El
impuesto sobre las emisiones personales de CO2 en el aeropuerto de México
Ciudad es de 250$, pesos mexicanos, para hacer uso de la sala exclusiva de
fumadores. -¡Venga ya! -expresión que dediqué a la recaudatoria con
un gesto de contrariedad y de coraje mal contenidos de aquellos que sólo pueden
entender quienes cultivamos este vicio. Me abstuve de fumar mientras
esperaba para subirme al avión de vuelta en una larga renuncia que duró la
extensa travesía de un océano. El avión ya repartía emisiones suficientes.
México
no es país para fumadores empedernidos. En el barrio histórico de la
capital unos carteles reiteran la prohibición farola tras farola. Sólo me
atreví a encender uno de papel muy discretamente y tragándome el humo delator
porque los policías, los agentes de la autoridad de aquel céntrico tramo
urbano, hacían ostentación de su condición con muchos humos, cigarrillo en mano
sin disimular nada. Yo diría que no se lo tragaban, el humo.
Las
ciudades mexicanas que he paseado están libres de colillas, en ningún sitio o
muy excepcionalmente hay indicios del hábito. Una de dos, o no fuman o lo
hacen poco y en la intimidad. En este mercado continuo callejero que es
México, todavía hay vendedoras, expendedoras, de cigarrillos al por menor
vestidas de indias que pasean un catálogo variado, nacional o de importación,
en una cesta que venden a 7 pesos la unidad. En las terrazas de los bares
y en los bancos de las plazas ofrecen también habanos. Dice la leyenda
colonial que cuando Colón llegó a las costas cubanas observaron que los
indígenas expelían humo por la boca. Una neblina apestosa que procedía de
unos cilindros hechos con hojas secas, el tabaco. El consumo de esta
hojarasca, sin filtro ni aditivos, se asociaba a fines mágicos, religiosos y medicinales
-¡cómo cambia el márquetin i las propiedades vinculadas a un producto a lo
largo de los siglos!-.
Visto
con esta perspectiva lejana de los años pasados yo creo que el hábito
importado del tabaco, un ultramarino más, nos llegó a Europa y echó raíces como
una especie de venganza de los dioses precolombinos. Los indios mesoamericanos
nos la devolvían, desconozco si ya eran conscientes de la dependencia y de los
estragos causados en la salud por prender fuego a estos canutos hechos con
hojas secas enmarañadas. Una revancha, seguramente, al surtido paquete de
virus y enfermedades infecciosas que los conquistadores llevaron junto con la
lengua, las creencias y los toros. En Tlaxcala alardean -existen más
ciudades que se atribuyen el mérito- de disponer de la primera plaza de toros
que los españoles edificaron. La hazaña de esta materia peluda con
cuernos, yo creo, consistía en el hecho de llevar los toros en barco cruzando
el océano -¡y sin fumar!- México acaba de prohibir la temporada taurina en la
Monumental, la plaza más grande del mundo.
Nada
más aterrizar en el aeropuerto Benito Juárez de Ciudad de México el estallido
sensual de la comida mexicana te asalta con alevosía, es algo identitario que
se impone sin contemplaciones. Un aroma intenso de calle, de parada
precaria en las aceras de todo el país donde elaboran todo tipo de comidas
rápidas consumidas de pie exquisitamente sazonadas con poderosas salsas vivamente
coloreadas que encienden el alma. Picosas, te
advierten. México es un país picante en muchos sentidos.
En
el Museo Antropológico de Xalapa, una exposición excepcional de cabezudos
megalíticos, los guías detienen a las guerrillas de turistas ante una estela
que representa una figura que nos hace dudar de si camina o de si
danza. ¿Un precedente de las magníficas contorsiones de las imágenes en
los templos barrocos cristianos posteriores? El guía se recrea en la pregunta
-¿Qué detectan? -la expectación envuelve la respuesta aventurada mientras
el enigma se resuelve en la aureola circular que circuncida la testa del
personaje representado en la lápida. Con imaginación atrevida podría
afirmarse que la figura luce una escafandra interplanetaria para navegar entre
universos y mundos muy lejanos. Qué no imaginó un pastor de cabras
reconvertido a conquistador en ese nuevo mundo por someter
lleno de oro, de prodigios y de loros tropicales.
Condicionado
por las interferencias galácticas no dudé en mercadear una piedra extraña. Según
el abuelo de la parada callejera que me la ofrecía se trataba de un meteorito,
de los numerosos que caen en el desierto en medio de los cactus de destilar
tequila y mezcal exportado con un gusano afrodisíaco en el culo de la
botella. Una piedrecita de aspecto metálico muy pesada y relamida por el roce
al rojo vivo de cuando cruzó la atmósfera. Si no lo es, lo parece, un
meteorito de bolsillo llovido del cielo cargado todavía de energías siderales y
de nostalgias mientras la neblina del atardecer diluye las siluetas de los
templos convirtiendo el paisaje y las luces en pintorescos murales azucarados
de tonos pastel custodiados por los elásticos cocoteros que los vientos
atlánticos no pueden vencer.
El
México pintoresco, de cementerios vivientes, de calaveras azucaradas -de
Catrinas-, de serenatas con mariachis, el de Siqueiros o de Diego Rivera, de
Frida nacida en el corazón de la infraestructura cultural y de las sedes
educativas del país, Coyoacán, el centro geográfico de Ciudad de
México. También el México de las desaparecidas, de las madres que
preguntan con desesperación dónde está el hijo o la hija que no ha dejado
rastro alguno, el de los inmigrantes clandestinos, el del muro y el de la
pobreza. México es también el caos imprevisible. Sin olvidar al
México que acogió a la diáspora republicana catalana y española, Pere Calders o
Buñuel, por ejemplo, entre tantos y tantos que tuvieron que marcharse al
exilio.
La
Antigua fue la aldea fluvial donde, dice la leyenda, Hernán Cortés quemó las
naves para chamuscar las tentaciones de deserción. Aquí estuvo asentada la
ciudad de Veracruz durante el siglo XVI antes de establecerse en la actual
ubicación en el Golfo de México. Veracruz es el puerto desde el que salió
el oro, la plata y el comercio colonial de ida y vuelta haciendo escala en Cuba
para llegar a tierras españolas, a Sevilla. La Antigua actualmente sobrevive
del recuerdo y de los vestigios, cuatro paredes roídas por las raíces feroces
sin el éxito turístico que debería preverse. También las actuales
edificaciones viven tiempos poco gloriosos. Dicen que aquí se fundó la
primera iglesia -con goteras- que rige un cura decidido a rehacer el tejado y a
magnificar el monumento espartano alejado de la fanfarria ornamental
barroca. Existe el brocal de un pozo ahora seco al que, por sorpresa
de los mexicanos, lancé una moneda. Como en Roma, les conté. Un gesto
para comprar buenaventura con el que también te comprometes a volver en alguna
otra ocasión. Pensé que devolvía una migaja simbólica de lo que les
arrebataron.
La
gigantesca bandera del Zócalo es el faro y un imán del descontento social
endémico que confluye en la capital federal del país. Maestros y
profesores -que el estado no paga- acampados en una inmensidad de
tiendas. Manifestaciones de vecinos reclamando viviendas dignas. Y
una muy gorda y espesa protagonizada por las feministas que colapsó la
apretadísima ciudad de México. Algunas mujeres dicen basta con
contundencia y una energía que ha provocado que algunos monumentos y edificios
tengan que estar protegidos con vallas de madera. La gente de orden del
país considera a las feministas un ejército descontrolado y violento. Me
acerqué a la cabecera de la convocatoria donde una madre con la cara destapada
rodeada de un enjambre de periodistas reclamaba explicaciones. ¿Dónde está
su hijo David?
Por
la mañana ya me había llamado la atención una multitud de personas con chalecos
reunida en los jardines cercanos al Palacio de Bellas Artes. Desde la
Avenida Juárez no se podía discernir quién era ese gentío. Más tarde, como
las piezas de un puzle, se organizaron y se disciplinaron. Eran batallones
de policías con cascos listos para atizar a quien corresponda. La sorpresa
fue cuando descubrí que esa formidable fuerza policial estaba integrada
exclusivamente por mujeres. Una uniformidad de género que durante toda la
mañana holgazaneó mientras no era la hora de actuar. Todo un catálogo de
chicas y mujeres que aprovechaba el punto de concentración para el almuerzo,
hacían cola en las paradas ambulantes de comidas, se retrataban no sin
comprobar que el maquillaje no se había despeinado. Desconozco cómo acabó
el episodio ya que tuve que espabilarme para huir del asedio y encontrar un
taxi para llegar al aeropuerto a tiempo. El último recuerdo es una hilera
de policías con el casco puesto dirigiéndose al trote hacia las
manifestantes. Algunas agentes se esforzaban considerablemente por no
perder la formación. ¿Exfumadoras clandestinas?
Abrumado
por el trato amable y locuaz de los mexicanos recuerdo como alguien, platicando
de historia y de asuntos internos, hizo un análisis curioso del México
político, de los presidentes y de los partidos que se han ido sucediendo. Fechorías
que podrían interpretarse al compás de una ranchera en la plaza
Garibaldi. Contaba que el país sólo había tenido un único presidente
honrado, el más decente de todos. Éste era manco y que excepcionalmente
por esta circunstancia debida a una herida de guerra, no había robado a dos
manos. Un país donde la contraseña de la red inalámbrica del hotel es
"revolución”.
Como
dicen allí, que la Virgen de Guadalupe nos bendiga a todos.