miércoles, 30 de junio de 2021

Las golondrinas han vuelto.

El retorno de las golondrinas con bocas de plenilunio alineadas en el pentagrama de una imagen de infancia, los cables barrigudos del alumbrado o los inciertos tendederos del huerto, nos reconforta porque estos alguaciles del buen tiempo antes decretaban el final de la oscuridad. Ya vacunados con eficacia hemos destapado un poco las sonrisas y vivimos el alivio privilegiado del soldado que vuelve de la batalla sino victorioso del todo, vivo y alborozado. Por mi parte me gustaría cerrar definitivamente la gaceta del confinado, pero me temo que tiene cuerda para unos cuantos folletines más.

Aletean las secuelas de esta agotadora temporada que deja levemente de atenazarnos sin liberarnos del todo, no terminamos de sacar el agua clara. Y si fuera así, que el virus ya no volara como una golondrina discreta, aun sufrimos los efectos diversos del confinamiento, el miedo y la incertidumbre. Este peso muerto que llevamos en la mochila de las experiencias costará de olvidar. ¿Quién no se ha sentido tocado por la situación que ha impuesto la pandemia? Angustia, crispación y una retahíla de emociones nada placenteras que condicionan lo que llamamos la vida de antes. Todo lo que hacíamos sin cuestionar, porque sí. Ahora nos tenemos que plantear lo que nos parecía evidente.  

Entre los mártires que tendremos que enaltecer está la tropa de jóvenes a los que el momento ha impuesto una dieta a pan y agua que no les ha saciado la efervescencia vital con que salen de fábrica. Evitaré la reflexión respecto de los estudiantes encarcelados en el hotel de cuatro estrellas en un paraíso isleño cargado de palmeras y de loros tropicales. Mi consideración pasa -llamadme corporativista- por el reconocimiento a todos aquellos profesionales del gremio de la pizarra digital que justo ahora cierran la barraca y que han sido capaces de contener la escalada de contagios a lo largo del curso. ¿Cuántos habríamos firmado en septiembre pasado de poder terminarlo -como ha sido- sin grandes estragos masivos? Detrás de esta contención hay una burbuja gigante de profesionales que, al margen de enseñar en el sentido más amplio del concepto, han logrado garantizar la seguridad y muchas más cosas.

Un tiempo anterior que ya no volverá y que ahora nos parece mejor atacados por un arrebato melancólicamente poético si olvidamos el deseo de salir mejores, más solidarios y más buenas personas que nos proponíamos mientras, alineados como golondrinas orondas, salíamos a los balcones a aclamar a los sanitarios y a desafinar el resistiré. Largo y feo para todos y una eternidad para los inmortales jóvenes que han tenido que contener los estallidos propios en este momento que les ha tocado subsistir.

Uno de los símbolos de este paréntesis de tiempo que se superpone, como una golondrina virtual que ha vuelto, podría ser el congreso mundial de móviles, el MWC 21 con sede en Barcelona. Del desencanto a cierta suspicacia de cuando se canceló a esta reanudación descafeinada que pasará sin demasiada pena ni gloria. Testimonial solamente. No ha sido una añada, la de este congreso, como aquellas donde Barcelona y alrededores abarrotaban hoteles, restaurantes y complementos varios de ocio con los taxis quemando neumático en el asfalto urbano de acá para allá. Sólo he visto, paseando por la ciudad, a un grupo de chicos jóvenes orientales con la acreditación colgada al cuello, como un escapulario vistoso que los protege -o no- de la nocturnidad arrabalera y los asocia a la cofradía de los doctos inalámbricos con residencia en las nubes.

Entre los pájaros agoreros que levantan el vuelo, golondrinas de pluma poco vistosa, despido a los acentos diacríticos catalanes. Se acabó la prórroga que el IEC dio a los medios de comunicación, a la administración pública y a los centros educativos para adaptarse al cambio. A partir de este primero de julio cualquier institución o entidad con vocación de servicio público deberá aplicar la modificación. Para los nostálgicos letraheridos se abre la veda, pues, a la ultracorrección, el negacionismo ortográfico o al miedo a salir del confortable armario de la gramática obsoleta.

 

 

miércoles, 23 de junio de 2021

Cantando bajo la lluvia.

Cantaba Raimon que Al meu país la pluja no sap ploure: o plou poc o plou massa. Llamadme tiquismiquis pero la sentencia de hace unas décadas ha perdido vigencia porque ahora mismo, aunque la lluvia aún no ha progresado adecuadamente, lo que llueve es mierda literal. Buscando un eufemismo decimos que llueve fango y nos ponemos nostálgicos recordando la lluvia ácida o cuando sólo caían ranitas que no deslucían tanto las cristaleras. Recuerdo aquellas conversaciones obligadas de ascensor cuando reclamábamos la lluvia sensata para baldearlo todo, también a los virus. La lluvia era la escoba suprema que enjuagaba el espíritu y a la vez purificaba el cielo. Era, aliada con la tramontana, el paño húmedo que devolvía la nitidez y el resplandor a la cresta de los cerros hacia el infinito.

Seguramente los hombres del tiempo tienen una asignatura en el plan de estudios de aquellas que se cursan hacia el final de la carrera que explica cómo se comporta la cosa celestial respecto a las excrecencias meteorológicas asociadas al principio primario de que todo lo que sube baja, pura física elemental vinculada a la contundente ley de la gravedad que nos devuelve lo que vertemos agarrotando algún engranaje del puntilloso ciclo del agua.

Y demasiado frecuentemente llueve demasiado, en demasía, con tormentas que inquietan la paz de espíritu ya que los hombres no controlamos el grifo del cielo, al contrario, lo hemos desajustado y a menudo parece que el vecino del sobreático segunda se ha olvidado de cerrarlo -el de una bañera pretensiosa- provocando hermosas cascadas si no fuera por los estragos que conlleva la negligencia. Media comunidad ha cambiado el chándal y el boatiné por llamativos chubasqueros y Katiuskas de marineros anclados en un desastre. Días de tormenta que nos maldicen la osamenta y nos hacen florecer un flequillo cargado de algas.

Mientras escribo esto un rayo cae en una plaza del pueblo abatiendo una secuoya centenaria y unos árboles cercanos que las han visto de todos los colores. Se han derrumbado unas naves altivas de verdura acorazadas por pura subsistencia a la verticalidad de las meadas de los perros, a los abrazos etílicos de los náufragos nocturnos del fin de semana. Se acaba de astillar la barbacana protectora de los besos y los abrazos furtivos de juventud. Y aunque podemos estar agradecidos a las divinidades que nos protegen de las maldades, dado que el soberbio del sobreático segunda hoy no ha decidido tomar un baño on de rocks con cubitos del calibre de un huevo de gallina, y que no ha causado daños personales, se exclama temblorosa e impactada una lugareña que ha escabullido la acometida del rayo por instantes. Efectivamente, en mi pueblo, tampoco sabe llover.

Que la noche de San Juan nos redima. Que podamos quemar, mascarillas a parte, la furia ambiental, toda ella. Purifiquémonos esta noche de fuego y de brujas en una buena hoguera con lo inútil que hemos ido acumulando durante todo el año. Una buena pira funeraria reducida a brasas con centelleo de petardos y sabor a coca dulce mientras danzamos en torno a la fogata.

¡Buena verbena!

 

viernes, 11 de junio de 2021

Cuando la paloma regresó ya no llovía.

Rondalla dedicada a los magos.

Dicen que una vez, hace mucho tiempo, coincidieron un mago y un poeta en una posada de arrieros de aquellas que ya no quedan. La catadura les delataba, llegaron cansados ​​de la jornada, abatidos, hambrientos y sin el fulgor del escenario. Uno, sin la pluma y en ayunas de inspiración, el otro, huérfano de musas que lo rondaran.

            La dueña, una mujer más abundante que los platos que servía, se los contempló del modo como acostumbran aquellos que disciernen a las personas por las cubiertas, como suelen hacer los analfabetos en cuestión de libros, pero algo debía de entender en leer maneras porque aquellos traviesos vagabundos eran suficientemente capaces de irse sin pagar. Es así como el pesar y la experiencia la hicieron desconfiar y, gata vieja en el oficio como era, les exigió que para probar de aquel buen vino que ella despachaba, antes deberían amortizar.

            Que no le importaba atiborrarlos, bien empachados hasta no poder más si -ahí estaba la condición- previamente destapaban la botella de sus artes con emoción y a los parroquianos, como a ella misma, les hacían disfrutar con su función.

            El mago, agradecido, del morral sacó la magia y la seducción. Conejos cortos de vista, sirenas tetudas de buen ver, liebres fisgonas, pájaros con alas de mariposa, un tigre que silbaba y un loro cantor. Toda la fonda quedó desbordada por los aleteos fantásticos con semejante fauna llamativa. Que de no haber sido por sus artes y su agudeza se podría decir que se trataba de milagros, como si se hubiera terminado el diluvio y la paloma obediente regresara a casa con una rama de olivo en medio del ensimismamiento de los parroquianos.

            Nunca se habían visto maravillas como aquellas en la comarca. ¡Cosa de magia! Coincidían los arrieros, un par de viajantes, un fraile mendicante con un monaguillo embobado, tres mujeres demasiado afeitadas, otra mesa de campesinos, una de menestrales y en el rincón, junto a la lumbre, los abuelos, la chiquillería y el dueño de la venta que volvía de la guerra. ¡Cosas que ver! Todavía hoy se recuerda, del mago, del jolgorio de los animales fantásticos y de las apariciones tan extraordinarias que allí se pudieron percibir.

            Que con el rato que les hizo pasar ya hubiera bastado para que la matrona hubiera asistido a los dos con creces y se olvidara de las miserias del poeta, pero ese día era fiesta mayor en la pensión y decidió, sin tipo ninguno de remordimiento, trato era trato, que para sacar de pena el vientre, también el poeta debería ejercer su predicamento.

            Cuando ya no había criaturas luminosas, deslucido el comedor, apagado el alboroto. ¿Qué fuego y qué calor podría prender el buen poeta con leña de metáfora y corteza de palabra? Lo tenía de lo más magro. Si hubiera sido él quien hubiera iniciado el desafío. ¿Cómo podía vencer un artificio como aquel? ¿Dónde estaban los colores, las músicas, las quimeras que aquel mago convocó, como una tormenta sensual, salidos de aquel zurrón nada usual?

            Abatido, porque él no tenía poderes de aquellos, les refirió que hay otra magia que tampoco tiene explicación. Como pidiendo perdón les dijo con mesura y sin pretender contrariarlos, que en la vida, para un poeta, la flor que se marchita, la sonrisa de un niño, la mirada amorosa de una mujer o el tacto sutil de una caricia y lo más limpio que se pueda imaginar son como aparejos de mago que salen del corazón y el buen trovador con la palabra irradia.

            Curiosos y fisgones cedieron la atención aplacando el caudal de chascarrillos. Que con prédicas y sermones no se llenan los zurrones -¡y a la dueña le dolían los macarrones!- Y el poeta melancólico, y derrotado, pensó que si quería comer, ingenioso se debía de volver.

            ¡Y muy cierta esta historia veraz, que quien no la crea su cabeza se le vuelva de cera, que el poeta palabrero, cansado de charlar, sin nadie que lo quisiera escuchar, en mago se quiso mudar!