La Sagrada
Familia, hoy por la Purísima, corona una torre con una estrella iluminada. El
monumento culmina la torre más alta de las construidas a la manera en que
acostumbran los árboles de navidad, un abeto arquitectónico aureolado con una
estrella luminosa que añadirá un plus radiante al horizonte nocturno de
Barcelona. Un hito o una baliza que nos alerta del límite o del peligro, de
zona de oración a zona de ritual turístico por excelencia. Un templo de
recogimiento y romería estacionado en el área verde con una estrella de oriente
para expedicionarios con chancletas y gafas de sol.
Corrían los
nostálgicos sesenta cuando fui consciente por primera vez del foco de interés y
polémica que ya entonces levantaba la catedral
de Gaudí convertida en la obra de la Seu, el paradigma de las cosas eternas en
construcción permanente. En mi pequeño rincón pirenaico hablábamos del
campanario de Sant Antoni, otra obra que se concretaba más en el efecto
recaudatorio impulsado en los sermones del cura que en los metros que faltaban
para llegar al cielo.
Mis primeros
recuerdos de la Sagrada Familia van asociados a las imágenes de calendario con
las que algún establecimiento de ultramarinos, almacén al por mayor o alguna
relojería del pueblo ilustraba los calendarios de colgar. Sólo una portada con
cuatro torres, una postal barcelonesa que acotaba un espacio concreto de una
gran ciudad que todavía yo no tenía mesurada ni conocía. A la imagen que duraba
todo el año presidiendo el paño de pared en la cocina, añado los discursos y
las defensas encarnizadas que hacía del General Prim y de Gaudí, a partes
iguales, un reusense que vino a hacer el soldado para acabar establecido y
maridado con una pubilla del pueblo.
Desentrañados
los arcanos azarosos de una partida de cartas a la butifarra se hablaba en voz
baja de Franco -a pesar del aislamiento de la aldea- y de los acontecimientos
que llegaban con retraso, a pie y de oreja. Gaudí también era uno de esos
protagonistas de aquellas veladas al calor amoroso de una estufa, como de
cuento al amor de la lumbre. ¿Se debían de continuar -o de reanudar- las obras
de aquella locura arquitectónica con poder para cautivar el interés de la
gente? Entre obra civil y religiosa porque si debemos decantarnos por el
impacto de una u otra vertiente es difícil. Una genialidad que la gente
corriente -y las portadas de los calendarios- asimiló haciéndola suya. Entre
una estrella divina dedicada a la virgen y la de una plaza roja moscovita. El
templo sufrió los estragos de la guerra civil, cuando se destruyeron las
maquetas y los planos ideados por el padre primero de la criatura.
Una década
después, a finales de los setenta, visité la Sagrada Familia. Era un monumento
que parecía abandonado. Dejado de la mano de dios -y de Gaudí-. Sucio y abierto
a la curiosidad de quienes se aventuraban a encaramarse, escalinatas arriba sin
control, a las torres. Palomas, basura, restos de la dejadez que sufría el
templo desolado en la dársena del olvido donde el trencadís también era de las botellas del vinazo de los pedigüeños
que hacían vida allí. No habíamos inventado todavía la palabra okupa. Sufrió unos años decepcionantes y
nada brillantes que no presagiaban el fulgor estelar de estos días. ¿Había que
continuar -y reanudar- la Sagrada Familia? La pregunta que se iba repitiendo
hasta que tuvo la fecha -prepandémica- de la culminación. Ahora vuelve la
vigencia de la duda. ¿La veré terminada?
Uno de los
alicientes pintoresco, poderoso imán de turistas orientales, es visitar un
templo vivo, inacabado o en constante evolución. No puedes imaginar cómo será
pasado un tiempo desde que lo visitaste la última vez. Yo he sido partidario de
mantener o integrar, como mínimo, la inmensa grúa, el elemento que preludia ese
estado de obras perdurable sin un punto final. Siglos y siglos inacabada para
una obra que debe convertirse en una especie de enciclopedia arquitectónica que
integre toda plasticidad y todas las disciplinas artísticas posibles. De hecho,
de la Fachada del Nacimiento a la Fachada de la Pasión hay un abanico diverso
de facetas que alimenta la polémica que envuelve el templo. Arrebatados críticos
propusieron no tocarla, dejarla bajo la protección de una cúpula de cristal,
una burbuja con efectos de nieve flotando mientras la sacudes que tendría gran
demanda entre los turistas que comprarían su reproducción funcional a escala.
Un hato de cristal para una apastelada “mona de pascua gigante”, como la
definiera el reciente traspasado urbanista Oriol Bohigas-, que atrevido y
provocativo había propuesto también derribarla.
El momento algo olímpico del encendido y
bendición de la estrella, esta tarde fría y ventosa -como ampurdanesa-, ha
puesto a prueba el anclaje del nuevo elemento con agua bendita y sahumerios de
incensario en ausencia de un arquero osado o de unas palomas intrépidas. La
Barcelona de proyección internacional pone luz a un hito más. Un anuncio
impactante que debe consolidar más aún un icono que se inició -dice la leyenda-
en la campaña de la destilería japonesa Suntory
que en 1983 ideó una afortunada promoción publicitaria que mezclaba imágenes de
la obra de Gaudí con elementos de la mitología popular japonesa que les
sedujeron. Un tópico más, la peregrinación de las expediciones niponas armadas
con un envidiable equipamiento tecnológico que atestigua la conquista y pone en
valor el modernismo barcelonés en las agencias de viajes internacionales.
¿Cuánto le debe la ciudad a Gaudí?
En
marzo del 2014 visité el templo ya consagrado por el Papa en noviembre del
2010. Accedí por la fachada más nueva, la de Subirachs. Era la primera vez
después de más de tres décadas. Impresiona la nave, que estaba llena de sillas
alineadas para una celebración multitudinaria. Debajo, en la cripta, se
celebran las misas ordinarias, un espacio de culto de hace años, que es la
iglesia de la parroquia. Bosques de piedra, juegos de luz. El modernismo
destilado e interpretado. Como las vidrieras pintan la piedra y el hormigón es
mágico. Presidiéndolo, colgado y acrobático, el cristo crucificado de Francesc
Fajula, el escultor de San Juan de las Abadesas. Todo ello impresiona.
Maravilla. Sorprende. La simbología de los evangelistas y la similitud con las
mezquitas y los medallones exaltando a Alá debajo de las cúpulas. Las
soluciones orgánicas de bosque metafísico. Sin duda, una catedral para el
debate y la controversia por si se trata de un pastiche o de una obra de arte
en mayúsculas. Como si en la actualidad, salvando los siglos y distancias,
pudiéramos asistir a la construcción de una pirámide en directo. Y todo envuelto
por el misterio gaudiniano, ese personaje barbudo y escuálido al que atropelló
un tranvía. Me senté en un banco de piedra que circunvala toda la nave. Un
ritual calentando la materia para cargarla de la vitalidad que le falta. A
pesar de las visitas y la multitud que acoge, el templo es frío, faltan el humo
de las velas, los perfumes del incienso y el calor de las oraciones de los
siglos. Todo será. Es una obra para disfrutarla a tragos cortos y en visitas
breves y concentradas. Mirar, observar las soluciones arquitectónicas, las
sombras, la luz, las formas femeninas y redondeadas del modernismo matérico. En
el proceso llama la atención el tratamiento escultórico de ambas fachadas. Un
huevo y una castaña enlazados por columnas y naves. Del relleno gaudiniano al
minimalismo de la línea recta en un contraste demasiado poco integrado el uno
en el otro. Mientras estaba dentro de la nave central estuve atento a las
vibraciones y al estropicio en las vidrieras con las que el paso de los trenes
de alta velocidad deberían sacudirla. Luego, en casa, habiendo descargado las
fotografías como un japonés más, te das cuenta de que es un monumento al que la
cámara trata bien. Decididamente la Sagrada Familia es muy fotogénica.
Quiero
imaginar, de ser posible, al arquitecto Antoni Gaudí con un lápiz rojo echando
un vistazo a los planos actuales.