viernes, 11 de noviembre de 2022

Desamores divulgados.

 

El tópico, lo que acontece porque la fuerza de los hechos es tozuda y previsible, suele verificarse vehementemente en asuntos amorosos. Del amor al odio hay un pelo de higo que tira más que una maroma de barco que se ha roto porque no soporta el peso de las circunstancias. Nos volvemos vengativos implacables, rencorosos, contundentes, categóricos y lo que se quiera añadir. El brebaje que nos envenena y desata estos sentimientos, de los más poderosos, es la animadversión que se intensifica cuando la convivencia ha sido fuerte y basada en sentimientos e intimidades que se vuelven irreconciliables. Rehacer lo que fue es tan imposible como restaurar un plato roto, ya no digo una vajilla entera. Desengaños de todo tipo. De los compañeros de trabajo, de los socios políticos, del tendero de la esquina, del monaguillo, del concejal, del vecino o de los amigos de toda la vida.

Pero el desencanto por excelencia que asociamos a la convivencia o al roce más cercano lo llamamos desamor, la falta de amor que florece y va trepando por las paredes de la convivencia es lo más desgarrador. De la complicidad a la indiferencia dolorosa cuando no estalla una guerra abierta con enemigos bien definidos y una belicosidad infinita dolorosamente soportable y sostenida, a menudo inolvidable porque ambas partes se sienten inocentes. El responsable acostumbra a ser ajeno a nosotros mismos -otro tópico- porque la culpa es negra como un gato gafe cargado de parásitos.

Hace poco ya ilustraba un caso, de ruptura, con mucho eco entre la cantante y el futbolista. Este otoño prosperan o se reavivan los casos entre personajes muy célebres. Diría que abundan más que las setas, ya que las lluvias tampoco han inundado los sedientos pantanos. Un estudio o una encuesta de amplio alcance -cada uno y sus circunstancias- podría ilustrarnos respecto de la salud emocional en materia de alegría conyugal. Conseguir que seamos absolutamente francos y sinceros sería el reto. La vergüenza, el pudor y la falta de franqueza nos vuelven a mover el ángulo y propician aquellos casos más populares por el protagonismo y por la ristra de noticias que generan.

Me referiré a lo que transita desde hace tiempo por los medios y que está subiendo de intensidad. Se trata de uno de manual, de cuento de hadas ejemplar que alcanzará el grado de novelesco con príncipes y princesas de sangre rosa que han vuelto a la condición de sapos destronados y, lo más dramático, desenamorados. Un vía crucis difundido desde la malicia con voluntad de perjudicar. Como decía la abuela, las mujeres son el pedernal de pecados como unas hogazas de cinco kilos de las que podemos ir rebanando tostadas que las brasas del infierno chamuscan sin redención posible. Para la eternidad.

Un calvario por capítulos, como la gran historia de amor que debe convertirse en fantasía popular y lección para todo tipo de criaturas inocentes y de sangre azul en particular. Permitidme que me aproxime a quien sufre la amargura de la indiferencia y la polvareda que levanta el escándalo debido a la sordidez de lo que se divulga. Los trapos sucios y pringados -como las sábanas- deben lavarse en casa y no en el pilón de la plaza. Cómo serán el desasosiego y el sufrimiento de quien en su momento abrió los cofres del tesoro a la pasión amorosa y los ofreció sólo por noble galantería. El heroico caballero que batalla tras batalla depositaba a los pies de la amada el botín de guerra manchado de oprobio que iba conquistando por los mares del oriente como un monarca de los piratas.

¡Qué vida! ¡Qué epílogo para una biografía rota! Lo imagino solo, repudiado, viejo y abandonado descubriendo que todos los tesoros del mundo no conseguirán curarle del mal de amor que le ha atormentado. Es más, aquella rubia de pelo como un hilo de oro por quien perdió la cordura le humilla esparciendo por todas partes a quien le quiera escuchar las miserias humanas y las debilidades escalofriantes de hombre mortal que no le suponíamos. Es la gracia o la virtud del desafecto, que hace flotar los cadáveres del pasado y lo peor de cada uno.

Dicen que durante las noches frías en el desierto se arrastra cansado con un frágil zapato de cristal en las manos aguardando la carroza confiando en la literatura del género. Por el contrario, desfilan con parsimonia una monumental caravana de camellos cargados de calabazas sin ningún tipo de hechizo. Decepcionado, contempla el mar inmenso de dunas. La noche es espléndida. ¿Cómo puede ser? Aún cobija la esperanza del reencuentro, aunque sin embargo desconfía del hechizo. “Espejito, espejito, dime, ¿quién es la mujer más bonita de todas las mujeres -y de todas las reinas?-. Contempla el espejismo del cielo cristalino, busca las estrellas que deberán guiarle a deshacer el maleficio causado por una manzana envenenada y tan amarga como ese desamor que le martiriza.

martes, 1 de noviembre de 2022

Todos los Santos.

 A la oscuridad estrenada de los relojes con el polémico horario de invierno, hay que añadir la celebración de Todos los Santos, Halloween, el día de muertes en México y otras celebraciones que se concentran en estas fechas con las que octubre se despide y noviembre nos acoge. Es el momento más propicio del año para recordar la colección de antepasados ​​y de personas cercanas que ya no están. Excluyo el antojo de algunos jubilados, al margen de las obras, por dar un paseo frecuente por los cementerios. Sobre todo en los de pueblo o de ciudades pequeñas donde éstos están al alcance de una visita nostálgica, como cerrando el ritual del garbeo habitual para saludarlos con la esperanza de que nos pueden sentir si los muertos escuchan a los vivos. Un abuelo lo justificaba con el argumento de que tiene más amigos aquí que en el café.

Coincidiendo, pues, con la estación que desnuda los árboles y que el día se acorta, parece lo más razonable, homenajear a nuestros difuntos con la ida preceptiva para quitarles el polvo, limpiar los alféizares de los nichos y pasar un trapo por la lápida o por el cristal que la protege renovando las flores, naturales o de plástico -que duran todo el año-. Los panteones, que ya se comportan una categoría y una adscripción social de mayor rango, llevan más trabajo. Recuerdo a una abuela resignada que anunciaba un premonitorio desenlace cercano, no diré inminente, con cierto gozo. Se sentía orgullosa porque la parentela había comenzado las obras para edificar un “campeón” -proclamaba ella- con todo tipo de adornos y con gran derroche de recursos y de mármoles de calidad. Los nuevos ricos también van al cielo.

La tentación humana para perpetuar la existencia más allá debe explicar las faraónicas manifestaciones funerarias de aquellos que pueden permitírselo. Una alerta ostentosa de quien habita esa tumba, alguien importante y con poder que también quiere llevarse al más allá sino la riqueza mundana, el prestigio. Un por si acaso nos reencarnamos queriendo retener lo que disfrutamos. Las pirámides se construyeron con la voluntad de perpetuar los privilegios cruzando el río de la vida en barca. De la pirámide a la urna existe un largo proceso evolutivo en materia de ceremonias. De la pompa a lo sostenible con un sencillo vaso biodegradable es la prueba, de la capacidad para aclimatarse de las almas.

El abuelo se detiene frente al compañero de partida de cartas, que reposa allí alineado con una fotografía donde aún sonríe lleno de vida, se pregunta dónde irá él a parar cuando sea el momento. ¿Un nicho soleado, resguardado de la tramontana, con vistas al horizonte o al campo de fútbol, ​​elevado, de entresuelo? Esta decisión no le saca de quicio. Tampoco ha manifestado nunca si quiere que lo quemen o que lo sepulten. Éste es un asunto del que no será el responsable, como tampoco del hecho de no ser inmortal a menos que haya llevado una mala vida cargada de vicios y de hábitos poco saludables que ya vaticinaban que no duraría. Nunca ha contratado ningún seguro de decesos que le garantice un entierro lucido -“dinero tirado”- porque las herencias también implican pagar las deudas y enterrar a los benefactores, se justifica.

Cuando limpio las lápidas, las golpeo suavemente para que no se inquieten -¿Cómo estáis? -por si acaso me escuchan. Nunca he recibido respuesta alguna. Yo me figuro que sí, mientras los recuerde siguen estando allí. Desde mi universo vital los hago en el cielo con agradecimiento y cariño. Hay tumbas con huérfanos de atención, sin flores –ni de plástico–, dejadas de la mano humana que deben vivir perdidos en un más allá solitario y sórdido, la concreción del infierno fundamentada en el olvido.

Un Todos Santos más para hacer un rato de compañía a quien reposa eternamente, un acto de recogimiento y de reconocimiento, de respeto con un manojo de flores que se irán marchitando con un punto de tristeza. Constato que en el cementerio hay poca concurrencia de jóvenes, ellos todavía se sienten -son- inmortales. Excepcionalmente nos acompaña una muchacha en la frontera de la preadolescencia que está más por subirse a los nichos elevados a dejar las flores que por la meditación trascendental de los misterios del más allá, la reencarnación o el infierno de los descreídos.

La juventud a perpetuidad no está por quebraderos de cabeza que no les corresponde. Inmarcesibles, preservados de estas tribulaciones, no se deleitan por ofrendas ni funerarios festines adustos de otoño. Cómo pueden competir la reclusión espiritual a la vera de la lumbre por Todos los Santos y la castaña con la intriga, los disfraces y golosinas del Halloween.

Truco o trato.