Avezado
a la monotonía por la cotidiana realidad que nos revuelca por los rastrojos de
las tragedias bélicas, las miserias sociales y las puñaladas políticas que nos mecen,
me centraré en alguna vertiente menos trascendental que por convertirse en
asuntos menos importantes podríamos adscribir a la frivolidad engañosa del día a
día, que nos seducen y pueden llegar a alterar el equilibrio emocional haciendo
tambalear los valores firmes con los que hemos querido convivir a lo largo de
nuestra existencia. En el contrapunto severo de los hechos que nos
condicionan se hallan aquellas peripecias de las que a pesar de no ser
protagonistas nos conciernen en mayor o menor medida. Elementos de un
decorado que nos acompañan y nos permiten tragarnos la terrible aridez de las
realidades. Aunque las centremos en infortunios ajenos, puede tratarse de
una manera de dulcificar nuestro desencanto.
Me
explico. La imagen impresionante de un agujero limpio y diáfano en el
pecho de la rubia protagonista me ha conmovido. Más aún, ver cómo el
corazón sigue latiendo en el pasillo de un supermercado en medio del desbarajuste
causado por un disparo de arma gruesa que le ha desgarrado la cavidad torácica,
impacta. De inmediato he asociado la potente imagen a los efectos de la
inflación que nos ataca de lleno. En los supermercados de estos tiempos ya
no basta con dejar un riñón, la cajera te extirpa literalmente el corazón de un
cañonazo infalible porque el chaleco salvavidas de la tarjeta de crédito es
demasiado débil, de plástico, para comprar unos tomates de colgar a nueve euros
el kilo, por ejemplo.
Por
fortuna ha sido una ilusión, los personajes que mueren en las películas o a
quienes les arrancan el corazón -nos lo contaron de pequeños- no mueren, siguen
viviendo en la vida real para interpretar más ficciones. ¡Uf, qué alivio! Ella
podrá grabar más canciones y ejercer de actriz en esos vídeos cortos que
dramatizan sus letras. Con esta versión la cantante ya ha alcanzado, por
ahora, once millones de visitas en las redes. Todo un éxito para una
tragedia narrada en un solo acto y tan breve. Tiene mucho mérito que una
historia de desamor, como muchas, levante tanta polvareda y tenga tanto eco.
La
clave reside en los héroes, una cantante y un semidiós futbolista. La
revancha de la presunta menospreciada o canjeada -esto parece un hecho- por una
jovencita sigue su curso. Debe tratarse de la justicia poética que
requieren las ficciones. El futbolista no tiene un auditorio ni un altavoz
tan poderoso aunque desconozco las virtudes vocales y la capacidad de réplica,
no demasiado probable, que no sea agujerear el corazón de la portería del
equipo rival con un gol de esos que la afición enmarca en la historia del club.
El
éxito, titulado Monotonía, ha suscitado una curiosidad morbosa que
la protagonista se ha encargado de magnificar anunciando que el proceso
creativo ha sido "gratificante y terapéutico". Un manifiesto
contra el desamor y la infidelidad fundamentados en el aburrimiento. Me
guardaré bien de no emitir cualquier juicio al respecto. ¡Allá ellos! Más
sabios y profesionales emplean toda su capacidad analítica en descifrar las
imágenes, fotograma a fotograma, buscando evidencias y haciendo sutiles
lecturas poniendo a prueba los conocimientos intuitivos. Me aventuro a
decir que lo del boquete en el pecho y el corazón dando trompicones entre los
carritos de la compra es bastante grueso, como el agujero, y se entiende a la
primera. El color de la ropa, las marcas de los productos en las
estanterías... Todo bajo la lupa de la suspicacia. Ya hay algún insigne
semiótico que no se ha privado de asociar una pequeña golosina comestible de
aperitivo -que la protagonista se zampa- con el tamaño de los atributos del
protagonista. ¡Un buen golpe bajo de penalti! Lo que es una verdad
como un templo, según la partitura, es que los ricos también se incomodan, se
cansan y, en definitiva, se aburren. ¡Eh, pero con mucho dinero, mucho,
que si no proporciona la felicidad ayuda a disipar la monotonía!
Cierro
la sección con una noticia de última hora, que no primicia. A Kiko Rivera
conocido en el mundo de las élites faranduleras como Paquirrín le han
ingresado en un hospital a causa de un ictus que habría sufrido. En las
redes y en las cadenas que viven de estos personajes y de la basura mediática
se ha levantado la veda para hacer un seguimiento intensivo mientras le
trinchan, unos, y lo santifican, otros. No me equivocaré de mucho si
afirmo que la evolución del paciente dará para más informes médicos que
aquellos que acompañaron la agonía al dictador. Ya tienen materia para
programas y más programas inmersos en la biografía ilustrada con una serie de
conocidos, desdeñadas, detractores y la tempestuosa familia. De ahí a que
se recupere -eso espero- el personaje reavivará el protagonismo y la demanda de
testimonios personales mientras mejora con la agenda llena de contratos y
exclusivas.