sábado, 31 de diciembre de 2022

¡Feliz 2023!

 

Cerrar el año y la edición de Reflejos y Titiriteros del 2022 es una tarea delicada. Ya hace días que le doy vueltas y que pregunto a los próximos -¿Qué digo, de qué hablo? -la respuesta es una salida por la tangente de la mayoría de los encuestados. Alguien se atreve a sugerir algo como sacudiéndose las pulgas -Y lo envuelves como tú haces, que lo alargas y le pones algún comentario -añade sin compromiso ni metáfora alguna por su parte. Tú mismo, se siente, vienen a concluir ante mi insistencia.

Podría bajar la persiana del tenderete del 2022 con una recopilación de hechos, personajes o manifestaciones culturales, sociales o deportivas diversas con que nos tienen acostumbrados los medios con gran eco y de mucha tirada. Resumir el año haciendo un repaso de lo sucedido es lo que correspondería. Los mejores momentos que hemos vivido, lo que más nos ha impactado en el teatro, el cine o los libros que volveríamos a leer. Creo que habría que recordar o significar aquello que nos ha aportado algo, que nos ha sacudido o nos ha hecho pensar. Lo que nos ha puesto unas gafas nuevas cambiando la forma o el ángulo de ver o juzgar como tenemos por costumbre. No es mi voluntad realizar un catálogo de recomendaciones. Os libraré. Que cada uno haga una lista, como las de la compra, con los momentos especiales de este año que ha terminado.

Esta Navidad residiendo en el centro de la villa en Sant Joan de les Abadesses con el campanario de Sant Pol muy cercano, la magnífica iglesia descapotada -dispuesta como un monumento a quien han practicado una autopsia arquitectónica-, las campanas se han convertido en puntuales vecinas aturdidoras. Son el contrapunto místico que esparce la niebla temprana que devora literalmente el horizonte mientras maniobramos entre montañas para atracar en la dársena de los sueños procurando no colisionar con la realidad. Altivo y señor, cuando el día y el sol vencen, el Taga me contempla elevado invadiendo la ventana, protagonista. Una cima como una teta con pezón gentil que podríamos denominar en femenino para ser exactos y fieles cuando se lo indicamos a los trepadores o a los curiosos. Para los quisquillosos de la toponimia la cosa, en este caso, no ha acertado con el género. 

De qué hablo... ¿De la muerte de Pelé, del final del romance entre la exmodelo y el premio Nobel? Las revistas ya redactarán su crónica como una esquela de satén bien ilustrada. Me referiré a la sequía cuando la luna, estos días, es como una uña de gato que se refleja arañando al río Ter que también surca cercano y nocturno. Inusualmente silencioso. Se desliza con una parsimonia enfermiza, da la impresión de que no late mientras el lodo custodia la superficie delgada del agua que desagua. Nunca visto, pronostican los ancianos resguardados en un banco al sol. Como la nieve dibujada a cañonazos sin salirse de los márgenes de las pistas de esquí. Que llueva y que nieve bien y sin estropicios, éste será uno de mis deseos para el año nuevo mientras me como las uvas.

Por la mañana del último día del año mientras la niebla levanta el telón esparciendo la bruma y confundiendo las huellas del Conde Arnau cabalgando condenas y veleidades con abadesas en la Sierra de Cavallera, poco a poco vuelve a aparecer en escena la Taga, majestuosa, altiva como un pecho de virginal novicia. Porque el mundo sigue girando.

Paz, esperanza, ilusión. Ganas de vivir y salir adelante. Salud. Me he agobiado, doce uvas a trompicones no dan para repasar los propósitos ni contar lo que pedimos también para las personas que nos importan, quienes nos quieren y a quienes amamos. Ya lo repasaré y, si es necesario, lo enmendaré. Es posible que adelgace la grandilocuencia que imponen el momento y los relojes y me decante por los pequeños gestos, algo más sencillo y al alcance, lo que nos hace sentir mejores. ¡Por vosotros, buen año, sed felices, vivamos!

Puestos a cerrar el año sin saber demasiado qué decir, me apunto al recurso efectivo de hacer un recuento de las personas que hay detrás de estos Reflejos y Titiriteros. Actores principales -que sois todos- secundarios, técnicos de luz, figurinistas, cámaras, guionistas... No quisiera olvidarme de nadie. Los que lo leéis habitualmente, los que sugerís con eficacia y más, los que comentáis, los que con una sonrisa me corrigen. A los que me soportáis. A los cómplices. ¡A todos vosotros, con agradecimiento, os deseo un buen año!

¡Sed felices!

jueves, 22 de diciembre de 2022

Una Navidad en pelotas judiciales.

 

Parpadean las Navidades con intensidad cíclica. Luces que hacen un guiño a la ilusión inocente de los niños. Antídotos en la oscuridad de los días previos al solsticio de invierno con una sonrisa de cuando no habíamos perdido la fe y la magia nos acometía con la complicidad generosa del tió, ese leño prodigioso. Necesitamos una nevadita como las de antes, de las que no provocan estragos, para redondear el decorado pintoresco mientras templamos las esperanzas y los mejores deseos a la vera del fuego seductor donde se calienta el misterio y se quema la oscuridad fría de los días. ¡Feliz Navidad, felices fiestas!

Navidades perdidas que no volverán. Como pasa el tiempo, chirrían el recuerdo, la melancolía y las ausencias. Porque la rueda previsible del calendario nos va fundiendo las lucecitas y en la lumbre de la inocencia permanecen las brasas cada vez más escasas pero que todavía humean. Quiero respetar a aquellos que odian cordialmente estos días de desenfreno, de alegría empalagosa por decreto y de atracones sociales donde la política, la economía o el fútbol -causa de frecuentes hiperglucemias navideñas- pueden empacharnos.

Tenemos constancia de que los camellos ya vienen de camino. Lo hemos visto desde Qatar como cabalgan relucientes y bien abrevados. Hemos asistido anticipadamente al regalo navideño que, mientras se acercan, han dejado a Messi. El rey que lleva el incienso le ha bendecido y el que ofrenda el oro le ha entregado un trofeo de los que impresionan, de aquellos que se ven buenos y orondos. Es el cromo que faltaba a la colección, el que tarda en salir, ese más deseado y preciado. Digamos que la justicia poética por una trayectoria muy relevante se ha transformado en la copa del mundo. ¡Viva Messi y Argentina! Desde casa se oía el alboroto de los fieles celebrando la consagración. Un cuento de hadas con pelotas disfrazado de navideño y adornado de rey mago con aquella túnica que le investía como el emperador de los futbolistas que ha regateado un grupo de arcángeles -la defensa divina- ¡Qué criticáis, bobos!

Me ha sorprendido la pose de niño malcriado del rival, Mbappé, quien ha escenificado la monumental pataleta mediática presenciada por medio mundo. ¿En esto del deporte no habíamos determinado que lo importante era participar? El berrinche de este joven no ha sido nada edificante ni ejemplar cuando su protagonismo ha logrado el subcampeonato y ha desconcertado la recua entera de gauchos celestiales. Ni el presidente de la República en persona prometiéndole una secretaría general en el ministerio de los deportes que se juegan con los pies logró hacerle cambiar de actitud. Al día siguiente del trascendental partido, el niño consentido ha amenazado a los ganadores -el fútbol es asín- con la revancha que al parecer deberá verificarse en una llanura mesetaria de la Pampa argentina -¡Volveremos! -ha gritado Mbappé con la pechera cargada de cartuchos -como de penaltis inapelables- al estilo Emiliano Zapata.

El seleccionador español ha sido fulminado y borrado de los atlas de geografía futbolística a medio campeonato cuando España se estrelló. Qué no habrían dado los niños más complacidos de la roja para llegar a la final con el palco lleno a rebosar de autoridades, con el rey -el actual, porque el emérito a un tiro de piedra de Qatar, lo tiene complicado-, el presidente Sánchez superando el protagonismo y la estampa del presidente galo, el ministro de deportes y la flor y nata de aquellos que una vez conquistaran el trofeo. Un sueño, aunque no me imagino a Busquets, el capitán, amenazando a los rivales -¡Repetiremos!

Puestos a suponer, en España el estallido social de este parche emocional, el fraudulento milagro sanador de todos los males de la Argentina victoriosa, es probable que no encubriera todos los socavones y las carencias que nos impactan. O puestos a especular -como dicen los comentaristas de la liga nacional- el país no puede permitirse exhibiciones internacionales ni chutar fuera de tiesto cuando los poderes del Estado han consumido la prórroga y viven con intensidad feroz la ronda de penaltis. El Tribunal Constitucional contra el Gobierno socialista con un PP casero pitando en el partido de la gran final de la judicatura. Viviremos, pues, una Navidad con cambio climático, no judicial.

 ¡Felices fiestas!

jueves, 8 de diciembre de 2022

El color de México.

 

El impuesto sobre las emisiones personales de CO2 en el aeropuerto de México Ciudad es de 250$, pesos mexicanos, para hacer uso de la sala exclusiva de fumadores. -¡Venga ya! -expresión que dediqué a la recaudatoria con un gesto de contrariedad y de coraje mal contenidos de aquellos que sólo pueden entender quienes cultivamos este vicio. Me abstuve de fumar mientras esperaba para subirme al avión de vuelta en una larga renuncia que duró la extensa travesía de un océano. El avión ya repartía emisiones suficientes.

México no es país para fumadores empedernidos. En el barrio histórico de la capital unos carteles reiteran la prohibición farola tras farola. Sólo me atreví a encender uno de papel muy discretamente y tragándome el humo delator porque los policías, los agentes de la autoridad de aquel céntrico tramo urbano, hacían ostentación de su condición con muchos humos, cigarrillo en mano sin disimular nada. Yo diría que no se lo tragaban, el humo.

Las ciudades mexicanas que he paseado están libres de colillas, en ningún sitio o muy excepcionalmente hay indicios del hábito. Una de dos, o no fuman o lo hacen poco y en la intimidad. En este mercado continuo callejero que es México, todavía hay vendedoras, expendedoras, de cigarrillos al por menor vestidas de indias que pasean un catálogo variado, nacional o de importación, en una cesta que venden a 7 pesos la unidad. En las terrazas de los bares y en los bancos de las plazas ofrecen también habanos. Dice la leyenda colonial que cuando Colón llegó a las costas cubanas observaron que los indígenas expelían humo por la boca. Una neblina apestosa que procedía de unos cilindros hechos con hojas secas, el tabaco. El consumo de esta hojarasca, sin filtro ni aditivos, se asociaba a fines mágicos, religiosos y medicinales -¡cómo cambia el márquetin i las propiedades vinculadas a un producto a lo largo de los siglos!-.

Visto con esta perspectiva lejana de los años pasados ​​yo creo que el hábito importado del tabaco, un ultramarino más, nos llegó a Europa y echó raíces como una especie de venganza de los dioses precolombinos. Los indios mesoamericanos nos la devolvían, desconozco si ya eran conscientes de la dependencia y de los estragos causados ​​en la salud por prender fuego a estos canutos hechos con hojas secas enmarañadas. Una revancha, seguramente, al surtido paquete de virus y enfermedades infecciosas que los conquistadores llevaron junto con la lengua, las creencias y los toros. En Tlaxcala alardean -existen más ciudades que se atribuyen el mérito- de disponer de la primera plaza de toros que los españoles edificaron. La hazaña de esta materia peluda con cuernos, yo creo, consistía en el hecho de llevar los toros en barco cruzando el océano -¡y sin fumar!- México acaba de prohibir la temporada taurina en la Monumental, la plaza más grande del mundo. 

Nada más aterrizar en el aeropuerto Benito Juárez de Ciudad de México el estallido sensual de la comida mexicana te asalta con alevosía, es algo identitario que se impone sin contemplaciones. Un aroma intenso de calle, de parada precaria en las aceras de todo el país donde elaboran todo tipo de comidas rápidas consumidas de pie exquisitamente sazonadas con poderosas salsas vivamente coloreadas que encienden el alma. Picosas, te advierten. México es un país picante en muchos sentidos.

En el Museo Antropológico de Xalapa, una exposición excepcional de cabezudos megalíticos, los guías detienen a las guerrillas de turistas ante una estela que representa una figura que nos hace dudar de si camina o de si danza. ¿Un precedente de las magníficas contorsiones de las imágenes en los templos barrocos cristianos posteriores? El guía se recrea en la pregunta -¿Qué detectan? -la expectación envuelve la respuesta aventurada mientras el enigma se resuelve en la aureola circular que circuncida la testa del personaje representado en la lápida. Con imaginación atrevida podría afirmarse que la figura luce una escafandra interplanetaria para navegar entre universos y mundos muy lejanos. Qué no imaginó un pastor de cabras reconvertido a conquistador en ese nuevo mundo por someter lleno de oro, de prodigios y de loros tropicales.

Condicionado por las interferencias galácticas no dudé en mercadear una piedra extraña. Según el abuelo de la parada callejera que me la ofrecía se trataba de un meteorito, de los numerosos que caen en el desierto en medio de los cactus de destilar tequila y mezcal exportado con un gusano afrodisíaco en el culo de la botella. Una piedrecita de aspecto metálico muy pesada y relamida por el roce al rojo vivo de cuando cruzó la atmósfera. Si no lo es, lo parece, un meteorito de bolsillo llovido del cielo cargado todavía de energías siderales y de nostalgias mientras la neblina del atardecer diluye las siluetas de los templos convirtiendo el paisaje y las luces en pintorescos murales azucarados de tonos pastel custodiados por los elásticos cocoteros que los vientos atlánticos no pueden vencer.

El México pintoresco, de cementerios vivientes, de calaveras azucaradas -de Catrinas-, de serenatas con mariachis, el de Siqueiros o de Diego Rivera, de Frida nacida en el corazón de la infraestructura cultural y de las sedes educativas del país, Coyoacán, el centro geográfico de Ciudad de México. También el México de las desaparecidas, de las madres que preguntan con desesperación dónde está el hijo o la hija que no ha dejado rastro alguno, el de los inmigrantes clandestinos, el del muro y el de la pobreza. México es también el caos imprevisible. Sin olvidar al México que acogió a la diáspora republicana catalana y española, Pere Calders o Buñuel, por ejemplo, entre tantos y tantos que tuvieron que marcharse al exilio.

La Antigua fue la aldea fluvial donde, dice la leyenda, Hernán Cortés quemó las naves para chamuscar las tentaciones de deserción. Aquí estuvo asentada la ciudad de Veracruz durante el siglo XVI antes de establecerse en la actual ubicación en el Golfo de México. Veracruz es el puerto desde el que salió el oro, la plata y el comercio colonial de ida y vuelta haciendo escala en Cuba para llegar a tierras españolas, a Sevilla. La Antigua actualmente sobrevive del recuerdo y de los vestigios, cuatro paredes roídas por las raíces feroces sin el éxito turístico que debería preverse. También las actuales edificaciones viven tiempos poco gloriosos. Dicen que aquí se fundó la primera iglesia -con goteras- que rige un cura decidido a rehacer el tejado y a magnificar el monumento espartano alejado de la fanfarria ornamental barroca. Existe el brocal de un pozo ahora seco al que, por sorpresa de los mexicanos, lancé una moneda. Como en Roma, les conté. Un gesto para comprar buenaventura con el que también te comprometes a volver en alguna otra ocasión. Pensé que devolvía una migaja simbólica de lo que les arrebataron.

La gigantesca bandera del Zócalo es el faro y un imán del descontento social endémico que confluye en la capital federal del país. Maestros y profesores -que el estado no paga- acampados en una inmensidad de tiendas. Manifestaciones de vecinos reclamando viviendas dignas. Y una muy gorda y espesa protagonizada por las feministas que colapsó la apretadísima ciudad de México. Algunas mujeres dicen basta con contundencia y una energía que ha provocado que algunos monumentos y edificios tengan que estar protegidos con vallas de madera. La gente de orden del país considera a las feministas un ejército descontrolado y violento. Me acerqué a la cabecera de la convocatoria donde una madre con la cara destapada rodeada de un enjambre de periodistas reclamaba explicaciones. ¿Dónde está su hijo David?  

Por la mañana ya me había llamado la atención una multitud de personas con chalecos reunida en los jardines cercanos al Palacio de Bellas Artes. Desde la Avenida Juárez no se podía discernir quién era ese gentío. Más tarde, como las piezas de un puzle, se organizaron y se disciplinaron. Eran batallones de policías con cascos listos para atizar a quien corresponda. La sorpresa fue cuando descubrí que esa formidable fuerza policial estaba integrada exclusivamente por mujeres. Una uniformidad de género que durante toda la mañana holgazaneó mientras no era la hora de actuar. Todo un catálogo de chicas y mujeres que aprovechaba el punto de concentración para el almuerzo, hacían cola en las paradas ambulantes de comidas, se retrataban no sin comprobar que el maquillaje no se había despeinado. Desconozco cómo acabó el episodio ya que tuve que espabilarme para huir del asedio y encontrar un taxi para llegar al aeropuerto a tiempo. El último recuerdo es una hilera de policías con el casco puesto dirigiéndose al trote hacia las manifestantes. Algunas agentes se esforzaban considerablemente por no perder la formación. ¿Exfumadoras clandestinas?

Abrumado por el trato amable y locuaz de los mexicanos recuerdo como alguien, platicando de historia y de asuntos internos, hizo un análisis curioso del México político, de los presidentes y de los partidos que se han ido sucediendo. Fechorías que podrían interpretarse al compás de una ranchera en la plaza Garibaldi. Contaba que el país sólo había tenido un único presidente honrado, el más decente de todos. Éste era manco y que excepcionalmente por esta circunstancia debida a una herida de guerra, no había robado a dos manos. Un país donde la contraseña de la red inalámbrica del hotel es "revolución”.

Como dicen allí, que la Virgen de Guadalupe nos bendiga a todos.