman, pues. El descrédito de la clase política, como el cambio climático, trepa y sube de tono agravándose en las predicciones de los científicos, de los barómetros -también los electorales- y de los politólogos.

Con qué tipo de publicidad y descaro electoral fijarán los carteles en las calles aquellos que nos prevendrán del Coco, “¡Cuidado! Que vuelve el PP y sus socios”.

 

domingo, 11 de junio de 2023

Gris lechuga

 

Los incendios forestales de Canadá tiñen al cielo de Nueva York como una postal de época en uno de los peores episodios de contaminación ambiental que se recuerdan. Hay 400 fuegos activos, la mitad sin control, que ya han quemado cuatro millones de hectáreas. Por ahora se habrían evacuado unas 120.000 personas. Nueva York y varias ciudades estadounidenses de la costa este habrían registrado los peores índices de calidad del aire del mundo. El skyline más fotogénico, el personaje invitado -y protagonista- de muchas ficciones presenta el aspecto de un telón de fondo chapucero de color ceniza que irradia temor, el miedo a aquellos fenómenos naturales que el hombre no controla y gestiona como puede a pesar de haberlos podido promover. De un alcance y magnitud que ponen los pelos de punta. Un momento estelar para profetas del día después que aleccionan -“ya se lo advertimos”- dirigido a los presuntos culpables directos o indirectos que a estas alturas somos la mayoría de los países desarrollados.

La destrucción de la presa de Nueva Kakhovka ha provocado que el nivel del agua en esta localidad y en los municipios de alrededor hayan quedado anegados. El agua ha subido bastantes metros y ha inundado las edificaciones. Rusia asegura que lo ha producido un ataque con misiles ucranianos, mientras que Ucrania les contradice, lo atribuye a una explosión provocada desde el interior de la central hidroeléctrica. La riada causada por la destrucción de la presa ha desenterrado y arrastrado río abajo minas que supondrán un grave peligro en las próximas décadas. Minas antipersona, minas antitanques, munición de artillería... Bombas y explosivos que no se pueden cuantificar, las cifras pueden ser enormes, en una zona agrícola donde el impacto y el riesgo que conllevan estos artefactos sobre la producción es alarmante.

Noticias relacionadas con la cosa ecológica machacando el entorno donde habitamos debido a la actividad humana -perversa- alterándolo con consecuencias escalofriantes. Las relacionadas con la guerra son barbaridades que no tienen justificación con los culpables contemplándoselo como victorias estratégicas de mal legitimar. La guerra, las guerras y las semillas de la destrucción, de tierra quemada, sólo hacen florecer la devastación y la muerte.

¿Estamos a tiempo de enderezarlo? Los relojes y los plazos, según la Organización Meteorológica Mundial que analiza los indicadores climáticos fundamentales son pesimistas. La temperatura media de los últimos años ha sido la más alta jamás registrada y el nivel del mar y el calor oceánico no tienen precedentes. El 2022 ha sido el más caluroso de la historia en Europa. Que la extensión del hielo en la Antártida está retrocediendo a mínimos históricos. Que inundaciones, sequías y olas de calor se multiplican por todas partes. Estas anormalidades son provocadas por los elevados niveles de gases de efecto invernadero afectando los ecosistemas terrestres, acuáticos y aéreos. Producen alteraciones en los tiempos de floración de los árboles o en la migración de las aves. Por otra parte, tienen graves consecuencias económicas y sociales. La OMM estima que 95 millones de personas han sido desplazadas a lo largo de 2022 a causa de estos fenómenos. El informe no cuantifica los efectos bélicos. 

Según las escalofriantes conclusiones no tendremos que esperar cien años, dentro de pocas décadas, todos calvos. No quisiera inquietar a nadie ni caer en alarmismos, aunque fundados, por ver y sufrir estas alteraciones. La Tierra ha superado la pérdida de los dinosaurios, las cavernas, la oscuridad medieval y el humazo de las lámparas de aceite espeso. Saldremos -o saldrán adelante- con revolucionarias tecnologías y nuevas actitudes para que los gorriones vuelvan a prosperar colonizando las plazas duras y el fatalismo ambiental. Ha habido resquicios luminosos como el que TV3 ensayó a mediados de los años noventa del siglo pasado con el superhéroe Capitán Lechuga , el precedente mediático de los poderosos pequeños cambios.

Ahora, un nuevo alegato ilumina con esperanza incierta otro cambio de actitud desinflando la supremacía destructiva y las ruedas de los coches contaminantes. The Tyre Extinguishers, los extintores de ruedas, toman el relevo al Capitán Lechuga, que con mayor determinación han pasado a la acción. Deshinchan las ruedas de los vehículos, especialmente de los 4x4 y similares. Dejan la firma, un impreso en el cristal justificando la acción ecológica, que no es nada personal sino contra los ostentosos y contaminantes tanques de ir a recoger criaturas al parvulario. Sarriá ha sido el primer campo de batalla en el que se ha desplegado este grupo ecologista. En su página web explican cómo distinguir un vehículo todoterreno o cómo desinflar sus neumáticos. Ponen a disposición de cualquier persona la información para depositar en los parabrisas, en varios idiomas, también en castellano. No sustraen nada, no dañan los neumáticos, solo liberan el aire -que es un bien, por ahora, sin propietario- para inflar las velas de los transportes públicos y ventilar las catenarias de los Cercanías. ¡Loable! Del verde lechuga al extintor de ruedas. ¿Próxima parada? ¡El exterminador de vehículos!

La última referencia ecológica afecta al ecosistema culé. Messi no vuelve. Se las pira a tierras tropicales. Algunos lo perciben como una catástrofe, sino ecológica, futbolística.